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TRISTÁN BAUER: “TODO LO QUE ES CULTURA ES GANANCIA PARA LA SOCIEDAD”

EDUARDO FABREGAT Y EMANUEL RESPIGHI

El despacho del Ministro de Cultura de la Nación, en el histórico edificio de la Avenida Alvear, luce impecable y prolijo. El flamante ministro del área, Tristán Bauer, dice estar demasiado atareado en conocer con precisión el diagnóstico de la cartera de la que se hizo cargo como para detenerse a adornar el lugar al que desembarcó hace poco más de una semana y en el que tiene casi todas sus reuniones. Apenas sobresalen unas coloridas libretas con la imagen de Evita en sus tapas, puestas sobre una repisa con más devoción por la figura que por la decoración de la sala. A su lado, unas figuras propias del Imperio Inca parecen venerar -más que intimidar- a la “abanderada de los humildes”. “Esos dragones bolivianos los dejó Avelluto”, aclara Bauer, tal vez en uno de los pocos puentes que vinculan a su gestión con la de su antecesor en el área. “El nuestro es un modelo cultural que no tiene nada que ver con la meritocracia, un modelo que defiende a la democracia, a la solidaridad, a la diversidad cultural y al acercamiento a América latina. Muy lejos del modelo cultural que se quiso implementar desde este mismo lugar”, subraya el funcionario a Página/12.

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En un alto de la ardua tarea -a la que define como de “reconstrucción”- que le quita el sueño durante estos primeros días, Bauer recibió a Página/12 en una entrevista en la que adelanta los lineamientos que caraterizarán a su gestión al frente del Ministerio, detalla su amplia concepción de “cultura”, da su parecer sobre el concepto de “grieta”, explica qué significa “volver mejor” y hasta se detiene en pensar si es necesaria o no una nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA).

-¿Con qué panorama se encontró en el ministerio?

-Lo que encontramos en Cultura no difiere a lo que se ve en otras dependencias y a la situación del país. Hace poco tiempo concluimos un documental cuyo título es Tierra arrasada, que que es nuestra mirada sobre los cuatro años vividos. Una película que por un lado analiza los actos de gobierno durante estos cuatro años, mostrando el impacto social demoledor que tuvo para nuestro pueblo la implementación de ese plan. Y por otro lado, expone la línea de resistencia a ese modelo, que se presentaba como “la nueva política”, “la nueva economía”, y que sin embargo venía a repetir el modelo neoliberal implementado durante la dictadura bajo José Alfredo Martínez de Hoz, y después por (Domingo) Cavallo en democracia. Hay un 35 por ciento de los argentinos sumidos en la pobreza, casi 20 mil empresas quebradas, y jubilados que perdieron el 20 por ciento del poder adquisitivo. Junto a la implementación de esta política económica se implementó un plan cultural. Ellos hablaron de la “meritocracia”, del “sálvese quien pueda”, del “individualismo”, de una supuesta nueva cultura. Los que prometían pobreza cero generaron la cultura del hambre. Para hacer posible ese plan era imprescindible para ellos borrar la memoria, no mirar para atrás. Para que el pueblo no mire para atrás y no vea que la lucha y la resistencia existen. Y que la posibilidad de transformación existe, y que cuando el pueblo se organiza, vence. Como, finalmente ocurrió una vez más, con el triunfo electoral.

-En un panorama de tierra arrasada, que se ha destruido tanto y hay tanto por reconstruir. ¿Cómo se establecen las prioridades?

-Hay una necesidad urgente que tiene que ver con la estabilización de la economía. Es muy difícil desarrollar cualquier proyecto si no estabilizamos la economía. Hay dos grandes urgencias en la Argentina, que son las de la salud y las del hambre. Parece mentira que estemos hablando de esto pero es así. Pero en simultáneo a esto, ni más arriba ni más abajo, en el mismo plano, está la cultura. La cultura en tiempos de posguerra, por ejemplo, puede ser sanadora. Hay unos textos muy profundos de la Unesco. Y en estos tiempos de crisis, también. A veces hay un mal entendido, que limita a la cultura a las expresiones artísticas. Y vaya si son importantes las expresiones artísticas. Cuando nos reunimos con el presidente y con Luis Puenzo, hablamos bastante de esto, sobre cómo hay lugares donde donde solamente llegás desde el arte, hay lugares de la humanidad, del hombre y de la mujer donde solamente llegás con la poesía, con la música, con el cine. Las expresiones artísticas son importantes y van a ser fundamentales, pero la cultura es un término más vasto. Tiene que ver con el cultivo de la tierra, del cultivo del espíritu, del cultivo de la sociedad. Y asi como Alberto dice que hay poner a al Argentina de pie, nosotros tenemos que poner a la cultura de pie.

-Los últimos cuatro años se habló mucho más de economía y de finanzas que de desarrollo cultural. En todo caso, la cultura sólo se pensó en clave económica y como un gasto. ¿Qué significa “poner a la cultura de pie”, en este contexto social?

-Se piensa dando vuelta el modelo cultural, transformándolo. Por supuesto que para nosotros la cultura no es un gasto. Ese concepto es antagónico al que nosotros pensamos. Se trata de una construcción entre todos. Aprendimos en esta etapa la importancia de estar unidos. Tuve la suerte de hacer un documental sobre Julio Cortázar y todavía me resuenan los textos y su voz, cuando ya enfermo y luego de que Alfonsín ganara las elecciones pero sin haber asumido todavía, dice que “los argentinos nos salvamos entre todos o no nos salva nadie, que no va a venir ningún iluminado que nos va a sacar de esto”. Esa apelación a la unidad para mí es central en los tiempos que nos toca vivir. Promover la cultura de la solidaridad es un trabajo que tenemos que hacer desde desde este ministerio con muchísima fuerza.

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TIEMPOS DE FUNDACIÓN. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA 1Con un inmenso respaldo popular, la Revolución llegó al poder libre de compromisos que la ataran a los desmanes de la política del pasado. Los tenía tan solo con el pueblo y con una historia de independencia mutilada, de inequidad y frustración de un proyecto republicano delineado en un batallar contra el dominio colonial que prosiguió en el siglo XX, a lo largo del cual se forjó un imaginario que alentaba sueños y aspiraciones.

Al arribar a los 60 años de aquella victoria y volver la mirada hacia atrás para valorar un recorrido lleno de obstáculos, la arrancada se perfila como un tiempo de fundación. El nacimiento del Icaic, el 24 de marzo de 1959, colmó muchas expectativas y contribuyó, simbólicamente, a definir el rumbo que tomaría la política cultural revolucionaria.

Las primeras salas de cine se habían abierto entre nosotros casi inmediatamente después de la aparición del nuevo invento. Aparente representación de la realidad  percibida a través del ojo de la cámara, abría las ventanas hacia un universo ilusorio.

Al principio, la imagen mítica de sus grandes días llegaba de Europa. Luego, con la Primera Guerra Mundial, su centro emisor se desplazó hacia Hollywood. Muy pronto sedujo a las grandes mayorías. Con la sustitución del silente por el sonoro apareció un sector del público que se acomodaba mejor a seguir el curso de la narración en español.

La distribución comercial sirvió entonces de base a una producción procedente de México con soporte de corrido y el perfil machista de algunos de sus personajes más reconocidos, así como de la Argentina, consecuente con la gran expansión del tango. Era, sin duda, la expresión artística que por su alcance, su capacidad innovadora y comunicativa configuraba decisivamente la cultura del siglo XX.

Nosotros, los cubanos, pertenecíamos a esa parte de la humanidad condenada, por la falta de respaldo industrial y por nuestra subalternidad dependiente y periférica, a la condición de meros receptores de historias contadas en otras partes. Las pantallas mostraban un universo ancho y, en gran medida, ajeno. Necesitábamos también reconocernos en nuestra voz, nuestra imagen, nuestra sonoridad y nuestros conflictos.

La generación nacida alrededor de los años 30 estaba poblada de cinéfilos y aspirantes a cineastas. Aparecieron los cineclubs y el cine adquirió rango académico en la escuela de verano de la Universidad de La Habana. El tema convocaba al estudio y a la formulación de un pensamiento teórico. En espera de las posibilidades de hacer, ambos fueron madurando en la década del 50.

La Revolución entregó los recursos necesarios. Había que producir con rapidez y eficiencia. Solo Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa habían pasado por un aprendizaje en Roma. Los nuevos cineastas, directores, encargados de la fotografía, sonidistas, productores, todo el equipo técnico oculto tras el resultado final, se formaron sobre la marcha, a través de la realización de documentales y de largometrajes de ficción.

También se fue desarrollando un intenso debate intelectual, animado por el intercambio entre teoría y práctica, por el análisis de las tendencias que dominaban la contemporaneidad, por la relación entre los nuevos lenguajes y la creación artística, y por los desafíos impuestos en un proceso descolonizador.

Investigaron zonas poco exploradas de nuestra realidad, afrontaron la construcción de un relato histórico, plantearon en términos críticos los problemas que entorpecían el crecimiento de un proyecto socialista. Elaboraron, además, un pensamiento original en torno a la relación entre la obra y su destinatario, considerado factor activo en una dialéctica de la creación, nunca consumidor pasivo de un mensaje didáctico y adormecedor. Reaccionaron contra cualquier intento de subestimación del sujeto, potencialmente autocrítico, que ocupaba una butaca en la sala oscura y el que se estaba entrenando en las regiones remotas, carentes de electricidad, donde ese espectáculo estaba llegando por primera vez.

Esencialmente comprometidos con las ideas de la Revolución, se interrogaron acerca del diálogo entre cultura y sociedad con el propósito de encarrilar sus búsquedas en la misma dirección, sin acudir a fórmulas simplonas, sin eludir los desafíos de la complejidad y sin desmedro de la calidad artística.

El sexagésimo aniversario del Icaic coincide con el centenario del nacimiento de Santiago Álvarez, innovador de las fórmulas comunicativas del noticiero y el documental. En el primer caso, estábamos acostumbrados a recibir una información plana, reseña inocua del desfile de los acontecimientos. Santiago propuso al espectador un acercamiento comprometido y crítico de la realidad, mediante el empleo del montaje y de una dialéctica contrastante entre el sonido y la imagen.

El instrumental artístico de la contemporaneidad se puso al servicio del empeño por sacar al espectador de la modorra, de activar la inteligencia y la sensibilidad y hacerlo partícipe del descubrimiento del trasfondo oculto tras los sucesos más significativos de la época. La aventura del conocimiento se sustentaba en el disfrute de la obra hecha con rigor y sin concesiones.

El cine cubano se adentró en la investigación del complejo entramado de la Isla. América Latina, entendida como patria grande, fue su referente inmediato. Estableció un vínculo orgánico con los cineastas que emergían en nuestro ámbito mayor. Con esas premisas, auspició la formación de un público que, todavía hoy, seis décadas más tarde, inclina su preferencia a la obra de nuestros creadores.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

PERIODISMO Y CULTURA. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI / JUVENTUD REBELDE

José Antonio Fernández de Castro es el nombre del premio que se concede a los periodistas del sector cultural. Poco se sabe, sin embargo, de la trayectoria fulgurante y efímera de este singular personaje. Emergió en el contexto de la Primera Vanguardia y del Grupo Minorista, fenómenos que contribuyeron a configurar el entorno de los años 20 en la Cuba del pasado siglo. Perteneció a la generación de intelectuales que impulsó, en la práctica concreta, la renovación de los lenguajes artísticos, la redefinición de los auténticos valores de la cultura nacional mediante el rescate de las tradiciones populares hasta entonces soslayadas, a la vez que hacía sentir su voz en la arena pública, tomando partido en favor de una raigal transformación de la sociedad. Inconformes y abiertos al mundo, el doble impacto de la Revolución de Octubre y de la que se había desencadenado en el vecino territorio de México afianzó en los intelectuales la conciencia de la necesidad de barrer las huellas del coloniaje. Para lograr ese propósito, cultura, sociedad y política debían estar estrechamente entrelazadas.

En aquellos años 20 del pasado siglo, el panorama cubano distaba mucho de ser promisorio. Concluida la Primera Guerra Mundial, los precios del azúcar se hundieron estrepitosamente. Habían llegado «las vacas flacas». La corrupción administrativa se agigantaba. Ante esa realidad, un grupo de intelectuales irrumpió en el espacio público con la llamada Protesta de los Trece, animada por Rubén Martínez Villena. Muy pronto tomaría cuerpo la dictadura de Gerardo Machado. Sin que mediara la filiación partidista, una convergencia en el plano de las ideas establecía nexos subyacentes entre el accionar político de Mella y Rubén con las inquietudes manifiestas en el ámbito de la renovación cultural. Los escritores bisoños procuraron encontrar espacios en periódicos y revistas de amplia circulación. Por esta vía, tendieron puentes hacia sectores más amplios de la sociedad cubana, porque la batalla por la cultura y por la nación debían librarse de manera simultánea. Entre ambas se afianzaba el autorreconocimiento y la afirmación de esenciales valores nutricios.

Fernández de Castro inició su tarea intelectual con la exploración de la cultura cubana del siglo XIX. Reveló zonas desconocidas del crítico reformista Domingo del Monte. Los apremios de la época lo llevaron a volcarse hacia una lectura participativa y desprejuiciada de la compleja realidad de su tiempo. Bajo la égida de la obra inicial de Fernando Ortiz, compartió con algunos de sus coetáneos el acercamiento al territorio marginado de nuestras fuentes de origen africano. Mirar en profundidad hacia adentro contribuía a hacer visible un imaginario latente en la rica creatividad de nuestra percusión y en una fabulación que conserva la memoria viva de una cultura trasplantada mediante el ejercicio de la violencia de la infame trata negrera. La valoración legitimadora de esta herencia formaba parte del proceso descolonizador que tomaba cuerpo en el terreno de la política.

Como Carpentier, Fernández de Castro conoció el bregar periodístico desde la tarea cotidiana en la mesa de redacción. Involucrado en la «causa comunista» de 1927 desatada por Machado, compartió con Carpentier los rigores de la cárcel. Tuvo la audacia de comprometerse en lo político y la astucia necesaria para conquistar un espacio en el conservador Diario de la Marina para difundir, con aguda perspectiva crítica, las obras de la naciente vanguardia literaria cubana.  Seguir leyendo PERIODISMO Y CULTURA. GRAZIELLA POGOLOTTI