LECTURAS NAVIDEÑAS: NOTAS SOBRE UNA ARTICULACIÓN PLEBEYA. ENRIQUE UBIETA GÓMEZ

En Cuba no hay ni habrá cacerías de brujas. Tampoco impunidad. Los cubanos respetamos a quienes defienden criterios discrepantes de forma honesta. No son enemigos. Dialogamos, debatimos, confrontamos. Pero décadas de enfrentamiento al imperialismo nos han enseñado a descubrir la doble moral enemiga, la piel de oveja sobre el cuerpo del lobezno

Contra la violencia reaccionaria se irguió la Revolución. Y estableció un referente ético, político, humano, de justicia social, de inclusión, de democracia Foto: Internet

ENRIQUE UBIETA GÓMEZ

Una buena amiga, a la que comenté que en estos días navideños leía y releía algunos textos que expresaban sentimientos e ideas de un pequeño grupo intelectual que se arroga la representación de las mayorías en un manifiesto que llaman Articulación plebeya, y que me disponía a escribir sobre los temas que abordan, me sugirió un título: lecturas navideñas. No lo tomé en serio cuando lo dijo, pero después recordé que existieron unas Pascuas sangrientas en el ya lejano 1956, cuando la violencia de Estado ejercida por la dictadura de Batista le arrancó la vida, en apenas tres días, a 23 jóvenes cubanos. Como uno de los temas tratados es, precisamente, el de la violencia de Estado, el título me pareció pertinente. Cada asesinato, cada detenido torturado durante la dictadura batistiana, enardecía más al pueblo, porque si algo no admite el cubano es el abuso, el uso abusivo de la fuerza. La Revolución fue la respuesta a la violencia que le era consustancial al capitalismo neocolonial cubano: a la injerencia del Procónsul estadounidense (los presidentes del imperio ni siquiera se tomaban el trabajo de visitar este «paisito»), la de los marines yanquis sobre la estatua de Martí en el Parque Central o en los garitos y bares de La Habana, la del golpe de Estado que situaba en la presidencia al hombre más allegado a los intereses de Washington, la de las enormes diferencias entre ricos y pobres, o la que se ejercía, física o moral, contra las mujeres, los negros, los campesinos…

La serie televisiva Coisa mais linda producida por Netflix en Brasil –—ahora en nuestras pantallas—, ubica su trama entre los años 1959 y 1960; la sola presentación, no diría que frontal, pero sí lo suficientemente visible, del papel asignado a las mujeres y a los negros por la sociedad de la época, golpea al espectador cubano. No se trata solo de que nuestra mirada haya evolucionado. En aquellos años, precisamente, la Revolución removía en Cuba los viejos cimientos mentales e institucionales del racismo y del machismo. Una Revolución dentro de una Revolución, la calificó Fidel. No pocas películas del recién creado Icaic reflejaron ese acto revolucionario, necesariamente violento (porque enfrentaba una violencia histórica, institucionalizada) de liberación de la mujer cubana, y en general, de los oprimidos todos. Los cambios no se producían por decreto: los imponía la acción protagónica de las masas compuestas de individuos conscientes. Y el diálogo. La primera premisa del diálogo fue la alfabetización, la enseñanza general y gratuita. «No les pido que crean, les pido que lean», instaba Fidel. El diálogo creció en la Plaza, en los centros de trabajo, en las aulas; se convocó para aprobar declaraciones, congresos, constituciones, lineamientos, ayudas internacionalistas.

Cuando se repasan las luchas por la igualdad racial y de género en los Estados Unidos y en el Brasil de los años 60 del siglo pasado, se comprende cuánto había avanzado este pequeño archipiélago. Barack Obama había presumido en La Habana del significado de su elección como presidente, obviando, por supuesto, las más profundas enseñanzas de las décadas de los 60 y de los 70. La admiración de Malcolm X por la Revolución cubana y la rápida radicalización de su pensamiento tenían de trasfondo un contexto internacional de luchas populares. De ser líder de los negros, el afroamericano se había transformado en líder de los oprimidos, en un luchador anticapitalista. Ese cambio radical le costaría la vida.

Con los años, la Revolución ha podido visibilizar nuevos espacios de injusticias, y expande su fuerza rectificadora sobre ellos: el camino hacia la justicia total nunca termina. El cambio que necesita el mundo no es cosmético: para acabar con la depredación del medio ambiente —que nos trae estos virus «nuevos»—, con la violencia clasista, de género, racial y cultural —formas autónomas de violencia, pero interdependientes—, para refundar la democracia sobre bases diferentes a las ya inoperantes de la burguesía, y acceder a la justicia social, premisa de la verdadera libertad individual, para que la nave llamada mundo no naufrague, con sus ricos, sus pobres y sus desahuciados, todos pasajeros del mismo barco, es necesario un cambio de paradigmas, de modos de vida, de concepciones sobre el éxito y la felicidad.

Contra la violencia reaccionaria se irguió la Revolución. Y estableció un referente ético, político, humano, de justicia social, de inclusión, de democracia. Por eso resulta tan extraño que ese grupo clame por establecer un «nuevo» referente que huele a viejo. No puede obviarse el contexto: el imperialismo es más agresivo, acude a métodos que abiertamente contradicen la legalidad internacional, mientras la inmensa mayoría de los cubanos aprueba una Constitución que proclama el Estado socialista de Derecho. El imperialismo abandona el marco legal y ético del sistema burgués, que ya no logra sostener y reproducir su poder, y promueve golpes de Estado, fraudes electorales, asesinatos selectivos, golpes quirúrgicos, invasiones, bloqueos económicos y militares; pero hay una «izquierda» sistémica al capitalismo que persiste en enarbolar aquel marco inoperante, y une su voz y su firma a la de representantes de la derecha, y a la de conocidos e impresentables mercenarios.

Los conceptos que se proclaman de forma abstracta, el capitalismo los hace suyos. Sus portadores en Cuba se miran arrobados en el espejo roto de la Constitución del 40, de la República neocolonial. El pluralismo político (y el pluripartidismo, que defienden, algunos de forma sutil, otros abiertamente), es la base sobre la que se erige la violencia capitalista: dentro del sistema, todo, porque el dinero construye la hegemonía, y da gato por liebre. Como acertadamente dice el filósofo español Carlos Fernández Liria: «es absurdo alardear del hallazgo político de la división de poderes, ahí donde el poder no es político, sino económico».

¿De verdad creen los firmantes del manifiesto, que la supresión «del lenguaje político polarizante, [es la] condición para la superación de todas las formas de violencia y desigualdad»?, ¿creen de verdad que estos tienen su origen en el lenguaje polarizante? La «reconciliación» de la que hablan, ¿es entre explotados y explotadores, entre servidores del imperialismo y defensores de la independencia y la justicia social? «El “todos” de Martí, por lo tanto, no es meramente cuantitativo —insistía Cintio Vitier en mayo de 1995, en un panel en el que tuve el honor de participar—, parte de un abrazo de amor, pero también de un rechazo crítico, rechazo que no es inapelable pero que solo puede convertir en abrazo si los que engañan, yerran o “mienten”, aceptan la tesis central del discurso, que es la viabilidad histórica de una Cuba independiente y justa». Aunque desde el punto de vista semántico Patria y Socialismo no son lo mismo, lo son desde un punto de vista histórico: sin socialismo, solo nos queda el regreso al capitalismo neocolonial.

Los revolucionarios cubanos vemos cómo algunos intentan aplicar, metódicamente, los consejos de las llamadas (contra)revoluciones de colores en Cuba, para nada pacíficas. ¿Nos sentamos a observar?, ¿los dejamos hacer? Se comportan con cinismo los supuestos plebeyos cuando dicen rechazar toda acción estatal violenta. Néstor Kohan, un marxista argentino de sólida formación crítica, amigo de algunos de los autores –el dato no es superfluo, porque su malestar se ajusta a principios-, narraba así encuentros anteriores con ellos:

«En una de esas discusiones, escuché que me decían “Aquí, Néstor, [se trata de Cuba. N.K.], hay una DICTADURA” [sic]. Luego de refrenar mi tentación de carcajada, les pregunté: ¿Ustedes alguna vez han estado presos? Yo sí. ¿Ustedes alguna vez han enfrentado a la infantería de la policía con sus bastones, sus escopetas y fusiles recortados? Obviamente la respuesta fue negativa. Y continué: ¿Ustedes han participado en manifestaciones donde las fuerzas de represión y sus carros de asalto disparan los proyectiles de gases lacrimógenos directamente a la cara de la gente que se manifiesta? (…) En otra de las discusiones, algunos años después, me tomé el atrevimiento de dar un consejo. Como si fuera un viejo sabiondo y no un don nadie, simple militante de base. No aceptes dinero de la gente que te ofrece un blog de internet «para que escribas lo que tú quieras». En realidad, la frase exacta que pronuncié, en buen tono porteño de Argentina, fue: “para que escribas lo que vos querés”. NADA ES GRATIS, hermano. Si te ofrecen eso, siempre hay un peaje que pagar. Y nunca confundas al Vaticano con Camilo Torres… porque no son y nunca fueron lo mismo. Evidentemente no he sido un buen consejero. No me han hecho caso».

En Cuba no hay ni habrá cacerías de brujas. Tampoco impunidad. Los cubanos respetamos a quienes defienden criterios discrepantes de forma honesta. No son enemigos. Dialogamos, debatimos, confrontamos. Pero décadas de enfrentamiento al imperialismo nos han enseñado a descubrir la doble moral enemiga, la piel de oveja sobre el cuerpo del lobezno. Al final, este siempre salta.

Fuente: GRANMA

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