EL VERDADERO DILEMA DE LAS REDES SOCIALES. JOSÉ ERNESTO NOVÁEZ

JOSÉ ERNESTO NOVÁEZ

El documental The social dilemma (2020), dirigido por Jeff Orlowski, ha reavivado un debate cada vez más necesario sobre las redes sociales, su relevancia en las sociedades actuales y las implicaciones profundas que tienen.

Construido sobre el testimonio de numerosos exejecutivos de muchas de estas grandes compañías de comunicación, sicólogos y otros especialistas, el material audiovisual pretende diseccionar, desde una perspectiva fundamentalmente ética, el problema.

La gran verdad que nos reafirman todos los entrevistados, y que es uno de los problemas que desde hace años se viene denunciando, es que las redes sociales son, esencialmente, espacios para la manipulación. El objetivo fundamental de todas y cada una de sus numerosas prestaciones es lograr que pasemos cada vez más tiempo frente a las pantallas de nuestros dispositivos.

El lucrativo negocio detrás de estas empresas reside en vender nuestro tiempo y atención a terceros. Pero también, y esto a pesar de que algunos lo niegan, en vender las  gigantescas cantidades de metadatos que almacenan a gobiernos y compañías privadas que los usan con fines diversos.

La obra también pone el foco de atención en cómo están incidiendo estas redes en la mentalidad, autopercepción y percepción de la realidad de niños y adolescentes. Cómo, desde principios de la segunda década del siglo XXI, ha crecido exponencialmente la cantidad de adolescentes que atentan contra su vida como resultado de la interacción en redes sociales. Aunque los datos son solo de Estados Unidos, es fácil extrapolar a otras partes del mundo para comprender la magnitud de un problema que ya es global.

The social dilema se enfoca en cómo están incidiendo las redes sociales en la mentalidad, autopercepción y percepción de la realidad de niños y adolescentes.

Sin embargo, la principal limitación del documental reside en el hecho de quedarse solo en algunas de las implicaciones éticas de esta cuestión y no ir a las esencias del fenómeno. Las soluciones que propone, más bien escasas, competen, en primer lugar, al individuo: desconectar las notificaciones, regular el tiempo que tú y tus hijos pasan en internet, regular el uso que tus hijos hacen de esta herramienta, etc. Y, en segundo lugar, son un problema de derecho: aprobar más leyes que regulen la industria, gravar más significativamente los ingresos de estas compañías, etc.

Estas soluciones no pasan de ser paliativos y dejan sin tocar las cuestiones fundamentales. El documental no cuestiona el carácter monopólico que han adquirido las comunicaciones en la internet. Una abrumadora mayoría de los usuarios llega a la red de redes a través de alguno de los servicios del pequeño grupo de empresas conocido como GAFAM (Google, Apple, Facebook y Amazon). No es de extrañar entonces que en medio de la desoladora pandemia que golpea la economía mundial, altos ejecutivos como Jeff Bezos y Mark Zuckerberg hayan incrementado considerablemente sus patrimonios corporativos y personales.

Todas estas empresas son norteamericanas y todas, aunque lo nieguen, tienen agendas políticas. La primera y más evidente es la de legitimación del sistema capitalista y control o invisibilización de todas las voces y agendas contrapuestas. Los métodos para lograr esto son variados y van desde el cierre de cuentas hasta el uso de los algoritmos para aislar a usuarios conflictivos en pequeñas burbujas con otros usuarios que piensen como ellos, lo cual de hecho neutraliza la efectividad que pudiera tener un mensaje contrasistémico.

Las redes sociales se usan también para generar estados de opinión negativos en torno a individuos, grupos o países, así como para lavar la cara a los que se perciben como aliados. Ha sido ampliamente documentado el papel que han jugado redes como Facebook o Twitter en procesos tan diversos como la Primavera Árabe, las elecciones de 2016 en Estados Unidos o, más recientemente, el golpe de estado a Evo Morales en Bolivia.

 Las redes sociales se usan también para generar estados de opinión negativos en torno a individuos, grupos o países, así como para lavar la cara a los que se perciben como aliados.

Las ingentes cantidades de datos almacenados por estas compañías son usadas para crear estrategias publicitarias y propagandísticas cada vez más efectivas y personalizadas, pero también sirven como barómetro de los estados de ánimo de una sociedad determinada, lo que permite al sistema articular a tiempo medidas que desvíen la atención y controlen el descontento.

Las redes sociales son empresas capitalistas orientadas primariamente hacia una función mercantil, pero en el entramado de recursos de los que dispone el sistema capitalista cumplen otra función ideológica: son vehículos para la enajenación y aislamiento. Su dinámica comercial las lleva a privilegiar y reproducir formas ideológicas y políticas afines al sistema del que son parte, con lo cual contribuyen a la gran estrategia de naturalización y autopresentación positiva que ha caracterizado a todos los regímenes políticos y económicos desde los albores de la civilización.

Los sistemas económicos no solo son relaciones reales entre individuos, sino que son además representaciones en la conciencia de estos. La moderna industria cultural, de la cual las redes sociales son una faceta más, es quizás el esfuerzo más sistemático y consciente emprendido por un sistema socioeconómico para reproducir masivamente su dominación en la conciencia de los dominados. Así se logra normalizar y dar legitimidad a la abrumadora y creciente desigualdad del mundo contemporáneo. Para miles de millones de consumidores de la industria cultural, el capitalismo no es un sistema más, es el único.

Marx, en El Capital, señalaba que uno de los aspectos de la producción mercantil es la tendencia a convertir en mercancías incluso aquello que para sociedades anteriores era invaluable. En su afán mercantilizador, el capitalismo contemporáneo ha convertido en un negocio incluso la comunicación humana. Aquí reside el problema esencial de las redes sociales.

Todos los problemas éticos que el documental The social dilemma señala en torno a las redes sociales parten de esta cuestión central. Si aceptamos el hecho de que unas pocas compañías controlen la mayor parte de la internet mundial, que monetaricen las comunicaciones de miles de millones de personas a diario, no podemos sorprendernos porque hagan hasta lo imposible por tornar sus productos cada vez más atractivos, por lograr que cada vez más personas pasen más tiempo en un mundo virtual diseñado y perfeccionado para absolverlos y menos en un mundo real, donde no todo se ajusta a nuestras creencias y expectativas. Si aceptamos que sea la lógica capitalista la que rija estos procesos, no podemos pedirles a los capitalistas que no actúen como tales, pues sería negar su condición.

El problema central es que hemos permitido, como sociedad humana, que determinados actores dentro del sistema pongan al servicio de intereses privados lo que debe ser patrimonio colectivo. Nos lo han presentado como un proceso lógico. Sin embargo, la realidad es que algo tan fundamental como la comunicación humana no debe pasar por el tamiz de una empresa privada y sus intereses corporativos. Herramientas como Facebook son necesarias, pero con otra dinámica de funcionamiento, una que no busque la adicción y la manipulación, y bajo la supervisión de organismos internacionales. Tal vez debiera crearse alguna agencia de la ONU para el uso equitativo de internet.

 El problema central es que la sociedad ha permitido que determinados actores pongan al servicio de intereses privados lo que debe ser patrimonio colectivo.

Esto pudiera parecer excesivo, pero en el mundo contemporáneo cada vez más la información es un recurso esencial y no podemos permitir que se concentre en pocas manos sin, al menos, cuestionar esta realidad. La sociedad debe intervenir para evitar los efectos nocivos que produce el uso mercantilista de estas herramientas.

El verdadero dilema de las redes sociales, resumiendo, es que son herramientas capitalistas al servicio del capital y no herramientas colectivas al servicio de la humanidad.

Fuente: La Jiribilla

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