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LA BATALLA COMUNICACIONAL (3): CONOCER EL PODER DEL ENEMIGO Y LA FUERZA PROPIA. PEDRO SANTANDER MOLINA

Una cosa está clara: la contienda es desigual. Esa premisa hay que asumirla, analizarla y desarrollar nuestras tácticas
Ilustración: Aldo Cruces

pedro santander 4En esta batalla una cosa está clara: la contienda es desigual. Esa premisa hay que asumirla, analizarla, y en dicho marco estudiar y desarrollar nuestras tácticas.

Podemos conceptualizar esta desigual contienda como una asimetría estructural que en términos de fuerza hace que las posiciones al interior del campo comunicacional sean materialmente más favorables para los defensores del capital y del imperialismo que para nosotros. Como suele ocurrir, gracias a colusiones, cartelización y beneficios estatales se ha configurado una estructura concentrada y coordinada en sus diversas dimensiones, es decir, en lo digital, en lo analógico, en los medios tradicionales, en los electrónicos, etc.

Por ejemplo, Google, Amazon, FaceBook, Appel (GAFA), junto a Oath, Microsoft y Disney predominan en el entorno digital; son “los gigantes de la web”. En el ámbito informativo, Disney, Time Warner, News Corp, General Electric, Viacom y CBS controlan el 90% de los flujos noticiosos, y Hollywood el 90% de la industria cultural.

Ilustración: Belén Trincado/ Cinco Días

Esa es la condición material objetiva de la batalla comunicacional que es, como sabemos, parte de la batalla cultural. Pero no sería ésta, ni por lejos, la primera vez que las fuerzas revolucionarias enfrentamos escenarios a priori desventajosos. Por el contrario, ya Marx y Lenin lo vivieron, y en difíciles condiciones ambos desarrollaron una potente actividad mediático-comunicacional, centrada, sobre todo, en la creación de diarios y en una intensa producción de columnas, crónicas y editoriales que interpretaban la realidad y guiaban la acción. Ambos dirigentes, a pesar de las duras condiciones materiales que enfrentaban (relegación, cárcel, exilio, persecución, pobreza, etc.) nunca dudaron de la importancia de esta batalla.

Lenin la consideró “una forma superior de agitación”. Lo mismo Gramsci quien ejerció a partir de 1910 activamente el periodismo; hasta antes de ser apresado por el fascismo escribió cerca de 1.700 artículos. También en América Latina, a principios del siglo 20 y bajo condiciones igualmente desvantajosas, no cesaron en su actividad periodística ni Carlos Mariátegui ni Luis Emilio Recabarren. Este último, entre detención, persecución y pobreza, fundó más de 15 periódicos a lo largo de Chile, convencido de que la clase obrera necesita de sus propios órganos de difusión para afrontar el combate político.

No es ésta la primera vez que libramos la batalla comunicacional bajo condiciones asimétricas.

Como vemos, no es ésta la primera vez que libramos la batalla comunicacional bajo condiciones asimétricas. Por el contrario, podemos observar una continuidad en la lucha de 500 años que llevamos protagonizando desde que el español pisara esta tierra. En el Virreinato de Perú, por ejemplo, los más estrictos castigos, incluyendo azote y pena de muerte, estaban contemplados para los indios que tuvieran caballos, armas o…. que supieran leer o escribir (como lo sabía Tupac Amaru).

¿Qué implica esta asimetría estructural para nuestra lucha comunicacional?

En primer lugar, hay que entender que no podemos librar la batalla como si las condiciones fueran simétricas. Suena obvio, pero a menudo parece no serlo si observamos ciertas costumbres y rutinas en las iniciativas mediático-comunicacionales que se llevan a cabo desde nuestras filas. Considerar en serio las condiciones materiales en las cuales se libra la batalla implica evitar acciones repetitivas que podrían tener más sentido si la cancha fuese pareja.

Una de ellas es la estrategia del “reflejo — contrario”. Durante las dos décadas en que muchos países de nuestro continente fueron gobernados por fuerzas progresistas, estos gobiernos fueron (y son) duramente atacados en el plano comunicacional. En ese marco, hemos podido ver que se gastan grandes cantidades de energías y recursos en negar que somos y hacemos lo que los medios hegemónicos dicen que somos y hacemos. Es decir, si los medios hegemónicos dicen que “somos y hacemos X”, lo común suele ser que se reaccione desde nuestro campo contestando y demostrando que “no somos ni hacemos X”.

Esta desgastante dinámica es,en general, bastante inútil, poco eficaz y perversa ya que nos relega a ser la cara anversa de la agenda dominante. Ocurre entonces que todos, amigos y enemigos, hablan de “X”, los unos afirmando, los otros negando. De este modo, la matriz impuesta por el adversario se convierte y se consolida como centro referencial único. Seguir leyendo LA BATALLA COMUNICACIONAL (3): CONOCER EL PODER DEL ENEMIGO Y LA FUERZA PROPIA. PEDRO SANTANDER MOLINA

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LA BATALLA COMUNICACIONAL: APROVECHAR LAS GRIETAS DEL ADVERSARIO. PEDRO SANTANDER MOLINA

Pedro Santander

PEDRO SANTANDER MOLINA

La batalla comunicacional que, en definitiva es una batalla cultural, no sólo se define en los medios de comunicación. Igualmente importante en esta lucha son los discursos que se vuelven legítimos y hegemónicos pues las fuerzas en pugna también se constituyen discursivamente.

El discurso ultraderechista ya está instalado. Emergió velozmente y se ha erigido en fuerza política y discursiva en Europa, Estados Unidos y América Latina. Tópicos que como el odio al diferente y el amor a las dictaduras parecían cosa del pasado hoy forman parte de programas de gobierno y candidaturas presidenciales. Discursos que hasta hace poco parecían inconcebibles hoy se extienden con fuerza y popularidad. Este despliegue de discursos que muchos creían imposibles y que, de hecho, lo eran hasta hace poco, da cuenta de profundidades en la vida social que vale la pena tratar de comprender.

Tres hipótesis al respecto:

a) Hay una disputa por la hegemonía dentro del bloque dominante. Ésta responde a un reordenamiento de las correlaciones de fuerza al interior de dicho bloque. La tensión ocurre entre los defensores del neoliberalismo clásico-tecnocrático y del neoliberalismo de ultraderecha, y se expresa en los discursos de ambos bandos.

b) El discurso ultraderechista se muestra efectivo para resolver (por ahora) las tensiones de clase que el mismo neoliberalismo ha creado globalmente al enriquecer a los más ricos como nunca en la historia. Asimismo, la discursividad neofascista ha sido eficiente para canalizar la extendida rabia social que ha sido creada por el propio neoliberalismo, lo que permite dirigir dicha ira contra otros y no contra el sistema. Esta eficiencia discursiva ha permitido generar conexión narrativa con sectores medios y populares, lo que da réditos electorales.

c) La disputa al interior del campo dominante es una oportunidad para la izquierda de recobrar su identidad de clase, de articularse globalmente y de reconectar y repolitizar lo social. Para ello hay que aprovechar comunicacional y discursivamente la pugna intra-bloque.

Luego de unas cuatro décadas de implementación global del neoliberalismo podemos distinguir tres corrientes discursivas que lo conforman y que se han ido estructurando con el tiempo: el neoliberalismo progresista, el neoliberalismo clásico-tecnocrático y el neoliberalismo de ultraderecha. Por supuesto, las tres tienen en común una serie de cosas, la principal de ellas es que no cuestionan el rol central del mercado en el ordenamiento social. Su defensa de sociedades cuya institución principal sea el mercado es esencial, un irreductible.

No obstante, hoy podemos ver ciertos límites en la narrativa neoliberal, y en ese marco emergen diferencias y tensiones, cada vez más notorias, que dan cuenta de un disputa por la hegemonía al interior del bloque dominante.

Al hablar de neoliberalismo progresista (denominación acuñada por Nancy Fraser) nos referimos a esa izquierda socialdemócrata que tras la caída del Muro se hizo liberal y culturalista. La que levantó el discurso de la “Tercera Vía”, del “capitalismo con rostro humano”, mientras promovía las privatizaciones de empresas públicas, la cooptación de los movimientos sociales y la desmovilización de la militancia política y sindical. Para seguir manteniendo cierto aire progre reemplazaron su identidad clasista y la crítica estructural contra la sociedad capitalista por un discurso culturalista, identificándose en clave postmoderna con luchas de reconocimiento identitario, sintonizando así con una minoría ilustrada.

A este progresismo le ha venido bien apoyarse en este tipo de temas, así mantuvieron cierta aura de izquierda sin tener que enfrentarse a las dinámicas capitalistas, lo cual es siempre es más complicado. Plantar cara al poder tiene costos, y hay que tener valor para hacerlo. Su deriva — como no podía ser de otro modo- ha sido la más patética: se ha visto relegada cada vez más a la irrelevancia, tanto de sus partidos como de sus líderes, hablamos de tipos como Tony Blair, Gerhard Schröder, Ricardo Lagos, Felipe González o Enrique Cardoso. Claro, como suele ocurrirle a la socialdemocracia, cuando abjura de su identidad clasista y reniega de un proyecto de sociedad distinto al capitalismo entra en un terreno en el cual va perder (y a perderse). En el contexto actual, eso significó hacerse débil frente a los neoliberales clásicos cuyos discursos se impusieron globalmente.

Cuando hablamos del neoliberalismo clásico nos referimos a los herederos del Consenso de Washington, los hijos de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Francis Fukuyama. Esta discursividad pone en el centro la defensa del orden democrático-liberal y la difusión a escala mundial de los valores ‘democráticos’ y ‘civilizadores’. Su performatividad discursiva tiene dimensiones globales gracias a la acción comunicacional de las corporaciones mediáticas que posee; fundamentalmente dispositivos tradicionales como cine, diarios, televisión, radios y editoriales. Son éstos los medios a los que apuesta y los que usa políticamente. Según su concepción, no podría haber democracia sin capitalismo, considerándose ambos intrínsecamente inseparables. Su discurso es pseudo — cientificista, y en ese marco consideran sus ideas como técnicas y objetivas en base al saber de la ciencia matemática y económica.

En esa línea, apoyados entusiastamente por los neoliberales progresistas, promovieron un individualismo hedonista y competitivo, y a través de un discurso políticamente correcto y de centro-centro, incentivaron la apatía política de los sujetos, la despolitización de la sociedad y el descrédito del eje político izquierda-derecha. Sólo existiría un centro gravitacional: el centro. Esto porque de acuerdo a las tesis de Fukuyama se concibe la democracia liberal como el fin de la historia evolutiva de la humanidad y de los antiguos enfrentamientos ideológicos. Este discurso “imposibilista” y anti-utópico, que enfatiza la ausencia de alternativas válidas al neoliberalismo y califica como “irracionalidad” oponerse a los postulados del mercado, ha sido hasta ahora el hegemónico y el que ha gobernado ampliamente en las últimas décadas.

Sin embargo, sus postulados, su estilo y su comunicación política defendidos por dirigentes como Macri, Piñera, Aznar, Santos, Merkel, Macron etc., son hoy puestos en tensión y cuestionados por líderes de ultraderecha como Le Pen, José Antonio Kast, Iván Duque, y, por supuesto, Trump y Bolsonaro, en el marco de una disputa por la hegemonía al interior del bloque dominante. No casualmente hemos escuchado recientemente a Madeliene Albright, ex Secretaria de Estado, advertir contra ese peligro del autoritarismo y calificarlo, sin tapujos, de “fascismo”. A su juicio, la democracia, en EE.UU. y en el mundo, está en peligro y los gobiernos libres “están en franca recesión, en decadencia, en total retroceso, completamente asediados” Seguir leyendo LA BATALLA COMUNICACIONAL: APROVECHAR LAS GRIETAS DEL ADVERSARIO. PEDRO SANTANDER MOLINA

BATALLA COMUNICACIONAL: UN NUEVO ESCENARIO EN NUESTRA LARGA LUCHA. PEDRO SANTANDER

Pedro Santander

PEDRO SANTANDER MOLINA

Mucho se habla en estos tiempos de “la batalla comunicacional”. Independientemente de si se tenemos una definición nítida del concepto, es evidente que en esta etapa de la dominación capitalista lo comunicacional juega un rol de primer orden.

La derecha siempre intenta cambiar la relación de fuerzas entre las clases, una manera es a través del campo comunicacional. Sabemos que los dispositivos comunicacionales — que incluyen medios tradicionales, redes sociales, comunicadores, periodistas, corporaciones mediáticas, matrices de opinión, fake news, etc. — son métodos y escenarios de lucha que inciden en las correlaciones de fuerza y en la batalla de las ideas que se libra en un contexto de la lucha de clases.

Efectivamente, en las últimas décadas hemos sido testigos de cómo la dinámica de lo mediático-comunicacional se han impuesto de modo significativo sobre lo político, incidiendo en relaciones de poder, y a veces incluso determinando el vínculo entre política y sociedad. Medios y poder parecen hoy ser un mismo campo de análisis.

Y ahora, en un contexto de (re)instalación de gobiernos derechistas en países donde gobernaban fuerzas que — con matices y diferentes énfasis — cuestionaron al neoliberalismo, podemos observar que el imperialismo encontró en el uso de lo mediático-comunicacional un mecanismo de restauración conservadora. Aunque, en estricto rigor, se trata de un uso combinado: medios y poder judicial. Hablamos de un media-lawfare; es decir, de un nuevo mecanismo de intervención golpista mediante uso combinado del 3er y 4º Poder para la guerra sucia.

Se usa el poder judicial para perseguir, perjudicar y anular a los adversarios políticos, los casos de Lula en Brasil, Jorge Glas en Ecuador y Cristina Fernández en Argentina son, en ese sentido, paradigmáticos. En paralelo, se emplea a los medios y las redes para legitimar la acción judicial, para desprestigiar a los/las dirigentes y preparar el terreno de la persecución judicial con acusaciones comunicacionalmente amplificadas, que a menudo son falsas, pero que gracias a la acción mediática resultan verosímiles.

¿Qué tienen en común el Tercer y el Cuarto Poder? Son los sistemas más alejados del control social, más aún que los poderes legislativo y ejecutivo. El voto, el sufragio, las urnas no juegan rol alguno en el caso de los tribunales y de los medios, a diferencia de lo que ocurre con los otros poderes institucionalizados.

Con el uso instrumental del sistema jurídico y del mediático, las fuerzas reaccionarias locales, bajo el mando del imperialismo, han librado una batalla que les ha permitido crear condiciones de posibilidad para su retorno a la administración política del Estado.

En ese sentido, la hipótesis es que el imperialismo encontró en el media-lawfare un mecanismo de restauración. Un mecanismo de época. Es esta la primera característica de la actual batalla comunicacional: tras el desalojo de la derecha del poder Ejecutivo, gracias a la voluntad y energía popular, las fuerzas reaccionarias usan ahora los dos poderes más autónomos respecto de la ciudadanía para estructurar un mecanismo golpista de retorno. La batalla comunicacional tiene pues esas dimensiones materiales, no sólo las simbólicas o discursivas.

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