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FUNDACIÓN CAGUAYO, UNA OBRA DE ARTE INTERMINABLE. OMAR GONZÁLEZ

Mensaje con motivo del XXV aniversario de la constitución de esta prestigiosa entidad cultural

La Habana, 21 de septiembre de 2020

Buenos días, queridos amigos y amigas en Santiago:

Ahora, cuando tanta falta nos hace no olvidar, quisiera contarles una historia, diríase que una historia de amor: la de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas, que hoy está de cumpleaños, y la de su álter ego y creador, Alberto Lescay Merencio, quien tiene sobradas razones para sentirse el hombre más feliz de la tierra en este día. Al fin y al cabo, con independencia de algunos sinsabores –hasta cierto punto previsibles pero jamás paralizantes si media una voluntad como la suya–, la experiencia de Caguayo y Lescay ha sido una victoria, un tributo a la patria de la noción más fecunda y trascendente de la cultura, la de fundar y compartir, y una innegable fiesta de los sentidos, incluyendo el arisco y a veces paradójico sentido común. Porque aquí de lo que se trata es de la conjunción de arte e historia, de identidad, trabajo (mucho trabajo) y poesía (mucha poesía). Y esto, que me perdonen los conformistas, jamás ha sido ni será fácil. En cultura, un desafío siempre da lugar a otro, y así sucesivamente; de ahí que llegar una vez no sea lo más difícil, sino continuar llegando.

En Lescay la cultura se nos ofrece como una fiesta interior –y también anterior, si tomamos en cuenta el peso de la memoria en su obra–, y la Fundación Caguayo, desde que surgió como idea allá en los albores de la década de los noventa, estuvo arropada no sólo por la perseverancia de su gestor, sino por la sensibilidad de seres extraordinarios como Fidel, Raúl y Armando Hart, entonces Ministro de Cultura, quienes no sólo jamás dudaron del significado prominente del proyecto, sino que vieron en él la referencia más completa y compleja de un emprendimiento no  gubernamental que merecía apoyo y reconocimiento por el alcance de sus objetivos y el bien ganado prestigio de su autor. Porque Caguayo ha sido y es eso, un desafío y una obra de arte felizmente interminable. De hecho, todas las fundaciones jurídicamente existentes en Cuba se han distinguido por sus aportes a la cultura nacional y universal y al crecimiento de nuestra sociedad civil, lo que constituye una prueba inequívoca de las bondades de esta fórmula organizativa para encauzar el trabajo artístico y literario en nuestras condiciones concretas. Así lo atestiguan los resultados conseguidos por las fundaciones del Nuevo Cine Latinoamericano, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Antonio Núñez Jiménez, Fernando Ortiz, Ludwig de Cuba, la propia Caguayo y con seguridad la muy reciente Ariguanabo, animada por Silvio Rodríguez en su natal San Antonio de los Baños. O sea, a juzgar por la cosecha, no advierto razón de peso alguna que nos impida seguir avanzando en este campo sobre bases bien fundamentadas. Como pruebas al canto, debo señalar que tengo la dicha de haber participado activamente en el surgimiento de tres de estas instituciones, hoy emblemáticas en el ámbito cultural.

Alberto Lescay

Pero bien, yo quería estar ahora en Santiago para darles un abrazo, no precisamente virtual, a mis hermanos Lescay y Marino –tengo entendido que Luisito comparte mi suerte en La Habana– y, por supuesto, a muchos y muchas amigas y amigos de los que laboran actualmente o trabajaron alguna vez en la Fundación durante estos cinco lustros o, para decirlo como suele medirse y pesarse el tiempo cuando es histórico: durante este primer cuarto de siglo. Sin embargo, no fue posible. Heme aquí, a más de 900 kilómetros de ustedes, cumpliendo al pie de la letra los rigores del aislamiento epidemiológico, aunque, para qué dudarlo, con unos deseos enormes de que la COVID termine y la humanidad, incluido este servidor, tome conciencia de que la normalidad conocida no debería ser jamás la normalidad esperada, de modo tal que nunca se repita lo que estamos viviendo ni encuentren espacio entre nosotros los vaticinios de que todo pudiera ser peor, pues, a juicio de algunos entendidos, nos esperaría un siglo de pandemias. Apocalípticos y desintegrados, cabría decir parafraseando a Umberto Eco.  

Hace más de 30 años, en el contexto de una reunión de artistas plásticos que efectuábamos en Santiago de Cuba, Lescay me habló por primera vez de la idea de encontrar un mecanismo, una solución, para que no se disipara la mística que había empezado a crecer un poco antes allá, en el camino –o en los Dos Caminos, para ser más exacto— entre Santiago y San Luis, en un sitio nombrado Caguayo, donde estaban cosiéndose los metales del conjunto escultórico que preside la Plaza de la Revolución Mayor General Antonio Maceo Grajales, cuya figura ecuestre es obra del propio Lescay, y los veintitrés machetes hirsutos que corresponden al también escultor Guarionex Ferrer Estiú, otro hermano de mil batallas, lamentablemente fallecido a la temprana edad de 59 años.  

Si bien Lescay y otros compañeros nunca estuvimos conformes, la mayoría de los remedios que nos llegaban o sugeríamos nosotros mismos para preservar la vitalidad del taller, no pasaban de ser eso, remedios, en algunos casos tan indefendibles como bien intencionados. Se pretendía inaugurar un camino muy diferente a los que prevalecían en aquellos momentos, el de una fundación cultural dotada de una sociedad mercantil que le permitiera ser sustentable desde el punto de vista económico y financiero y que garantizara el imprescindible carácter no lucrativo de su actividad. Una persona como Ricardo Badía González, a la sazón director de Economía del Ministerio de Cultura, fue clave para encontrar el diseño económico que viabilizara la propuesta. Del mismo modo, Manolo Fernández Retamar, con su genialidad, desenfado y sabiduría, a quien vinculamos al Consejo Nacional de las Artes Plásticas prácticamente con la única misión de llevar adelante este y otros proyectos afines. Manolo jamás se dio por vencido ante los obstáculos que ponía la hidra burocrática.

Sin embargo, a pesar de la insistencia, la receptividad limitada y los esfuerzos por encontrar una solución al problema, para algunos compañeros la idea parecía mortalmente herida por efecto del tiempo y la opacidad de los obstáculos; cuando pensaban en el taller de fundición, imaginaban un dinosaurio que agonizaba a las puertas del monte. Entonces fue que se impusieron el realismo y el sentido común, y Lescay decidió aceptar la fórmula económicamente menos ventajosa, pero la única que dejaba el taller en manos de los hacedores del proyecto de monumento. Mientras ganábamos tiempo y la propuesta seguía su curso de espera y asimilación por parte de otras instancias, algunas muy prejuiciadas, incluso dentro del propio Consejo Nacional de las Artes Plásticas, el taller y los trabajadores continuaban en actividad gracias a los escasos ahorros del proyecto inicial, los fondos del propio Lescay y la colaboración inestimable del Partido y el Gobierno de la provincia de Santiago de Cuba, entonces encabezados por Esteban Lazo Hernández y Reynaldo Endy Endy, respectivamente. Lazo, con su proverbial instinto de clase y su manera sencilla y sincera de relacionarse con los artistas, supo percatarse enseguida del alcance de aquella idea y la acogió y defendió como propia. Endy, por su parte, abrió las puertas del Gobierno provincial a Lescay y al grupo rector del proyecto, y les ofreció todo cuanto pudo.  

En el caso de Hart, a quien Lescay siempre distingue cuando recuerda aquellos años y aquel fatigoso proceso, toda gratitud sería poca. Su audacia, lealtad y apego invariable al pensamiento de Fidel, fueron decisivos para iniciar el camino y llegar hasta el punto en que se halla la Fundación actualmente, luego de haber transitado 25 años de aprendizaje, fidelidad a la Revolución y aportes trascendentales a la cultura nacional en la representación de la historia y del imaginario social cubano. Con la orientación y apoyo de Hart, el Consejo Nacional de las Artes Plásticas hizo suyos los presupuestos conceptuales y los objetivos del proyecto Caguayo, al igual que sucediera con los de la Fundación Ludwig de Cuba, concebida en Aquisgrán y La Habana a principios de los años noventa, junto al propio coleccionista alemán Peter Ludwig y Helmo Hernández, su presidente desde que se constituyera oficialmente en 1994.

Desde su surgimiento, la Fundación Caguayo se ha distinguido por su defensa y aplicación de la política cultural de la Revolución cubana. Aunque con sus lógicas especificidades, trabaja intensamente en el establecimiento y defensa de las jerarquías artísticas y literarias establecidas y en las suyas propias. Llama la atención la labor que realiza en aras de la validación y conocimiento de las jerarquías menos favorecidas, lo que se expresa a través de la programación de su sistema de galerías, premios, talleres, encargos de obras artísticas y de investigaciones históricas, literarias y científicas y otras formas y espacios ideados para la promoción y el crecimiento de la cultura cubana en su dimensión cotidiana. Asimismo, considero muy importante la labor desplegada por Caguayo a favor del reconocimiento del diseño como parte de las disciplinas artísticas, lo que también se extiende a la cerámica, la arquitectura y la visualidad simbólica en los espacios urbanos, siempre en interacción creadora con las tradiciones, la comunidad y el imaginario social en movimiento.

Son de saludar empeños como la Galería René Valdés Cedeño, donde han expuesto muchos de nuestros principales artistas plásticos, y el Iris Jazz Club, en el que se han presentado figuras de renombre nacional e internacional, por lo que es considerado uno de los mejores y más exigentes de su tipo en el país. De igual manera me ocurre con el proyecto Somos, una iniciativa performática de dimensiones y formato variables que involucra al propio Lescay, a sus hijos Albertico y Alejandro y a otros artistas. Son actos de fe para pensar al ser humano y su espacio desde la capacidad renovadora de los valores estéticos modernos contenidos en las artes plásticas y la música, principalmente.

Créanme que sería interminable la simple enumeración de las acciones culturales que ha llevado adelante la Fundación Caguayo en estos veinticinco años, las que le han permitido cubrir un espectro temático y formal que va desde las artes plásticas y aplicadas hasta el audiovisual, la literatura, la música, la historia, el diseño y la formación de públicos, entre otros ámbitos. Del mismo modo, su sistema de relaciones con las más diversas instancias y entidades del sector cultural, lo que le permite estar presente en su actividad cotidiana y en eventos de gran significación, como el Festival del Caribe, la Bienal de La Habana, los salones de Diseño, ferias de artesanía, los festivales de Jazz, ferias del Libro, entre otros. También merece subrayarse su participación en los planes y proyecciones internacionales de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad, cuyo nodo santiaguero acoge la Fundación y preside Lescay.

Mas no quiero finalizar sin referirme a la que constituye la primigenia razón de ser de esta institución: el ejercicio creativo y la promoción inteligente de las artes monumentales. Al ser su actividad más conocida, ello me releva de tener que mencionar, por ejemplo, a todas las obras en que la Fundación ha intervenido y que considero importantes para la cultura cubana y de otros países.

Uno de los conjuntos más impresionantes realizados por Lescay, ya desde la Fundación Caguayo, ha sido el Monumento al Espíritu Guerrero Venezolano, inaugurado en 1996 yemplazado en el Estado de Carabobo, en esa hermana nación bolivariana. Otra pieza que clasifica entre las más originales y mejor resueltas de cuantas se han dedicado al Che, es la escultura que le hiciera al Guerrillero Heroico en 1997, ubicada en la entrada al Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, en La Habana. Entre los numerosos bustos que nos ha legado Lescay está el consagrado a Julio Antonio Mella, una de cuyas tres copias está emplazada en la ciudad de México, donde fuera asesinado, en 1929, este excepcional joven luchador comunista por órdenes del dictador Gerardo Machado. Ahora bien, la obra que a mi juicio define mejor el estilo de Lescay y el espíritu de la Fundación, es el Monumento al Cimarrón, realizado en 1997 e izado en la localidad de El Cobre, muy cerca de la ciudad de Santiago de Cuba. La fuerza de la imagen en su verticalidad firme y ascendente, su relación crítica y al mismo tiempo amable con el entorno, y la trascendencia del peso y el volumen, en una ilusión provocada de cercana rebeldía, le confieren a esta obra valores excepcionales. Para nada es fortuito, entonces, el hecho de que esta escultura forme parte de La ruta del esclavo: resistencia, libertad, patrimonio, instituida por la UNESCO, a propuesta de Haití, en 1994, en Benin.

Y en este apresurado recorrido por la obra escultórica de Lescay –para no hablar de la pintura, el dibujo, el grabado estrechamente ligados al proceso de consolidación de Caguayo–, no pudiera dejar de mencionar otras tres piezas capitales: el Monumento a Wifredo Lam, inaugurado en 2009, en el contexto de la Bienal de La Habana; la pieza Martí crece, donada por la Fundación a la ciudad de Santiago de Cuba en su 495 aniversario, y, por último, el Retrato escultórico de Mariana Grajales, colocado en el santuario de Santa Efigenia, en 2015. En todos los casos, los derechos de autor y el valor de estas esculturas monumentales, han sido donados por la Fundación y por Lescay a la comunidad y a las instituciones públicas donde están enclavadas.     

Por último, mencionaré sucintamente otros artistas cuyas obras han sido reproducidas o realizadas por primera vez en el Taller de Fundición Artística y Cerámica surgido en 1987 y devenido desde entonces escuela y fuente de trabajo para los lugareños de Dos Caminos, Santiago de Cuba y San Luis. Ellos son: el escultor martiniqueño René (Kho Kho) Corail, los escultores cubanos Juan José Sicre Vélez (1898-1974), José Villa Soberón (varias piezas, entre ellas las dedicadas a John Lennon, William Shakespeare, Enriqueta Favez), Tomás Lara, René Negrín, Estereo Segura, Andrés González, Luis Mariano Frómeta, Martha Jiménez, Belisario Eduardo Álvarez Collado, Juan Carlos Pérez Bermúdez, Julio Carmenate y José Rolando Montero Hernández.

Llegados a este punto, es fácilmente discernible que la trayectoria de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas da motivos más que suficientes para celebrar sus veinticinco años de espléndida y refulgente lozanía. Debe ser razón de orgullo no sólo para sus iniciadores, colaboradores y trabajadores actuales, sino para la cultura cubana en sentido general y para la entrañable Santiago, ejemplo de buen vivir y de arraigadas lealtades humanistas y afectivas, en este mundo convulso y tantas veces incierto y desnaturalizado donde discurre el presente de la especie humana. Santiago es siempre amable; por eso da gusto visitarla.  

Al tiempo que los felicitamos por lo mucho que ustedes han hecho, querido Lescay y demás compañeras y compañeros, les agradecemos esta alegría que nos proporcionan, precisamente ahora, cuando Cuba lucha y vence en la batalla contra un enemigo invisible y en la otra guerra contra el mismo enemigo de siempre.

Dice la Organización Mundial de la Salud que el saludo más seguro no es el de juntar los codos ni rozar los puños con los brazos extendidos, sino el de llevarse la mano a la zona del corazón y bajar ligeramente la mirada. Siendo así, a las 10 y algo más de la mañana de este lunes 21 de septiembre de 2020, yo sería muy feliz si me permitieran, como prueba de afecto y gratitud, inclinarme ante ustedes.

Muchísimas gracias y, por qué no, un abrazo enorme e ineludiblemente virtual a mis hermanas y hermanos de Caguayo.

Omar González Jiménez

Monumento al cimarrón, 1997

ALBERTO LESCAY: OBRA CONCEBIDA PARA LA JORNADA #PORLAPAZNOMASTRUMP

El pasado 21 de septiembre, Día Internacional de la Paz, la Red en Defensa de la Humanidad convocó a la Jornada Mundial #PorLaPazNoMasTrump, en solidaridad con el pueblo venezolano. Artistas, intelectuales y luchadores sociales de todo el mundo se pronunciaron de diferentes formas. El escultor, pintor y dibujante cubano Alberto Lescay concibió la obra que presentamos en esta entrega.

Obra del artista plástico cubano Alberto Lescay
Obra del artista plástico cubano Alberto Lescay, Coordinador de la REDH en Santiago de Cuba, especialmente concebida para la jornada #PorLaPazNoMasTrump.

 

Alberto Lescay, en pleno proceso de creación.
Alberto Lescay, en pleno proceso de creación.

Junto a Lescay, intervino está niña de 9 años
En el proceso de creación de la obra, junto a Lescay, intervino está niña de 9 años con un detalle. (Ver la parte inferior central)

Alberto Lescay Merencio

(Santiago de Cuba, 21 de noviembre de 1950)
Presidente de la Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas.
Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
Miembro de la Asociación Internacional de Artistas Plásticos (AIAP).
Autor, entre otras muchas obras escultóricas de indiscutible renombre, del monumento ecuestre que preside la Plaza Antonio Maceo en Santiago de Cuba.
Sitio Web del artista 
Facebook personal de Alberto Lescay

Acerca de la Fundación Caguayo

La Fundación Caguayo para las Artes Monumentales y Aplicadas es una institución cultural cubana, no gubernamental, sin fines de lucro. Es fundada en 1995 por el escultor y pintor Alberto Lescay Merencio para desarrollar y promover las artes monumentales y aplicadas cubanas. Desde su surgimiento la Fundación ha venido desarrollando proyectos de carácter monumental y ambiental además de facilitar programas de colaboración técnico-profesional con entidades afines nacionales y extranjeras.

EL “VIAJE PERPETUO” DE ALBERTO LESCAY. OMAR GONZÁLEZ

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Alberto Lescay

En los 50 años de vida artística del relevante artista cubano, una muestra de su obra en el Memorial José Martí

Como mismo puede afirmarse que no existe exposición, antología o  compendio que sea suficiente para mostrarnos a un escritor o a un artista en su dimensión más exacta, puede sostenerse que no hay resumen capaz de apresar una mínima vida, cualquiera que esta sea, en la extensión de la totalidad de sus valores. De ahí que todo ejercicio axiológico sea complementario.

En lo no poco que he leído acerca de mi hermano santiaguero Alberto Lescay Merencio, con quien comparto suerte hace más o menos cuarenta años, encontré este autorretrato suyo que se me antoja el más completo para conocer los orígenes del autor de “Viaje perpetuo”, la muestra que hoy inauguramos.

¿DE DÓNDE VIENE LESCAY?

 “Nací el último día de Escorpión, a la mitad del siglo XX, en la punta de la loma de Martens, cerca de Santiago de Cuba. Mi madre: espiritista cruzada, bordadora, modista, maraquera, fiestera, fiel esposa, buena amiga y mejor madre aún; hija de mambí, quien había raptado a mi abuela desde las montañas oscuras de Baracoa. Mi padre: tresero, chofer, bailador y un infinito enamorado. La infancia y adolescencia transcurrieron entre el campo y la ciudad, siempre que pude, escogí el primero, quizás porque, además de lo bucólico de este, allí contaba con un taller lleno de aparatos extraños inventados por mi tío para hacer todas las cosas que demandaba la comarca, desde unos preciosos muebles, una máquina de tejer, un juguete, hasta un terrible ataúd. Las noches eran para hablar de las últimas del mundo terrenal, del infierno y más frecuentemente del maravilloso paraíso, a donde iríamos los buenos. En la ciudad todo me era ajeno, menos las volteretas y sacudidas de mi madre, en medio del incienso para alejar de mí las malas influencias espirituales. Cuando me presenté a hacer la prueba de aptitud en la escuela de arte, era principalmente porque quería ser becario como todos mis contemporáneos, pues estudiar era la palabra de pase de la Revolución Cubana. El perenne recuerdo del monumento en bronce al Mambí Desconocido en la Loma de San Juan, mientras jugaba al escondido, me hace sospechar que en ese instante se abrió para mí el camino de la plástica.”

lescay, expo, homenaje al abuelo mambí

LESCAY DURANTE LOS ÚLTIMOS AÑOS

No es menester investigar demasiado para percatarse de su laboreo, si bien no son precisamente los espacios habaneros los que más se abren a la exposición de las obras de este artista. He aquí un problema común a la mayoría de los creadores de su generación que viven más allá de la periferia de nuestra capital –y a algunos de otras generaciones que la viven dentro–, y he aquí también una virtud de Lescay, su tenacidad, para quien hacer algo útil, bello y amable es lo más importante cada día; tanto allá en Santiago, Bayamo, Holguín, Las Tunas y el Camagüey como en la mismísima Habana, donde tan bien se le quiere por lugareños, amigos y colegas.

De cualquier modo, ¿qué más tendría que hacer Alberto en la escultura (entiéndase la monumentaria y la de pequeño formato), la pintura, el dibujo, el grabado, la performance, el pensamiento y la promoción cultural para merecer lo que le falta luego de haber nacido en esta “fiesta innombrable”?  Es complejo el asunto, se me dirá, y sí que lo es: bastaría con simplificarlo para comprender sus razones.

Pues bien, en los últimos diez años, Lescay ha realizado o participado en cincuenta exposiciones y performances: veinticuatro personales y veintiséis colectivas. Ahora mismo se le encuentra en “Eros”, también organizada con motivo de sus cincuenta años de vida profesional, en la Galería “René Valdés Cedeño”, de la Fundación Caguayo, y en “Navegar”, donde comparte escena, tras la celebración del Festival del Caribe, con su hermano Eduardo Roca Salazar (Choco), en la Casa del Caribe, ambas en Santiago de Cuba.

LESCCAY, EXPO VIAJE

LA EXPOSICIÓN “VIAJE PERPETUO” (2018)

En Lescay la Historia se manifiesta como algo consustancial y, al mismo tiempo, como el devenir aprehendido e incorporado a la cotidianidad de una vida, la suya y, por supuesto, la de sus familiares y contemporáneos. No tiene que hacer el más mínimo esfuerzo ni colocarse en la piel y los contextos de un hecho, un recuerdo o una figura históricos, para representarlos artísticamente y transformarlos en testimonio y creación de fe. Conociéndolo como lo conozco, uno se percata de que él es, en sí mismo, parte esencial de la explicación de la cultura cubana.

En muchas de sus obras, el movimiento es vuelo, crecimiento, floración, desafío a los límites de la forma y el equilibrio, en aras de la difícil armonía de un oxímoron: su abstraccionismo figurativo, que no su figuración abstracta. Y el viaje, siempre el viaje como signo de perennidad en el espacio. Búsqueda y hallazgo.

LESCAY, EXPO 4

En la exposición “Viaje perpetuo”, curada por Alejandro Lescay, afloran singulares evocaciones de José Martí, Mariana Grajales, Antonio Maceo, el abuelo mambí y el amor en la manigua, Fidel ante el abismo de nuestra época y en el activo reposo del guerrero, Ernesto Che Guevara y su honda mirada indagadora, Frank País en la memoria de sus actos, el teniente Pedro Sarría Tartabull (salvador de Fidel), la risa cómplice y alegre de Raúl ante el boceto del conjunto escultórico dedicado a su hermano, el líder de la Revolución, concebido para ser emplazado en las estribaciones de la Sierra Maestra: una estela de gloria, un corcel que se afinca en la Tierra y toca el firmamento.

Aquí están los machetes del abuelo pletóricos de fuerza ancestral, luego de haber subido a La Plata, desandar Baracoa y ser purificados en el arroyo donde más de una vez bebió agua y estuvo Fidel. Aquí están el carnet (entonces cartera) de pensionada del Ejercito Libertador de la madre de Lescay y otros atributos de su infancia y su familia.

“Puede decirse, ha confesado el artista, que todo lo que he hecho en mis cincuenta años de vida profesional, es tratar de pintar a mi abuelo.”  Y así se advierte fácilmente en esta exposición curada por su hijo Alejandro y acogida por el Memorial “José Martí”, un sitio cada vez más eficaz en su misión de arropar el buen arte.

En fin, aquí está un artista santiaguero, cubano, universal, cargado de muchas vidas y comprometido, desde la honestidad y la lealtad, con el destino de su Patria (porque Lescay es y no necesita pregonarlo ni se limita a parecerlo); meditando, añorando el porvenir como quien vislumbra el pasado y lo defiende y asume como fundamento y raíz.

Y todo primorosamente hecho. Pero de esto, ojalá que se ocupen los críticos…

ALBERTO LESCAY: COMENTARIOS ACERCA DE SU OBRA

A la espera de un texto que me he propuesto escribir sobre Lescay y su relevante obra como escultor, dibujante, pintor, grabador y ceramista,  reproduzco algunas de las opiniones que aparecen en su Sitio Web (http://www.albertolescay.com/albertolescaycritica.htm), todas las cuales proceden de amigos comunes, en su mayoría importantes intelectuales cubanos. OG

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Alberto Lescay Merencio (1950) nació, vive y trabaja en Santiago de Cuba.

RÁFAGA EN ESPLENDOR
“El torbellino nos envuelve y transporta, nos conduce con una fuerza animal, nos proporciona un sacudimiento telúrico los volúmenes y el color en las obras de Alberto Lescay son una síntesis de la vida cubana. Es la violencia y la borrasca, los granates incendiados quienes proclaman la cólera y los turquíes serenos nos hablan de la prudencia. Aquí hay ondulaciones de la forma que nos entregan una sensualidad irreverente, remolinos ardientes junto a nieblas opacas que nos revelan las fases de la historia nacional. Las púas y cuernos acoplados a plumas y arcos funcionan como catalizadores del carácter. Nunca antes los clamores del bermellón sirvieron mejor para ilustrar el ímpetu delirante, el brío, la seducción perenne de la batalla, ni las cascadas de índigo fueron impulsadas por estas fugas rabiosas, conducentes a un destino de aristas conquistadas. El entrecruzamiento veloz del cobre con el añil nos arrastra hacia una aventura tentadora y nos impulsa al fervor. ¿Y qué decir de ese Antonio Maceo rodeado de insurrectos machetes enhiestos – un Maceo en plenitud de combate invocando el sostén de su pueblo -, o qué hablar de la nobleza lírica de un Martí sosegado, o de ese grito en bronce que es el Cimarrón? Son capítulos de la vida de una nación coagulados para la perennidad. La celeridad, el aliento presuroso de nuestro ritmo vital ya lo había expresado Carlos Enríquez y los arcanos de nuestras enérgicas raíces quedaron plasmados por Lam. En Lescay se unen ambos valores y toman una nueva dimensión la cepa permanente y el instante fugaz. En estas telas Cuba es una ráfaga incesante, un ímpetu espléndido y apasionado.”
Lisandro Otero, 2003.
Novelista y periodista cubano fallecido en 2008.
Premio Nacional de Periodismo de México, 1998
Premio Nacional de Literatura de Cuba, 2002.
Miembro de la Real Academia Española y de la
Academia Norteamericana de la Lengua Española.

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“Asistimos a la profundidad, a la actualización estremecida por mirarnos en estos dibujos, en los verdes y leves azules en que parece erguirse el humus antillano y se escucha la intensidad del rocío. Siguiendo esta escala, observamos que no hacen gran suma los jóvenes pintores cubanos dadores de ejemplos en la utilización del rojo. No obstante, con el tono de la sangre, Alberto desgarra el día, hiere la sicología de los rostros y ofrece símbolos que desintegran y rehacen el mundo. En Sacrificio el cielo trastocado en púrpura semioscura, amenaza en los fondos mientras grises interpuestos vigilan las diagonales, sacrificadas en aras de un montaje en que el silencio añora pronunciarse. Algo similar se aprecia si nos detenemos en El palomar, La gran caída y Fuego del silencio; ellos y otros, con sus güijes, tambores y templos del vudú, implican en la poética del color, metáforas abarcadoras del mar, la flora, el aire y la fauna.”
Marino Wilson Jay, 1989.
Poeta. Preside la Asociación de Escritores en Santiago de Cuba.
Entre sus últimos libros publicados están Peligro: aquí se habla de poesía (ensayo) y los poemarios El libro terrible y Poesía funesta. 


Uno no se explica cómo Lescay es, paralelamente, escultor y pintor. No se lo explica (aclaremos) a primera vista, luego vamos descubriendo en los lienzos cierta idea de dimensiones infinitas, de lejanías que constituyen la imposibilidad del que trabaja los volúmenes. Entonces caemos en la cuenta de que lo visto es una verdad complementaria de aquel otro que el bronce (uno de sus más recurrentes materiales) y las raíces, las hélices, el alambrón no alcanzan a concretar.”
Alejandro Querejeta, 1986.
Periodista, poeta y narrador.
Reside en Quito, Ecuador.

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“Estos lienzos, cartulinas y esculturas tienen de leyenda, en sus colores y en sus formas, se asoman al sueño del artista. Ya una vez escribí que no sabía a cuál Lescay prefería, sí al escultor o al pintor. Ahora puedo contestarme a mí mismo: a los dos. Lescay ha logrado, a golpe de talento y de trabajo, convertir su obra maravillosa en una imagen y en un idioma. Usted va a un lugar y ve una pieza y puede decir: ese cuadro es de Lescay. Porque ha descubierto un lenguaje pictórico tan personal como colectivo. Ahí está la esencia del arte, ser y multiplicarse. Tener ese don no es fácil, porque a veces se acerca a lo genial.”
“Ahora Alberto Lescay nos regala su Mackandal, en éstos óleos líricos y musicales, donde la pintura parece que danza. Un Mackandal de color y de fuego. De ira y de ternura. De combate y de amor. De agua y de tierra. De sueño y de vigilia. De muerte y de resurrección real. Un Mackandal que se multiplica en cada pieza, ahora buey o caballo, culebra o tronco de árbol, hasta paloma si hace falta, cimarrón al fin. Siento en estos cuadros el perfume de las flores africanas y un tambor del Vodú, que desesperado, nos llama. He aquí a Mackandal incorporado ya para siempre a la plástica nacional y antillana. He aquí rota entonces la frontera entre la pintura y la poesía. He aquí rota también la frontera entre la pintura y la música. He aquí rota además la frontera entre la pintura y la danza. Son estos cuadros la poesía que se escapa, la música del aire y la danza del corazón.”

Jesús Cos Cause, 1998.
Poeta e investigador de la Casa del Caribe fallecido en 2007.
Fue Coordinador del Taller Internacional de Poesía que auspicia esta institución.

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“Se ha señalado la relación de la obra de Lescay con manifestaciones mágico-religiosas del área del Caribe -esencialmente el vudú-, así como la carga erótica que perméa su figuración; sin embargo, ni este pintor es un devoto del vudú, ni un artista de lo erótico, y ambas visiones parecen servir de vehículo a una tercera inquietud. En Lescay, la reiteración el tema del vuelo es totalmente consciente y, a mi modo de ver, posee valor metafórico.” Seguir leyendo ALBERTO LESCAY: COMENTARIOS ACERCA DE SU OBRA