Archivo de la categoría: LA BUENA MEMORIA

JULIO, OCHENTA AÑOS DESPUÉS

Ahora que el ICAIC cumple 60, encontré en mis archivos estas palabritas pronunciadas con motivo del 80 cumpleaños de Julio García Espinosa, en septiembre de 2006. También recuerdo que La Jiribilla las publicó. Es basado en la versión de ésta y en mis apuntes de entonces, que logré reconstruirlas. Julio se comportó de tal modo conmigo a lo largo de su vida, que merecerá mi elogio y gratitud siempre. Es el ICAIC que mejor recuerdo. (OG)
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El gran cineasta e intelectual cubano Julio García Espinosa, uno de los fundadores del ICAIC.

Hace poco celebramos aquí mismo, en la sala Chaplin, el ochenta cumpleaños de Alfredo; ahora el motivo de nuestra alegría es la fiesta de Julio. Sin lugar a dudas ha pasado el tiempo, y nosotros, que llegamos después, sentimos un gran compromiso y la suerte de tener bajo la sombrilla del ICAIC a dos de sus fundadores y a sus dos primeros responsables.

Quizás esto sea bastante singular entre las instituciones cubanas: que exista una relación cimentada en el respeto, en la colaboración y en la ética, entre los compañeros que en diferentes momentos les ha tocado dirigir una institución como esta, de larga vida y muchísimo prestigio en la cultura cubana, en la cultura latinoamericana y, sin ninguna modestia pero con mucho realismo, en la cultura universal.

A esa relación que se dio durante muchos años entre Julio y Alfredo, ese one-two excepcional, se le echa de menos hoy en el ICAIC de nuestros días. Si bien están, su papel es diferente. Entonces el uno complementaba al otro y ambos hicieron posible un momento irrepetible, por el que hay sin lugar a dudas nostalgia entre los antiguos trabajadores del Instituto.

Con Julio nosotros hablamos muy a menudo y de muchos temas, es un asesor absolutamente comprometido, y lo más útil de esas conversaciones, de esos diálogos, es lo que él les aporta. Cada una de esas aproximaciones al cine, al destino del cine en Cuba, al momento que vive el mundo –en el caso del audiovisual, particularmente–, dejan un saldo muy provechoso en quienes participamos de tales pláticas, porque Julio es coherente absolutamente con todo lo que ha escrito y con todo lo que ha hecho.

En su obra cinematográfica a veces uno advierte la impronta de sus palabras, y en estos mismos pasajes que acabamos de ver, hemos sentido cómo se nos “conduce”, cómo se nos hace pensar y sentir lo que él quiere que pensemos o sintamos de una manera directa, no muy elíptica o parabólica precisamente. Eso hace que su obra y su vida tengan un estilo y, eso mismo, un sentido, aunque sea muy difícil lograrlo para cualquier creador. La obra cinematográfica de Julio es perfectamente identificable, reconocible, en el contexto de otras filmografías cubanas; tiene una huella suya, única y constantemente provocadora. Porque Julio es un provocador que con sus reflexiones mueve permanentemente el intelecto en la dirección de la inconformidad. Él es un inconforme dotado de una lucidez renacentista.

Yo digo siempre que a nosotros nos quedan pocos renacentistas, en el sentido en que lo fueron Alejo Carpentier o Lezama Lima. Retamar es uno de esos pocos renacentistas que nos quedan, y está, además y por suerte, en esta sala. Aquí están también otros muchos amigos de Julio: artistas de la Plástica, como Fabelo, cineastas, como Pepe Massip, que estuvo con Julio en la fundación del ICAIC, y muchos otros compañeros de fila. Pero nos están haciendo falta más pensadores y artistas de la talla de Julio.

Con gratitud y responsabilidad, he querido destacar su coherencia, su organicidad como intelectual revolucionario cubano; el hecho de haberse mantenido fiel a ese credo político y estético, su vocación de compartir, de enseñar –hoy es el director de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, luego de haber sido también uno de sus fundadores–, precisamente cuando muchos a su edad se dedican a escribir memorias, que también serían enjundiosas en su caso, o a contar la historia de otra manera a como sucedió realmente .

Julio está constantemente buscándose “problemas” –y le quedan muchos todavía por buscarse–; así, está pensando qué va a hacer el año próximo cuando en la Escuela haya que decidir quién será el nuevo director de la institución. En este período que Julio ha sido su director, la escuela ha avanzado muchísimo en el campo de las humanidades, por ejemplo, y en la vinculación con la cultura y la realidad cubanas. A él, démoslo por seguro, jamás le faltará trabajo. Es un artista..

Julio ha estado en todos los momentos, en todas las convocatorias de la cultura cubana y de la sociedad contemporánea a los intelectuales, no sólo como adherente, también como protagonista. No hubo un hecho social o político importante en que él no estuviera aportando su inteligencia, su visión comprometida con el destino de la Patria. En cada espacio, en cada asesoría, en los debates, en los talleres, siempre lleva consigo, y para los demás, esa hondura, esa inconformidad fundamentada, que tan útil resulta en momentos de egoísmo y ligereza.

Cuando se llega a la edad de 80 años (y debo acotar que Julio me decía hace unos días que anhelaba que llegara el 2007, para ver si nadie le recordaba sus cumpleaños); cuando se ha vivido, decía yo, como ha vivido Julio, llegar a los 80 años significa ese signo de renovación al que se refería Víctor (Fowler): se siente que falta mucho, se siente que se está vivo, que queda muchísimo por hacer. (Ahora mismo, por ejemplo, él quiere, cuando deje la Escuela, filmar la película de su papá, y habrá que procurarle el financiamiento necesario para que haga su película.)

Julio querido, para terminar, te digo que todos los que hemos venido a celebrar tu cumpleaños en esta sala, y los muchos que faltan, estamos complacidos y felices contigo y con tu obra, aunque te lo estemos diciendo diecisiete días después de la fecha real de tu onomástico. Así es la vida, hermano, cuando entras y sales de la eternidad tan a menudo como tú.

22 de septiembre de 2006.

MARLON BRANDO EN LA HABANA. CIRO BIANCHI ROSS

MARLON BRANDO
Marlon Brando Autor: LAZ 

CIRO BIANCHIDicen que aquella visita fue consecuencia de una apuesta. Marlon Brando compartía con amigos en un cabaret de Miami cuando uno de los del grupo se explayó sobre la música cubana, el danzón, el bolero, el novedoso chachachá y de la música afro con sus tumbadoras, bongoes, quijadas de burro.

—Con gusto me iría ahora mismo a La Habana —exclamó el famoso actor de Nido de ratas y Un tranvía llamado Deseo, que había escuchado extasiado el recuento. Vestía pantalones de vaquero, zapatos tipo tenis y abierta camisa deportiva.

—¿Por qué no lo haces así como estás vestido? —inquirió alguien.

—¿Apuestas algo?

—Lo que quieras…

—Pues… a La Habana me voy.

Con aquel vestuario informal, Brando se fue al aeropuerto para coincidir en la sala de espera con Gary Cooper que, vestido de manera impecable, era como el reverso de la medalla. También viajaría a la capital cubana el laureado intérprete de El sargento York. En la terminal aérea habanera los entrevistaría el periodista Alfredo Guas para la emisora radial del aeropuerto.

—Vengo a visitar a mi amigo, el novelista Ernest Hemingway —declaró Cooper.

Brando expresó por su parte:

—Vengo a ver bailar la rumba. A practicar el toque de las tumbadoras y a comprarme un par de bongós.

Iba a hacer realidad un sueño largamente acariciado. Desde sus días de estudiante en Actor Studio, y tal vez desde antes, sentía afición por la música afrocubana, y no era raro que acudiera al Palladium, en Broadway, a bailar al compás de ritmos llegados de la Isla. No pocos de los que volvían de La Habana lo hacían deslumbrados por los tambores que les fue dable escuchar en las casi marginales «fritas» de Marianao, aquellos pequeños y rústicos centros nocturnos que se alineaban entre las dos rotondas de la Quinta Avenida, desde el Rumba Palace a El Niche; paradójicamente frente por frente al Coney Island y al Habana Yacht Club, la instalación recreativa más exclusiva de la capital. Se moría, sobre todo, por conocer y escuchar a Silvano Shueg, el percusionista santiaguero, más conocido como Chori, y que era capaz de sacarle música a los objetos más insospechados.

Puñetazos en Sans Souci

Marlon Brando desconcertaba a los que lo trataban. Ídolo de las multitudes, parecía sin embargo vivir agobiado por su nombre y cansado de la fama. No era remiso a confesar sus ganas de abandonar el cine para, libre de miradas y opiniones ajenas, vivir su propia vida. Se sentía demasiado escrutado por gente que llevaba la cuenta de los pocos romances que se le conocían y el tibio entusiasmo que mostraba por sus parejas. Un día se sintió tan desconcertado que corrió a esconderse en casa de su sicoanalista. Después de todo, él no era culpable de que le exigieran más de lo que quería dar, como aquella vez que el director cinematográfico Elia Kazan le pidió que visitara a Tennesse Williams. El afamado dramaturgo se deslumbró con la buena pinta del muchacho y demoró menos de un minuto en ofrecerle el protagónico en Un tranvía llamado Deseo.

Tratando de mantenerse en la sombra, Brando  buscó alojamiento en La Habana en un hotel de tercera fila en el que se registró como Mr. Baker. Era el 19 de febrero de 1956. No demoró en ponerse en contacto con Clemente «Sungo» Carrera, un pelotero cubano que jugaba en las Grandes Ligas. Esa misma noche irían al cabaret Sans Souci, en la carretera de Arroyo Arenas. Brando quería saludar a la actriz y cantante Dorothy Dandridge, la estrella del show que el centro nocturno tenía en escena, y de paso explorar si alguien conocía de algún bongó en venta. Un bongó ya «curado» por un buen músico cubano.

El bongosero de la orquesta no quiso vender el suyo, y no había nada en venta, que se supiera. Brando no se interesó por ninguno de los instrumentos que los integrantes de la orquesta trataron de meterle por los ojos. Pero el ir y venir de los músicos hasta aquella mesa, llamó la atención del fotógrafo del cabaret, que no demoró en identificar al actor y comenzar a acribillarlo a flashazos. La intrusión sacó de quicio al artista; hubo palabras fuertes y algún que otro puñetazo, mientras que Dorothy trataba de calmar los ánimos desde la pista y Sungo sacaba del establecimiento a su indignado amigo.

Tampoco tuvo suerte Brando en Tropicana, pero allí el maestro Armando Romeu, director de la orquesta de la instalación, le informó que su amigo Armesto Murgada tenía unos bongós muy buenos, aunque desconocía si los vendería. Seguir leyendo MARLON BRANDO EN LA HABANA. CIRO BIANCHI ROSS

SILVIO RODRÍGUEZ: “CUANDO ESCRIBÍ ‘EL NECIO’ ESTABA PENSANDO EN FIDEL”. (VÍDEO DE LA CANCIÓN)

Hace una década, en medio de una entrevista con Radio Nacional de Venezuela, Silvio Rodríguez contó la historia tras “El necio”, una canción publicada en 1992, en un disco titulado simplemente Silvio, donde el trovador evoca al líder de la Revolución cubana, a quien llamó “un maestro del humanismo”.

“Cuando escribí ‘El necio’, estaba pensando en Fidel y, hasta cierto punto, en mí”, comienza el relato de Silvio Rodríguez.

“Lo que me llevó a escribir —dijo el músico— fue el ambiente ideológico de fines de los 80, principios de los 90, el derrumbe del campo socialista. Ya estaba la glásnost en la Unión Soviética y se veía que aquello apuntaba hacia algo catastrófico. Hubo varios periodistas en La Habana que me preguntaban por qué no me pronunciaba al respecto. Y yo pensaba, sigo pensando y siempre pensé igual, que no tengo tampoco por qué pronunciarme acerca de cada cosa que sucede. Ese no es mi oficio, no es mi trabajo. A veces no tengo nada que decir, o se está produciendo todavía un proceso de acumulación necesario para que en algún momento se convierta en expresión y brote. Mientras tanto, no puedo hacer nada, ni forzar las cosas, porque no me sale una buena canción”.

Según el trovador cubano, “es mejor quedarse con la boca cerrada a hablar boberías. Y en el caso de la canción, es más imperdonable todavía, porque, ¿cómo tú vas a hacer trascender algo que no vale la pena?”.

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ALÍ, QUERIDO ALÍ. ROSA MIRIAM ELIZALDE

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ROSA MIRIAM ELIZALDE

ROSA MIRIAM 2Tristeza absoluta. Hablamos no hace tanto de agregar un nuevo capítulo a “Antes de que se me olvide” y de la revisión que le debías a un libro dedicado a Magoya, tu jefe en la guerrilla que vino a La Habana herido ya de muerte y “se nos fue como rayo”. Tengo las transcripciones de esa conversación con el Comandante Magoya, a ratos inexplicables, porque se me escapan los nombres de los personajes y los venezonalismos intrincados del viejo revolucionario.

En los últimos tiempos volvíamos una y otra vez a los días de la guerrilla y repasábamos los cuentos de la clandestinidad y de la guerra, con Magoya, El Cabito y el Catire Larralde como protagonistas que, si no fuera por la devoción que le tenías a la verdad, habrían parecido personajes inventados por un loco. “La realidad siempre es más delirante que cualquier novela”, dijiste.

A veces pienso que la del Comandante Fausto fue la etapa más plena de alguien que estuvo, no en los márgenes, sino en los hechos y fechas recordables de la Historia de Venezuela en los últimos 60 años: el derrocamiento del dictador Pérez Jiménez, la clandestinidad, la guerra y la paz, los informes de la CIA, la Revolución pospuesta, las batallas partidistas y parlamentarias, el Caracazo, Hugo Chávez antes, durante y después de la rebelión de febrero de 1992, la OPEP, el Golpe de Estado del 2002 y el Paro Petrolero, las tensiones de varios ministerios, UNASUR, la Embajada de Venezuela en Cuba…

No hay otro venezolano que haya vivido tan intensamente y por tanto tiempo la Historia en mayúsculas de su país y que lo llevara con tanta humildad, decencia y aplomo. Quizás porque te habías visto tantas veces frente a la muerte y no le temías. “Ya la conozco. De alguna forma ya la conozco”, y me contaste de Samuel Beckett que hablaba de la “extraña obligación de seguir adelante”.

Cada vez que escuche “bella ciao” recordaré que la cantamos juntos con el Malecón de testigo, felices de haber terminado aquel libro tras cinco años de idas y vueltas de La Habana a Caracas. Inevitablemente volveré a abrazar aunque sea mentalmente al amigo, último de los partisanos que nos quedaba en este mundo.

Alí, querido Alí.

GARCÍA MÁRQUEZ: LA PRIMERA NOCHE DEL BLOQUEO

Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto, sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la Isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba. La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón.

Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 000 artículos útiles e inútiles pera la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos.

No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban montadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral  –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población–el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión
de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país habla cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga y las costas estaban  patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones enviados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución.  Seguir leyendo GARCÍA MÁRQUEZ: LA PRIMERA NOCHE DEL BLOQUEO

EL CINE CUBANO Y LA LITERATURA. WICHY NOGUERAS

LUIS ROGELIO NOGUERAS*

El cine cubano de ficción se ha nutrido hasta hoy, básicamente, de guiones originales más que de obras literarias. Ello se ha debido, en parte, a la urgente necesidad de  elaborar un lenguaje propio que tenían –en los primeros años de poder revolucionario– los jóvenes cineastas de la Isla; pero también –es  justo reconocerlo– a que la narrativa,  que  debía haber  aportado una especie de «reserva» (en la cual nuestros realizadores cinematográficos encontraran temas para sus filmes) era y en  cierta medida es aún relativamente escasa en un país que, como Cuba, ha tenido siempre una más sólida y sostenida tradición poética.

No obstante, en los 20 años transcurridos desde la creación del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, se han llevado a la pantalla algunas  obras literarias, la mayor parte de las veces en versiones libres, lo cual, dicho sea de paso, no solo es un derecho legítimo del cine, sino casi una necesidad, habida cuenta que el cine y la literatura son dos sistemas de signos distintos.

La primera novela que entró en nuestra cinematografía fue la célebre obra de los humoristas soviéticos Ilya Ilf y Eugene Petrov Las doce  sillas. En los años iniciales de la Revolución  de Octubre, los burgueses abandonaron masivamente a Rusia; pero imposibilitados de llevarse con ellos sus joyas, y en la errónea creencia de que los bolcheviques no podrían mantenerse por mucho tiempo en el poder, las ocultaron, a veces en sitios inverosímiles. Las doce sillas es, precisamente, la rocambolesca historia de uno de esos tesoros ocultos. Algo similar ocurrió en Cuba después de 1959. Por eso no le resultó difícil al realizador Tomás Gutiérrez Alea adaptar la hilarante obra de Ilf y Petrov y entregarnos así su divertida versión de Las doce sillas, filme, por cierto, que batió en su momento récords de taquilla.

El propio Gutiérrez Alea filmó en 1963 una historia basada en la amarga novela Gobernadores del rocío,  del gran escritor haitiano Jacques Roumain. El filme (titulado Cumbite) no alcanzó ni la calidad ni la popularidad de Las doce sillas, aunque  hoy  podemos reconocerle algunos valores, en especial de ambientación.

En 1967 Julio García Espinosa rueda Las aventuras de Juan Quinquín, sobre la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho, del poeta, narrador y folclorista villaclareño Samuel Feijóo. El gracejo campesino de los diálogos, la frescura y espontaneidad de la estructura, el bien logrado humor de las situaciones hacen del filme de García Espinosa una obra inolvidable.

Ese mismo año Sergio Giral realiza el documental El cimarrón, inspirado en el bestseller mundial Biografía de un cimarrón, del cubano Miguel Barnet, y al año siguiente (1968), Gutiérrez Alea termina una de las películas cubanas más elogiadas por la crítica internacional: Memorias del subdesarrollo, basada en la novela homónima de Edmundo Desnoes. Como ha ocurrido en muchas ocasiones, la excepcional calidad del filme no se debe tanto a la desigual noveleta de Desnoes como al guion, en el que laboraron el propio escritor y Gutiérrez Alea.

Manuel Herrera utilizó para su filme Girón (1972) no solo testimonios personales de combatientes, sino también las obras Girón en la memoria, de  Víctor Casaus, y Amanecer en Girón, del piloto de  guerra  Rafael del Pino. También en 1972, Sergio Giral filma El otro Francisco, filme que pretende mostrar y rebatir las concesiones ideológicas  que hizo en su Francisco nuestro costumbrista cubano del siglo XIX Anselmo Suárez y Romero.

Cuatro  años más tarde (1976), el propio Giral realiza Rancheador, inspirándose en el extraordinario documento literario Diario de un rancheador, de Cirilo Villaverde.

Lugar aparte merece la coproducción cubano-franco-mexicana El recurso del método, del realizador chileno Miguel Littín. Basado en la célebre novela de Alejo Carpentier, el filme de Littín es una excelente muestra de adaptación cinematográfica de una obra literaria por demás compleja y muy afincada en los secretos de la palabra.

Resulta significativo que la década del 80 se inicie con Cecilia, de Humberto Solás. A 20 años  del  nacimiento de nuestro cine  revolucionario, la más popular obra  literaria  cubana de ficción (Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde) llega a las pantallas, seguramente enriquecida con las enormes posibilidades que brinda el cine y el indiscutible talento de Solás.

Las predicciones en materia de arte resultan siempre fallidas. Pero no es imposible avizorar desde aquí que el cine cubano, dueño ya  de sus recursos expresivos, está en inmejorables condiciones para replantearse la posibilidad de buscar, en las obras literarias que ha producido nuestro país, desde El espejo de paciencia (1608) hasta hoy, nuevas fuentes de inspiración.

*Intelectual cubano (1944-1985). Artículo tomado del libro De nube en nube. Presumiblemente, fue escrito en 1980 para ser presentado como ponencia en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Fuente: GRANMA

EL PASADO YA NO ES LO QUE ERA. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

El acontecimiento

Entre el 26 de julio y el 4 de diciembre de 1968 se produjo en México el sismo social urbano más importante de la segunda mitad del siglo XX. El epicentro se localizó entre los estudiantes de instituciones de educación media y superior de la capital de la República y tuvo réplicas a lo largo y ancho del país. Cincuenta años más tarde, seguimos viviendo sus efectos.

El movimiento del 68 fue un acontecimiento, en el sentido que Alan Badiou da al término. Fue algo excesivo, espinoso e imprevisible que propuso situaciones nuevas. Un suceso que alteró no únicamente la vida de quienes participaron en él, sino la de muchas otras personas más.

A pesar de la violencia con que fueron sofocadas, las protestas del 68 constituyeron, en su momento, la ruptura más relevante del sistema político mexicano en muchos años. Otros movimientos previos fueron vencidos por la fuerza y absorbidos por el sistema sin pagar grandes costos políticos. No así el movimiento del 68. Su represión generó una fuerte crisis de legitimidad y propició la formación de nuevos actores políticos opuestos a él.

Hoy, el mito del 68 se ha agrandado. Es el momento fundacional de una nueva etapa y el anuncio de la culminación de otra. Es una identidad, una experiencia de crisis que, más allá de la racionalidad, ha generado formas de acción y valores compartidos afectivamente, tanto por una parte de la clase política emergente como por varias generaciones. En esa fecha se establecieron gran parte de los elementos que integran la conciencia pública del México actual.

La protesta estudiantil tuvo alcance nacional. Afectó aproximadamente a cien universidades, normales, colegios, escuelas, institutos de enseñanza media y superior y centros escolares públicos y privados.

Los protagonistas principales de las protestas, aunque no los únicos, fueron jóvenes estudiantes. Muchos maestros desempeñaron un importante papel. Si bien existían organizaciones estudiantiles permanentes y militantes de partidos políticos de izquierda entre ellos, la gran mayoría de los participantes no tenía una experiencia política previa. La protesta surgió al margen de las organizaciones tradicionales de representación partidaria o gremial.

Los estudiantes organizados políticamente, que antes ya habían participado en luchas, desempeñaron un papel importante en el surgimiento y curso de la revuelta. Ellos habían participado en las jornadas en defensa de la Revolución Cubana y en contra de la guerra de Vietnam.

La movilización resumió decenas de luchas universitarias y educativas previas. Por ejemplo, la resistencia de las normales rurales, amenazadas desde finales del sexenio de Adolfo López Mateos, renacida a raíz de la desaparición forzada de 43 estudiantes de Ayotzinapa el 26 de septiembre de 2014. O los conflictos universitarios que estallaron a lo largo de la década de los sesenta en Guerrero, Chihuahua, Puebla, Michoacán, Durango, Sinaloa, Sonora y Tabasco.

Durante casi cuatro meses y medio, los estudiantes se convirtieron en portadores de cuestionamientos y de ruptura con el régimen de la Revolución Mexicana. Su revuelta fue más que una sublevación generacional contra la rigidez estructural que bloqueaba su movilidad social: fue el canal de expresión de una crisis profunda en la sociedad urbana. Muestra de ello fue el pliego petitorio de seis puntos que cohesionó su lucha, integrado por demandas no estrictamente estudiantiles.

Los blancos ideológicos de la revuelta fueron cuatro: el autoritarismo del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el presidencialismo, la ideología de la Revolución Mexicana y el imperialismo estadounidense. Además de la figuras de Emiliano Zapata, Francisco Villa y Ricardo Flores Magón, los jóvenes reivindicaron al Che Guevara, Mao Tse Tung y Ho Chi Minh.

El movimiento auspició la emergencia de una nueva forma de pensamiento y de subjetividad política. A partir de entonces, los estudiantes crearon sus propias tradiciones de lucha, forjadas al margen de partidos y organizaciones. Se propició la emergencia de una cultura política radical, el encuentro entre jóvenes y los brotes recurrentes de malestar social. Se dio carta de naturalidad a la consigna de formar una alianza obrero-campesino-estudiantil. Se proporcionó una lección práctica sobre la naturaleza del Estado: el de instrumento de dominación de una clase.

Durante la protesta todo ocurrió políticamente, pero ajeno a la política tradicional. Lo político irrumpió más allá de una identidad social específica. ¿Hubo una transformación benigna de costumbres y modos de vida? ¿Se produjo una sacudida cultural? Sí, pero la política fue su vehículo de expresión.

La protesta estudiantil se estructuró en torno a tres experiencias organizativas centrales: el Consejo Nacional de Huelga (CNH), los comités de lucha y las brigadas.

Integrado por representantes de escuela, nombrados en asamblea y revocables, el CNH dirigió el movimiento. Los comités de lucha eran la instancia organizativa en cada escuela, responsables de articular actividades y comisiones. Las brigadas estaban constituidas por grupos de afinidad, de entre cinco y 10 personas, generalmente las más combativas y militantes.

La revuelta estudiantil de 1968 propició una diáspora estudiantil de las universidades en la que muchos de sus participantes se involucraron en la construcción de proyectos políticos, sociales y culturales de izquierda en tres grandes polos: formación y fortalecimiento de partidos políticos progresistas, lucha armada y organizaciones populares de masas autónomas e independientes. El 68 favoreció el surgimiento de un nuevo tipo de intelligentsia,su marcha al pueblo y el desarrollo de una amplia variedad de movimientos sociales.  Seguir leyendo EL PASADO YA NO ES LO QUE ERA. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

VIETNAM EN EL ESPÍRITU Y LA CARNE DE CARPENTIER. MARTA ROJAS

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El ilustre escritor cubano sintió como suya la lucha de toda una nación por lograr ser libre. Foto: Archivo de Granma

MARTA ROJAS

La voz del escritor cubano Alejo Carpentier fue una de las más elocuentes escuchadas en el Tribunal Internacional Bertrand Russell, contra los crímenes de guerra en Vietnam, que sesionó en Estocolmo, el 8 de mayo de 1967.

Carpentier, integrante de la delegación del Comité Cubano de Solidaridad con Vietnam del Sur –presidida por la doctora Melba Hernández, heroína del Moncada–, rindió testimonio de su estancia en Vietnam.
Granma les ofrece fragmentos de un emocionante discurso carpenteriano muy bien acogido y difundido en Cuba de forma inmediata y que respondía al llamamiento del científico inglés Lord Bertrand Russell: «¡Ojalá pueda este Tribunal impedir que el crimen del silencio se cumpla!».
Al leer este texto, invitamos a nuestros lectores a recordar que –como decía Carpentier al comienzo de su testimonio– «la vida continuaba en Vietnam». Y Vietnam venció y es hoy diez veces más hermoso como, premonitoriamente, lo vaticinó Ho Chi Minh.

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La indignación a nivel mundial por la guerra en Vietnam movilizó la opinión pública de varias naciones, entre ellas la del pueblo de Estados Unidos. Foto: margutte.com

LA GUERRA EN VIETNAM NOS INCUMBE A TODOS

«La destrucción de las ciudades ha crecido en violencia: el asesinato de niños continúa, más allá de la frontera, en las imágenes espantosas que hemos visto (…).

«En octubre del año pasado, respondiendo como escritor a una cordial invitación de la Unión de Escritores de Vietnam, fui a Hanoi, donde estuve durante más de dos semanas. Durante ese tiempo fui invitado a visitar diferentes ciudades, una de ellas Nan Dinh, situada al norte del paralelo 17, donde observé paisajes de catástrofe, contemplé ruinas y oí a hombres, mujeres y aun niños supervivientes…

«Aunque vi a Hanoi viva y resistente, comprobé que se trata de una ciudad duramente amenazada, de una ciudad a quien la evidencia de la escalada condenaba a una perpetua alarma frente a los inminentes bombardeos de la aviación norteamericana. (Hablo, no lo olviden, de octubre de 1966). Cuando llegué a Hanoi, los suburbios habían sido atacados ya. Igualmente, los del puerto de Haiphong. Las bombas enemigas no habían caído todavía en el centro de esas ciudades. ¿Pero esa amenaza, ese respiro, esa espera, podían hacer la vida tolerable? Cuando se vive en una ciudad no se trata de preguntarse si las bombas enemigas van a caer hoy, mañana o pasado mañana. No se trata de acostarse por la noche diciendo: «Quizá no sea esta noche». Las gentes van a sus ocupaciones, las tiendas abren sus puertas temprano; los enamorados, en el crepúsculo, se reúnen al borde de los pequeños lagos. La vida continúa. Pero existía una realidad monstruosa, inadmisible: el enemigo se cernía sobre nuestras cabezas. Podía darse una tregua. Podía olvidar esta ciudad o la otra… Pero estaba allí, en el Sur, y podía llegar a cualquier hora, destruir las ciudades, matar a los que yacían entregados al sueño, destruir hospitales, asesinar a los niños de las escuelas. ¿Era posible, me preguntaba, que mujeres, hombres y niños vivieran así?

«Quiero depositar en la mesa del tribunal estas pocas fotos que narran, mejor que mis palabras, lo que fue el bombardeo del Centro de Curas y Estudios de la Lepra de Quina Lap… Se puede ver un aspecto de los edificios antes del bombardeo y después…

«Quiero evocar aquí simplemente lo que ocurrió en la escuela de Hading, que fue bombardeada cuatro veces el 9 de febrero de 1966 a las 4 y 30 de la tarde, con los resultados siguientes:

«A la hora citada, los alumnos se encontraban en la clase de geografía. Hubo una primera pasada de aviones norteamericanos… Los niños descendieron a un refugio subterráneo bastante elemental, evidentemente, pero, ¿qué hacer más que abrir galerías de topo en una tierra húmeda cuando esto constituye la única defensa posible? Luego, los niños se hallaban en ese refugio. Los aviones volvieron (técnica habitual). Las bombas comenzaron a caer. Caían exactamente sobre el refugio y los que allí se encontraban. Un profesor comenzó a retirar la tierra para salvar a los niños que estaban debajo. Pero el trabajo era tan grande que se desvaneció… Treinta y tres niños perecieron enterrados. Algunos fueron hallados estrechando en sus brazos a sus compañeros de estudios. Otros que lograron salir fueron alcanzados por las bombas en terreno descubierto. Se halló la camisa de uno de ellos colgando de un árbol. El suelo estaba sembrado de libros manchados de sangre.  Seguir leyendo VIETNAM EN EL ESPÍRITU Y LA CARNE DE CARPENTIER. MARTA ROJAS

ALLENDE, CHILE EN SU CORAZÓN. MARCOS ROITMAN

 MARCOS ROITMAN 

Salvador Allende ha marcado la historia mundial. Su figura queda asociada a la dignidad, los principios y la entrega a un proyecto vital de superación de las injusticias sociales y sobre todo a una vida ejemplar, sin dobleces.  Amaba Chile, a sus gentes. Fue el único político  que recorrió el país de norte a sur, pueblo a pueblo. Conocedor de las esperanzas, luchas, temores, desafecciones. Escuchaba, atento a todo, no se le escapaba nada, era refractario a los largos discursos demagógicos, la adulación y la palabrería. Sus enemigos le temían pero sobre todo le respetaban. Por ello la traición es  más canalla. Respetuoso de sus adversarios creía  en el dialogo y la negociación, no cejó de intentarlo, incluso mientras bombardeaban La Moneda. Por su casa pasarán  dirigentes de la derecha, también  militares golpistas y generales constitucionalistas. Era un estratega, calculaba  el riesgo,  no era temerario. Valiente, se le reconocía la capacidad de liderazgo.

Su gobierno fueron mil días de esperanzas. Un tiempo de propuestas, voluntad política. La palabra desánimo no estaba en su léxico. A pesar del proceso desestabilizador de la derecha, Allende confió en el constitucionalismo de la oposición. Los dotó de dignidad, la que no tuvieron, ni los Aylwin, ni los  Frei, ni su partido, la Democracia Cristiana.  Tampoco la derecha cerril que no pierde el tiempo para abrazar el golpismo militante. Allende tendía puentes, la derecha los dinamitaba. No dieron tregua, aún así, el proyecto de la Unidad Popular sale indemne del golpe de Estado. ¿La prueba?  Hoy se reivindica sin nostalgia ni triunfalismo.

Allende llevaba Chile en el corazón. Los políticos de hoy, no pueden decir lo mismo. En su lugar llevan vísceras malolientes y corrupción. Mientras ejerció como ministro de sanidad, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-42)  comprobó  los límites de un sistema sanitario e hizo lo indecible por mejorar las condiciones de salud de las clases trabajadoras, ampliar los derechos, la cobertura hospitalaria. Su libro: La realidad médico-social de Chile (1939) es un llamado a la reforma sanitaria.

Realizar un sueño. Allende unificaba. Sobre su liderazgo, confluían comunistas, socialistas, cristianos, laicos, progresistas, socialdemócratas. Todos tenían cabida y desde luego trabajo. Mucho que hacer para trasformar las estructuras sociales de poder fundadas en el caciquismo, el paternalismo. El poder cuasi feudal de los terratenientes y las plutocracias. Había que abrir las alamedas, respirar nuevos aires. La reforma agraria, las nacionalizaciones, la incorporación de la mujer, más derechos, más conciencia. Una visión de género en pañales, si, pero presente. Un cambio en las conductas machistas, si, también en ciernes.  Mujeres en el gobierno, con cargos de responsabilidad, una verdadera revolución.

Una juventud comprometida, entrega desinteresada, trabajo voluntario. Miles de estudiantes participando en la construcción de viviendas populares, campañas de alfabetización, educación popular. También frenando el golpismo. El valor del compromiso político y ético realizado en el bien común, el interés general.  Una ciudadanía que bregaba por ampliar sus espacios de participación, negociación y mediación. Profesionales, académicos, intelectuales. Es un reverdecer  de la cultura. En un Chile elitista, oligárquico, se levantó una propuesta  cultural. En 1971 se pone en marcha el tren  popular de  la cultura. Concertistas, poetas, cantantes de ópera, literatos, periodistas, actrices, cantautores, 60 artistas, recorren el sur dando conciertos en las plazas, recitando poesía, música clásica.  Por primera vez campesinos, trabajadores, amas de casa, escuchan a divas de la ópera en solos de Verdi con  vestidos de gala, trajes de cola. Fue un instante de felicidad que perdura en quienes bregaron por hacer de Chile un país sin tutelas,  soberano.

Los asesinos de Salvador Allende, de miles de chilenos, de decenas de miles de torturados y detenidos pasan a la historia como traidores. No hay otro nombre para ellos. Tampoco para sus cómplices necesarios, reivindicados por gobiernos desmemoriados y acomodaticios. La dictadura cívico militar  sigue teniendo sus representantes en el Senado, la Cámara de Diputados y las municipalidades. Los partidos Renovación Nacional, Democracia Cristiana y Unión Demócrata Independiente son sus herederos naturales. No menos quienes prefieren dizque de izquierda, hacer borrón y cuenta nueva. Soltar amarras, deshacerse de la nobleza que  inculcó un comportamiento recto y sin ambages como el de Salvador Allende. Muchos lo reivindican cada 11 de septiembre, pocos siguen sus pasos. Es la hipocresía de las meretrices de la política adictas al neoliberalismo.

Fuente: LA JORNADA

LA HABITACIÓN EN LA QUE GOETHE TRABAJABA. WALTER BENJAMIN

GOETHE - HABITACIÓN DE TRABAJO
Despacho de Goethe en el Goethe National Museum

WALTER BENJAMIN

Se sabe cuán sencilla era la habitación en la que Goethe trabajaba. Es baja, no hay alfombras ni ventanas dobles, los muebles no son imponentes. Fácilmente podía haber conseguido una habitación mejor. Ya por entonces había sillones de cuero y almohadones, aunque la habitación no se adelanta en absoluto a su tiempo. La voluntad mantiene las figuras y las formas de los armarios. Nada debía avergonzar la luz de las velas bajo las que el anciano se sentaba a estudiar por las noches, con la camisa de dormir y los brazos extendidos sobre la almohada desteñida. Pensar que hoy en día sólo se vuelve a encontrar el silencio de esas horas en la oscuridad de la noche, pero si se pudiera escuchar ese silencio se podría rescatar la conducta decidida e íntegra, la gracia irrepetible de esas últimas décadas en las que el rico tenía que sentir el rigor de la vida en su propio cuerpo. Aquí se homenajeaba el anciano en las inmensas noches en compañía de la preocupación, la culpa y la necesidad antes de que la endiablada aurora del confort burgués se asomara a la ventana. Todavía esperamos una filología que descubra ante nosotros ese ambiente próximo y determinante de la verdadera antigüedad del poeta. Esta habitación era el pilar de la pequeña construcción que Goethe dedicó a dos cosas: al sueño y al trabajo. No se puede llegar a apreciar lo que significó la vecindad en ese pequeño dormitorio y en esa pequeña habitación de trabajo tan aislada como un cuarto de dormir. Sólo el umbral y un escalón lo separaban de la cama mientras trabajaba, y, al dormir le esperaba su obra para separarlo todas las noches de sus fantasmas. El que por una feliz casualidad se encuentra en estos espacios puede reconocer la disposición de las cuatro habitaciones en las que Goethe dormía, leía, dictaba y escribía, y puede reconocer la fuerza que hacía que el mundo le contestara cuando tocaba en lo más íntimo. En cambio nosotros debemos conseguir un mundo de matices para hacer sonar ese débil tono sostenido en nuestro interior.

Walter Benjamin
Kleine Prosa Baudelaure
Traducción: Marian Merino Zorita

Tomado de CALLE DEL ORCO, blog de Literatura / Grandes encuentros

 

ALEJO CARPENTIER, ESCRITOR Y CIUDADANO DIPUTADO. RAMÓN CHAO

CHAO 1

«Setenta y cuatro años, cubano, escritor, musicólogo y diplomático, Alejo Carpentier acaba de ser galardonado con el Premio Cervantes de Literatura. El autor de El siglo de las luces o El reino de este mundo ha sido entrevistado en París por nuestro colaborador Ramón Chao, a los pocos días de haberse conocido la noticia de la concesión de dicho galardón, el más importante de la lengua castellana.

Ramón Chao: Sabemos que nació usted en La Habana, en 1904; que su madre era rusa; que su padre, arquitecto francés, emigró a Cuba a raíz del «affaire Dreyfus», «asqueado de Europa», como dijo usted en alguna ocasión. Y que sus primeros años transcurrieron en el campo.

 Alejo Carpentier: –Sí, porque, en vistas de que la enseñanza en la capital era muy mala, y que yo tenía una inteligencia bastante despierta, mi padre, que había comprado una gran propiedad en las cercanías de La Habana, me llevó al campo y me puso al frente de aquella finca, encargándome de las recolecciones, del cultivo, así como de la cría de ciertos animales. No sé si recuerda, pero al final de mi novela El reino de este mundo hay un capítulo dedicado a las ocas; pues bien: el origen de ese capítulo es que yo tuve una gran manada de ocas. Así que llevaba una vida muy sana, muy sencilla, montando a caballo siete horas por día, y de esta forma transcurrió mi infancia y mi adolescencia.

Sobre esto de la educación, mi padre tenía unas ideas muy particulares. Era un poco rousseauniano y creía que se aprendía más montando a caballo y tratando con la gente que encerrándose en las clases de los colegios. 

¿Cree usted ahora que tenía razón?

 -En gran parte, sí. Picasso dijo, en cierta ocasión, que a partir de los cinco anos de edad el hombre no hace más que repetirle, no inventa ya nada. Es una boutade, claro, pero creo que lo que más marca a un hombre son sus años de la infancia y de la primera adolescencia. Y yo estoy muy contento de haberlos vivido como los viví. Estuve en relación con los campesinos. Recuerdo que había gente extraordinaria, como unos negros que me contaban historias que habían recogido, a su vez, de sus antepasados. En particular, Viaje a la semilla es el resultado de aquellos años. Creo, además, que algunas de mis ideas actuales, o de mis puntos de vista filosóficos o políticos, deben mucho a esos años de vida en común con los hombres del campo, que podían ser analfabetos, pero que me enseñaron algunas de las cosas esenciales de la vida: el respeto de ciertos valores humanos y una visión algo así como maniqueísta de lo que es el bien y de lo que es el mal, de lo que es limpio y de lo que es sucio, de lo que es justo y de lo que es injusto. 

De todas formas, llegó el día en que tuvo que ir a estudiar a la capital.

 -Sí; en 1921. Fui a La Habana porque mi padre quería que estudiase arquitectura. Yo tenía una cultura musical bastante grande y todas las ambiciones literarias que puede tener un chico de esa edad.

Mi familia tenía una gran afición por la música. Mi padre había sido violoncellista, habiendo estudiado con Pablo Casáls, de quien guardaba un recuerdo maravilloso. Mi abuela tocaba muy bien el piano y había sido alumna de César Franck. Me contaban cómo iba ella todos los días a la iglesia de Santa Clotilde a las cinco de la mañana para tomar las lecciones con él. Mi madre era también pianista, así que pronto me dediqué a la música. Se tocaba mucho en casa; teníamos amigos músicos y yo estudié todo lo que debe aprender un estudiante de música: solfeo, armonía, orquestación, etcétera. 

O sea, que podía ser usted músico o escritor, porque ya entonces tenía una pequeña obra.

 -A los quince años escribí una pequeña novela bajo la influencia de Flaubert y de Eca de Queiroz. Ocurría en Jerusalén. en tiempos de Pilatos. Para suerte mía, permaneció inédita. Antes escribí otros cuentos inspirados en Baroja y en Anatole France. A los once años tenía una novela policíaca; y otra, imitada de Salgari. Cosa curiosa, desde mis primeros balbuceos siempre tuve la seguridad absoluta de que sería escritor.  Seguir leyendo ALEJO CARPENTIER, ESCRITOR Y CIUDADANO DIPUTADO. RAMÓN CHAO

EL GRAN CHAO. DIEGO A. MANRIQUE

Conocí a Ramón Chao gracias a Lilia Esteban; ambos honraban, junto a Alejo y Felisa, una larga y probada amistad. Tuve la dicha de fundar con Lilia el entonces Centro de Promoción Cultural Alejo Carpentier, allá por 1982 si mal no recuerdo. Coincidí con Ramón durante sus viajes a Cuba con motivo de los tres grandes coloquios internacionales que organizamos dedicados a la obra del novelista cubano más importante de todos los tiempos, y durante alguna que otra edición de la Feria del Libro de La Habana. También nos encontramos dos o tres veces en París, particularmente en 2003. Recordaré siempre sus manifestaciones de lealtad a Cuba en los momentos más difíciles de la Revolución, y las pruebas de su amistad personal, ajena a los vaivenes de la vida y a las intrigas de los advenedizos. No hubo mensaje ni carta que le enviara que no recibiera cálida respuesta. La noticia de su muerte no me sorprendió, pero sí me entristece enormemente. Hay demasiados buenos amigos a punto de partir o diciéndonos adiós. La vida no debiera ser de este modo.

DIEGO A. MANRIQUE

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Ramon Chao, posa en París el 17 de junio de 2008. ULF ANDERSEN GETTY IMAGES

El periodista, escritor y músico gallego Ramón Chao falleció el pasado domingo en Barcelona a los 82 años de edad. 

Supe de la extraordinaria trayectoria de Ramón Chao en los años setenta, cuando ambos colaborábamos en el semanario Triunfo. Cargaba con cierta leyenda: el expatriado gallego instalado en París, con una sólida formación cultural. Cosa insólita, Ramón no ejercía de francófono militante. Su primer libro, en la colección Los Juglares de Ediciones Júcar, trataba sobre el cantautor Georges Brassens, del que revelaba algunos detalles inconvenientes.

Ya en los ochenta, con la floración de seminarios y conferencias por todo el país, coincidimos en numerosas ocasiones. Se reveló como un magnífico conversador, que se deleitaba con las paradojas de la vida: como pianista, fue algo así como un niño prodigio; becado por su paisano, Manuel Fraga, viajó a París para ampliar sus estudios con Nadia Boulanger. Los rumores sobre cierta intimidad con el dragón franquista le hicieron un hombre sospechoso entre los círculos del PCE. Pronto comprenderían que su interés por la Unión Soviética era genuino: aprendió ruso, lo suficiente para leer y hablar un idioma que solía resistirse a los españoles.

No presumía de sus relaciones, pero de repente soltaba anécdotas sobre Mario Benedetti o Mario Vargas Llosa, colegas en Radio Francia Internacional. En algún momento, también hablaba de la pasión musiquera de dos de sus hijos, Antoine y Manu Chao. Le hacían gracia hasta los nombres de sus grupos: los Hot Pants, Chihuahuas, Los Carayos.

Se trataban de bandas más o menos punk con querencias hispanas, que pronto se colaron en los ambientes rockerosdel barrio madrileño de Malasaña. Una canción, Mala vida, se convertiría en himno underground, dando nombre a locales y recopilaciones discográficas, para asombro de Ramón.

Mala vida pasaría al repertorio de Mano Negra, verdadera levadura para la concienciación del rock en Europa y América. Ramón Chao entendió que aquello era más que un capricho juvenil. Se apuntó a acompañar a los hermanos en su gira por tierras colombianas, dónde se desplazaban en tren, como cualquier circo. Con muchas precauciones: Manu prohibió el uso de drogas, para evitar disgustos con las autoridades.

El libro resultante, Mano negra en Colombia: Un tren de hielo y fuego (1992), reflejaba su paradójica posición como el adulto en la expedición y las peculiaridades de aquella tierra, donde soldados y guerrilleros declaraban una tregua implícita y podían coincidir viendo a Mano Negra en directo. Soldados eran, explicaba Ramón, los que no pudieron esquivar el servicio militar; en la guerrilla se pagaban mejores sueldos.

Cuba era asunto prioritario para Ramón. Su padre había vivido en la Isla Grande y resultaba seductor tanto lo que contaba como lo que parecía sugerir: la tierra de las míticas mulatas. Su amistad con Alejo Carpentier, entonces consejero cultural de la Embajada de Cuba en Francia, le facilitó la introducción en la zona alta de la música y la literatura del Caribe.

Solo o en compañía de Ignacio Ramonet, publicó textos beligerantes sobre Cuba y la globalización. Soportaba con resignación la onda expansiva de la cultura de la fama: en más de una ocasión, le presentaron como hermano -¡e incluso hijo!- de Manu. Tras jubilarse, se sintió liberado y se permitió caprichos simbólicos: cubrió su cuerpo de tatuajes. Bromeaba al respecto: “ya estoy más pintado que Manu. ¡Soy el verdadero hombre ilustrado!”.

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JAVIER VALDEZ, EL CAZADOR DE HISTORIAS. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO  / LA JORNADA SEMANAL

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Cada día, a las 7 de la mañana, Javier Valdez llegaba a tomar café en el Bistro Miró, en el centro de Culiacán. Se sentaba en una pequeña mesa con dos sillas, pegada a la pared, la 9, y escribía su columna semanal Mala Hierba o platicaba con amigos. Allí le preguntó a una mesera con la que tenía confianza, y que tenía poco de andar de novia, si ya había tenido relaciones. La mujer lo miró durante treinta segundos con una sonrisa luminosa y le dijo: hay preguntas que se contestan con una sonrisa.

Poeta del instante, Javier memorizó la frase. Así le hacía. Cazaba frases e historias que luego compartía en crónicas, conferencias y entrevistas. Era un apasionado narrador de vidas, incluyendo la suya propia.

En una ocasión, un tipo mal encarado se acercó desafiante a una mesa de El Guayabo, la cantina de Culiacán en la que el periodista acostumbraba a ir a echarse un trago, con frecuencia solo, y a tomar notas para sus crónicas en una pequeña libreta. El hombre le soltó sin preámbulo alguno: “Yo sé que tú eres Javier Valdez y que escribes sobre nosotros.”

Valdez temió lo peor. Para sus adentros se dijo: “¡En la madre! ¿Qué me va a pasar?” Y, dejando de lado su estilo desenfadado e irreverente, le respondió temiendo lo peor: “Sí, soy yo.”

En lugar de agredirlo, el hombre se presentó, no con su nombre, sino con su oficio: “Yo soy un matón”, le contó sin pregunta de por medio y sin justificación alguna. “¿Sabes qué es lo que me ha marcado cuando las gentes a las que mato están muriendo? Que te ven a la cara, te sostienen la mirada y te lo cuentan todo.”

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FELICIDADES, MARTA HERNÁNDEZ. SILVIO RODRÍGUEZ

Conocí a Marta Hernández varios años después de los que cuenta Silvio en esta crónica, exactamente en 1984. Trabajamos juntos en el Canal 6 de la Televisión Cubana, al igual  que lo hice con Juanito Vilar y con Juan Pin, hijo de ambos. A todos les agradezco haber sido mis compañeros y amigos (de verdad) en aquellos días de difícil aprendizaje para mí; a Silvio, una vez más, le agradezco su buena y leal memoria al escribir textos como este. Estar con Marta en ocasión de su cumpleaños, debe haber sido una fiesta para los sentimientos. La foto como que lo dice todo. 

SILVIO Y MARTA

Silvio con Marta, a las 11:30 de sus 90

SILVIO RODRÍGUEZ SEGUNDA CITA

En junio de 1967, pocos días después de mi debut televisivo en el programa Música y Estrella, un actor con el que había hecho muy buenas migas me invitó a una reunión en su casa. Se trataba de Humberto García Espinosa, a quien todo el mundo conocía por los sketches semanales que el ICAIC exhibía en los cines. El deseaba presentarme a algunos de sus amigos. Por mi parte yo empezaba a habituarme a que me invitaran a reuniones nocturnas, donde en algún momento alguien me pedía que cantara. Era una especie de ritual que, en aquellos días de descubrimientos, asumía incluso con placer. Por eso acudí, como siempre, acompañado de mi guitarra.

En aquellas reuniones, por modestas que fueran, solía haber alguito de picar, no mucho, y otro poquito de beber… Yo no era muy dado a la bebida. Tenía 20 años y los últimos tres los había pasado en las fuerzas armadas. No había tenido tiempo ni ocasión de aprender. Por eso me limitaba a probar, por cortesía, para no parecer desdeñoso.

Después de presentaciones y saludos, Humbertico dijo a los presentes que me había invitado a su casa porque quería que ellos, sus amigos, escucharan lo que yo hacía. Yo ignoraba que, entre aquellas personas, estarían una bella señora que había estudiado piano y cultivaba un refinado gusto musical, y su marido, un caballero delgado y sonriente, que en aquellos momentos era el administrador general de la radio y la televisión cubanas: me refiero a Marta Hernández y a Juanito Vilar.

Aquella fue una reunión más, de las miles que se celebraban esa noche en La Habana, ciudad de brindis y convites, si los hay. Sin embargo comprendo que para mi fue mucho más que eso, porque entre aquellos amigos amables y amantes, de cierta manera, quedó sellado mi destino. En aquella reunión ocurrió la chispa que después se convertiría en el programa Mientras Tanto y en todo lo que vino después… Fue Marta Hernández la que, por sus estudios musicales, argumentó con sensibilidad y juicios la idea de darle una oportunidad a un muchacho recién desmovilizado que hacía canciones. Y, de todos los presentes, el único que podía tomar una decisión al respecto, o al menos hacer una propuesta a sus superiores, era su esposo, Juan Vilar (quien fue mi amigo hasta que nos dejó).

Lo único que pretendo decir es que, en la cadena de bondades que me han traído hasta hoy, hasta esta mañana de un cálido abril en que me siento a recordar y escribir para ustedes, vibra y suena fuerte el eslabón de aquella señora inteligente y bella que se llama Marta Hernández y que hoy cumple 90 años.

Felicidades, querida amiga de mi alma.

(Publicada el sábado, 14 de abril de 2018)

GONZÁLEZ CASANOVA SE CONVIERTE EN EL COMANDANTE PABLO CONTRERAS. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

El EZLN premia "su trabajo para la vida de los pueblos" / Los zapatistas lo bautizaron así por su pensamiento crítico e independiente

 

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Visiblemente conmovido, el doctor González Casanova correspondió a los abrazos de los zapatistas Foto Daliri Oropeza

LUIS HDEZ NAVARRO 2A partir de ayer, el doctor Pablo González Casanova, de 96 años, es el comandante Pablo Contreras del Comité Clandestino Revolucionario Indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (CCRI-EZLN).

El nombramiento se hizo público en medio de una prolongada y emotiva ovación de los asistentes al conversatorio Miradas, escuchas y palabras: ¿prohibido pensar?, que se realiza en el Centro Indígena de Capacitación Integral Fray Bartolomé de Las Casas-Universidad de la Tierra (Cideci-Unitierra) en San Cristóbal de Las Casas, convocado por los zapatistas.

El acuerdo rebelde le fue anunciado al ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por el comandante Tacho. Para ser zapatista –aseguró el tojolabal– hay que trabajar y él ha trabajado para la vida de nuestros pueblos. No se ha cansado, no se ha vendido, no ha claudicado.

Previamente –en una bella e hilvanada intervención en la que realizó un balance de la campaña de la vocera del Concejo Indígena de Gobierno, María de Jesús Patricio, para obtener el registro como candidata independiente a la Presidencia de la República– el escritor Juan Villoro narró cómo el pasado 11 de febrero, en la explanada del Palacio de las Bellas Artes en la Ciudad de México, don Pablo celebró su cumpleaños número 96, en el acto final de apoyo a la indígena nahua.

Rector de izquierda

González Casanova, recordó Villoro, es el único rector de izquierda que ha tenido la UNAM. Ese día en Bellas Artes, añadió, nos dio una lección de juventud y rebeldía y se mostró como un auténtico decano y hombre de juicio.

Preparando la sorpresa, el subcomandante Moisés narró cómo los zapatistas se forman como organizadores dando y supervisando tareas. Si las cosas salen bien, dijo el mando, el zapatista es premiado con más trabajo.

Fue entonces cuando el comandante Tacho tomó la palabra y comenzó a explicar, en tercera persona, los méritos y virtudes de don Pablo. Haciendo malabarismos con las cifras concluyó que, a pesar de la diferencia de edades, los zapatistas y González Casanova son contemporáneos. De paso recordó el nombre con el que hace casi un año, durante el seminario Los muros del capital, las grietas de la izquierda: el reloj de arena y el mundo organizado de las fincas, fue bautizado por los rebeldes Pablo Contreras. Y ya encarrerado, anunció su nombramiento como parte del CCRI-EZLN y remató: el regalo que le vamos a dar es más trabajo…

Un año antes, durante el encuentro Los muros del capital, el subcomandante Galeano lo presentó como un hombre de pensamiento crítico e independiente, al que nunca se le indica qué decir o cómo pensar, pero que siempre está del lado de los pueblos. Por eso, explicó, en algunas comunidades zapatistas es conocido como Pablo Contreras. Y añadió que uno de los municipios rebeldes fue bautizado con su nombre.

Inmediatamente después de las palabras de Tacho para anunciar el nombramiento del nuevo comandante, los integrantes de la comandancia y el CCRI presentes en el presídium se pusieron de pie y comenzaron a saludar militarmente a don Pablo con la mano izquierda y a darle un caluroso abrazo, mientras la concurrencia aplaudía de pie durante unos 10 minutos y comenzaba a corear un inesperado ¡Goya, goya, cachún, cachún, ra, ra, ra! ¡Goooooooya! ¡Universidad!

Don Pablo, que comenzó su intervención en el seminario saludando al auditorio en tzotzil y explicando que saludar es reconocer al otro y siguió reivindicando al zapatismo como una aportación universal a las luchas de liberación, correspondió al saludo militar y a los abrazos, visiblemente conmovido, con más saludos y abrazos.

Apenas el 1º de marzo pasado, en la presentación de una obra suya en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, González Casanova respondió a la pregunta de cuál es su receta para vivir con tanta fuerza intelectual: Luchar y amar. Este 21 de abril, ya como comandante del CCRI-EZLN, ratificó nuevamente su vocación de luchar y amar.

GOETHE EN ITALIA, SUEÑOS DE JUVENTUD. HIGINIO POLO

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HIGINIO POLO / EL VIEJO TOPO

higinio polo 3En la segunda mitad del siglo XVIII, el viaje a Italia era una de las obligaciones para cualquier persona culta. Para Goethe, Italia fue mucho más que una obligación: fue una pasión, finalmente satisfecha.

En el número 18 de la Via del Corso romana, frente al palazzo Rondanini, se alojó Goethe durante su estancia en la ciudad, entre 1786 y 1788. Al menos eso afirman los administradores de la casa donde vivió, aunque en realidad llegó a Roma el 1 de noviembre de 1786 y se marchó a Nápoles el 22 de febrero de 1787, para seguir después a Sicilia. No regresó hasta el 8 de junio de 1787, y se marchó para siempre en abril de 1788. Goethe cumplía con los rituales de su época. En la segunda mitad del siglo XVIII, el viaje a Italia era una de las obligaciones para cualquier persona culta: Winckelmann había puesto Pompeya y la civilización romana en el centro del interés de los nobles desocupados y los nuevos burgueses enriquecidos, y creía su deber llevar la grandeza del arte griego a todos los gabinetes de Europa. Inventando disciplinas, dotando al espolio y el robo de la dignidad del estudio y la arqueología, los contemporáneos ricos de Goethe viajaban a Italia para entretener sus días y educar su espíritu. “No se viaja para llegar, sino por viajar”, escribió Goethe, y esa convicción se encuentra a cada paso en sus páginas sobre Italia.

Los rituales modernos y el fetichismo llevaron al municipio romano a abrir esa “Casa de Goethe”, en el centro mismo donde se desbordaban en los días del escritor los carnavales romanos. En ella, en salas silenciosas y solitarias, se ve una edición del Viaggio in Italia, de 1740, cuya primera impresión italiana fue hecha en 1923, junto a vistas de Roma del Piranesi; facsímiles, dibujos, un pequeño cuadro de Franz Ludwig Castel (1778-1856), Veduta del golfo di Napoli con il Vesuvio. Más allá, una copia del célebre óleo de Tischbein, Goethe en la campagna romana, de 1786-87, cuyo original se encuentra en el Instituto Städel de Frankfurt del Meno, la patria del escritor: allí fue el sobrevalorado Warhol, para inspirarse en la tela de Tischbein. Incluso curiosos documentos, como la Carta de una romana desconocida. Al lado, el Retrato de von J. W. Goethe, de Heinrich Kolbe (1771-1836), un óleo pintado en 1826. En su habitación, un molde de yeso de la Juno Ludovisi, como el que tenía en su casa de Weimar; y el Retrato de Goethe, de Angelika Kauffmann (1741-1807), aunque también es una copia. Kauffmann, amiga del escritor, dejaría anotado que el momento de la partida de Goethe “fue uno de los días más tristes de mi vida”. Y, más allá, extractos del Diario de viaje de 1786; vitrinas y documentos, y una pequeña biblioteca. Goethe se quejaba de su habitación, que no tenía chimenea ni estufa, y que apenas utiliza para dormir o “en caso de enfermedad”.

*   *   *

GOETHE ITALIA 2
Cy Twombly. Naples, 1961

Goethe prepara durante años su viaje a Italia, lo aplaza, vuelve a soñar con él, siempre postergando la marcha, hasta que, finalmente, parte de Karlsbad sin avisar a nadie. Hacía una década que vivía en Weimar (a donde había llegado por la invitación del duque Karl August de Sajonia-Weimar-Eisenach y, también, huyendo del fallido compromiso amoroso con Lili Schönemann), donde se entrega a asuntos administrativos e intrigas políticas como miembro del consejo privado, secreto, del duque, un joven inclinado a las intrigas alemanas, a la masonería y a las sociedades secretas, que anudará una gran amistad con el escritor. Meticuloso, Goethe irá tomando notas de los largos meses de viaje por la península italiana: con esos apuntes escribirá y publicará, casi cuarenta años después, su Viaje a Italia. Parte con la guía de Volkmann, entonces imprescindible, un repertorio útil, pero cuyas afirmaciones el escritor no duda en corregir; por ejemplo, cuando discrepa de que en Nápoles haya casi cuarenta mil holgazanes: Goethe no los ve, ni los encuentra, pese a su interés y sus preguntas.  Seguir leyendo GOETHE EN ITALIA, SUEÑOS DE JUVENTUD. HIGINIO POLO

ARMANDO HART EN LA REVOLUCIÓN CUBANA. FREI BETTO

 

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FREI BETTO*

Buenos días a todas y a todos.  Quiero agradecer a Eloísa y a la Asociación (Hermanos Saíz, N. del E.) por esta invitación de estar aquí con ustedes, agradecer a tantos amigos de aquí de Cuba y Brasil, gente con quienes yo tengo una larga historia.  No voy a citar nombres porque si olvido alguno es una tragedia.

Y yo también agradezco a Eloísa, que me ha pasado su ponencia por escrito, que la voy a leer después de precederla en esta intervención.  Yo decía de explotación porque, como me voy mañana, a cada rato hay gente que marca una agenda, una cita, y que si tú puedes, no sé qué cosa, cómo volver a irme, y entonces quiero atender también otras solicitudes.

Por la tarde voy a estar en la Feria presentando dos libros, un libro que se llama Lo que la vida me enseñó, ese libro son trece relatos autobiográficos, y otro libro, que es una novela, que se llama  Alucinado son de tuba.  Es una novela sobre el mundo marginalizado de Brasil, sobre todo niños de la calle, gente que vive en un mundo de la exclusión social.

Bueno, vamos a hablar de nuestro querido Armando Hart.  Yo tenía una amistad muy fraternal, muy íntima, con Armando, por muchas razones, porque yo en la vida no hablo de coincidencias, sino de Cristoincidencias, como incidencias así que tienen la mano de Dios en esas cosas.  Primero porque yo entré en Cuba por primera vez en 1981 por las manos de Armando Hart, que era Ministro de Cultura.  Yo había conocido en el año anterior a Fidel en Managua,  y fue cuando Fidel me preguntó si yo estaría dispuesto a venir a Cuba.

Hay que recordar que en aquel momento todavía estaba la dictadura militar en Brasil, que terminó solamente en el 1985, no había ninguna relación entre Brasil y Cuba, ya yo de hecho había pasado dos veces por la cárcel, y entonces era un riesgo venir a Cuba, tenía que venir vía Lima o Panamá para sacar una visa que no estuviera grabada en el pasaporte.  Pero yo asumí el riesgo a partir del momento en que el Comandante me propuso ayudar al gobierno de Cuba en un acercamiento con la Iglesia católica.  Yo le dije a él: de mi parte, sí, estoy dispuesto al riesgo, pero depende de los Obispos; para un diálogo, un acercamiento, las dos partes tienen que estar dispuestas.  Entonces vine aquí a hablar con los Obispos, incluso en aquel momento los Obispos entre ellos no llegaron inmediatamente a un acuerdo, tenían muchas incertidumbres, y me pidieron salir de la sala, afuera, yo estaba allí afuera.  Una hora después me llamaron porque algunos decían que yo iba a ser manipulado por el Partido y la conspiración comunista y no sé qué cosa y todo eso.  Ah, antes de salir de la sala, yo dije una frase que fue importante y creo que tuvo un peso.  Digo: Bueno, ustedes saben que yo vengo aquí a prestar un servicio.  El gobierno quiere que yo haga este puente entre la Iglesia católica y él; parece que ustedes no quieren, yo no voy a venir más; ahora, la responsabilidad a delante de la historia y delante de Dios es de ustedes. Y salí de la sala y después ellos dijeron: “No, tú tienes que venir”.

Entonces seguí entre comillas haciendo ese trabajo solamente hasta 1991, y esto está todo retratado en dos libros que ustedes conocen: Fidel y la religión y Paraíso Perdido, que salió hace poco. Un detalle es que Fidel revisó completo Paraíso Perdido (hizo una revisión completa), porque como libro trata de los treinta y tres años de mi trabajo en los países socialistas y como la Unión Soviética desapareció, los países del Este europeo también, ya no son socialistas, y una tercera parte del libro trata de Cuba.  Y por eso fue muy importante esta revisión que Fidel hizo del libro porque él apuntó varios equívocos de información que yo tenía, nombres de personas, fechas de algunos episodios.

Pero, ¿volvemos a Hart?  Había aquí un Encuentro de Intelectuales por la Soberanía de los Pueblos; si me equivoco en alguna cosa, Eloísa me ayuda, porque yo me he puesto viejo, la memoria ya no está tan fresca de muchas cosas y no he preparado nada por escrito; mi empatía con Hart era de corazón a corazón, y yo prefiero hablar desde el corazón.

Entonces yo me recuerdo que en este vuelo, que estaban Fernando Morais y otros de Brasil, había un físico brasileño, el más viejo de toda la delegación, llamado Mario Schenberg, un gran físico, fundador del Partido Comunista Brasileño, que él creó un lío cuando el avión salió de Panamá hacia La Habana.  Llamó a Fernando, que era un poco nuestro jefe, porque era quien tenía más relaciones con el gobierno de Cuba, y dijo: “Yo no voy a bajar de este avión en La Habana, ¿por qué?  Porque yo soy fundador del Partido Comunista Brasileño, y ahora me he dado cuenta de que estoy invitado por una entidad cultural y no por el Comité Central” (RISAS).  Mira, ese es el problema. “Quieres conocer a Juanito, dale un carguito” (RISAS).  Ese es un tema que nosotros tenemos que profundizar a cada rato: el ser humano y su relación con el poder, es muy complicado.  Y eso vale para todo: para el Partido, para la Iglesia, para un centro deportivo.  Válido en cualquier parte.  Y Mario dijo: No voy a bajar en La Habana porque ahora me he dado cuenta de que, por la importancia histórica que tengo en Brasil, debió ser el Comité Central o el Buró Político, el que debió invitarme, no una institución ahí cultural.  Claro, primero, que él no tenía la dimensión de Casa de las Américas, porque hablar de instituciones culturales desde Brasil en tiempos de dictadura, mira, no hay comparación con Casa de las Américas.  Seguir leyendo ARMANDO HART EN LA REVOLUCIÓN CUBANA. FREI BETTO

EDUARDO RAMOS. SILVIO RODRÍGUEZ

SILVIO RODRÍGUEZ / SEGUNDA CITA

EDUARDO RAMOS 2
Foto: Miguel Clarasó

En la madrugada de hoy, viernes 16 de marzo de 2018, se nos fue Eduardo Ramos Montes, hermano, bajista y uno de los fundadores del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Pongo la nota que escribí en enero para su último disco, que debe salir pronto. Segunda Cita abraza a Popy, a Elis Regina, a Jean Franco y a Laura, y desea el mejor de los viajes a este amigo querido, excelente músico e impecable caballero en todas las circunstancias de la existencia.

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Hace unos días, pensando las palabras que debía pronunciar como inauguración del Premio Casa de las Américas, cuando recordaba que en el próximo febrero se iba a cumplir medio siglo de que algunos trovadores de mi generación habían cantado por primera vez en aquella importante institución de la cultura Latinoamericana, recordaba que, aquel 19 de febrero de 1968, uno de los presentes concertantes fue Eduardo Ramos.

Yo había conocido a Eduardo un par de meses antes, porque habíamos coincidido en las actividades colaterales al Primer Festival de la Canción Popular, en el famoso balneario de Varadero. Recuerdo hasta la primera vez que hablamos, en los jardines del hotel Kawama, en cuyo cabaret nos habían asignado actuar. Eduardo por entonces era la segunda guitarra del importante grupo Sonorama 6, que dirigía Martín Rojas e integraban músicos que luego fueron de mucha trascendencia como Enrique Pla, Changuito, Carlos del Puerto, Carlos Averoff.

Eduardo ya escribía canciones con unas armonías muy particulares y llegó a desarrollar uno de esos estilos tan peculiares que son únicos. Sus temas me fascinaban, tenían unas atmósferas oscuras, con giros armónicos y melódicos inhabituales, y estoy seguro de que, en aquellos años en que yo me formaba, me sirvió de mucho la honestidad de un autor como él, para completar mi conciencia exigente respecto al arte de la canción.

Desde entonces fundamos una amistad invariable, basada siempre en goces y afinidades tanto estéticas como éticas. Recuerdo cuando vivía en el barrio de Pogolotti, con sus padres; recuerdo cuando nació cada uno de sus hijos. Vivimos años inolvidables en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC –donde él quedaba como director cuando Leo Brouwer se ausentaba–. Para aquel grupo legendario Eduardo escribió páginas fundamentales y, como bajista, fue uno de los autores de su sonoridad. En aquella etapa me ayudó con varias orquestaciones y fue el productor de mi álbum Tríptico. Después viajamos juntos a muchos eventos musicales.

Eduardo fue elegido, por aclamación, el segundo dirigente que tuvo el Movimiento de la Nueva Trova, y en los años 90, cuando fundamos los estudios Abdala, fue de los primeros en acudir a echarnos una mano, siempre con la responsabilidad que le caracteriza.

Para mi, más que gusto, es honor presentar este disco de uno de los músicos que más quiero y respeto, por ser siempre intranquilo, por no achantarse, por estar siempre dispuesto a dar un paso más, como hacen los que eligen el arte como forma de vida y se hacen niños para siempre. Así es Eduardo Ramos, quien tiene residencia en el infinito parque de diversiones de la música.

Silvio Rodríguez Domínguez
La Habana, 8 de enero, 2018.

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Fallece el músico cubano Eduardo Ramos a los 71 años

El compositor cubano Eduardo Ramos. Foto de archivo tomada del Facebook de Eduardo Ramos.

CUBA: LECTORES DE TABAQUERÍA, UN PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN. MARTA ROJAS

MartÍ con tabaqueros de Tampa.
Martí con tabaqueros de Tampa. Foto: cortesía de la autora

Los behiques de los aborígenes en sus bohíos o en las grutas de las montañas, cuando había un temporal, no solo descubrirían los hechizos del tabaco en fantásticas humaredas o las supuestas propiedades medicinales, o la fórmula para alejar a los insectos y más… Alrededor de ellos, silenciosos, estarían los demás aborígenes, posiblemente bebiendo de la sabiduría general y de su sacerdote o escuchando respecto a la irrupción alevosa de los conquistadores en sus predios.

Qué lejos estaban entonces de lo que podía convertirse, por caminos impensables, en una realidad cultural, en un modo de transmitir conocimientos. Se trata nada más y nada menos que de la famosa lectura en las tabaquerías, para la cual habrían de transcurrir varios siglos.

Ello ocurrió a partir del siglo XIX. Para entonces había un lector que insuflaba cultura y contribuía, además, a la organización que condujera a los cubanos a conquistar su independencia. Ahora, 500 años después, esa labor de difusión creada en las tabaquerías cubanas ha adquirido el rango de Patrimonio Cultural de la Nación y aspira a ser también Patrimonio Intangible de la Humanidad.

A propósito del aniversario 165 del nacimiento de José Martí, es obvio recordar que él encontró en los ilustrados cubanos (en su inmensa mayoría autodidactas) tabaqueros emigrados en Tampa, Ybor City y hasta Nueva York, colaboradores y contribuyentes indispensables para la causa de Cuba Libre. Ejemplos sobran.

Pero, ¿cómo comenzó todo? ¿Cuándo en Cuba surgió la lectura de tabaquería y obviamente sus protagonistas, el lector y los oyentes?

Hay variadas fuentes de información, pero sin duda el sabio Fernando Ortiz, tercer descubridor de Cuba, y el viajero Jacinto Salas y Quiroga, son los puntos de partida incuestionables para la información de los orígenes de este justo patrimonio intangible de la nación.  Seguir leyendo CUBA: LECTORES DE TABAQUERÍA, UN PATRIMONIO CULTURAL DE LA NACIÓN. MARTA ROJAS