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NI RESPONSABILIDAD SOCIAL NI PERSONAL, SÁLVESE QUIEN PUEDA. MARCOS ROITMAN ROSENMANN

Bill Gates en una charla TED en 2015

MARCOS ROITMAN ROSENMANN

Son tiempos de reflexión. Las consecuencias de haber sido educados en el egoísmo, la competitividad y la meritocracia afloran con el hedor de sus enseñanzas. Vivimos en el capitalismo, un orden de dominación y explotación sobre el cual se edifica una cultura a cuyos valores nadie es inmune. Es una sociedad enferma. Los síntomas hablan de un colapso general. Calentamiento global, desertización, sequías, contaminación ambiental, hambrunas y, por si fuera poco, pandemias. Los científicos atentos a los cambios han inventado una palabreja, sindemia. El término une dos conceptos: pandemia y sinergia.

Nuestra civilización occidental que se ufana de sus desastres, sufre pandemias como la obesidad, la malnutrición y el cambio climático, a la cual se unen atractores que multiplican sus consecuencias, provocando nuevas enfermedades. Hablamos de las desigualdades sociales. Sin atender a sus causas, desoyendo los avisos, las próximas sindemias no están lejanas. Asistimos a una crisis que afecta no sólo al sistema sanitario, compromete al orden económico, social, político, étnico, cultural y de género. Une factores sociológicos, históricos y sicofisiológicos, que arrastra una condensación de actos del ser humano contra la naturaleza, que han llevado a la especie humana a un callejón sin salida.

Asistimos a una concentración de grandes fortunas, cuyas proporciones son obscenas. Son el resultado de mantener, conscientemente, a cientos de millones de personas con salarios de hambre, sin acceso a la salud, a una vivienda digna, a la educación ni a una alimentación sana, al agua potable, la electricidad, a derechos laborales o sociales. Tampoco a la justicia. El capitalismo los excluye, margina y considera fracasados. Gente que no ha aprovechado sus oportunidades. Incapaces de labrarse un porvenir. Han tomado malas decisiones. Nadie más que ellos son culpables, deben pagar las consecuencias.

Los ricos, nos dice su ideología, tienen derecho a su riqueza, a disfrutarla, no deben avergonzarse. Las han levantado con su esfuerzo, sacrificio y compitiendo en un mercado que expulsa a los débiles. En esta ecuación, no se menciona la moral corrupta inherente al capitalismo, con una sola regla de oro, aprovechar al máximo sus oportunidades para explotar, engañar y especular. Conscientes de esta otra cara del capitalismo, quienes amasan billones acaban creando fundaciones y propagando actos de filantrocapitalismo.

Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Carlos Slim, Amancio Ortega, Larry Page o Sergey Brin no le deben nada a nadie. Todo lo han conseguido por iniciativa personal. Es irrelevante la pertenencia a una clase social. Ellos se bastan y sobran. Pero son buena gente, hacen beneficencia. Donan material digital, patrocinan la OMS, se comprometen con la agricultura verde y digital, a eliminar la brecha de digital, apadrinan especies en extinción y ONG para luchar contra la contaminación, el hambre y la explotación. Seguramente comprarán vacunas contra el Covid-19 para ofrecerlas al tercer mundo, cuando ellos estén a salvo, claro. Evaden impuestos, mantienen a sus trabajadores en condiciones de sobrexplotación, con empleos basura y contratos temporales, deslocalizando la producción para emplear a niños en países asiáticos, maquilas o en la agroindustria de palma, soya o maíz transgénico en América Latina. Para ellos, al igual que para los gobiernos y las compañías trasnacionales, las desigualdades no son responsabilidad de nadie. Unos ganadores otros perdedores. Los segundos lo son por su escaso espíritu de sacrificio. Irresponsables que no han querido estudiar, ni progresar. Por consiguiente merecedores del desprecio. En este saco entran los pueblos originarios, los inmigrantes, las mujeres obligadas a esclavizarse sexualmente. Deben asumir su fracaso, obedecer y trabajar en beneficio de quien les da trabajo.

Hoy, los gobiernos, en medio del ­Covid-19, llaman a sus ciudadanos a ser responsables; a no salir de casa, mantener la distancia social, usar mascarillas, ser prudentes. Apelan a valores como el bien común, la solidaridad, el interés general. Es decir, lo que han despreciado, ninguneado y consideran un lastre para la iniciativa privada, el beneficio empresarial y la especulación financiera. Han avalado las conductas egoístas, han educado en la meritocracia y la competitividad. Pero hoy piden responsabilidad. Las mismas élites políticas, gobiernos, empresarios e instituciones (FMI, BM, OMC) que fomentan la desigualdad, desgravan las grandes fortunas, nos piden responsabilidad, de la cual han carecido a la hora de privatizar, desarticular los sistemas de salud y la educación pública. Sin olvidar que en esta pandemia han optado por salvar la economía y no a las personas. Su ejemplo, la irresponsabilidad, la mentira y la criminalización de los movimientos democráticos. No es coherente ni ético. Sin embargo, a contracorriente, la respuesta de las clases trabajadoras, de los pueblos originarios, del feminismo, ha sido ejemplar ante la pandemia. Han actuado con dignidad, sabiendo que del capitalismo sólo se puede esperar un sálvase quien pueda. En él no hay cabida para la responsabilidad social ni personal. Demandarla es hipocresía, tanto como las orgías, fiestas y transgresiones que sus dirigentes comenten todos los días.

Fuente: LA JORNADA

LAS PANDEMIAS QUE NO SE COMBATEN EN AMÉRICA LATINA. MARCOS ROITMAN ROSENMANN

HAMBRE AMÉRICA LATINA

MARCOS ROITMAN ROSENMANN

MARCOS ROITMAN¿Hay vacuna para la pobreza? ¿Existe remedio para la evasión de capitales? ¿Se puede luchar contra el hambre? ¿Son viables una vivienda digna y una educación pública de calidad? Estas son algunas preguntas sobre las cuales reflexionar en medio de una hipersensibilización sobre las consecuencias humanas del Covid-19. Mientras los pobres mueren de enfermedades menos espectaculares, causas de la pobreza, y para las cuales hay cura como el sarampión o la difteria, la carrera por ver quién patenta primero la vacuna contra el Covid-19 concentra la atención mundial. No nos engañemos, a sus promotores les mueve la codicia. El beneficio económico. Detrás no hay causa humanitaria, interés por el bien común o preocupación social. Para saber de qué hablamos, baste señalar que mil 600 millones de personas, es decir, 22 por ciento de la población mundial, no reciben atención médica, sin olvidar los 115 millones, menores de cinco años, afectados por desnutrición crónica. A lo cual debemos sumar los 700 niños muertos diariamente por diarrea. Según Manos Unidas, organización nada proclive a la exageración, en 2020 se podría haber evitado la muerte de 5.4 millones menores de cinco años. Sin embargo, el hambre, la falta de condiciones higiénicas, la explotación infantil, el desempleo, la trata de mujeres no son considerados pandemia. Morir por esas causas es algo natural. La necropolítica hace su aparición como forma de organización social del capitalismo. Achille Mbembe, teórico que acuñó el concepto, señala que el poder de la muerte y la política de la muerte, refleja los diversos medios por los cuales, en nuestro mundo contemporáneo, las armas se despliegan con el fin de una destrucción máxima de las personas y de la creación de mundos de muerte, formas únicas y nuevas de existencia social en las que numerosas poblaciones son sometidas a condiciones que le confieren el estatus de muertos vivientes.

La pandemia del Covid-19, y de todas las demás, evidencia la condición de muertes vivientes en las calles de Quito, Lima, Santiago, Bogotá, Río de Janeiro o Sao Paulo. Los cadáveres abandonados en las calles, producto de una desarticulación del sistema sanitario, convertido en negocio para las empresas de capital riesgo, atentan contra la dignidad humana. Los gobiernos que han privatizado la salud, quebrado el sistema sanitario, desprotegiendo a sus ciudadanos, son responsables. Aplican la necropolítica como arma de guerra. Y lo seguirán haciendo con o sin vacuna contra el Covid-19. Así ocurre con otras enfermedades donde el tratamiento es propiedad de una empresa. La pobreza, desnutrición o falta de higiene no son negocio. A las farmacéuticas les tiene sin cuidado su erradicación. No realizan investigación básica, sólo aplicada y con fines de rentabilidad. En este caso, hablamos de beneficios estratosféricos, que engrosarán la fortuna de empresarios, especuladores y consejos de administración. De esta pandemia unos pocos saldrán con los bolsillos llenos. La economía de mercado se encargará de ello. Con sólo pensar en la posibilidad de vender 2 mil millones de dosis para restablecer el equilibrio entre el virus y la inmunidad de rebaño, las ganancias serán obscenas. Siempre ha sido igual. Basta ver el tratamiento contra la hepatitis C. Su costo aproximado es de 1.5 euros y la dosis se vende por alrededor mil euros. Otro tanto ocurre con la vacuna contra la meningitis, del laboratorio británico GlaxoSmithKline, cuya inversión en I+D fue de 300 millones de euros. En tres años de comercialización (2015-2018) han obtenido beneficios por mil 200 millones. ¿Y para el tratamiento de Covid-19?, mientras no existe una vacuna, el Remdesivir es un paliativo que reduce el tiempo de recuperación, en otros términos, libera antes una cama de hospital. Su costo de producción, según los especialistas, no supera los cinco euros, la empresa lo vende en2 mil euros. A la hora de promover una investigación de cualquier enfermedad, la medida se realiza en términos de costo-beneficio.

Médicos Sin Fronteras, en un estudio de 2018, señaló que una vacuna o medicamento, en un país pobre cuesta 68 veces más que en uno desarrollado. No se discute la necesidad de encontrar una vacuna contra el Covid-19. Pero su distribución y venta no está pensada para toda la población. Los millones de ciudadanos que han soportado el confinamiento bajo el hambre, recurren a las ollas comunes, la solidaridad de clase y la resistencia para hacer frente a la pandemia. La crisis humanitaria no está en Venezuela, está en países donde el hambre, la evasión de impuestos, la pobreza, la desigualdad y la explotación se han cronificado, son pandemia y no interesa combatirlas.

Fuente: LA JORNADA

RACISMO EN LA CULTURA ‘MAINSTREAM’. VALENTÍN KHAL

el mayordomo
Forest Whitaker en El Mayordomo (2013)

VALENTÍN KHAL

El racismo es un hecho cultural que se evidencia en grados diferentes en el cine o en las series que se emiten en diferentes plataformas de Internet. El cine y la televisión están dominados por hombres blancos, es el canon de lo correcto, de lo que se tiene que ser. Todo lo que salga de ahí, es una deformidad, una rareza. Así, la cultura mainstream1 ha reforzado un esquema de valores que se perpetúan en la sociedad, manteniendo, a través de su programación, prejuicios y privilegios que alimentan el racismo. La invisibilización de las personas no blancas y de las mujeres ha sido una constante en las series televisivas de mayor audiencia; en otras ocasiones, las personas no blancas han servido de aliciente para la broma fácil a través de estereotipos que se escudan en el humor.

Se podría afirmar que las cosas han cambiado, que el racismo en Hollywood o en el mundo del espectáculo ya no es como en años pretéritos, casi hay que agradecer que ya no se produzcan películas de añoranza de la esclavitud como Lo que el viento se llevó (1939), todo un largometraje que romantiza a los soldados confederados y presenta a unos personajes negros infantilizados, menores de edad, que tienen que ser tutelados por los blancos. Es cierto que han aparecido series tan interesantes como Master of None Dear White People, series que critican abiertamente los privilegios de los blancos. A ellas irán dedicadas unas palabras más adelante.

La intención de estas líneas es poner el foco de atención sobre aquellas producciones audiovisuales contemporáneas o recientes donde el racismo se expresa de diferentes modos, tanto en la gran pantalla como en series de televisión bien conocidas por todos. Se parte de la premisa de que el racismo no es, necesariamente, el agravio a una persona en razón de su etnia u origen, sino que también lo es su invisibilización, la no presencia de actores no blancos (negros, latinos, asiáticos, etc.) es también racismo.

No vamos a hablar de aquellas tan evidentes como El nacimiento de una nación (1915), Un día de furia (1992), Una tribu en la cancha (1994), El precio del poder (1983)2¿De qué color me quieres? (1986), El Planeta de los simios (1968) o Apocalipsis Now (1979), La lista, por cierto, es aún más larga, simplemente aquí se han expuesto algunas películas donde el racismo es evidente.

Veamos, pues, algunos ejemplos de películas en las que su racismo podría pasar desapercibido, puesto que este mantenimiento de los privilegios de los blancos tiene que seguir existiendo, pero de una manera más disimulada. Vamos a exponerlos según su fecha de estreno

  • La misión (1986): Este drama histórico dirigido por Roland Joffé nos cuenta la historia de unos jesuitas que quieren proteger a los indígenas de la caza furtiva de esclavos, para ello se enfrentan directamente a los intereses de las Coronas española y portuguesa. En ella vemos toda una justificación para la imposición cultural y la evangelización de los indígenas y, por otro lado, se disfraza la labor de los jesuitas, la presencia de los blancos como salvadores y civilizadores.
  • La guerra de las Galaxias Episodio I: La amenaza fantasma (1999): En la ya penúltima trilogía, George Lucas desarrolló una serie de personajes en los que se reflejaban estereotipos raciales como el jamaicano con rastas Jar Jar Binks, que si se ve la película en su versión original, podrá escucharse el acento que le adjudican. También tenemos al avaro mercader judío representado en Watto.
  • La milla verde (1999): El afable papel de Michael Clarke no es más que la representación del negro dócil, incapaz de hacer nada, excepto violar a blancos. Esta misma docilidad de los negros aparece en libros como La cabaña del Tío Tom, de la caucásica Harriet Beecher Stowe.
  • El último Samurai (2003): En esta película vemos una constante que aparece en otros largometrajes como Avatar (2009), Danza entre lobos (1990) o la reciente The Great Wall (2016) y que ya adelantamos en “La misión: El blanco como salvador”. Nathan Algren interpretado por Tom Cruise es un borracho soldado estadounidense que termina en Japón y, se desconoce cómo, decide que debe preservar el estilo de vida samurai. A esto lo llamamos apropiación cultural.
  • Apocalypto (2006): Si antisemita fue su Pasión de Cristo mucho mejor no lo pudo hacer con esta película. La intención de Mel Gibson era promover la cultura maya y aupar a los jóvenes a hablar en su lengua, de ahí que se filmara en maya yucateco. Sin embargo, Gibson se deja llevar por los estereotipos y muestra una cultura violenta, sangrienta, sedienta de sangre y sacrificios humanos, cuando no existe evidencia histórica que permita hacer tales afirmaciones sobre los mayas. Lo que pudo haber sido una bonita oportunidad para hablar sobre estos maravillosos pueblos precolombinos fue desaprovechada.
  • Transformers (2007): Esta superproducción contó con la subvención del Ejército de los Estados Unidos y con su ayuda para grabar en varias bases del propio ejército. El personaje de Jazz, uno de los Autobots, es un negro cuyas frases están llenas de estereotipos y palabras mal sonantes. Este personaje tiene muy pocas líneas en el guión, disminuyendo su visibilización y reduciéndolo a frases como What’s up, little bitches?, entre otras del mismo tipo.
  • El mayordomo (2013): Cecil Gaines (Forest Whitaker) es un afroamericano que comienza a servir como mayordomo en la Casa Blanca. En ella conoce a Eisenhower y a todos sus sucesores, al tiempo que se nos expone el crecimiento del descontento de los afroamericanos por la segregación racial existente. Aquí vemos dos líneas interesantes: por un lado a unos presidentes blancos preocupados por el racismo en su país, en una de las escenas aparece un John. F. Kennedy (James Marsden) realmente afligido por el ataque del Ku Klux Klan a un autobús lleno de afroamericanos, quien acaba promulgando la Ley de Derechos Civiles de 1964; de nuevo el blanco salvador. Por otro, uno de los hijos de Gaines comienza a militar en los Black Panther y a seguir a Malcolm X, a lo que su padre, el mayordomo, se opone. Así pues hay dos tendencias: la de los afroamericanos que buscan acabar con la segregación con la acción directa y los de quienes, a lo Martin Luther King, representan la docilidad y la obediencia al blanco.

A lo arriba comentado, hemos de sumar la práctica del whitewashing que sigue siendo muy habitual en el cine contemporáneo. Consiste en actores blancos que hacen de personas que no son blancas; el caso más famoso es el de Mickey Rooney en Desayuno con diamantes (1961), donde su papel es un japonés. Sin embargo, en la última década son muchas las películas que han usado el whitewashing, impidiendo así la aparición en la gran pantalla de actores y actrices no blancos. Entre los más recientes tenemos títulos como Dragonball Evolution (2009) donde Justin Chatwin interpreta a Goku. A esta podemos sumar otros,  como Prince of Persia: las arenas del tiempo (2010), Jake Gyllenhaal interpreta a un príncipe persa; The social Network (2010) en la que Max Minghella tiene el papel de Divya Narendra, confundador de ConnectU, quien es de origen indio; en Argo (2012), Ben Affleck interpreta al jefe de operaciones de la CIA, Tony Mendez; y más recientemente Ghost in the Shell (2017), donde Scarlett Johansson o Michael Pitt interpretan papeles que en los personajes animados son japoneses, por no hablar de toda la filosofía oriental que ha sido ignorada en el film. Seguir leyendo RACISMO EN LA CULTURA ‘MAINSTREAM’. VALENTÍN KHAL

LA PANDEMIA ES LA DESIGUALDAD. PASQUALINA CURCIO CURCIO

PROLETARIOS DEL MUNDO, LA PANDEMIA ES LA DESIGUALDAD
Hay que cambiar el mundo de base, erradicar el origen de la desigualdad y revisar el sistema de producción y distribución basado en la propiedad desigual de los medios de producción. El mundo post pandemia debería avanzar hacia un sistema justo e igualitario. Es necesario contener al capitalismo y detener la propagación de la desigualdad y la pobreza que exponencialmente este sistema genera.

 

NASOBUCO DÓLAR

PASQUALINA CURCIO CURCIO

PASQUALINA 3No es del todo cierto que el Covid-19 no distingue al momento de atacar y sobre todo de provocar muertes. Es posible que biológicamente no haya diferencias en cuanto a color de piel, edad, o sexo, en todo caso son estudios que habrá que realizar con detenimiento una vez que se tenga el detalle de los casos de contagiados y fallecidos, pero, diferencias y desigualdades para combatir la pandemia y no morir en el intento, de hecho, las hay.

No es igual el riesgo a contagiarse que asume el repartidor de la empresa Amazon, quien debe salir a trabajar diariamente porque de lo contrario sus hijos irán a la cama sin comer, al riesgo que corre el dueño de la misma empresa, quien estando socialmente muy bien distanciado en su mansión figura de primero en la lista Forbes con un patrimonio de 138 mil millones de dólares.

No es igual sobrellevar la cuarentena siendo cajera de Walmart, con todo el riesgo a contagiarse que ello implica y teniendo un salario que no debe ser suficiente para pagar la prueba de despistaje del covid-19, que sobrellevar el distanciamiento social siendo uno de los accionistas de la empresa: el número 13 de la lista Forbes 2020 con 54 mil millones de dólares de patrimonio.

No es igual combatir el coronavirus sin un trozo de pan que comer porque, siendo asalariado y sin capacidad de ahorro, has sido despedido debido a que la empresa transnacional donde trabajas debió cerrar por la cuarentena, a ser el burgués dueño de la filial.

No es igual sobrellevar la pandemia viviendo en las calles, sin refugio permanente, sin tener que comer, sin trabajo ni salario, que perteneciendo al 1% de la población mundial que se apropia del 82% de la riqueza (Oxfam, 2019).

El verdadero mal que hoy se extiende por todo el mundo y que ataca a la humanidad es la desigualdad, a su vez consecuencia de un sistema de producción y distribución depredador a través del cual la burguesía, dueña del capital, con la complicidad de Estados que mínimamente participan en las economías y “los dejan hacer”, se ha ido apropiando cada vez más del esfuerzo del trabajador asalariado. Un sistema que, por lo tanto, genera cada vez más pobreza y que hoy, en tiempos de coronavirus, se hace más evidente.

Sobrellevar los embates de la pandemia por coronavirus en condiciones de pobreza obviamente resulta más difícil. Hoy, 3.700 millones de personas en el mundo son pobres, o sea, la mitad de la población.

¿Nos hemos preguntado por qué hay tantos pobres en el mundo? ¿O es que vamos a creer el discurso hegemónico defensor del capitalismo que cuenta que los pobres son pobres porque no trabajan lo suficiente, no se esfuerzan, no son productivos, despilfarran su salario, y por lo tanto, ellos mismos son los responsables de su condición de pobreza?

Veamos algunas cifras y desmontemos la mentira

La producción mundial asciende a 85.9  billones de dólares (es la suma del producto interno bruto de todos los países durante el 2018, según datos del Banco Mundial). ¿Quién se supone que produjo esa billonada? ¿Los ricos? ¿Los dueños del capital? ¿La burguesía?

Somos 7.594.270.356 de personas en el mundo, de las cuales, según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), 3.428.400.000, es decir, el 45% de la población total, pertenecemos a la fuerza de trabajo (estamos en edad productiva y en condiciones de trabajar). De estas 3.400 millones de personas que formamos parte de la fuerza de trabajo, estamos ocupados 3.294 millones. Según la OIT, solo 83 millones son empleadores, o sea, solo el 2,68% son dueños del negocio, propietarios del capital, llámense burgueses.

Eso significa que los 85,9 billones de dólares que se produjeron en el mundo en 2018 son resultado del esfuerzo de 3.208 millones de proletarios y 83 millones de burgueses.

Sin embargo, y siguiendo con las cuentas, según Oxfam, el 82% de los 85,9 billones de dólares que se produjeron fueron a parar a manos del 1 % de la población mundial (o sea, 70,4 billones de dólares fueron apropiados por tan solo 75 millones de personas). Cada uno de los de este grupito, que no son precisamente de la clase obrera, obtuvo en promedio 927.630 dólares en 2018, claro que unos más que otros.

El otro 18% de lo que se produjo en el mundo (15,4 billones de dólares) se distribuyó entre el 99% de la población mundial restante (entre 7 mil quinientos millones de personas) tocándole en promedio a cada uno 2 mil dólares al año, a unos más y a otros menos, a otros nada. Nos referimos a los que viven al día, a los que si no salen a trabajar no comen a pesar de que son los que producen los 85 billones. Léase los proletarios.

¿De verdad los pobres son pobres porque no trabajan? ¿Es en serio?

¿No será que el sistema capitalista explotador en un mundo globalizado y repleto de monopolios transnacionalizados, otorga el poder omnipotente al dueño del capital para fijar, no solo los precios sino también los salarios y por defecto la ganancia, subsumiendo cada vez más en la pobreza a los asalariados? ¿No será que el producto del trabajo de miles de millones de proletarios del mundo está cada vez más desigualmente distribuido? Seguir leyendo LA PANDEMIA ES LA DESIGUALDAD. PASQUALINA CURCIO CURCIO

MACONDO. GRAZIELLA POGOLOTTI

RICOS Y POBRES 3

GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZKIELLA 2Desde su aparición, Cien años de soledad obtuvo un éxito sensacional y alcanzó una notable diversidad de públicos. Nacido de las vivencias de la primera infancia de Gabriel García Márquez, Macondo devino un no lugar mítico en la representación metafórica del subdesarrollo, de un vivir en el estancamiento progresivo, en la desmemoria y en el desamparo por falta de conciencia de un destino propio, de un sentido de la vida. Progresivamente, los Buendía se iban hundiendo en el pantano. El  subdesarrollo es la resultante concreta del colonialismo y del neocolonialismo.

En procura de riquezas, Marco Polo emprendió una extraordinaria aventura que lo llevó a los confines del Oriente, los portugueses bordearon el África y Cristóbal Colón desembarcó en América impulsado por la codicia del oro que animaba a sus patrocinadores. Por medio de la violencia, sus seguidores, hipnotizados por la leyenda de El Dorado, se impusieron sobre las culturas autóctonas del continente, asentadas en el respeto por la Madre Tierra. Empezó el gran despojo de los metales preciosos que  impulsarían el desarrollo del capitalismo. En intercambio  desigual, las flotas se llevaban los miríficos bienes y las materias primas producidas por mano de obra esclava, y distribuían las mercancías más elaboradas para satisfacer los nuevos hábitos de consumo. La Colonia había sentado las bases del subdesarrollo.

Durante casi dos siglos, los pueblos lucharon por su independencia, desde los albores del XIX, hasta bien avanzado el siguiente, con las batallas de Argelia, de Vietnam y de buena parte del África subsahariana. Sin embargo, se habían elaborado nuevas formas de dominación. Cuba fue, al parecer, el primer experimento neocolonial. A la Enmienda Platt, que establecía prerrogativas de intervención directa en los asuntos internos de la Isla, se añadió el Tratado de Reciprocidad que aherrojaba la economía a Estados Unidos, principal importador de azúcar crudo con destino a sus refinerías, y aseguraba ventajas arancelarias para la exportación de mercancías desde el vecino del Norte y colocaba en desventaja a los competidores tradicionales. Llegados en ferris, junto al puerto de La Habana se estacionaban vagones de ferrocarril procedentes de lugares tan distantes como Portland, Oregón. Cargaban cemento y alimentos de todo tipo. En la zona colindante, se almacenaban las papas y cebollas que, por los efectos del clima, despedían un olor agrio. De esa manera, se desestimulaba la diversificación de la producción nacional, mientras se cerraba el paso al crecimiento de una industria propia. En tales circunstancias, tras la vitrina engañosa de la cara de algunas ciudades, se abría la brecha creciente de la pobreza en su entorno y la miseria infinita de las zonas rurales. Bajo el barniz cosmopolita de una élite reducidísima, se escondían el analfabetismo y el bajísimo nivel de escolarización.

Fidel comprendió que el subdesarrollo expresaba, de manera tangible, el legado neocolonial. Anidaba en el centro del reclamo profundo de una transformación revolucionaria. Sus efectos se cernían sobre gran parte del planeta. Los cubanos tenían que conocer la realidad profunda de su propio país. El 26 de julio de 1959, medio millón de campesinos conmemoraba en la capital el aniversario del asalto al cuartel Moncada. Fueron acogidos en casas de vecinos solidarios y en espacios públicos acondicionados al efecto. Muchos no habían visto el mar. Buena parte de ellos no sabía prender la luz eléctrica. Los jóvenes mostraban rostros sin edad, presa de toda clase de enfermedades curables. El impacto fue estremecedor. Pero el subdesarrollo tarda mucho en cicatrizar. Años más tarde, realizadas ya la Campaña de Alfabetización y la Reforma Universitaria, extendida la atención médica a zonas remotas, enviados los cines móviles a lugares donde nadie hubiera visto antes un filme, por iniciativa de Fidel, estudiantes y profesores marcharon a distintos puntos para llevar a cabo tareas de desarrollo social. Más que a enseñar, iban a aprender. Encontraron en todas partes rastros de aquella monstruosa deformación estructural.

Ahítos de tanta guerra sanguinaria, los pueblos aspiraron a crear un sistema jurídico que garantizara el respeto a la autodeterminación y a la no injerencia en el actuar de los Estados soberanos. Como lo había intentado antes la Liga de las Naciones, la ONU nació como un espacio de entendimiento entre los países con igualdad de derechos al margen de su dimensión y de su poderío económico-militar. Allí acudieron los que recién habían conquistado gobierno propio. El imperio no pudo resignarse a la pérdida de sus antiguos dominios. Abandonó el patrón oro y, sin esa garantía, hizo del dólar la divisa para el comercio mundial. Abandonó las regulaciones que pretendían controlar la hipertrofia de los monopolios. Las corporaciones se transnacionalizaron, prescindieron de intermediarios y se hicieron cargo de los mandos políticos. Las concepciones neoliberales se convirtieron en doctrina y en ideología. Asociado con frecuencia a la noción de modernidad, su vocabulario se va naturalizando en todas partes.

En la ofensiva neocolonial, el imperio se arroga la potestad de determinar la legitimidad de la línea política de las naciones, de certificar la buena conducta mientras instaura nuevas formas de violencia. La amenaza de la guerra bordea simultáneamente en varias zonas del planeta. Las represalias económicas violatorias de la libertad de comercio con sus implicaciones extraterritoriales se multiplican, a todo lo cual se añaden sofisticadas formas de manipulación de las conciencias. El contrataque se vuelve no solo contra los movimientos revolucionarios. Incluye también las medidas reformistas que no pretenden subvertir las bases del sistema. Mientras esto sucede, la depredación de la Tierra se acelera.

De ahí que la salvación del planeta, la lucha contra el subdesarrollo y la defensa de un sistema de valores solidarios se encuentren estrechamente mancomunados.

LA SUPERVIVENCIA AL CÁNCER AUMENTA EN TODO EL PLANETA, PERO SOBRE TODO PARA LOS PACIENTES RICOS. MANUEL ANSEDE

Los autores del mayor estudio de la historia, con 37 millones de personas, denuncian una "oncoplutocracia"

MANUEL ANSEDE

cáncer ricos y pobres 1
Un paciente oncológico se somete a un escáner en un hospital francés. PHILIPPE HUGUEN/AFP/GETTY IMAGES

El cáncer no es una sentencia de muerte. El mayor estudio hasta la fecha, con datos de 37,5 millones de pacientes en 71 países, revela un aumento generalizado de la supervivencia desde el año 2000. En España, por ejemplo, la supervivencia cinco años después del diagnóstico ha pasado del 56% al 63% en los pacientes de cáncer de colon y del 21% al 27% en los de tumores cerebrales. Y esta supervivencia a los cinco años prácticamente se puede considerar curación en muchos tipos de cáncer, según recuerdan los autores del trabajo, encabezados por la epidemióloga italiana Claudia Allemani.

Los investigadores han detectado mejorías incluso en los tumores de peor pronóstico. En España, la supervivencia a los cinco años en el cáncer de esófago se ha incrementado del 9% al 13%. En el caso del hígado, ha subido del 14% al 17%. En pulmón, del 10,8% al 13,5%. En páncreas, del 5,6% al 7,7%. En otros cánceres, la supervivencia se mantiene alta desde hace años, como los de mama (85%), cuello de útero (65%), próstata (90%) y melanoma (87%). “En todos los tumores que se han analizado ha habido una mejoría destacada de la supervivencia”, resume Rafael Marcos-Gragera, epidemiólogo del Instituto Catalán de Oncología y participante en el macroestudio internacional.

La supervivencia a los cinco años de un niño diagnosticado con un tumor cerebral es del 36% en México, del 66% en España y del 80% en Suecia

El trabajo, pese a los datos positivos, constata una “inaceptable” desigualdad en el acceso a los servicios médicos. La supervivencia a los cinco años de un cáncer de mama es del 90% en EE UU, frente al 66% de India. En Finlandia, más del 95% de los niños diagnosticados con leucemia linfoblástica aguda siguen vivos a los cinco años. En Ecuador, solo el 49,8%. “Hay que acabar con la oncoplutocracia, en la que los progresos en la lucha contra el cáncer solo benefician a los países y pacientes ricos”, exige el oncólogo Richard Sullivan, del King’s College de Londres, en la revista médica que publica hoy los nuevos datosThe LancetSeguir leyendo LA SUPERVIVENCIA AL CÁNCER AUMENTA EN TODO EL PLANETA, PERO SOBRE TODO PARA LOS PACIENTES RICOS. MANUEL ANSEDE