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UNA FRASE QUE NO DIJO EL QUIJOTE. ABEL PRIETO

CULTURA Y RESISTENCIA

En el Congreso de la Uneac, efectuado recientemente en La Habana, se presentó un documento que afirma: «La batalla de nuestro tiempo es eminentemente cultural, entre la imposición hegemónica y los paradigmas emancipatorios, entre la estulticia y la libertad»

STALLONE

ABEL PRIETO

ABELEl texto «Ballenas y tiburones» provocó el repudio de nuestros enemigos o –más bien– de los empleados de nuestros enemigos. No encontré sin embargo, ninguna tentativa seria de refutarlo; sino insultos y descalificaciones soeces, es decir, lo habitual. La única impugnación de cierto peso, llamémosle así, pretendió ridiculizar el hecho mismo de hablar sobre «cine de tiburones» en un país con tantas dificultades económicas.

Los que sueñan con la restauración capitalista no quieren que se debata en torno a la guerra cultural. Aspiran a que nuestra gente haga suyos los patrones y lentejuelas de la Maquinaria, que se sumerja alegremente en el limbo de la frivolidad y vea estos procesos como algo «divertido». En suma, que se aparte del camino martiano y fidelista de alcanzar la libertad a través de la auténtica cultura.

En el Congreso de la Uneac se presentó un documento que afirma: «La batalla de nuestro tiempo es eminentemente cultural, entre la imposición hegemónica y los paradigmas emancipatorios, entre la estulticia y la libertad».

Graziella Pogolotti se refirió a su vez a la necesidad de contribuir desde la experiencia cubana a enriquecer «un pensamiento de izquierda descolonizador».

Los escritores Víctor Fowler y Alberto Marrero abordaron el intento de absorbernos espiritualmente. El primero explicó que la Maquinaria instala en la mayoría oprimida la idea de que son seres inferiores. El segundo recordó los planes contra la URSS de Allen Dulles, director de la CIA. «Antes que los portaaviones y los misiles», dijo Dulles, enviaremos nuestros símbolos, «universales, glamurosos, modernos», para lograr que «las víctimas lleguen a compartir la lógica de sus verdugos».

En su discurso de clausura, Díaz-Canel citó el mensaje de Raúl a la Uneac en su aniversario 55: «Hoy estamos doblemente amenazados en el campo de la cultura: por los proyectos subversivos que pretenden dividirnos y por la oleada colonizadora global». Y añadió Díaz-Canel: «Esta plataforma colonizadora promueve los paradigmas más neoliberales… atentos a los que ponen por delante mercado y no cultura; egoísmo y vanidad personal y no compromiso social de la cultura».

Resuenan ahora los ladridos de la empleomanía anexionista, inquieta ante los aportes al pensamiento cultural revolucionario que hizo en el evento la vanguardia intelectual. Les resulta intolerable que ganemos espacio en la gestación de una mirada penetrante, redimida, lúcida.

«Ladran, Sancho, señal que cabalgamos», es una frase que se atribuye por error al Quijote. Aparece, sin la referencia a Sancho, por supuesto, en un poema de Goethe; y hay quien ha sugerido que el autor de Fausto la tomó de un antiguo proverbio turco. Sea de Goethe o de algún turco remoto y anónimo, nos viene como anillo al dedo para entender las reacciones de la jauría.

En los años 90 del siglo pasado, en la Uneac de entonces, evocábamos a los «antimperialistas diurnos», en horario laboral, que pronto se convertían en «proimperialistas nocturnos», cuando se atiborraban antes de dormir con las más infames películas yanquis. Sufrían un padecimiento similar quizás al estudiado por los siquiatras como «trastorno de identidad disociativo». Nótese que hablábamos de adultos. Y es que la convivencia «disociativa» de antimperialismo político y colonización cultural puede presentarse de un modo u otro en cualquier generación. Seguir leyendo UNA FRASE QUE NO DIJO EL QUIJOTE. ABEL PRIETO

“¡QUÉ MILAGRO DE PAÍS, EN QUÉ GRAN PUEBLO NOS HEMOS CONVERTIDO!” MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ

Discurso pronunciado por el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba, en la clausura del IX Congreso de la Uneac, en el Palacio de Convenciones

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MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ

Queridos escritores, artistas, creadores;

Compañeras y compañeros de la Presidencia;

Ministros y viceministros presentes:

Ante todo, reciban el cálido saludo del General de Ejército, del cual soy portador.

Ha concluido su IX Congreso.  No digo estos días de análisis y debate en el Palacio de Convenciones, sino los largos meses de intercambios y aportes desde las bases.  ¡Cuánta inteligencia y talento, cuánto se aprende de ustedes!

Es un proceso que hemos seguido de cerca en frecuentes encuentros con la Comisión Organizadora, tratando de aproximar, en lo posible, soluciones a las insatisfacciones más generalizadas, y confirmando, una vez más, el valor de ir a lo profundo del extraordinario caudal creativo del pueblo cubano. Allí siempre nos espera la verdad.

Permítanme sentirme uno más de ustedes: en la insatisfacción y también en el compromiso, soy un apasionado del arte y de la cultura en sus más diversas expresiones, sea de Cuba o universal.

Los temas que aquí se han tratado suelen ser pan de cada día en nuestra familia y entre amigos. Por las profesiones de mis tres hijos y de mi esposa, la cultura está de manera casi permanente en nuestras vidas.  Por imperiosa necesidad del espíritu, no sabríamos vivir sin acceso a las artes.

La emoción más profunda, junto con la gloria patria, nos la provoca constantemente el contacto con la creación artística. Personalmente no puedo separar el sentido de plenitud, incluso de felicidad, de un disfrute estético determinado.  Y si es cultura cubana, el goce se multiplica.

Lo que quiero decirles es que durante estos meses, estos días, estas horas, más de una vez nos hemos sentido entre ustedes, compartiendo lo que expresan y comprometidos con lo que hacen.

Y por lo que dicen y lo que hacen, sé que muchos de ustedes, alguna vez, pueden haberse sentido en nuestro lugar, desafiados a dar continuidad a un proceso histórico único, de un impacto y alcance universal y de un liderazgo solo comparable a la grandeza de la Revolución misma, hecho cultural superior que transformó desde la raíz a una nación pequeña y atrasada en una indiscutible potencia mundial, no por sus recursos materiales, sino por sus recursos humanos y sentimentales.

Nosotros cuando miramos al mundo y repasamos la historia podemos decir: ¡Qué milagro de país, en qué gran pueblo nos hemos convertido! Es lo que nos ocurre cuando asistimos a una función de ballet o danza, a conciertos de música, lo mismo en un gran teatro que en uno de nuestros barrios; a obras teatrales, a estrenos de cine, a ferias del libro, de artesanías, a galerías, a descargas de rumba o a escuelas de arte.

Un país bloqueado durante seis décadas, perseguido con saña y alevosía hasta en la gestión de medicamentos infantiles, acribillado mediáticamente por los medios más influyentes del planeta, no se ha conformado con resistir y sobrevivir. Como ya dije una vez: “Somos una Revolución que puede presumir de haber sido contada y cantada, desde sus orígenes, con el talento y la originalidad de sus artistas y creadores, intérpretes genuinos de la sabia popular y también de las insatisfacciones y esperanzas del alma cubana.

“Y así seguirá siendo. Intelectuales, artistas, periodistas, creadores, nos acompañarán siempre en el empeño de que este archipiélago que la Revolución puso en el mapa político del mundo siga siendo reconocido también por su singular modo de pelear cantando, bailando, riendo y venciendo”.

Quizás aún no hemos aprendido, y en algunos casos hemos desaprendido, a contar esa maravilla, pero nadie puede ya quitarnos el orgullo de ser una nación para respetar, gracias a una Revolución que siempre ha puesto al ser humano en el centro.

Es algo que nuestra generación les debe a los fundadores en primer lugar, desde Céspedes a Martí. A los creadores que continuaron sus luchas y fundamentalmente a Fidel, el indiscutible intelectual y guía de la generación histórica que, junto con la entrega de la tierra y las fábricas a los que la trabajaban, alfabetizó al pueblo, universalizó la enseñanza, creó poderosas instituciones culturales y en los momentos más difíciles nos enseñó que “la cultura es lo primero que hay que salvar”.

¿Por qué insistía Fidel en esa idea, que repitió tantas veces? Ustedes lo saben seguramente, pero no está de más recordarlo. Porque “no hay proa que taje una nube de ideas”, diría Martí.

Y Fidel supo advertir el riesgo de perder nuestra mayor fortaleza: la unidad, la identidad, la cultura, con la avalancha colonizadora que avanzaba en los tiempos de la globalización, con el acceso masivo a las nuevas tecnologías, promovido por los mercaderes modernos, no para enriquecer sino para empobrecer la capacidad crítica y el pensamiento liberador.

Consciente de que esas tecnologías de acelerado desarrollo serían una poderosa arma de educación y multiplicación del conocimiento a la que la Revolución no podía renunciar ni acceder tardíamente, Fidel creó la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) y paralelamente alertó a la sociedad cubana sobre la importancia de salvar la cultura.

Así como antes, en aquellas reuniones de la Biblioteca Nacional que dieron lugar a sus Palabras a los intelectuales y muy poco tiempo después a la creación de la Uneac, Fidel acudía a la vanguardia intelectual y artística para enfrentar desafíos que solo podía advertir un iluminado, como Barnet lo definió alguna vez.

Si hace 60 años fue vencido el intento de fracturar la unión visceral entre aquella vanguardia y su Revolución, es decir, ella misma y su pueblo, más tarde y muchas veces a lo largo de los años el adversario se empeñaría inútilmente en ello. En el cruce de siglos, la batalla alcanzaría cotas mayores golpeando a las fuerzas progresistas en la región y en el mundo.

Movimientos como la Red en Defensa de la Humanidad y proyectos culturales que florecieron por todo el país demostraron la extraordinaria fuerza de la vanguardia para alimentar y sostener la espiritualidad de la nación.

De la Uneac fundada por Nicolás Guillén y otras cubanas y cubanos universales emergió un compromiso para siempre con el destino de la cultura nacional, que se ha afirmado en estos días. Y es tremendo ver la continuidad de esa obra en una organización dirigida hasta hoy por uno de los más jóvenes delegados a aquella cita de hace 58 años:  el poeta, ensayista, etnólogo, intelectual, en suma, Miguel Barnet.

Aquí se ha hablado varias veces de las Palabras a los intelectuales. No concibo a un artista, a un intelectual, a un creador cubano que no conozca aquel discurso que marcó la política cultural en Revolución. No me imagino a ningún dirigente político, a ningún funcionario o dirigente de la Cultura, que prescinda de sus definiciones de principio para llevar adelante sus responsabilidades.

Pero siempre me ha preocupado que de aquellas palabras se extraigan un par de frases y se enarbolen como consigna. Nuestro deber es leerlo conscientes de que, siendo un documento para todos los tiempos, por los principios que establece para la política cultural, también exige una interpretación contextualizada.

Claramente Fidel planteó un punto de partida: la relación entre Revolución, la vanguardia intelectual y artística y el pueblo. Entonces, todos no tenían tan claro como Fidel lo que los artistas e intelectuales irían comprendiendo en el desarrollo de su obra: que la Revolución eran ellos, eran sus obras y era el pueblo.

Por eso resulta reduccionista limitarse a citar su frase fundamental: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, soslayando que Revolución es más que Estado, más que Partido, más que Gobierno, porque Revolución somos todos los que la hacemos posible en vida y en obra.

Y también sería contradictorio con la originalidad y fuerza de ese texto, pretender que norme de forma única e inamovible la política cultural de la Revolución. Eso sería cortarle las alas a su vuelo fundador y a su espíritu de convocatoria.

Hoy tenemos el deber de traer sus conceptos a nuestros días y defender su indiscutible vigencia, evaluando el momento que vivimos, los nuevos escenarios, las plataformas neocolonizadoras y banalizadoras que tratan de imponernos y las necesidades, pero también las posibilidades que con los años y los avances tecnológicos se han abierto.

Hay que hacer lecturas nuevas y enriquecedoras de aquellas palabras. Hacer crecer y fortalecer la política cultural, que no se ha escrito más allá de Palabras… y darle el contenido que los tiempos actuales nos están exigiendo.

Ustedes han hecho bastante. Como hemos apreciado, han trabajado y avanzado mejor allí donde más coordinados han actuado con otras fuerzas intelectuales, como las que crean desde las universidades y otros centros de investigación de las ciencias sociales y humanísticas.

Evidentemente, hay más y mejores resultados donde la creación se apoya en nuevos soportes tecnológicos que facilitan el trabajo.  Seguir leyendo “¡QUÉ MILAGRO DE PAÍS, EN QUÉ GRAN PUEBLO NOS HEMOS CONVERTIDO!” MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ