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LA MAGGI. ALFREDO PRIETO

Cuando a mediados de los años setenta ingresé en la Escuela de Letras, poco después convertida en Facultad de Filología por disposición de los expertos, la Doctora Beatriz Maggi era ya una especie de leyenda viva entre el alumnado: le llamaban “la Maggi”, apelativo que no solo denotaba la autoridad y el sólido prestigio ganado frente al aula, sino también remitía a un componente afectivo que no se aplicaba por igual a todo el mundo. Los de mi promoción la conocimos por haber accedido a dos de sus textos paradigmáticos de la mano de la profesora Nara Araújo: uno sobre William Shakespeare –que como todos los suyos emulaba y aun emula, por derecho propio, con cualquiera de sus homólogos en el mundo académico occidental, al que también pertenecemos– y otro sobre Crimen y castigo donde nos decía que una anciana huraña y repugnante era “asesinable”. Lo hacíamos no por validar a Nietzsche, sino porque nos venía como anillo al dedo a quienes queríamos hacer algo parecido con los que habían interrumpido nuestros estudios de Gramática Española para reemplazarlos por dos años de declinaciones latinas, una idea de la que desistiríamos gracias a la labor de un exiliado uruguayo que por entonces impartía clases de Latín y luego se dedicaría a otra cosa. Él logró demostrarnos la posibilidad real de incursionar en áreas más bien áridas del conocimiento humano con seriedad y rigor, pero sin dejar de ser criollos ni perder el sentido del humor. No por gusto ambas dimensiones son atributos de la novelística de Daniel Chavarría.

Según la tradición, todo autor tiene sus obsesiones. En los ensayos de la Maggi, por lo pronto, distingo tres. La primera y más importante, la experiencia de la literatura, se manifiesta por distintos cauces y carriles, aunque no sea ella misma, en sentido estricto, el objetivo central de todas y cada una de sus páginas, pero sí el cimiento que las sostiene. Sus leit motivs son tres eles: “literatura”, “lectura” y “lector”, un énfasis que se ubica más en la perspectiva de la recepción y no la erudición, en la de-codificación y no en el expertise, lo cual no significa en modo alguno desconocer un acumulado cultural con el que la Doctora siempre dialogaba, entrando y saliendo de él como el aire que circula entre la capa y el toro. La literatura y su inseparable compañero, el acto de leer, fueron los protagonistas por antonomasia de toda su producción ensayística Seguir leyendo LA MAGGI. ALFREDO PRIETO