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VIENGSAY, EL LEGADO EN EL CORAZÓN. TONI PIÑERA

Funerales de la Prima Ballerina Assoluta del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso en el Gran Teatro de La Habana, Alicia Alonso, Habana Vieja
Alicia, huella imperecedera en Viengsay. Foto: Endrys Correa Vaillant

TONI PIÑERAExcelentes y también juveniles bailarines ganan día tras día en la escena, el derecho de entrar en la historia del ballet. No son legiones. Cuán breve el número, ¡además!, de los que son capaces de hacer época. Ellos son la llama misma de la danza. Hacer época: más que estar en la historia, conmoverla. Para quien sea capaz de sobrepasarlo, un honor, emoción. Pero en el ballet cubano, un compromiso imponente se suma por el singular magisterio, el inimitable poder de la danza y la maravilla creativa desbordada por nuestra Alicia. Época de épocas… Ascender en esta profesión cuesta mucho. Dificultades, peligros, también incomprensiones de todo tipo hay en el camino. Saber recibir para dar lo mejor de sí, disciplina, constancia, aprender ante cada día, y, talento, sí, condiciones físicas extraordinarias. Y aquello que es imposible clasificarse, aunque todos lo sienten y lo aprecian, que es precisamente lo que distingue a algunos artistas.

Un nombre se mueve hace muchos años en el firmamento del ballet cubano, desde el principio, allá por 1994 en su compañía, bailando, estudiando, perfeccionando las bases, entregándose en cuerpo y alma para mantener viva la llama de sus predecesores, los que abrieron el camino, forjaron la Escuela, modelaron la armadura que resiste el tiempo.

Hace algunos años, precisamente el 26 de julio de 2016, a propósito de una temporada del clásico Don Quijote, dejaba constancia en estas páginas, una vez más, del paso del BNC por la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, en un artículo titulado «Don Quijote: un trío de ases, danzario…». Y su nombre, que en el lenguaje laosiano significa victoria, se destacaba otra vez…: «…Viengsay, ella es la fuerza del viento, sin perder la ternura. Cada día más intensa, haciendo sonar la alegría en cada giro, salto, como lluvia que anuncia la llegada de la primavera eterna. Ella tiene la capacidad de llenar los corazones de sonrisas, y vibrar en ese momento de quietud, en el que los balances

detienen el tiempo, y nos hacen soñar en otra dimensión… Ellas son, una réplica en el tiempo, de Alicia (la Maestra, ¡aún vigilando a su descendencia!), de cuatro joyas, que tiñeron de cubanía las tablas del mundo y las nuestras, siguiendo ejemplos, enseñando lo aprendido para que perdure; de tres gracias que motivaron con su singularidad otras décadas no menos gloriosas, donde se iba fundiendo la contemporaneidad al ritmo del tiempo en la danza. Y todas aquellas que han trascendido dejando su hálito:

Martha, María Elena –aún regalando su presencia en cada acto del BNC–, y tantos y tantos nombres que conforman un amplio manto que cobija la Escuela Cubana de Ballet, en Cuba y el universo, algo insólito que emergió del Caribe por la entereza de sus fundadores, y el ímpetu de sus seguidores».

Más que insistir, tiene una única respuesta a interrogantes sobre su amplia actividad: disfrutar lo que hace: la danza. Está consciente de que es el momento en que no tiene límites, y cada función es para ella como si fuera la primera, por la emoción con que baila. Es de las que prefiere sentir el cariño de las personas, porque la llena de particular energía. Viengsay Valdés, más allá de la perfección, siempre ha tenido un concepto muy grande en su mente, algo que la ha mantenido a un alto nivel: el respeto hacia el público, dar lo mejor que uno tiene cuando se enfrenta a la escena. Es una de las claves del éxito, conjuntamente con otras cualidades que también ha conjugado en este tiempo: la vocación, el tesón, la fuerza de trabajo y voluntad.

PASÓ EL TIEMPO

La otrora muy joven bailarina que entraba a las filas del BNC, repleta de sueños y siempre con muchos deseos de trabajar  y de entregarse íntegramente a esta dura profesión, comenzó rápidamente a vestir papeles de solista, luego de un año y medio de cuerpo de baile. Era una época en que faltaban muchas figuras principales, hasta que en julio de 2001 fue promovida a primera bailarina. Todo fue rápido. En el 14 Festival Internacional de Ballet de La Habana (1994) fue el primero en que tomó parte activa, tuvo muchas sensaciones que nunca olvidará. Iban marcando un camino ancho, firme, seguro, de mucha fidelidad a las raíces, a Cuba. Participó en el ballet contemporáneo El legado de Pandora, de la estadounidense Suki John; Celebraciones, de la japonesa Yuriko Kikushi, donde empezó a sobresalir. En el cuerpo de baile hizo los clásicos, hasta que llegaron palabras mayores: Majísimo, la Kitri de Don Quijote, La fille mal gardée, El lago de los cisnes (enero de 1997), fecha inolvidable, la reina de las Willis, en Giselle… Después el magno clásico que Alicia inmortalizara como algo propio. Fue una etapa ardua de aprendizaje, de comprender que el ballet era su vida. «Era difícil para nosotros. Todo era muy rápido, ponerse a una velocidad, estudiar el personaje, buscar documentación y ver muchos videos. Una época muy intensa que nunca olvidaré». Seguir leyendo VIENGSAY, EL LEGADO EN EL CORAZÓN. TONI PIÑERA

¡CREO EN ALICIA! POR EARLE HERRERA

El Kiosco de Earle
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Los poetas, cuando no se convierten ellos mismos en creadores de mundos, se copian de Dios. Si Aquiles Nazoa hizo esto sin rubor y se apropió del Credo para entregarnos su íntima geografía física y espiritual, yo no tengo por qué avergonzarme para plagiarlo y robarle el verso que le dedicó a Isadora Duncan, a la que entrevió _“abatiéndose  como una purísima paloma herida bajo el cielo del mediterráneo”_ , pero yo colocaría esa paloma bajo el cielo del Caribe y allí, donde dice Isadora,  escribiría Alicia Alonso, como decir mariposa, como decir éter, como decir aire:  vida. Ayer, la crónica dijo que Alicia murió a los 98 años. ¡Bah, la crónica no sabe lo que dice!
Fuente: CORREO DEL ORINOCO / 19 octubre, 2019

POR ALICIA

OMAR GONZÁLEZ

Nadie como ella hizo del gesto y el vuelo la insuperable parábola de la belleza; nadie puso tan alto el intenso drama de Giselle. Alicia en este y otros mundos para siempre. La celebro en el recuerdo, la vivo y lloro en este instante. Hay un abismo en la danza. Cuba contigo.

No por sabido deja de ser muy justo recordar que Alicia Alonso figura entre quienes fundaron la Red en Defensa de la Humanidad en 2003 y que su firma y su colaboración no faltaron nunca en los documentos más importantes emitidos por este movimiento en su historia.

La recordamos no sólo adhiriéndose a las convocatorias y denuncias ante cualquier injusticia, sino aportando ideas y exigiendo que no faltara nunca su firma en los pronunciamientos que se emitían. Pedro Simón, su compañero de muchos años, puede dar fe de ello. Alicia fue una de las artistas cubanas más genuinamente leales a la Patria y a la Revolución que he conocido. Bailó para los campesinos,  obreros, soldados, niños y niñas y no vaciló en vestirse de miliciana cuando las circunstancias lo exigieron.

Fidel la admiraba muchísimo (esto era recíproco) y no ocultaba en nada su respeto por ella ni su preocupación porque sus criterios fueran escuchados y atendidos en el Ministerio de Cultura, donde el compañero Matías Maragoto actuaba como enlace permanente con ella, y en otras dependencias del Gobierno y del Estado. Raúl, Almeida, Diaz-Canel y otros compañeros la arropaban con especial sensibilidad y afecto. Era venerada porque lo merecía, no porque lo procuraba.

Fue una criatura divina, excepcional, irrepetible, adorada por su pueblo y el mundo en la dimensión humana de los dioses. Será eterna y será para siempre nuestra.

 

EVOCACIÓN DE RAMIRO. GRAZIELLA POGOLOTTI

graziella 2La semana laboral transcurre devorada por las múltiples tareas impuestas por mi centro de trabajo. Reservo para los fines de semana el disfrute de establecer este diálogo con interlocutores conocidos y desconocidos.

Es lo que me impide ofrecer respuestas inmediatas a los acontecimientos de la actualidad.

En esta ocasión, aunque hayan pasado muchos días desde su desaparición física, no puedo renunciar a la evocación, desde mi perspectiva personal, de uno de los fundadores de nuestra cultura nacional, de Ramiro Guerra y su contribución efectiva a redondear la imagen de lo que somos.

Todavía muy jóvenes, nos conocimos probablemente en Nuestro Tiempo, agrupación de escritores y artistas progresistas, soñadores de un futuro mejor para la nación y orientada por el Partido Socialista Popular.

Aspirantes a cineastas, teatristas, músicos, escritores y artistas de la Plástica, representantes todos de una vanguardia prometedora, confrontaban ideas y se aventuraban en la experimentación en sus campos respectivos.

Nuestra relación devino amistad verdadera cuando coincidimos en una larga travesía marítima que nos llevaría desde La Habana hasta las costas de Francia. Entonces la aviación civil no era de uso corriente, sobre todo para quienes disponían de pocos centavos, ahorrados trabajosamente, con el propósito de abrirnos a horizontes más amplios, aprender y regresar a Cuba para incorporar los nuevos conocimientos a proyectos de gestación.

El Reina del Mar, con bandera británica, salía de Valparaíso, recogía en los puertos del Pacífico a jóvenes latinoamericanos movidos por inquietudes similares a las nuestras y terminaba el recorrido en Liverpool. En esa ocasión, viajaba también Violeta Casal, la actriz que había representado, con la poderosa expresividad de su voz, los protagónicos de las tragedias griegas estrenadas por Teatro Universitario. Sería más tarde la voz inconfundible que identificaba a Radio Rebelde desde la Sierra Maestra.

En aquellos días difíciles, el ballet Alicia Alonso –despojado de ayuda oficial– sobrevivía con dificultad, aunque hubiera conquistado un sector del público, admirados del talento excepcional de la gran intérprete de Giselle.

En tan ingrato ambiente, Ramiro Guerra soñaba con sentar las bases para el desarrollo de la danza moderna en Cuba. Con el triunfo de la Revolución, los obstáculos se allanaron. Se constituyó el Ballet Nacional de Cuba y en el primer semestre del 59 Isabel Monal recibió el encargo de echar a andar el Teatro Nacional. El edificio de la Plaza de la Revolución era un elefante blanco. Los planos habían desaparecido. La sala Covarrubias resultaba un espacio sordo. Sin embargo, la recién estrenada directora de la institución supo desplegar su capacidad de animadora cultural. Sabía escuchar y se rodeó de un grupo que, desafiando los tiempos difíciles, movido por la fe y la esperanza, había acumulado saber y experiencia. Seguir leyendo EVOCACIÓN DE RAMIRO. GRAZIELLA POGOLOTTI