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ARTE Y SOCIEDAD

                                                  a Nelson y a Fabelo, a Iris Dávila

Sonaron las trompetas
Y emergió el arte antiguo.

Llovió sobre París
Y en La Habana se organizó el desfile.
El empresario augusto sacó la gabardina
Y el tonto de Madrid dio lecciones de éxito.
Pasó el niño elegido y se alisó el cabello.
Todo estaba dispuesto para el acto final:
Las momias danzarían hasta dormir a Dios.

Si no llego a asistir
Me pierdo el exorcismo de tan caro bestiario,
El debut de las ostras.
¿Qué pretenden ustedes, acaso otra medalla,
El grano de maíz?

En el patio central hay una puerta al cielo.
Me escapo mientras sufro el bochorno y la pena.
Contemplo el gran festín.
Solo maquinaciones, tres locos que se embullan
Y algunos pobres duendes que pasarán de moda.
Sin agua ni piedad, solitarios y fieros.
Inevitable fin para tanto alboroto.
Ya soy un hombre extraño.

Pregunto, por si hay dudas:
¿Vinieron el enano, la cucaracha, el pavo,
El triste manatí que se quedó sin voz?
¿Llegarán las arañas, la víbora, el lorito,
La viajera imposible?
Todos y más, me responde el portero.

La pelvis se disloca y un espasmo recorre
El clítoris de Adela. Ella gime y se palpa.

Un rayo parta en dos nuestra casa de citas.
Mañana los periódicos callarán esta orgía.

Omar González
Foto: Claudia González Machado

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DUDAS

Quizás tu amor y el mío
Transiten otros caminos:
O nos separe el destino
O nos acerquen los ríos.
En tu voz hay nuevos bríos,
Hay incendios apagados
Que se levantan cansados
Y se tienden sobre el viento
Donde crece un monumento:
Mis recuerdos destrozados.

Las palabras se adelantan,
Mi voz te llama y te llama
Y tu silencio se inflama
Y nuevas dudas me espantan.
En mis oídos me cantan
Sirenas, dioses perdidos,
Ayeres reconocidos,
Voces lúgubres y escasas.
Y tú pasas y no pasas,
En el comienzo te has ido.

Omar González
Foto: Claudia González Machado

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RECURSOS HUMANOS

Si usted quiere que un soldado no triunfe,
Aíslelo a la luz de un farol
Y haga cantar las ranas.
El soldado verá pasar los siglos
Y creerá que en su tiempo él fue una mariposa.
Se quemará las alas, terminará quejándose
Y no estará en el frente.

Omar González

Foto: Claudia González Machado

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HÁBITOS Y HORMIGAS

Las hormigas trabajan diariamente,
Incluso las que no saben con certeza
El día exacto de su muerte.

Las hormigas indóciles
Tienden puentes de lino
Sobre mares y ríos.
En un tapiz humano.

Las hormigas siniestras,
Camufladas y solas,
Enseñan la estrategia de esconderse en el agua
Y esperar con cautela la llegada del primer soñador:
Lo ahogan y lo embriagan,
Y después lo incineran al frío.

Las locas, tan audaces,
Pierden horas y horas sin encontrar el pan,
Y cuando lo descubren, no esperan recompensa.

Las hormigas siniestras son las más peligrosas:
Trabajan todo el día
Y no invitan a nadie
A su baile de máscaras.

Omar González
Ilustración: Sábado de boda, dibujo-collage de Greta Reyna López

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LOS EFEBOS SE AGITAN

Trasnochados y raros los efebos se agitan,
Nos picotean los ojos y nos llaman terrícolas.
Una cebrita, un bus, un tierno escarabajo
Desfilan por su césped de asombros y flaquezas.
Los efebos se agitan porque quieren llegar.

Yo no estuve en la guerra, tal vez hubiera visto
Cómo estalla la carne de mi tetilla izquierda.
Estaba con mis hijos, batiéndome en la noche.
Sin más plegaria que esta oración de fe.

No quiero lamentarme, mis heridas me honran.

Los efebos no aguantan, se agitan, despotrican
Y sólo algunos pícaros se dejan seducir.
¿Perdieron la emoción nuestros pobres eclécticos?

Estos tiempos de hoy sirven para pensar en todo:
Tanta gente que ha muerto y tan mala memoria.

Omar González
Foto: Claudia González Machado

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LOS QUE NOS TEMEN

Los que nos temen quisieran vernos muertos,
Accidentados para siempre en un viaje a provincia.
Sin heroísmo apenas.

Los que nos temen ya hicieron la semblanza,
El triste panegírico que dirán al pie de nuestra tumba.
Presurosos, escribieron reseñas, mensajes, elegías;
Descuartizaron mis versos, los tuyos,
Los de aquel que no tiene descanso.
Como buitres sedientos que pelean su carroña.

Los que nos temen, elogiarán lo menos elogiable en nosotros
–el color de los ojos, la mansedumbre, la angustia–;
Del optimismo nada, ni de la crítica,
Y muchos menos del odio y la pasión.
Y querrán coexistir cuando ya estemos muertos.

Los que nos temen,
Qué solos en su noche tan sola, qué pocos.
Ellos, los que cargan los dados,
Los que esconden las cartas.

Suya la fama, los manejos, el no poder dormir.
Nuestros, la risa, los niños y dos o tres heridas.
Y siempre, sin reposo ni llanto,
El combate que nos llama en silencio.

Omar González

Foto: Claudia González Machado

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UNA MUJER DE ROSA Y UN HOMBRE DEMORADO. OMAR GONZÁLEZ

Conozco un hombre que se divide en dos
Y no sabe qué hacer con su otra mitad,
La que lo observa y calla, la que no lo perdona.

Conozco una mujer que parece una sola
Pero que está cortada como una miniatura
De porcelana y fuego, una mujer extraña.

Los dos temen amarse, los dos juegan el juego
De la niebla y el árbol, de las simulaciones.
Son sólo pasajeros, gente pobre de audacia,
Tal vez tristes románticos o ególatras del alma.
Tontos perseverantes que no pueden dormir.

Aquí están estos novios, como la cera cruda,
Quemándose las manos, postergándolo todo.

Conozco un hombre que se divide en dos
Y una mujer extraña que parece una sola.
Los cuatro juntos sólo forman la vida.

PASAJEROS. OMAR GONZÁLEZ

Los soñadores explican el amor
A la sombra de un árbol,
Mientras otros lo hacen salvaje
O tiernamente en el lecho del parque.

Los soñadores quieren que todo sea perfecto;
A los otros les basta con saber
Que haciéndolo, se consigue al amor.

Los soñadores ven que todo se complica
Y piensan largamente en las fases tardías,
En llegar después que ha sonado la alarma.

Nadie escucha el deseo del hombre soñador,
Ni alcanza la ternura de la mujer teórica.
Nadie sabe si son, nadie sabe si están.

Quizás los soñadores funden pueblos, industrias,
Trabajen largamente a la sombra y al sol,
Sin otra recompensa que su propia batalla.

Quizás no lleguen de la misma manera,
Tal vez se ahoguen en su propia invención.

Soñadores al fin lo habrán soñado todo,
Incluso sus victorias.
Y cuando pase el tiempo, les quedará un suspiro.

Soñadores y prácticos, circunspectos y audaces,
Enfermos y elegantes,
Mi vida por soñar.

 

Foto: Claudia González Machado

BREVEDADES

a mis padres

En el mercado hay gentes igualita a mis padres:
Hirsutos y cansados de tanta vida amarga.
Hombres, mujeres tenues, como un reloj de cuerda
Que no sabe a qué hora dejará de sonar.

El misterio acompaña el fragor de sus ojos,
Su corazón, su abdomen, el cerebro enigmático.

Mil años para ser una sencilla cáscara:
Rodeados por los muertos, sus amigos se van.

Los médicos me informan que mis padres son fuertes,
Que las piedras no detendrán la bilis que perturba a mi madre.
La noche cederá, llegará la mañana, eso dicen los médicos.
Mientras, mi padre escucha abrigado en la sombra.
No ha dormido en un día, la soledad lo asfixia.

Mis viejos ven tocar a su puerta.
Piensan cómo seremos
Cuando en la mesa enorme quede un plato de arroz,
Y otros cuerpos pregunten por su terrible ausencia.
¿Quién limpiará los vasos, quién vestirá las camas?
¿Se acabarán los dulces?

Precisamente hoy, cuando todos estamos,
La brevedad se instala. ¿Y qué se puede hacer?

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Paloma nocturna

Por Omar González

Foto: María Boronat García

Antes del cambio, a María Amalia la encadenaban todas las mañanas. Tenía la costumbre de creerse los sueños y de llorar cuando despertaba a medianoche. «Pájaro soy», dijo una tarde, y levantó el vuelo y estuvo tres días sin bajar de los árboles. De nada sirvieron los insultos de la abuela ni las súplicas amenazantes de papá. «Que bajes, niña, que ahorita llega Montero con sus huevos de anís y sus panes de ajo. Mira qué linda esta muñeca. Te compré un radio, óyelo como canta». Pero qué va, ella seguía inmutable, igual que las palomas. «Coño, te voy a entrar a tiros si no bajas». Y entonces María Amalia volaba hasta la ceiba y hacía como un zorzal. Cantaba lindo y los trinos le salían perfectos. Tan perfectos, que los demás pájaros le respondían y ninguno de nosotros podía dormir la siesta. Abuela, que maldecía constantemente aquel castigo de Dios, achacaba la enfermedad de mi hermana a las lecturas de comedias ilustradas y a los libros verdes que nos enviaban los primos habaneros. «Demasiada bazofia, voy a quemar cuanto paquete aparezca por la puerta». Y cogía el bulto, lo apuñaleaba en el patio y le prendía candela. Solo un libro pudimos salvar de los incendios. Cuando todos mirábamos el fuego y oíamos el crujir de los forros empastados, del cuero y de los hilos, María Amalia alcanzó a sobrevolar la fogata y se llevó con ella los poemas de Bécquer. Fue un acto suicida, desesperado, como si el mal de su angustia la orientara en el humo y la preservara del calor de las llamas. Desde la copa del jagüey nos leyó más de mil versos de amor, hasta que fue de noche y se le ocurrió cerrar con un danzón tristísimo que yo le había escuchado antes a Barbarito Diez. «Mierda», dijo la abuela, y le tiró una brasa a María Amalia. La estela de luz me recordó a los voladores de las parrandas, cuando todo el pueblo parecía la carpa de un circo gigantesco y nadie se atrevía a llorar. La propia abuela quedó absorta y una vez más habló de la desgracia y de los muertos. Recuperó a su madre del naufragio, le tendió la mano entre las aguas, le secó la frente y le dio a tomar una taza de café amargo. Todo lo que no había podido hacerle cuando se les hundió la lancha, se lo hacía mi abuela a su madre cada vez que estaba triste. Por eso, para que no la viéramos llorar, nos dejaba en el patio e iba a la cocina. «Espérenme aquí, que voy a traerles chocolate». «Espesito y con galletas, abuela», decía mi hermano Aurelio, el menor de nosotros. Después María Amalia, convencida de que estaríamos solos unos instantes, bajaba del jagüey y se posaba junto a mí. «Allá arriba hay mucho frío, hace dos noches que no puedo dormir. Además, las lechuzas me confunden y me invitan a cazar». «No chives, Amalia, las lechuzas saben bien que no eres un pájaro». «Eso crees tú, Conrado, uno es lo que es y no lo que parece ser». «Por eso mismo, si tú fueras pájaro tendrías un par de alas». «Y las tengo, cuando levanto el vuelo yo misma siento el aleteo». «A mí no me engañas, Amalia, tú vuelas porque sabes flotar, ¿te acuerdas del ciclón?», advirtió Aurelio. «Cuando el ciclón, yo era más flaca todavía. Ahora es la primera vez que sé volar». «Está raro, de todos modos está muy raro que alguien sepa planear como los pájaros», dije mirando hacia la casa. «No hay nada de extraño —sentenció mi hermana—, en la vida lo único extraño es morirse dormido y sin poder soñar». «Da lo mismo que despierto. Tú dices eso porque eres la mayor y estás más cerca de la muerte, Aurelio debe pensar distinto». «Yo pienso igual, Conrado, después que mi hermana alzó el vuelo, todo lo que ella diga es verdad». Desde el sillón, donde dormía a ratos y a ratos despertaba, papá murmuró algo que nos dejó pensando: «Aquí lo único extraño es que las cosas no cambian: hablen bajito que tengo sueño». Y apareció mi abuela con cuatro tazas de chocolate espeso. «No la dejes ir —gritó—. Mariano, estás bobeando, Amalia aquí y tú durmiendo». Papá despertó y vio cómo su hija volaba hacia la ceiba. «Me pareció oírla pero es que estoy muy cansado, llevo dos días cortando arroz». «Abuela —dijo Aurelio—, María Amalia habló de la muerte». «¿De la muerte?». «Sí, ella dijo que lo único extraño es morirse dormido». Ella no sabe nada de la muerte, de tan viva que está es capaz de volar. «La última vez que la niña habló de la muerte fue cuando Josefa se quemó», comentó mi padre. «Y dale con tu mujer, te he dicho mil veces que delante de los niños no hables de su madre, Mariano». «No, yo lo único que hago es recordar la verdad». «Bueno, a dormir, que mañana empiezan las clases», ordenó abuela y nos guió a la cama. Después cerró las ventanas y nos leyó el ensalmo. Afuera la noche era oscura e inexplicablemente cantó un zorzal. «No hagan caso, esa es Amalia que tiene frío», dijo abuela interrumpiéndose en la oración. Entonces Aurelio pidió que la dejaran entrar. «Se va a morir de hambre, abuela, no come carne desde hace tres días». «¿Y tú qué sabes? Todas las noches yo le pongo su plato de comida al pie del brocal del pozo. Pero no te preocupes, si viene hoy la vamos a coger». Y cuando abuela dijo esto, se escuchó un aleteo incesante en el patio. «Corre, Mariano, María Amalia cayó en la casilla». Mi hermano y yo también corrimos hacia la puerta. No hacía luna y solo veíamos la silueta de papá moviéndose junto al pozo. Abuela estaba con nosotros y nos tenía agarrados por las manos. El perro ladraba y gemía al mismo tiempo. «Sssh, Campeón, déjate de bulla». Y se hizo un silencio pesado, como si todo el mundo hubiera muerto, como si nada existiera más allá de nuestros ojos. Cuando abuela se decidió a averiguar lo que pasaba, encontró el sombrero de papá sobre las piedras y una paloma pequeña encerrada en la casilla. Durante varios años, de María Amalia solo tuvimos los recuerdos, y aquel pájaro atento que mañana a mañana encadenaba abuela.

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Pequeños cambios a la altura del mar

Ayer llovió en la Sierra

Y ríos de lodo llegaron a la playa.

Los visitantes se fueron cuando el olor a monte

Y a tierra humedecida inundaba las casas.

Dejaron tras de sí una mezcla de arcadas y suspiros,

De música y desvelos, de ancestrales pasiones ahora redimidas.

María dijo en la tarde que echáramos al mar lo que nos sojuzgaba,

Pero nadie fue capaz de elegir su propio maleficio.

Yo me perdí en los míos.

 

¿Cuál es la causa de tales mutaciones?

Dicen que Adela bailó en el escenario,

Y que Nubia durmió con más de dos turistas.

 

¿Qué fue lo que pasó?

¿Acaso los prodigios, acaso el descontrol?

 

Los dos tristes mancebos se cotizaron alto,

Y los que ya ven pasar su lozanía,

Remediaron el morbo con el sexo de las desconocidas.

Perdieron el pudor, entregaron su rabia a las mozas del valle.

 

El santo y el vidente, quizás salieron limpios,

Aburridos igual.

Pudo más el deber.

 

Lo cierto es que ayer llovió en la Sierra

Y ahora no queda ni siquiera el recuerdo.

 

Playa de Siboney, Santiago de Cuba, mayo de 1996.
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Diario de la víspera

(cuarta entrega)

46

Tu crisis es tal

Que ni siquiera lo sabes;

La mía pudiera ser

Saber que no lo sabes.

53

En los actos,

La gente me saluda

Como si fuera un niño.

Pensaron que había muerto.

58

Las buenas comedias me divierten muchísimo.

Pero dónde está Chaplin.

65

¿Tan ligera de ropas

Para hablar de negocios?

78

Pobre Lezama,

Ahora el Diablo es el ángel.

 

Diario de la víspera

(tercera entrega)

38

Y tú amaneces construyendo;

Yo, en cambio, me despierto en la guerra.

Cientos de aviones sobrevuelan La Habana.

Oigo partirse el aire.

40

A veces quiero

Que te ahogue esa lágrima.

43

Algunos amigos me quieren tanto

Que han dispuesto de mí:

Me han nombrado su sombra.

45

La frivolidad es contagiosa,

Empieza con este aburrimiento.

Omar González: “No existimos para la catarsis, sino para la resistencia”

La Red de Redes en Defensa de la Humanidad (REDH) no existe para la catarsis, sino para la resistencia y el cambio, afirma tajante el escritor Omar González, coordinador del capítulo cubano de este movimiento concebido en México, en el 2003, y que agrupa a miles de intelectuales en todo el mundo. Por estos días la organización celebra la década de su encuentro en Caracas con el Presidente Hugo Chávez y, en particular, reflexiona críticamente sobre lo que ha hecho en sus casi doce años de vida.

González asegura que en la capital venezolana  “se trazarán nuevos objetivos y se reafirmarán otros, cuya vigencia es incuestionable, sobre todo en las circunstancias que vive el mundo en la actualidad. Circunstancias que son esencialmente diferentes a las de 2004, aunque pervivan no pocas analogías”.

Trascender la imagen de factoría de comunicados

-Recuerdo que el surgimiento de este movimiento estuvo marcado por la idea de crear estructuras organizadas que llegaran al mayor número de personas y el mayor número de lugares del mundo. Sin embargo, cuando se hace una búsqueda somera en Google de la frase “Red de Redes En Defensa de la Humanidad”, emergen recurrentemente dos palabras: declaración y manifiesto.

– En mi opinión, la Red descuidó su importancia nacional, su visibilidad como proyecto también teórico y su función analítica; en fin, su papel no sólo movilizador, exhortativo, sino esencial para el desarrollo de un  nuevo pensamiento crítico. Ciertamente, se desentendió de un principio determinante en cualquier movimiento de esta naturaleza: en la medida en que se es fuerte en la argumentación y socialización de  las ideas en el país o la región donde se originan, mayores serán las reservas y potencialidades para influir en el resto del mundo. Seguir leyendo Omar González: “No existimos para la catarsis, sino para la resistencia”

Diario de la víspera

 

(segunda entrega)

24

Demasiada nostalgia

En el arco y el aire.

Ocurrirá un desastre.

28

Cada vez que te escucha,

Aparece la niebla.

29

Todas las tardes ella lo entierra,

Mas él renace cada mañana.

32

Yo no sé tanto de alegrías

Como del beneficio real de la tristeza.

Y soy feliz.

35

Cuando llego a mi casa,

Dejo en la puerta los demonios del día.

Ya me tendrán mañana.

Diario de la víspera

He terminado este libro; ofrezco algunas entradas a manera de anticipo.

(primera entrega)

1

Y qué hago yo con saber del mundo

Si no sé de mí mismo,

Si pregunto y nadie me responde,

Si veo que acecha la tristeza

Y se acaba mi vida.

Qué haré para morir

Sin la culpa de mi mala conciencia.

Qué haré ya sin regreso

Si ahora soy la penumbra.

         18        

Para olvidarte,

Le bastaría con no pensar en ti.

Pero se olvida.

23

Amanece temprano:

Tiembla el agua en el río,

Hay luna en el café.

CENTINELA

Fredric Brown

Estaba húmedo, lleno de barro, tenía hambre y frío, y se hallaba a cincuenta mil años luz de su casa.

Un sol daba una rara luz y la gravedad, que era el doble de aquella a la que él estaba acostumbrado, hacía difícil cada movimiento.

Pero en decenas de millares de años, esta parte de la guerra no había cambiado. Los pilotos del espacio tenían que ser ágiles con sus diminutas astronaves y sus armas refinadas. Cuando las naves aterrizaban, sin embargo, eran los soldados de infantería quienes debían hacerse dueños del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase. Esto era precisamente lo que sucedía en aquel maldito planeta de una estrella de la que no había oído hablar hasta que puso el pie sobre él. Y, ahora, era terreno sagrado porque los extranjeros también estaban allí. Los extranjeros, la otra única raza inteligente en la Galaxia…, raza cruel de monstruos abominables y repulsivos.

Se había tomado contacto con ellos cerca del centro de la Galaxia, después de la colonización lenta y dificultosa de unos doce mil planetas. Fue la guerra a primera vista: habían disparado sin siquiera intentar negociaciones o firmar una paz.

Ahora se luchaba planeta por planeta en una guerra amarga. Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento; el día era crudo, con un viento que dolía en los ojos. Pero los extranjeros estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.

Estaba alerta y con el fusil preparado. A cincuenta mil años luz de su casa, luchando en un mundo extraño y dudando de si viviría para volver a ver el suyo.

Y entonces vio a uno de aquellos extranjeros que se arrastraba hacia él. Encaró el fusil y disparó. El extranjero dio ese grito extraño que ellos dan y después quedó tendido sobre el suelo.

Le hizo temblar el espectáculo de aquel ser tumbado a sus pies. Uno puede acostumbrarse a ello después de un rato, pero él no lo había logrado nunca. ¡Eran unas criaturas tan repulsivas, con sólo dos brazos y dos piernas, y una piel horriblemente clara y sin escamas…!

 

Título Original: Sentry, 1958.

 

 

NEWPORT

(Reseña para turistas)

Cuando el viajero vuelva le contará a sus hijos

Que conoció el origen de los dueños del mundo:

La primera semilla, una plaza y un sueño.

Les hablará del agua, de los acantilados,

De la roca y del aire,

Y del vuelo impreciso de los seres perdidos.

 

Juntos, bajo la lluvia,

Repasarán la historia de la Casa de Mármol,

El desaire a Bob Dylan y los mariscos trágicos.

Y les dirá que vio, como nunca había visto,

El principio de todo:

De este lado a los vivos y del otro a los muertos;

En esta rivera el oro y en aquella, cenizas.

 

DE CAÍDAS Y GLORIAS. OMAR GONZÁLEZ

                                     para Silvio Rodríguez

Llamaron a formar y algunos se asustaron,

Pusieron por delante sus mil remordimientos.

Dijeron que eran buenos y que no los buscaron

A pesar de su estrella y de sus juramentos.

Nos pidieron ayuda, silencio, compasión,

Más respeto a sus muertos y ser indiferentes.

Algunos, ya sin labios, se partieron los dientes.

¿Quiénes son los culpables, quién mató su ilusión?

Los malditos, los otros, los que ahora te llaman

A burlar los edictos y a morir sin razón,

Quieren romper el cerco para decir que ganan.

Yo asisto, yo resisto, los conozco, se inflaman

Uno a uno o en pandilla, como la tentación

De matar los recuerdos mientras los dioses callan.

Una tarde con frío

Tendría que preguntarle a Fabelo , pero juraría que estábamos en la década de los años setenta, probablemente en 1975, y que hacía un frío de espanto en La Habana, donde las olas rebosaban el muro del malecón y las salpicaduras y el salitre cubrían, hasta nevarlos, los cristales del hotel Riviera.la-increible-erendira_gabo_fabelo-580x773

El caso es que ambos nos habíamos propuesto conversar con Gabriel García Márquez sin que nadie nos introdujera y sin que fuera necesaria la recomendación de alguna celebridad nacional. Y como yo lo había saludado en Casa de las Américas un par de veces –momentos que, como era de esperar, aproveché para hablarle de La hojarasca, su novela de juventud y, por supuesto, de Rulfo y Pedro Páramo, de Vargas Llosa y Los cachorros, de Carlos Fuentes y Aura y, por qué no, de Los pasos perdidos y Alejo Carpentier, que era (entonces y todavía) la mejor manera de explicarse el boom–; nada más justo, se supone, que yo presumiera ante mi hermano, el dibujante de Guáimaro, de mi estrechísima amistad con el hijo del telegrafista de Aracataca. Y fue tal la determinación que teníamos reflejada en el rostro cuando llegamos a la Carpeta del hotel y preguntamos por el número de la habitación del escritor colombiano, que los empleados nos respondieron sin la menor sospecha de malas intenciones, entre otros motivos porque Fabelo y yo ni siquiera parecíamos impostores. Todavía el arique nos colgaba de los tobillos y el jineterismo a nadie se le ocurría imaginarlo en aquellos años, cuando apenas con 25 pesos (obviamente cubanos) uno podía invitar a la mujer de su vida a contar estrellas y a subir al cielo…, para seguir con las metáforas. Seguir leyendo Una tarde con frío