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¿DE QUIÉN ES ESTA CRISIS? NILS CASTRO

NILS CASTRO ILUSTRACIÓN
Foto: Diari de Tarragona

NILS CASTRO*

NILS 1Aparte de las preocupaciones humanitarias, la pandemia de covid‑19 ha generado abundante especulación sobre sus efectos críticos en la economía –mundial y local– y acerca del futuro post‑epidémico, imaginado de diversas maneras. Pero omitiendo dos hechos básicos. Uno, que la historia no la hacen los virus ni otros sobresaltos naturales, sino la gente. Otro, que la crisis de la economía en las grandes potencias capitalistas y en el sistema económico global ya andaba muy mal antes de la aparición de este coronavirus. Solo faltaba un detonador capaz de precipitar una convulsión mayor que la de 2008, y sus consecuencias sociopolíticas.

No pocos previeron que el disparo inicial saldría de la crisis ambiental y climática. En 2019 el deshielo polar y los incendios californianos, amazónicos y australianos fueron alertas tempranas, pero fenómenos aislados. La pandemia que estaba por darse fue un exabrupto de rápida propagación mundial, que surgió de la misma canasta ambiental y que, además, golpeó en uno de los campos más damnificados por la fiebre privatizadora de los excesos neoliberales, el sector sanitario. No es honesto imputar a la eficacia de un virus lo que venía del fracaso previo de esa política económica. El covid‑19 no causó esta crisis económica –que ya venía en camino– sino que la desnudó y aceleró. Ni el alivio de esta epidemia será quien luego defina las opciones de una “nueva normalidad”, sino la acción de las fuerzas sociales que compitan por controlarla.

Prever esas opciones demanda dos análisis, entre otros: el de la situación económica preexistente, en cuyo lomo ahora cabalga el desastre, y el del tipo y grado de globalización donde eso detonó. Ese tipo y grado ahora cambiarán, lo que también ocurrirá según cómo actúen las fuerzas implicadas. Hoy aquí comentaré solo el segundo de esos dos aspectos.

La marea de especulaciones ha abarca no pocas relativas a la globalización. Varias aseguran que con esto ella ya pereció y que luego de la pandemia otra cosa reinará. A su modo, dan al virus un papel como el que Bernstein atribuía a unas leyes “objetivas” de la historia que nos traerían el socialismo sin necesidad de enfrascarnos en las batallas culturales, organizativas y políticas de la liberación nacional ni de la lucha de clases. Bastaría persistir y esperar por vía parlamentaria. Lo que evidencia una frívola noción de lo que las globalizaciones han implicado.

Hace siglos, pero sobre todo con la expansión del capitalismo tras la revolución industrial del siglo XIX, vivimos en un mundo crecientemente interconectado, donde acciones y reacciones entrelazan una red de influencias recíprocas, de desiguales fortalezas y duraciones. Como parte de ese sistema mundial, Latinoamérica no escapa a los acontecimientos de los principales centros de poder, ni otras latitudes, puesto que inciden sobre las condiciones de nuestra evolución.

En la segunda mitad del siglo XX vimos impetuosos progresos de las técnicas de producción, los medios de transporte, el procesamiento de información y las telecomunicaciones, que impulsaron nuevas formas de gestión, modos y ámbitos del trabajo y vida diaria, así como un intenso auge del consumismo (y del crédito destinado a incentivarlo). Las interrelaciones de las empresas y entre países tomaron mayor rapidez, versatilidad y complementariedad. Esa profusa interconexión ya es parte ineludible de las condiciones en las que hoy toca desempeñarse, y un decisivo factor de poder para quienes la dominan.

Al proceso de formación de esa red mundial de interrelaciones es la mundialización o globalización, resultante de sucesivas revoluciones científico‑técnicas e industriales. Un concepto que suele ser amañado para encubrir al neoliberalismo, que no es otro fenómeno objetivo sino una ideología introducida para subordinar los procesos de globalización a determinados intereses, en perjuicio de otros.

En el pasado otras innovaciones también transformaron las condiciones de vida en grandes zonas del planeta. Como los adelantos de las técnicas náuticas que permitieron a los navegantes europeos darle la vuelta a África, así como arribar a Oriente y conquistar las Américas, conectando intereses, economías y culturas de varios continentes y sujetándolas a un sistema de dominación mundial. O más tarde, al introducir la máquina de vapor en la industria, la navegación y el ferrocarril, que en el siglo XIX transformaron las relaciones comerciales, la economía y la geopolítica mundiales, e hicieron de Gran Bretaña el mayor poder global.

Porque tales naves y rutas marinas estaban en manos de ciertos grupos y a su disposición, no al servicio de la humanidad. Esto es, no fue lo mismo participar del fenómeno como navegante portugués, colonizador español o comerciante holandés, que hacerlo como paria europeo, indígena avasallado o esclavo africano. Ni ahora como banquero neoyorquino, industrial alemán o gerente japonés, que como pequeño productor peruano, obrero brasileño, bracero mexicano o migrante colombiano.

Globalizadores y globalizados

Pero ya sea en el siglo XVI, en el XIX o en el XXI, cuando un fenómeno planetario de ese peso impone sus reglas, es ineludible adaptarse a las circunstancias. Y las formas de hacerlo también son desiguales, pues cada proceso de mundialización engloba a quienes tienen el sartén por el mango y a los que toca freírse. Cada caso obliga a preguntarse quiénes son los globalizadores y quiénes los globalizados, y qué hace falta para mantener o cambiar los términos de su relación. Seguir leyendo ¿DE QUIÉN ES ESTA CRISIS? NILS CASTRO