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EL FULGOR DE MIL SOLES. LUIS BRITTO GARCÍA

BOMBA ATÓMICA

LUIS BRITTO GARCÍA

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El viejo físico juega con un revólver cargado. Recuerda el día luminoso cuando descubrió la equivalencia entre materia y energía. La una puede ser convertida en la otra con un fulgor inimaginable. Tan inimaginable que quizá la materia no deje nunca de volverse energía y haga desaparecer todo lo creado. Por momentos apoya el arma en su sien, por momentos hace girar el tambor repleto de balas, por momentos apunta a los niños que juegan en el lejano parque de la Universidad de Princeton. No se atreve a apretar el gatillo, tampoco a dejar de hacerlo. Sabe que otros podrían también convertir un trozo de metal en un arma mortífera o una masa crítica de uranio en el Apocalipsis. Albert Einstein vuelve a su casita y escribe al Presidente de Estados Unidos Franklyn Roosevelt: “Dos de agosto de 1939. Recientes trabajos realizados por Enrico Fermi y Leo Szilard, cuya versión manuscrita ha llegado a mi conocimiento, me hacen suponer que el elemento uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato[…] se ha abierto la posibilidad de realizar una reacción nuclear en cadena en una amplia masa de uranio mediante la cual se generaría una gran cantidad de energía[…] Este nuevo fenómeno podría conducir a la fabricación de bombas y, aunque con menos certeza, es probable que con este procedimiento se puedan construir bombas de nuevo tipo y extremadamente potentes.”

Albert Einstein sale de nuevo al parque, entrega a un niño el revólver cargado, y se encierra en la pequeña casa, esperando oír el disparo.

2

En 1941 en la Estocolmo ocupada por los nazis se reúnen casi clandestinamente el físico alemán Werner Heisenberg y el danés Niels Bohr para departir sobre deportes invernales y la aniquilación del mundo. Ambos son comisionados desde bandos opuestos para crear un arma nuclear; ambos se comprometen a no producir tal abominación. Heisenberg cumplirá su palabra, obstaculizando y desviando el proyecto alemán. Bohr faltará a la suya, y colaborará en el proyecto de los Aliados. Ese encuentro decide el destino y quizá el fin del mundo.

3

Los Messershmitt, Heinkel y Stukas de la Luftwaffe acribillan eficazmente estaciones de radar y aeropuertos de la Real Fuerza Aérea. De seguir así, pronto dejarán a Inglaterra indefensa y ganarán la guerra. El Comando Estratégico de los Aliados se reúne para decidir convertir las ciudades alemanas en piras funerarias de civiles indefensos, saturándolas con bombas incendiarias en la llamada “Tormenta de Fuego”. La idea es que por cada civil herido cinco deberán dedicarse a cuidarlo, y que así se incitará a Hitler a desperdiciar su Luftwaffe bombardeando a su vez ciudades inglesas. Así son incineradas Dresden, Hamburgo, Bremen, centros sin objetivos militares, con unos 75.000 civiles incinerados por ataque. Lo mismo se realiza contra las ciudades japonesas: Tokio, Nagoya, Kobe. Al final del conflicto, Curtis Le May se jacta de haber cremado un millón de japoneses. “Si hubiéramos perdido, nos habrían juzgado como criminales de guerra”, añadirá Robert McNamara. Hitler se enfurece, desperdicia sus bombarderos contra Londres, Liverpool y Coventry, y comienza a perder la guerra. Posteriormente, Kenneth Galbraith demostrará que la destrucción de ciudades indefensas, lejos de debilitar el esfuerzo bélico, no dejaba a los sobrevivientes más opción que trabajar en industrias militares, prolongando así el conflicto.

4

Albert Oppenheimer avanza con reluctancia el dedo hacia el tablero que hará reventar Little Boy, como llaman confianzudamente al rechoncho artefacto armado en Los Álamos, una ciudadela provisional construida en el desierto para acuartelar millares de científicos, técnicos y policías con el único propósito de armar la primera bomba atómica. Los cuerpos de seguridad acosan al director del Proyecto Manhattan. Oppenheimer es izquierdista; su ex amante Jean Tatlock es militante, y se ha suicidado al sentirse abandonada por Albert. El físico se cala los lentes de filtro oscuros, disipa sus dudas musitando: “El científico sólo debe responder ante la ciencia”, y aprieta el botón que desencadena el fulgor de mil soles. Sabe lo que ha hecho: atrapado entre la conciencia y el remordimiento recita un versículo del Baghava Ghita: “Me he convertido en la muerte, que avanza destruyendo mundos”. El padre de la bomba atómica será investigado por la Comisión de Actividades Antinorteamericanas y despojado en 1954 de toda participación en investigaciones nucleares.

5

 El 6 de agosto de 1945 se preparaba un free beer party para las 2 pm en la base aérea de la isla de Tinian. No se requerirían cartas de racionamiento. Habría limonada para los abstemios. Para los cinéfilos, se proyectaría Ha sido un placer, con Sonja Henie y Michael O´Shea. “Use ropas viejas” suplicaban los cartelones: se debía estar cómodo. Las pancartas anunciaban el WELCOME PARTY FOR RETURN OF ENOLA GAY FROM HIROSHIMA MISSION. No estaba previsto cronista social. Nunca sabremos de las expresiones de los muchachos que bajaron tambaleándose del pesado B-29, encandilados por un fulgor que no ha cesado de arder. Ya no importa tanto distinguir entre Tidbits, que se enorgullecíó de haber aniquilado 90.000 prójimos en una fracción de segundo, Beser, que lamentó no haber arrojado la bomba en Berlín, y Eatherly, que enloqueció de remordimiento. A la larga, en los bancos de esa melancólica fiesta nos hemos ido sentando todos, gozosos o reluctantes, rusos o europeos, chinos e israelíes, sobrevivientes de Hiroshima o de los otros. Porque, hasta nueva orden, nuestra condición oficial es la de sobrevivientes.

6

El ex presidente Jimmy Carter afirma que “Estados Unidos es la nación más beligerante en la historia del mundo por haber disfrutado de tan solo 16 años de paz en sus 242 años de historia”. Cada día de esos 236 años de agresión está signado por crímenes de lesa humanidad. Conmemoremos con justicia el 6 de agosto como el Día de los Crímenes contra la Humanidad de Estados Unidos.

Fuente: ÚLTIMAS NOTICIAS

 

Albert Einstein’s Love Letters

“How was I able to live alone before, my little everything? Without you I lack self-confidence, passion for work, and enjoyment of life — in short, without you, my life is no life.”

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Brain pickings

Under the tyranny of our present productivity-fetishism, we measure the value of everything by the final product rather than by the richness of the process — its rewards, its stimulating challenges, the aliveness of presence with which we fill every moment of it. In contemporary culture, if a marriage ends in divorce — however many happy years it may have granted the couple, however many wonderful children it may have produced — we deem it a failed marriage. What is true on the scale of personal history is triply true on the scale of cultural history, and few public marriages have been subjected to a more unnuanced verdict than that of Albert Einstein and Mileva Marić. The twenty years between the time they met as first-year university students and the time of their final legal separation get compressed into one blunt word itself emptied of dimension: divorce. And yet those were the years in which Einstein did his most groundbreaking work, forever changing the course of modern science; years which produced the only progeny of the quintessential modern genius; years filled with enormous, all-consuming love, which comes to life in Albert Einstein / Mileva Marić: The Love Letters (public library) — a collection of fifty-four missives exchanged between the beginning of their romance in 1897 and their marriage in 1903.

Of course, the missives display the genre’s most prominent caveat — love letters are almost always exchanged by lovers during time apart, the distance only amplifying their desire and the longing adding a layer of intensity to their correspondence that may not exist in their daily life when reunited. And yet they capture a more intimate side of Einstein than any of his other published texts and reclaim the full dimension of a relationship gravely marred by our culture’s incapacity for nuance. In doing so, they are redemptive beyond the couple’s particular circumstances, reminding us of the dignity and dimension of all human relationships when untethered from the tyrannical verdict of their final outcome.

Young Albert and Mileva’s correspondence flows seamlessly from gentle taunting and sarcasm to besotted earnestness, always undergirded by a common tone of sweetness. Tucked between the amorous confessions are frequent discussions of science — in her first surviving letter, Marić confronts the paradox of infinity and tussles with the limits of science; in one of his early letters, Einstein shares the seed for his groundbreaking work: “I’m convinced more and more that the electrodynamics of moving bodies as it is presented today doesn’t correspond to reality, and that it will be possible to present it in a simpler way.”

Since the very beginning, Mileva was poised to be Albert’s equal — the only female student of physics in her university class and two years his senior, she was an intellectually and emotionally mature young woman. Einstein was immensely drawn to her. Like Vladimir Nabokov, who ended an earlier affair with an inferior partner when he fell in love with the brilliant Véra, young Albert grew disillusioned with his previous girlfriend, whom he quite bluntly described as a “foolish darling that can neither do, nor understand anything.” His feelings for Mileva were of a different order — they delighted in reading and discussing the scientific classics together, he frequently remarked on her intellect as superior to his own, and he considered her the grounding rational counterpart to the emotional roller coaster of his extreme moodiness.

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