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EL PASO DE LOS VIENTOS. GRAZIELLA POGOLOTTI

Dicen que, en días claros, desde Punta de Maisí puede observarse la costa de Haití. Es nuestro vecino más cercano. Hace poco, una breve nota informaba que en el año en curso se conmemoran los 215 de su independencia, la primera en la América Latina y el Caribe. Fue mucho más. Inició en el nuevo mundo las luchas por la emancipación. Liberó a los esclavos, lo que no ocurriría en Estados Unidos hasta la época de Lincoln. Muchos olvidan, además, los estrechos vínculos del devenir económico, social y cultural de la isla vecina con la historia de Cuba.

Privados de sus privilegios por la insurrección armada, numerosos colonos franceses emigraron a Cuba. Con ellos llegaron algunos de sus esclavos. Fundaron cafetales donde construyeron mansiones que en unos pocos casos sobreviven y constituyen hoy parte de nuestro patrimonio cultural.  Introdujeron costumbres, así como expresiones  musicales y danzarias. Dejaron su marca en el Tivolí santiaguero.

Esa presencia, unida al trasiego de los militares, dio lugar a que llegaran a la Isla noticias de la insurrección libertaria. La censura  española no pudo contener el andar de las ideas. Hubo que implantar el terror mediante la represión, que llegó a su punto máximo con la Conspiración de la Escalera. Su ramalazo colateral se hizo sentir en los criollos reformistas.

Domingo del Monte se marchó de la Isla para no regresar. El golpe mayor se abatió sobre la capa de negros y mestizos que se desempeñaban como músicos y artesanos, entre ellos, como figura prominente, Gabriel de la Concepción Valdés, el poeta Plácido.

Las consecuencias de la insurrección en la isla vecina tuvieron repercusiones en el diseño de nuestra economía. Sus efectos configuraron los avatares de nuestra historia. Cuba desplazó a Haití como proveedor de materias primas, devino productora de azúcar subordinada a las demandas del mercado mundial, a la vez que importadora neta de alimentos y de bienes manufacturados multiplicados por la primera Revolución Industrial. Con ello, acrecentó  su demanda de mano de obra barata. Por vías legales e ilegales, se agigantó la trata de esclavos.

La deformación estructural se agudizó en el amanecer de la república neocolonial. Sobre un país arruinado por la guerra, el capital norteamericano expandió la producción azucarera con la compra de latifundios y la erección de grandes centrales en las provincias orientales. No faltó la United Fruit, la célebre Mamita Yunai, ya instalada en Colombia y en la América Central.

Con la primera conflagración mundial, el alza de los precios del dulce estimuló el aumento de la producción. Hizo falta mano de obra barata. Abolida la esclavitud, contratos leoninos reclutaron antillanos. En virtud de la cercanía, fueron  numerosos los  haitianos. Con la caída de los precios al término del conflicto bélico se impuso la repatriación forzosa, aunque algunos lograron radicarse definitivamente en Cuba. Fundaron familias y contribuyeron a la configuración de nuestra diversidad cultural. A pesar de todo, a través de los años, siguieron llegando como trabajadores temporeros o como emigrantes.

A la vuelta de los 40 del pasado siglo, según los reclamos del mercado laboral, los trabajadores temporeros haitianos seguían viniendo a Cuba. La influencia de las ideas recorrió un camino inverso.

El movimiento sindical había cobrado fuerza en la Isla, sobre todo en el sector azucarero.  Los que regresaban a Haití eran portadores de la lección aprendida entre nosotros. Dos narradores fundamentales de la nación vecina, Roumain y Alexis, relataron en sus obras el impacto recibido por esa experiencia. Entonces, ya se había establecido una relación entre los intelectuales de acá y de allá.

Como suele suceder en un contexto neocolonial, esos vínculos se anudaron en territorio metropolitano. En París, donde se instalaron por motivos de estudio o de persecución política, compartieron inquietudes y descubrieron en ese intercambio la plataforma subyacente en la América Latina y el Caribe. Encontraron en la antropología una herramienta útil para entender las claves de nuestras culturas.

La Segunda Guerra Mundial motivó, en términos del poeta martiniqués Aimé Césaire, «el regreso al país natal» y su redescubrimiento a partir de la perspectiva adquirida desde la distancia. La coyuntura propició asimismo el desarrollo de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Haití, que tuvieron un efecto significativo en el plano cultural.

Una suave, tierna línea de montañas azules. Nicolás Guillén y Haití, estudio premiado por la Casa de las Américas, de Emilio Jorge Rodríguez, uno de nuestros más prestigiosos investigadores sobre asuntos caribeños, aborda con detalles este tema. Nicolás Guillén viajó a Haití. Alejo Carpentier lo hizo algo más tarde. La presencia de ambos escritores dejó una marca profunda en el país vecino, donde desplegaron una extensa actividad, ahondaron las relaciones con los intelectuales al otro lado del Paso de los Vientos y profundizaron en el conocimiento de la singular contribución de sus antropólogos.

En Carpentier, las consecuencias de ese impacto cristalizarían en la escritura de El reino de este mundo, punto de partida de su obra mayor, texto renovador de la novela histórica articulada a través de un hilo conductor trazado por el esclavo Ti Noël, puente tendido entre la creación literaria del Caribe y la América Latina.

Por vías del azar, las efemérides sugieren coincidencias que incitan a la reflexión. En el 215 aniversario de la independencia haitiana se cumplen 60 años de la publicación de El reino de este mundo. El entrecruzamiento de ambos aconteceres evidencia la profundidad de los ligámenes históricos y culturales que unen nuestro Caribe.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

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HOMENAJE A LA CIENCIA CUBANA. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTI

graziellaCiencia, cultura y educación son ramificaciones de un mismo árbol. Las raíces se hunden en lo más fecundo de la tierra y el tronco se nutre de lo más avanzado del mundo, tal y como pensaba José Martí. Cuando la idea de la nación era todavía sueño de poetas que empezaba a adquirir voz propia en el verso de José María Heredia, la matriz de todo había estado en el pensamiento filosófico de José Agustín Caballero y Félix Varela, que sacudía las prisiones del dogmatismo imperante para afincar acción y prédica en la enseñanza.

Se comenzaba entonces a pensar y sentir en cubano. Con vocación de servicio, volcado hacia la salud y el bienestar del país, Tomás Romay introdujo la vacuna contra la viruela. Para conocer el perfil de la Isla, Felipe Poey se dedicó al estudio y descripción de los peces. Como ocurría en los campos de la cultura y la educación, se trataba de esfuerzos individuales, mientras la universidad permanecía anquilosada. Unos pocos podían marchar al extranjero para completar su formación e introducir en la Isla las ideas de renovación.

El médico Albarrán entregó sus aportes a otros países. Poco reconocimiento ha tenido, más allá de nuestras fronteras, la decisiva contribución de Carlos J. Finlay en beneficio de la humanidad, toda vez que viabilizó, entre otras cosas, la construcción del canal de Panamá al descubrir las vías de contagio de la letal fiebre amarilla.

El panorama no cambió mucho durante la República neocolonial. El coloniaje se traduce en subdesarrollo. La dependencia opera en el campo de la economía, reduce los países a la condición de productores de materias primas con escaso valor agregado y coarta el impulso a la formación de un pensamiento científico propio.

A pesar de las buenas intenciones de Enrique José Varona y del impulso transformador de Julio Antonio Mella, la Universidad alentó el espíritu revolucionario, pero no pudo modificar su estructura y sus funciones. Egresaba médicos, abogados y contadores. No había lugar para economistas, biólogos, sicólogos o sociólogos. Preparaba graduados en ciencias físico-matemáticas y físico-químicas cuyo destino profesional se limitaba al ejercicio de la docencia en la enseñanza media. No había laboratorios ni demanda laboral para la investigación científica.

La Revolución asumió el desarrollo de la educación y de la ciencia como elementos sustantivos e inseparables de su proyecto emancipador. La Campaña de Alfabetización ofreció nuevas oportunidades a los marginados de ayer. Seguir leyendo HOMENAJE A LA CIENCIA CUBANA. GRAZIELLA POGOLOTTI

MARLON BRANDO EN LA HABANA. CIRO BIANCHI ROSS

MARLON BRANDO
Marlon Brando Autor: LAZ 

CIRO BIANCHIDicen que aquella visita fue consecuencia de una apuesta. Marlon Brando compartía con amigos en un cabaret de Miami cuando uno de los del grupo se explayó sobre la música cubana, el danzón, el bolero, el novedoso chachachá y de la música afro con sus tumbadoras, bongoes, quijadas de burro.

—Con gusto me iría ahora mismo a La Habana —exclamó el famoso actor de Nido de ratas y Un tranvía llamado Deseo, que había escuchado extasiado el recuento. Vestía pantalones de vaquero, zapatos tipo tenis y abierta camisa deportiva.

—¿Por qué no lo haces así como estás vestido? —inquirió alguien.

—¿Apuestas algo?

—Lo que quieras…

—Pues… a La Habana me voy.

Con aquel vestuario informal, Brando se fue al aeropuerto para coincidir en la sala de espera con Gary Cooper que, vestido de manera impecable, era como el reverso de la medalla. También viajaría a la capital cubana el laureado intérprete de El sargento York. En la terminal aérea habanera los entrevistaría el periodista Alfredo Guas para la emisora radial del aeropuerto.

—Vengo a visitar a mi amigo, el novelista Ernest Hemingway —declaró Cooper.

Brando expresó por su parte:

—Vengo a ver bailar la rumba. A practicar el toque de las tumbadoras y a comprarme un par de bongós.

Iba a hacer realidad un sueño largamente acariciado. Desde sus días de estudiante en Actor Studio, y tal vez desde antes, sentía afición por la música afrocubana, y no era raro que acudiera al Palladium, en Broadway, a bailar al compás de ritmos llegados de la Isla. No pocos de los que volvían de La Habana lo hacían deslumbrados por los tambores que les fue dable escuchar en las casi marginales «fritas» de Marianao, aquellos pequeños y rústicos centros nocturnos que se alineaban entre las dos rotondas de la Quinta Avenida, desde el Rumba Palace a El Niche; paradójicamente frente por frente al Coney Island y al Habana Yacht Club, la instalación recreativa más exclusiva de la capital. Se moría, sobre todo, por conocer y escuchar a Silvano Shueg, el percusionista santiaguero, más conocido como Chori, y que era capaz de sacarle música a los objetos más insospechados.

Puñetazos en Sans Souci

Marlon Brando desconcertaba a los que lo trataban. Ídolo de las multitudes, parecía sin embargo vivir agobiado por su nombre y cansado de la fama. No era remiso a confesar sus ganas de abandonar el cine para, libre de miradas y opiniones ajenas, vivir su propia vida. Se sentía demasiado escrutado por gente que llevaba la cuenta de los pocos romances que se le conocían y el tibio entusiasmo que mostraba por sus parejas. Un día se sintió tan desconcertado que corrió a esconderse en casa de su sicoanalista. Después de todo, él no era culpable de que le exigieran más de lo que quería dar, como aquella vez que el director cinematográfico Elia Kazan le pidió que visitara a Tennesse Williams. El afamado dramaturgo se deslumbró con la buena pinta del muchacho y demoró menos de un minuto en ofrecerle el protagónico en Un tranvía llamado Deseo.

Tratando de mantenerse en la sombra, Brando  buscó alojamiento en La Habana en un hotel de tercera fila en el que se registró como Mr. Baker. Era el 19 de febrero de 1956. No demoró en ponerse en contacto con Clemente «Sungo» Carrera, un pelotero cubano que jugaba en las Grandes Ligas. Esa misma noche irían al cabaret Sans Souci, en la carretera de Arroyo Arenas. Brando quería saludar a la actriz y cantante Dorothy Dandridge, la estrella del show que el centro nocturno tenía en escena, y de paso explorar si alguien conocía de algún bongó en venta. Un bongó ya «curado» por un buen músico cubano.

El bongosero de la orquesta no quiso vender el suyo, y no había nada en venta, que se supiera. Brando no se interesó por ninguno de los instrumentos que los integrantes de la orquesta trataron de meterle por los ojos. Pero el ir y venir de los músicos hasta aquella mesa, llamó la atención del fotógrafo del cabaret, que no demoró en identificar al actor y comenzar a acribillarlo a flashazos. La intrusión sacó de quicio al artista; hubo palabras fuertes y algún que otro puñetazo, mientras que Dorothy trataba de calmar los ánimos desde la pista y Sungo sacaba del establecimiento a su indignado amigo.

Tampoco tuvo suerte Brando en Tropicana, pero allí el maestro Armando Romeu, director de la orquesta de la instalación, le informó que su amigo Armesto Murgada tenía unos bongós muy buenos, aunque desconocía si los vendería. Seguir leyendo MARLON BRANDO EN LA HABANA. CIRO BIANCHI ROSS

EL COLOR DE DICIEMBRE. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTI

Graziella-Pogolotti-ddsilueProbable señal del cambio climático que se cierne sobre el planeta, el frío de nuestro invierno tropical demora cada vez más en llegar. Las temperaturas bajan en un breve parpadeo, aunque los días son más secos y persiste la particular transparencia del aire con su característica luminosidad que matiza el color de diciembre, definido también en el plano de la subjetividad por las expectativas  del asueto en el año que termina. Se formulan proyectos, variables según las edades, los grupos sociales y los rasgos individuales.

Hay hábitos que se transmiten por tradición. Los puntos cardinales se sitúan en extremos no excluyentes como la búsqueda de la euforia y la evasión en los festejos sobrecargados de alcohol y el rencuentro en el terreno más íntimo del grupo familiar, apremiante en los  provincianos que habitan la capital y regresan a su lugar de origen.

Pero el mundo es más ancho de lo que parece. Ofrece otras opciones de disfrute que requieren un proceso de aprendizaje que debiera comenzar por la familia y la escuela y sostenerse en una política informativa orientada en esa dirección.

Semana tras semana, existen numerosas propuestas musicales, de espectáculos, muestras de nuestras artes visuales, presentaciones de libros novedosos. Las carteleras, necesarias, se limitan a nombrar las cosas. Son útiles para el destinatario informado, quien busca en ellas lo ya conocido, lo que le interesa de antemano. Poco ofrece al que carece de las referencias indispensables. Seguir leyendo EL COLOR DE DICIEMBRE. GRAZIELLA POGOLOTTI

FESTIVAL 40. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTI

 

Muchos reservaban sus vacaciones para disponer, en ese suave diciembre invernal nuestro, del tiempo necesario para ingerir, desde horas tempranas hasta la noche bien avanzada, la variedad de opciones que animaban el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Para los cineastas del subcontinente, la ocasión propiciaba el encuentro excepcional con espectadores ávidos, críticos, entrenados en la lectura de propuestas reveladoras de realidades complejas. Ocultos en el anonimato de la sala oscura recibían la más codiciada compensación, al cabo de un arduo trabajo para procurar los recursos mínimos y completar el proceso de realización de la obra con las reacciones del público ante cada secuencia. Habían encontrado al interlocutor deseado, capaz de dar feliz término  al proceso de creación.

Ese público cualificado se había ido formando mediante la aplicación de una política implementada en los intensos años 60 del pasado siglo. Los cubanos habían sido consumidores de cine en los territorios dotados de electricidad desde la aparición del séptimo arte. Había, sin embargo, extensas zonas de silencio, como nos lo recuerda Por primera vez, el clásico documental de Octavio Cortázar.

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REPENSAR LA PEDAGOGÍA. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTICuando volvemos la mirada hacia la infancia, el recuerdo personal, preñado de nostalgia, nos devuelve la imagen de un paraíso perdido. Olvidamos asperezas, borramos las huellas de los conflictos que atraviesan el aprendizaje de la vida en las relaciones con los coetáneos y las rivalidades latentes, en los vínculos familiares con las demandas insatisfechas de afecto y consuelo, en el trato con el maestro que no entiende a veces las razones de las pequeñas indisciplinas.

Como cada una de las etapas de la existencia, la infancia constituye un universo con perfiles sicológicos específicos. La cultura occidental comprendió tardíamente las particularidades del ser humano en desarrollo. Durante siglos, el niño, sujeto a un rígido autoritarismo, fue considerado como un adulto en miniatura. Marginados por las clases pudientes, y por necesidades de la subsistencia, los humildes tuvieron que afrontar desde temprano, tal y como sucede lamentablemente en muchos lugares del mundo, los más duros trabajos.

El siglo XIX conoció una expansión sin precedentes en la historia, la sicología, la sociología, la antropología y la pedagogía. El desarrollo de esta última debe mucho al pensamiento herético de Juan Jacobo Rousseau.

Se sentaron entonces las bases conceptuales de la nueva escuela en ruptura con el memorismo y el dogmatismo, muy pronto asimiladas por los cubanos, de manera trascendental en la labor formativa emprendida por José de la Luz y Caballero. Desde el maridaje orgánico entre información y formación, en pleno coloniaje, los criollos hicieron de la escuela un espacio idóneo para el crecimiento de valores éticos y la siembra del  espíritu de la nación.

La historia transcurre por etapas de ritmo aparentemente reposado, seguidas de otras dominadas por cambios signados por una vertiginosa aceleración. Inmersos en la búsqueda de soluciones para afrontar los problemas concretos que afectan la adecuada cobertura docente, no podemos permanecer ajenos a las realidades que configuran una contemporaneidad de la que formamos parte.

Avanzamos hacia el acceso progresivo a internet, fuente abierta a una información inabarcable, actualizada en el acontecer del instante en que estamos respirando. En extremo útil para investigadores y especialistas aliviados de las cargas de las penosas búsquedas de antaño que devoraban un tiempo precioso, tiene su contraparte negativa en el empleo de fórmulas diseñadas para la manipulación de las conciencias.

La comida  chatarra induce a la obesidad, uno de los males de nuestros días. La información chatarra promueve adicciones, fabrica íconos de breve duración, alimenta vanidades que, en virtud de las aspiraciones a un reconocimiento público insustancial, rompen los muros otrora bien resguardados de nuestra intimidad.

Con la más cándida ingenuidad, entregamos claves  esenciales de nuestra personalidad al Gran Hermano que las procesa con fines comerciales y con propósitos políticos, consciente del papel decisivo de la subjetividad, vale decir, de la conciencia, en la conducta de los individuos y de las colectividades humanas.

El problema despierta preocupaciones no solo entre aquellos dinosaurios supervivientes de otras épocas. Se manifiesta ya en sectores académicos del Primer Mundo, sumidos desde hace varios decenios en el contexto de esta realidad virtual. Por eso, el debate en torno a la formación de las nuevas generaciones ha pasado a ocupar un primer plano, articulado al proyecto de sociedad que nos proponemos construir.

Desde la perspectiva neoliberal, se trata de entrenar a los educandos para ofrecer fuerza de trabajo según las demandas de las empresas en el aquí y el ahora. En un mercado laboral restringido, se favorece la adquisición de habilidades en detrimento de la formación integral, a la vez que se estimula el espíritu competitivo.

En otra dirección, considerando las exigencias del batallar histórico en favor de un proyecto emancipador en lo individual y en lo colectivo, se promueve el replanteo del pensamiento pedagógico a tenor de las realidades que configuran el presente y habrán de repercutir, como siempre ocurre en la educación, en el futuro.

No podemos olvidar nunca que el niño que inicia ahora su primer grado en la enseñanza elemental comenzará su práctica profesional dentro de varios lustros. En ese mañana todavía nebuloso, tenemos que pensar en medio de las incertidumbres y los apremios del día de hoy que transcurre de manera inexorable.

Fidel propuso que Cuba fuera un país de hombres de ciencia y de pensamiento. Parecía utópico cuando se libraba el combate contra las secuelas del analfabetismo y escaseaban los bachilleres. Trascendiendo una visión utilitarista, el impulso a empresas de mayor alcance rindió frutos en instituciones de reconocido nivel y se tradujo en resultados económicos tangibles.

La necesaria informatización de la sociedad exige repensar los enfoques pedagógicos con visión transdisciplinaria, sustentada en la filosofía, la sicología y la sociología, sin desdeñar las ciencias de la comunicación.

Ante la avalancha de datos, el énfasis  ha de colocarse en la formación de la personalidad y en la adquisición de herramientas para viabilizar el acceso a un amplio espectro informativo disponible en el ciberespacio con el espíritu crítico entrenado para descartar la paja y encontrar lo esencial en el grano.

Hay que despertar el alma dormida en favor del estímulo a  la creatividad y la imaginación, indispensables para entender el mundo en que vivimos y construir, de la ciencia y la tecnología,  una producción rentable por su alto valor agregado, afincando así nuestra independencia y nuestra soberanía.

 

UN LARGO BATALLAR POR LA SOBERANÍA. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA POGOLOTTI

 “Por supuesto que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt […] y lo único indicado ahora es buscar la anexión. […] No puede hacer ciertos tratados sin nuestro consentimiento, ni pedir prestado más allá de ciertos límites. […] Por todo lo cual, es evidente que están en lo absoluto en nuestras manos. […] Con el control que tenemos sobre Cuba, un control que pronto se convertirá en posesión, en breve controlaremos el comercio de azúcar en el mundo. Creo que es una adquisición muy deseable para Estados Unidos. La Isla se norteamericanizará gradualmente y a su debido tiempo contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que hay en el mundo”.

El texto es de la autoría de Leonard Wood, interventor gubernamental de Cuba en los días aciagos que sucedieron al fin de la Guerra Hispano-cubana-norteamericana. Muestra, de manera descarnada, el modo de implementar la anexión de la Isla de acuerdo con la doctrina del Destino Manifiesto. Resalta la férrea dependencia económica y política y las vías para complementarla mediante la construcción de mentalidades.

La cita procede de un artículo de Antonio Núñez Jiménez, publicado a inicios de los 60 del pasado siglo y rescatado en el más reciente número de La Gaceta de Cuba. Su lectura resulta particularmente oportuna en el contexto de la conmemoración del comienzo de nuestras guerras por la independencia y de la última batalla librada en las Naciones Unidas a favor del cese del bloqueo, expresión contemporánea del tradicional propósito de apoderamiento de Cuba por parte del vecino del Norte.

En efecto, pocos países como el nuestro han estado sometidos a tan prolongada lucha por la conquista de su plena soberanía.

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HOMENAJE A BERTA. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTIDe manera recurrente, en los últimos años Berta Martínez evocaba la época de Prado 111 cuando en los 50 del pasado siglo el grupo de teatro Prometeo, bajo la dirección de Francisco Morín, ofrecía regularmente sus funciones a un grupo reducido de fidelísimos espectadores. Cuentan que en una ocasión, antes de iniciar el espectáculo, un actor intentó dirigirse al «estimado público». «El público soy yo», respondió desde la penumbra una voz solitaria.

La sala era pequeña, escasamente amueblada y sujeta a las condiciones de la temperatura ambiente. Se disponía también de un escenario reducido. Atenidos a un repertorio contemporáneo, no tenían que invertir en vestuario de época. Carecían del respaldo de la prensa acreditada en los medios de más amplia circulación. Con empecinamiento de fundadores, ensayaban con rigor, seguían estrenando mes tras mes.

Trabajaban con vistas a afinar un oficio, definir un modo de hacer y conquistar, con paciencia y sistematicidad, un público potencial. Al margen de tentaciones comerciales, confiaban en el porvenir.

A contracorriente, en medio del silencio y de la soledad aparente, Prometeo pudo convocar a un notable elenco de actores. Era un tiempo de espera y de preparación. No buscaban en el teatro un medio de vida, sino un sentido de la existencia volcado hacia la necesidad de tender puentes hacia un público en formación, ese interlocutor necesario. Con el triunfo de la Revolución fue posible desplegar de nuevo la experiencia acumulada. El respaldo gubernamental abrió espacios para la profesionalización del movimiento teatral cubano. Desaparecido Prometeo, Berta Martínez se integró a Teatro Estudio, fundado en 1958, hace ahora seis décadas, surgido también en aquellos años de espera y preparación de la mano de Raquel y Vicente Revuelta.

Berta Martínez pudo desarrollar su labor de actriz en ese ámbito. Hizo mucho más. Se implicó en la dirección escénica. Con la presencia de figuras de rango notable, entre las que se contaban Abelardo Estorino, Raquel y Vicente Revuelta, coexistían en Teatro Estudio distintas concepciones acerca del modo de establecer un diálogo productivo con el público.

Coincidían todos, sin embargo, en que el disfrute de la obra tenía que remover la conciencia del espectador en lo intelectual y, al mismo tiempo, en el territorio de la sensibilidad. Para dotar de sangre y vida renovadas a los clásicos de la literatura dramática, se imponía redescubrir, mediante el estudio y la investigación, las interrogantes vigentes tras la superficie de la letra. Exigía analizar textos y contextos, transmitir ese aprendizaje a los actores y buscar eficaces fórmulas de comunicación. Berta Martínez comprendió la necesidad de conjugar gesto, palabra y música con una imagen visual impactante. Recuerdo todavía su interpretación de Bodas de sangre, de Federico García Lorca, allá por los 80 del pasado siglo.

La firma del contrato matrimonial concebido como alianza de intereses se agigantaba en el centro del escenario. Con una composición inusual de fuerte impacto, la secuencia de acciones subrayaba el inminente desencadenamiento de la tragedia.

Hace muchos años, la lectura de Los miserables, de Víctor Hugo, me reveló la existencia inquietante de una realidad sumergida bajo la superficie de la ciudad. El arte auténtico constituye una vía específica de conocimiento de las zonas más profundas de la realidad.

En medio de la soledad, el desamparo y la adversidad, una generación de artistas cubanos entregó noches sin sueño a la tarea de ir edificando las bases de un oficio, al estudio y a la experimentación.

Aspiraban a contribuir con su obra al crecimiento espiritual de la sociedad en la que habían nacido. Creían en el mejoramiento humano, en la posibilidad de transformar, desde lo más íntimo, el mundo que los rodeaba. Así germinó nuestro Ballet Nacional y se exploraron los caminos de la danza contemporánea. No tenían la percepción, por aquel entonces, del alcance de la tarea fundacional que habría de cristalizar con el triunfo de la Revolución de enero. Con ese auspicio, su obra encontró, en el público naciente, el interlocutor deseado.

Integrada a esa generación fundadora, Berta Martínez se ha marchado. Pero el sello personal de su obra permanece y contribuye a configurar la historia del movimiento teatral cubano.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

CUANDO LLEGUÉ A LA HABANA. GRAZIELLA POGOLOTTI

NUESTRO PATRIMONIO INTANGIBLE. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI

Con la reiteración de los mismos gestos, la rutina, esa invasiva planta parasitaria, devora la luz de cada amanecer. Espoleados por la prisa, andamos y desandamos los mismos caminos, indiferentes a un entorno que conforma un componente indiscutible de nuestra identidad. Los esfuerzos conjugados de la prédica y la restauración nos han llevado a descubrir los valores de una parte de nuestro patrimonio edificado, aunque muchas veces la mirada se detiene tan solo sobre los muros que conservan la marca del paso de los siglos, testigos silenciosos de un tiempo remoto, el de una ciudad que muy pronto habrá de arribar al medio milenio. Huella de nuestro paso por la vida, con su obrar, cada generación entrega su legado a aquellas que habrán de sucederle en el futuro. Los edificios, los monumentos, los libros y documentos que reposan en archivos y bibliotecas son los referentes tangibles, la base material de una memoria que conquista nuevos sentidos cuando la sometemos a la prueba de las interrogantes e inquietudes de la contemporaneidad.

El legado patrimonial permanece entre nosotros más allá de los testimonios con cobertura material. Existe en el insondable territorio de la subjetividad a través de la memoria personal y colectiva formada por recuerdos que asocian el presente y el pasado con las historias de vida enlazadas a los acontecimientos que señalaron hitos en la historia de la nación. Se manifiesta en la evocación de fragmentos de canciones olvidadas, en el anecdotario transmitido por nuestros mayores. Ese legado impregna nuestra cotidianidad mediante la presencia activa del idioma que alguna vez nos fue entregado y que se ha ido moldeando en el transcurso de los años con las cadencias que le son propias, que lo caracterizan y nos identifican. El habla de los conquistadores, trasplantado a otras tierras, otros climas, sometido a contaminaciones de distinta índole, ofrece en el panorama de la América Latina un matizado muestrario de variantes, sin perder por ello los rasgos que lo definen y entretejen una amplísima red de comunicación entre los pueblos.

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CON MI MÚSICA Y LA FALLACI A OTRA PARTE. LEONARDO HABERKORN

LEONARDO HABERKORN

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.
No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún día a dictar clases en una licenciatura en comunicación.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.
Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos -aunque más no fuera para no ser maleducados- todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen.
Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.

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JORNADA DE LA CULTURA CUBANA. GRAZIELLA POGOLOTTI

Como La Marsellesa, el Himno de Bayamo irrumpió en pleno combate. Convocatoria del canto coral, tuvo extraordinario poder unificador. Por primera vez, en un espacio público, el concepto de patria tomaba cuerpo concreto. Se personificaba, porque ella «os contempla orgullosa». La noción abstracta atravesaba la conciencia. Se fundía a través de todas las fibras. Tocaba la inteligencia, el conocimiento de las características del sistema opresor, los sueños en el ámbito de la emoción y de la sensibilidad. Por esa raigambre esencial, asociada a lo más entrañable de la memoria, sus notas conmueven en días de nostalgia y de triunfo, en la urgencia de un llamado a la salvaguarda de la nación. Entonarlo nunca puede convertirse en acción rutinaria, disuelto su significado en la grisura de la cotidianidad, inmerso en los rumores de la ciudad, como sucede a veces cuando los escolares se aprestan a entrar a las aulas.

La historia de la cultura cubana está estrechamente vinculada al crecimiento de la nación. Desde su más remoto origen, aquel Espejo de paciencia relataba en versos el enfrentamiento de los lugareños con los contrabandistas  a causa del secuestro de un obispo. Sin apelar a las autoridades habían actuado de manera autónoma. El negro Salvador Golomón aparecía como héroe de la hazaña. El entorno natural se exaltaba en el elogio a los frutos de la tierra. Muy lejos todavía del contexto que conduciría a hacer insalvables las contradicciones entre los criollos y el poder colonial, el texto literario iniciaba la representación de las particularidades que definían el espacio de la isla.

Muy pronto, las inquietudes se manifestarían en el terreno de las ideas. Llama la atención que en etapa tan temprana como el siglo XVIII el obispo Morell, Arrate y Urrutia emprendieran la tarea de narrar, con los recursos entonces disponibles, la historia de la Isla. Al hacerlo, apuntaban sus particularidades y señalaban algunos atisbos de sicología social. El padre José Agustín Caballero abría una brecha  en la sustancia de un pensamiento dominado por el dogmatismo y la escolástica. Proponía un método para el acceso al conocimiento asentado en la cercanía a los datos de la realidad.

Crecido a su vera, el padre Félix Varela daría un gran salto hacia adelante. Pasaría al plano de la política, formularía una prédica emancipatoria. Exiliado de por vida, había  sembrado ideas en sus discípulos del seminario San Carlos y San Ambrosio y persistió siempre en mantener contacto vivo con su tierra de origen.

Los tiempos, sin duda, habían cambiado. La Revolución Francesa proyectó su ideario renovador y las guerras de independencia en América Latina situaron en el horizonte la posibilidad real de romper el yugo colonial que se iba haciendo muy pesado por la exacción de los bienes del país para satisfacer las necesidades de la metrópoli y la falta de acceso de los nativos a los niveles de decisión  respecto a la política imperante.  Seguir leyendo JORNADA DE LA CULTURA CUBANA. GRAZIELLA POGOLOTTI

DE DÓNDE VENIMOS. GRAZIELLA POGOLOTTI

Dos acontecimientos concomitantes convergen en la necesidad de colocar en primer plano los temas que atañen al presente y al futuro de la nación. Conmemoramos los 150 años del inicio de nuestra primera Guerra de Independencia mientras se abre el debate público acerca del Proyecto de Constitución de la República.

En nuestro contexto, inseparable del complejísimo panorama mundial, el homenaje al Grito de Yara no puede reducirse a un acto conmemorativo. Implica recuento y rescate del hilo conductor que entrelaza la construcción de una nación soberana y la irrenunciable lucha por la emancipación humana. Una historia que se eslabona en cimarronajes, victorias y reveses. En Yara cristalizó el sueño independentista que se había ido forjando, bajo formas diversas, desde que los criollos tomaron conciencia de la expoliación de sus bienes por parte de una metrópoli voraz, los esclavos intentaron romper el yugo y el sector de negros y mestizos vio cercenados sus derechos sociales.

Algo aprendimos en los manuales escolares sobre la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar. Mucho menos se ha indagado acerca de los alcances y el significado de la conspiración de Aponte y mucho falta por divulgar en torno a las medidas extremas que se tomaron en «el año del cuero» con la brutal represión de la llamada Conspiración de La Escalera. El poder colonial se había percatado de la complejidad creciente de la sociedad cubana, donde negros y mestizos conquistaban espacios mediante el desempeño de numerosos oficios, accedían a algunas profesiones y se manifestaban en el campo de las artes, sobre todo en la música. El efecto de las torturas silenció a algunos sobrevivientes y la inmolación de Plácido tuvo un valor simbólico.

Después de la derrota del Zanjón, Baraguá dejó abierta la posibilidad de una esperanza. La sociedad era otra. La nación había germinado. José Martí se dedicó a consolidar la unidad. Venció los recelos de los veteranos y, en primer lugar, forjó la unidad de los de abajo con su prédica y magisterio ante los emigrados humildes de Nueva York y los obreros de Tampa y Cayo Hueso.

La guerra del 95 tuvo una sólida base popular. La intervención norteamericana marginó a los cubanos del tratado de paz. El Ejército Libertador se desarmó. Se impuso la Enmienda Platt y los tratados de reciprocidad reafirmaron la dependencia económica. Hubo bandera en una república cercenada. La decepción y el desaliento se abatieron en un país empobrecido.

A poco de comenzar la tercera década del siglo, con una generación emergente se reagruparon las fuerzas en los sectores obreros, femeninos y estudiantiles. En torno al heterogéneo Grupo Minorista, los intelectuales fundieron en un mismo proyecto la renovación de los lenguajes artísticos y la participación en la vida pública.

El predominio de las dictaduras y la penetración creciente del imperialismo norteamericano que, como resultado de la Primera Guerra Mundial, desplazaba al capital franco-británico en el subcontinente, la resonancia de la Revolución de Octubre y del estallido mexicano de 1910, favorecieron el desarrollo de una conciencia latinoamericanista orientada a la conquista de la segunda independencia con acento descolonizador, arraigado en el reclamo de una auténtica emancipación humana. Mariátegui y Mella propusieron una relectura del marxismo desde la valoración de los rasgos concretos específicos de nuestra América.  Seguir leyendo DE DÓNDE VENIMOS. GRAZIELLA POGOLOTTI

PENSAR LA CIUDAD. GRAZIELLA POGOLOTTI

Allá por los años 30 del pasado siglo, Jorge Mañach entrevistó a Enrique José Varona. La voz del anciano era apenas un susurro. Portador de numerosas cicatrices, había algo hermoso en aquel viejo maestro. Conservaba la vivacidad de espíritu y una valentía sin desplantes. Así pudo desafiar la tiranía de Machado y abrir las puertas a los jóvenes que la combatían. Padeció las represalias. Casi al término de su existencia fue víctima del brutal allanamiento de su hogar.

Como los seres humanos, las ciudades tienen vida e historia. Cargan con las cicatrices del tiempo; son seres animados por el espíritu de la memoria. Desde esa perspectiva, debemos pensar La Habana en vísperas de su medio milenio. Tantos son los problemas que se amontonan y se atropellan para despejar el camino, que hay que definir conceptos, proponer objetivos, divulgarlos y lograr, de esa manera, la complicidad de los pobladores. El medio milenio no será una meta a cumplir sino un recomienzo abierto hacia el futuro.

La noción de urbanismo se hizo realidad concreta entre nosotros después del triunfo de la Revolución. Antes, el crecimiento de la ciudad había obedecido al anárquico rejuego del valor monetario del suelo.

Integrador de todos los factores que intervienen en la vida de la urbe, centrado en los problemas de la gente que la habita, esencialmente humanista, el urbanismo se contrapone a la visión tecnocrática, inmediatista y utilitarista. En esas circunstancias, pudo delinearse el primer plan director de desarrollo de La Habana. Se fundamentó en un análisis histórico, el de la descripción de una ciudad dispersa y extendida en el espacio, habitada ya por la cuarta parte de la población del país, deficitaria en la disponibilidad de empleos, con escasa presencia industrial, desgarrada entre las ostentosas construcciones que bordeaban la costa y la miseria de las áreas periféricas, acrecentada su demografía por el flujo constante de la inmigración interna en demanda de mejores oportunidades, beneficiada por la centralidad del aparato gubernamental, de las instituciones educacionales más importantes y los centros culturales más renombrados.

Ya entonces algunos problemas eran apremiantes. Se manifestaban en la carencia de viviendas, las insuficiencias del transporte, que se agravaban por la extensión de la ciudad y la distancia entre el hogar y el trabajo y en el considerable porcentaje de construcciones en regular o mal estado de conservación.

Para revertir la situación, se emprendieron dos acciones paralelas. Se concedió prioridad al desarrollo de ciudades y poblados del resto del país, mientras se formulaba, con la participación de los arquitectos más destacados, el proyecto de plan director de la capital.

Este contenía una visión de futuridad que lo situaba en la avanzada de la época. No prevalecía entonces la conciencia de los problemas derivados del deterioro del medio ambiente que predomina en la contemporaneidad. Sin embargo, se implementó un cinturón verde en torno a la zona central de la capital. Partía del antiguo bosque de La Habana —Parque Metropolitano—, se extendía por el cordón de la ciudad y alcanzaba el Parque Lenin, el Jardín Botánico y el Zoológico. Son centenares de hectáreas que oxigenan la urbe. Ahí están para disfrute de nativos y visitantes.  Seguir leyendo PENSAR LA CIUDAD. GRAZIELLA POGOLOTTI

UNA MANERA DE SER. FARRUCO SESTO

Mar de Leva

FARRUCO 1

FARRUCO SESTO

FARRUCO 2Tenemos una manera de ser, nosotros, los venezolanos, hombres y mujeres, que sorprende a la gente de otras partes del mundo. Cosas buenas, digo.  Por ejemplo esa universalidad del abrazo, cálido, profundo, verdadero, que lleva el saludo, en su concepto mismo y por supuesto en su práctica, a algo mucho más allá de un gesto ritual o de una formalidad. Con el abrazo revelamos nuestra disposición generosa y abierta hacia cualquiera, hacia la humanidad entera, sin complejos.  Yo he dicho más de una vez que “el abrazo es venezolano”. Porque creo que nos hemos ganado esa distinción.

Otra de las cualidades nuestras, que a veces no es apreciada como se debe por quienes no nos conocen bien, es la de la alegría caribeña, perenne y contagiosa que nos engalana la vida, aun en medio de la adversidad. Y no es una alegría banal, irresponsable, como alguien ha pensado o pudiera pensar.  Es una alegría de vivir, tan enraizada en nosotros que no se diluye con las dificultades.  Una alegría en cierto modo filosófica, como si proviniese de las entrañas del pensamiento,  pero muy natural. Seguramente para sacarle provecho al lado bueno de la existencia y desterrar el lado malo.  O simplemente, en colectivo,  para combatir contra la desgracia que en toda vida es posible, afirmándose al mismo tiempo en la esperanza.

Por estas y otras parecidas cualidades nuestras, de naturaleza sencilla pero profunda, es que yo digo que jamás el enemigo podrá vencernos.   Aunque él trabaja sin descanso para conseguir nuestro desánimo como una pieza indispensable de su perverso plan,  no podrá lograrlo.  Porque somos un pueblo con gran sentido de la dignidad, que de ninguna manera se doblega. Que no va a ceder en su sentido de la vida, ni en su mirada sobre si mismo y sobre el mundo.

¿Por qué traigo estas cosas a colación? Porque estos días nuestro ánimo está de fiesta aun más que de costumbre. Se siente especialmente la alegría. Y es que el sabor de la victoria es muy grato.  Y más cuando esa victoria va en beneficio de todas y de todos. En beneficio de la Patria.

Venga un abrazo, hermano.

Fuente: blog con farruco

LA MUJER Y LA REVOLUCIÓN. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI

El rostro de Panchita conservaba la marca imborrable de la miseria acumulada a través de toda una vida. Trabajaba en la librería de L y 27 que yo frecuentaba semanalmente en busca de novedades. Eficiente, servicial sin servilismo. A pesar de la corriente de simpatía manifiesta entre nosotras, intercambiábamos pocas palabras. Una tarde, sin embargo, le comenté que había hablado de ella con una persona amiga. ¿Fue Charito?, preguntó con amplia sonrisa cómplice.

Así era. En efecto, Charito Guillaume había entregado su existencia toda a la lucha sindical en el frente de las trabajadoras del sindicato de la aguja, —que incluía, entre otras, a las dependencias de los grandes comercios habaneros— contra la discriminación racial prevaleciente en el sector, por mejoras salariales y en defensa del «derecho a la silla», vale decir, de la posibilidad de sentarse cuando no había clientes en el área. Según me relató, militante de base, Panchita había afrontado en la soledad la crianza de su hijo. El suyo no fue, sin embargo, un caso aislado.

Las mujeres cubanas podemos contar con orgullo una historia que nos convierte en precursoras en más de un terreno.

En estos tiempos de debate abierto acerca de nuestro Proyecto de Constitución, corresponde evocar con justicia el perfil de Ana Betancourt, temprana defensora de nuestros derechos en la Asamblea de Guáimaro. Muchas compartieron las duras condiciones de los campamentos mambises. Mariana Grajales se dispuso a ofrendar a sus hijos a la lucha por la conquista de una nación independiente, liberada de la infamante esclavitud y de su secuela racista. A punto de emprender la Guerra necesaria, José Martí anotaba con emoción el gesto de Manana, la esposa de Máximo Gómez. Al ofrecerle alguna ayuda ante el desamparo inminente, la esposa del gran estratega afirmó que nada habría de pedirle a la revolución.

A lo largo de la República neocolonial, la mujer cubana siguió combatiendo por sus derechos, inseparables de la batalla fundamental en favor de la Revolución. Hace poco, Granma retomaba la célebre crónica en que Pablo de la Torriente Brau evocaba la agonía de la muerte de Rafael Trejo, todavía sonriente. «Este muchacho no puede salvarse», comentaban los médicos mientras batallaban por defender aquella vida joven, prometedora, devenida símbolo de lo más valioso del estudiantado revolucionario.  Seguir leyendo LA MUJER Y LA REVOLUCIÓN. GRAZIELLA POGOLOTTI

UN RECUERDO PARA PASTORITA. GRAZIELLA POGOLOTTI

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Procedo de una familia de emigrantes. Compuesta de numerosos  hermanos, la generación de mi abuelo no tenía modo de sobrevivir con los beneficios de una modesta panadería y un minúsculo pedazo de tierra en una aldea del norte de Italia.

Cuba acababa de acceder a la independencia. Diezmados los pobladores por la guerra y la reconcentración decretada por  Weyler, el país abrió las puertas a quienes se dispusieran a trabajar e invertir, de acuerdo con la voluntad, heredada del siglo XIX, de blanquear la población. Para los que se aventuraron a cruzar el Atlántico, un país nuevo ofrecía la perspectiva de conquistar el sueño americano. A poco de llegar a La Habana, los Pogolotti se instalaron en Marianao. Así, pues, cada domingo había que cumplir con el ritual del encuentro familiar.

Desde el corazón de La Habana Vieja, el recorrido hasta la antigua  Quinta Larrazábal resultaba bastante largo, aunque favorecía el paulatino descubrimiento del peculiar entorno marianense. Atravesábamos Puentes Grandes, asociado a la memoria de los Borrero, de Julián del Casal y de Carlos Pío Urbach, donde todavía funcionaba la antigua papelera, para encaminarnos a través de la Calzada Real de Marianao. Junto a lujosas residencias señoriales, protegidas por amplios y bien cuidados jardines, se apiñaban progresivamente núcleos de origen proletario, terminales de ómnibus y pequeños talleres y chinchales que ofrecían respuestas a la creciente demanda de ladrillos.

Esa compleja base social estimuló el desarrollo de un significativo activismo político que trascendió el ámbito local del periódico El Sol para integrarse al debate de temas que involucraban al conjunto de la nación. Desde los ya remotos 50 del pasado siglo, recuerdo de manera particular a Juan Manuel Márquez y Pastorita Núñez, ambos surgidos de lo más profundo del pueblo.

Juan Manuel Márquez, insobornable siempre, había conocido cárcel y persecución desde los tiempos del machadato. Fue el segundo jefe de la expedición del Granma y cayó, brutalmente asesinado, después de Alegría de Pío.

Pastorita, vinculada al Partido del Pueblo Cubano, se entregó en todos los frentes a la lucha contra Batista. Al término de la guerra, había alcanzado el grado de primer teniente del Ejército Rebelde.

Después del triunfo de la Revolución, su figurita modesta, valiente, y con una entrega total a las tareas encomendadas, se proyectó a través de todo el país.

La abolición de la Renta de la lotería formaba parte de un programa que tendía a desarraigar los costados más oscuros de las costumbres y la memoria cultural. Ya José Antonio Saco, en pleno siglo XIX, había criticado acerbamente la seducción ejercida en buena parte de la sociedad por los juegos del azar. Tan arraigado estaba el vicio que subsistió siempre, «por la izquierda», junto a la institución gubernamental, el trasiego cotidiano de la «bolita», hidra nunca extirpada del todo. La Lotería Nacional constituía, además, una fuente de soborno de políticos de toda laya mediante el reparto de las llamadas colecturías más o menos jugosas.

Abolida la Lotería, en febrero de 1959, se fundó el INAV (Instituto Nacional de Ahorro y Vivienda). Una de sus fuentes de financiamiento procedía de la venta de bonos reintegrables a plazo fijo. La empresa tenía como propósito acelerar la construcción de viviendas, uno de los grandes problemas que ha pesado históricamente sobre nuestro país.

Sin arredrarse ante la envergadura de la misión encomendada, Pastorita se valió del apoyo de equipos integrados por los mejores arquitectos y urbanistas de la época, etapa que coincidió con la maduración de las ideas de vanguardia en esta rama del conocimiento, tanto en lo técnico como en lo artístico dispuso también de obreros bien calificados.

Transcurrido más de medio siglo, causa admiración la magnitud de la obra realizada y la complementariedad  de las soluciones adoptadas. Ahí está, incólume, ajustada a las demandas del buen vivir, La Habana del Este. Dispersos por la ciudad se conservan en perfecto estado edificios de apartamentos, modestos y funcionales. En algunos de ellos permanecen todavía sus fundadores. Aquí y allá, en la periferia de la ciudad, se preservan agrupaciones de pequeñas casas independientes. Muchas recibieron nombres en homenaje a los mártires de la Revolución, pero la memoria popular los evoca como las viviendas de Pastorita.

Con el paso de los años, con similar entrega, Pastorita se encargó de planes de desarrollo de la agricultura. Cuando empezó a percibir el peso de la edad, nada reclamó. Encontró refugio en una institución. Nunca doblegada ante las limitaciones impuestas por el desgastante transcurrir de la vida, siguió desarrollando iniciativas que alentaron la creatividad de sus nuevos compañeros, los adultos mayores.

El patrimonio no es la herencia recibida de un ayer definitivamente clausurado. Se sigue edificando en el presente y así habrá de ocurrir mientras exista vida.  Su registro tiene que mantenerse en permanente actualización. En lo espiritual   —ámbito de los valores—, en lo documental —espacio de la creación artístico-literaria— y en el plano de la construcción, el proceso de la Revolución ha ido dejando sus huellas, marca de las generaciones que han moldeado la época.

Urge recoger ese legado con mirada crítica, base de la reflexión indispensable en el momento de tomar decisiones respecto a un mañana que avanza sobre nosotros. De esta Habana en víspera de cumpleaños, corresponde conceder la significación que merece a las obras producidas bajo el auspicio de Pastorita, entre ellas el Conjunto Urbano de La Habana del Este. Justo es añadir, además, las que tuvieron otros auspicios, como la Cujae y el actual Instituto Superior de Arte. Volveré sobre el tema porque queda mucha tela por donde cortar.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

REMEMBRANZAS DEL LOMERÍO. GRAZIELLA POGOLOTTI

«Cabaiguán» había sido chofer de rastras que transportaban bolos por los caminos intrincados de las montañas. Ahora estaba a cargo del camión del grupo de teatro Escambray. Laurette Séjourné —reconocidísima antropóloga franco/mexicana—  y yo,  viajábamos junto a él, apretadísimas en el limitado espacio de la cabina.

Para mostrar su habilidad, bordeaba precipicios, mientras nos explicaba el trabajo artístico del colectivo al que se había entregado con lealtad y entusiasmo, alejado durante meses, en razón de su compromiso laboral, de su natal Fomento.

Invitadas a conocer los primeros resultados del salto hacia el vacío emprendido bajo la dirección de Sergio Corrieri, compartíamos el hábitat común, una  de aquellas casamatas provisionales destinadas a la estancia transitoria de los obreros de la construcción. Se vivía bajo extrema tensión. Los últimos ensayos daban el toque final a la primera confrontación con un público que accedía por primera vez al disfrute de un espectáculo teatral.

Al cabo de meses de estudios, investigación, dudas, desaliento, debates —a veces ríspidos— había llegado la hora de la prueba decisiva. Era un lugar solitario conocido como El Bedero, en las cercanías de Cumanayagua. Un bohío tradicional constituía el único referente escenográfico. Sentadas sobre la yerba húmeda, Laurette y yo permanecíamos en la primera fila. Los espectadores se mantenían de pie. Llegados desde lejos, muchos amarraban los caballos a prudente distancia. Sin tapujos, despojada de edulcorante, La Vitrina, de Albio Paz, abordaba un conflicto latente en la zona. Los campesinos habrían de decidir el camino a tomar ante la propuesta de un cambio de vida asociado a un plan de desarrollo genético con vistas a acrecentar la producción de leche, quesos y helados.

En medio de la oscuridad de la noche, el resplandor de la electricidad se observaba en el horizonte lejano. Quienes accedieran a incorporarse al proyecto, dispondrían de agua corriente, refrigerador para la conservación de los alimentos y televisor para distraer el tiempo de ocio.

 La modernidad irrumpía en medio de tradiciones arraigadas durante generaciones. Ajena al empleo de procedimientos realistas, la presentación escénica, con sus componentes satíricos y sus rasgos de humor negro, estremecía la conciencia individual de cada espectador, lo invitaba al reconocimiento de su verdad y de la naturaleza de sus conflictos.

Concluida la representación, se abrió un debate que se extendía mientras la noche seguía avanzando. De común acuerdo, se repetiría  la función al día siguiente con el propósito de proseguir el diálogo. Acudió una multitud. Comenzaba así una gira por todo el territorio.

Para los actores del Escambray, la experiencia sobrepasó todas las expectativas. A pesar del éxito alcanzado, no hubo festejos. Muchas interrogantes quedaban por descifrar. Implicaban el papel del arte en su irrenunciable compromiso con la búsqueda de una verdad, siempre elusiva, por sujeción a realidades históricas y humanas mutantes.

En jornadas de intensa convivencia, Laurette Séjourné había sembrado la inquietud por profundizar en el conocimiento del otro, portador de otra memoria, de otra cultura, de otro sentido de la vida.

En el transcurso de aquella breve y singular experiencia, surgió en Laurette Séjourné la necesidad de dejar constancia testimonial en un libro. Abriría un paréntesis en sus investigaciones sobre la cultura prehispánica. La antropóloga que habitaba en ella observaba, escuchaba, formulaba preguntas.

En esta ocasión no se trataba de rescatar los restos de una cultura tronchada por el embate de la colonización. Estaba ante una realidad viviente, en pleno proceso de gestación. Remisa a la simplificación reduccionista de la terminología abstracta, su interés se volcaba hacia las repercusiones  de la Revolución Cubana en el subsuelo movedizo de la conciencia humana.

Su mirada se detuvo en el grupo de actores que compartieron con ella horas de trabajo, noches de convivencia en el albergue, conversaciones reveladoras de dudas, vacilaciones, e instantes de plenitud. Obtuvo de Sergio Corrieri algunas páginas de su diario íntimo, complementado con entrevistas a los integrantes del colectivo.

Mediante un sutil manejo del  montaje, construyó un relato que merece ser rescatado del olvido cuando se cumple medio siglo de la fundación del grupo Escambray por un número reducido de teatristas que decidieron correr todos los riesgos al saltar hacia lo desconocido para tender puentes de diálogo con interlocutores marginados hasta entonces del mundo del espectáculo.

Estaban desprovistos de las herramientas necesarias para implementar la comunicación más efectiva con un universo desconocido, sin caer en la tentación  facilista de un didactismo paternalista, sin renunciar tampoco al indispensable rigor artístico. Poco a poco, ampliaron su radio de acción con un trabajo dirigido al público infantil.

Instalados definitivamente, construyeron con sus propias manos el campamento de La Macagua. Corrieri no estuvo solo. Contó con la participación activa de sus colaboradores. Tuvo a su lado a Gilda Hernández, entrenada en la investigación social, actriz, directora, supervisora de la buena marcha de los aspectos prácticos impuestos por el vivir común.  Allá, en su modesta casita, todos sabían que habrían de encontrar una taza de café y un espacio para la reflexión, la sabrosa conversada y las confidencias. Solo la enfermedad pudo arrancarla de un sito donde había decidido echar la vida y hacer su pedacito de Revolución.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

EL ARTE DE ESCUCHAR. GRAZIELLA POGOLOTTI

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Eran los años más duros del período especial. Con la pérdida de los mercados tradicionales, agudizadas las medidas de un bloqueo implacable, el país parecía condenado a precipitarse en el abismo. Escasearon los alimentos, carecíamos de los productos básicos para el aseo cotidiano. Ante la precariedad del transporte público, aparecieron las pesadas bicicletas chinas, garantía del cumplimiento de sus obligaciones por parte de trabajadores y estudiantes.

Interminables apagones acompañaban noches de insomnio. Para recaudar las divisas indispensables hubo que tomar decisiones dolorosas que laceraban principios de equidad. Ante tantas dificultades y un porvenir incierto, algunos flaquearon. Pero se impuso el espíritu de resistencia. A la hora establecida, yo sabía que mis alumnos me aguardaban en el aula. Las escuelas y los hospitales siguieron funcionando, aunque la industria cultural se encontró al borde de la quiebra.

Implicado en la solución de un cúmulo de tareas concretas mientras cargaba sobre sus hombros de atleta la inmensa responsabilidad moral e intelectual del estadista y el estratega, Fidel encontró tiempo para multiplicar sus encuentros con los escritores y artistas. En un comienzo, fueron intercambios sobre temas de trabajo. El país comenzaba a abrirse al turismo. Bien diseñada, la contribución de los creadores a la ambientación de los hoteles ahorraba gastos de importación, mostraba la singularidad y riqueza de nuestra cultura, preservaba la permanencia en la Isla del patrimonio nacional y constituía muestra palpable del desarrollo de diversidad de tendencias.

Fue el punto de partida de un diálogo que desbordaría en alcance y profundidad cualquier agenda previsible. Los efectos de las dificultades económicas repercutían en el delicadísimo entramado de la sociedad. En tan difíciles circunstancias, emergieron del fondo oscuro de la memoria remota valores que parecían periclitados. Aparecieron el buscavidas, el pícaro, el traficante, el maceta. Para un sector de la juventud se redujeron las perspectivas de estudio y trabajo. Más que nunca, había que pegar el oído a la tierra y tocar la realidad con las manos. Tal y como lo revela su extensa entrevista con Ignacio Ramonet, Fidel tuvo siempre lúcida conciencia de la inseparable relación dialéctica entre factores objetivos y subjetivos.

Los congresos y las reuniones del Consejo Nacional de la organización de los escritores y artistas se convirtieron     en espacio idóneo para un amplio   intercambio de ideas. Dejando a un lado asuntos de orden gremial, se abordaron, de manera irrestricta, problemas subyacentes que laceraban valores esenciales de la sociedad en construcción: las manifestaciones de un racismo larvado que marginaba de los trabajos mejor remunerados según el color de la piel, y las amenazas que pesaban sobre la preservación de valiosos conjuntos urbanos.

Fueron largas sesiones de diálogo, amplio, participativo, a veces involuntariamente ríspido, aunque siempre respetuoso. Nunca como entonces tuve la oportunidad de observar en Fidel la excepcional capacidad de escucha y discernimiento que le permitió advertir los síntomas de los problemas que se anunciaban, señales imperceptibles en el horizonte distante, y en la cercanía más inmediata el casi inaudible sonido de la yerba que estaba empezando a crecer.

Capaz de sostener durante horas una concentración sin parpadeo, registraba el sentido de cada palabra, reconocía los matices de la expresión extraverbal del gesto. Para hurgar en lo más profundo, sometía al interlocutor a un apretado interrogatorio. En el fragor de la batalla de ideas se fueron delineando, a partir del análisis de las circunstancias concretas, soluciones para afrontar las dificultades más acuciantes de la inmediatez y proyectar los fundamentos de una estrategia orientada a preservar las bases de una revolución comprometida con la soberanía nacional, los principios de justicia social y la irrenunciable emancipación humana.

Simbólicamente, un 13 de agosto, en pleno ejercicio de nuestro derecho ciudadano, habremos de involucrarnos en el examen del Proyecto de Constitución de la República, instrumento jurídico supremo de la nación. Lo hacemos cuando estamos conmemorando siglo y medio de lucha por la independencia, fragua de una nación que maduró en el enfrentamiento contra el coloniaje y el neocolonialismo y supo forjar, en medio de la guerra, en el campamento mambí, una tradición constitucionalista.

En ese tránsito secular, hubo altibajos, reveses y victorias. Sin renunciar al uso de la violencia en caso necesario, el neocolonialismo asume ahora los recursos de la seducción de inspiración neoliberal. En medio de tan complejo panorama, el debate en torno a la Constitución no puede tomarse a la ligera. Debemos participar con plena conciencia de la alta responsabilidad que estamos asumiendo. Por su carácter de Ley de leyes perdura en el tiempo y se proyecta también hacia el porvenir.

Fuente: Juventud Rebelde

EL RESCATE DE JOSÉ MARTÍ. GRAZIELLA POGOLOTTI

En el año de su centenario, el Apóstol estaba muriendo. Los autores del golpe de Estado que fracturó la vida institucional del país conmemoraban, a bombo y platillo, la efeméride. Convertidos en mascarada, los actos oficiales violaban la esencia nutricia del proyecto martiano, lacerado, además, durante la República neocolonial por el empleo profuso de citas descontextualizadas en boca de demagogos corruptos.

A pesar de tanto desparpajo, la palabra del Maestro sobrevivía en la memoria popular y en un sector juvenil  decidido a encauzar esa llama viviente en un programa de acción.

Los asaltantes al cuartel Moncada amaban profundamente la vida. Disfrutaban la música, las fiestas, habían fundado familia o soñaban con hacerlo. Lazos  entrañables los unían al hogar, a los amigos con quienes podían compartir alguna vez una buena tortilla de papa, bien cocida, a la española. Disfrutaban del deporte.

Así me gusta evocarlos, animados por la  energía propia de la juventud, sonrientes, bromistas, portadores de futuro. Sin renunciar a la felicidad de cada amanecer, se sometieron a la rígida disciplina del clandestinaje. Cuando llegó el día señalado, marcharon hacia su destino, sabedores de que, quizá, la muerte los estaba aguardando.

Afrontaron torturas indescriptibles. Pocos cayeron en combate. La mayoría fue vilmente asesinada, porque la tiranía tenía que cobrar una cuota prefijada de sangre. A la hora del juicio, los sobrevivientes mantuvieron incólume su dignidad y su fidelidad a los principios. Autor intelectual del acontecimiento, Martí volvía a colocarse en el centro de la historia.

Me inclino —reverente— ante el pasado, pensando sobre todo en el presente y el porvenir. En el complejo panorama contemporáneo ha llegado la hora de emprender el rescate de José Martí, trascendiendo el ceremonial de las conmemoraciones y el reparto de migajas de corteza para llegar a lo más profundo de la esencia de un pensar que traspasó lo coyuntural y develó las amenazas latentes que pesaban sobre el porvenir de Nuestra América.

Martí detectó la naturaleza de las fuerzas que impelían al imperio en desarrollo a apoderarse de las tierras situadas al sur del Río Bravo. Como lo había intuido antes Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, comprendió la diferencia que separaba la noción abstracta e ilusoria de modernización del auténtico proyecto de modernidad, hecho a la medida de nuestra historia y de nuestras necesidades.

El aldeano vanidoso sucumbe ante las promesas tentadoras de un mercado desregulado. De producirse una situación crítica, se podría acudir a la ayuda del Fondo Monetario  Internacional, caer en la trampa de deudas impagables  e imponer y someterse a las arrasadoras políticas de ajuste. El poder hegemónico ha refinado al extremo un amplio abanico de recursos. El pensamiento neoliberal penetra todas las esferas y pervierte la aparente inocencia del lenguaje. Pone al servicio de la propaganda los recursos del marketing. Apela al golpe suave y no descarta, en caso necesario, las viejas fórmulas de intervención directa. Desacredita la política, convirtiéndola en espectáculo centrado en la realidad objetiva de la corrupción que socava el conjunto de las instituciones, incluidos los tres poderes —ejecutivo, legislativo y judicial— establecidos como rasgos definitorios de la democracia burguesa.

Ante una izquierda desconcertada, desgajada en fragmentos, vale la pena hacerse cargo de un nuevo rescate de José Martí, transfundirle aliento renovador mediante una relectura contemporánea integral. Decía en Nuestra América: «Al tigre no se le oye llegar,  porque viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene el tigre encima». Esa definición irrumpe en un discurso que puntualiza lo que habremos de hacer como autodefensa y principio de todas las cosas: «Los pueblos que no se conocen han de darse prisa por conocerse, como quienes van a pelear juntos». Subraya a continuación que el camino del conocimiento pasa por el ejercicio sistemático de la crítica.

Martí revive en una hora decisiva para el porvenir de los pueblos de Nuestra América. En trinchera de ideas no se combate con piedras. Como planteara Fidel, para salvar la continuidad de la necesaria Revolución redentora, hay que hacer en cada etapa lo que corresponde a ese momento. Retomar las claves de la historia, apropiarse de los saberes que afianzan el poder hegemónico, escudriñar a fondo la compleja realidad de nuestros países en lo que tiene de duradero en su memoria cultural y de mutante en las demandas del devenir de los tiempos, constituyen tareas impostergables.

Contamos con enormes reservas minerales, hídricas, y con una naturaleza que contribuye a oxigenar el planeta. Disponemos de un potencial de recursos humanos de gran valía, apto para acceder al conocimiento requerido para definir nuestro proyecto de modernidad, devolver a la palabra su prístina transparencia y desterrar para siempre al aldeano vanidoso.

Nuestra América está ahí, palpitante. Espera por nosotros. Se manifiesta en las voces de quienes acompañaron la campaña de López Obrador, en ese México tan cercano, donde el Apóstol vivió, trabajó, profundizó su aprendizaje del continente y encontró el calor de la amistad fraterna de Manuel Mercado.

Fuente: Juventud Rebelde