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ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR A LAS PUERTAS DE LA PRESIDENCIA DE MÉXICO. CARLOS FAZIO

De la esperanza y la AMLOfobia

 

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López Obrador durante un acto de campaña electoral, en Acapulco, el 25 de junio / Foto: Afp, Pedro Pardo

CARLOS FAZIO / SEMANARIO BRECHA

CARLOS FAZIO 3Los mexicanos son hoy un pueblo hastiado, indignado, enojado, crítico contra el sistema y urgido de un cambio aunque sea incierto. Según todos los pronósticos, López Obrador, candidato de la alianza de centro Juntos Haremos Historia, ganará la presidencia en las elecciones federales del próximo domingo, porque es el que mejor ha sabido canalizar esa ira, conducir la esperanza de cambio y el deseo de transformación social por la vía institucional y pacífica.

Desde hace dos décadas Andrés Manuel López Obrador (también llamado AMLO) ha generado odios y amores, pero nunca indiferencia. Hoy es favorito en las encuestas para las elecciones presidenciales del domingo. Ha sido capaz de transformar el miedo, la paranoia y la angustia de la gente en alegría.

Atrás, muy atrás, quedó la consigna “AMLO, un peligro para México” que –fraude mediante o no– le costara la presidencia en 2006. Con inteligencia, pragmatismo puro y mucho colmillo político, el candidato de la coalición de izquierda formada por el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), el Encuentro Social (Pes) y el Partido del Trabajo (PT) ha exhibido un perfil disidente aunque conciliador –haciendo incluso alianzas con grupos empresariales que antes definió como parte de “la mafia del poder” (véase nota de Eliana Gilet)–. Y por más que lo atacaron los plutócratas mexicanos (como las firmas líder en gestión de inversiones Black Rock y Citibanamex), al igual que sus adversarios políticos, los gurúes ideológicos del liberalismo oligárquico y la “comentocracia” de los medios hegemónicos privados, logró superar con éxito las fake news y las campañas negras y ya gastadas que lo asimilaban al populismo, al autoritarismo y al “estatismo fracasado”, al siempre diabólico eje “castro-chavista” y a la “influencia rusa”.

Desde el arranque de las campañas, en abril último, fueron millones los spots de los derechistas Partido Revolucionario Institucional (Pri) y Acción Nacional (Pan) –y sus coaliciones– dedicados a pintar una imagen negativa del candidato presidencial de la alianza Juntos Haremos Historia. A modo de ejemplo, el Pri y su candidato presidencial, José Antonio Meade, en abril y mayo inundaron los medios con 2.401.000 trasmisiones dedicadas a repetir que Amlo es un “peligro”, que pactó con delincuentes para otorgarles una amnistía y que quiere “venezolanizar” a México. “Elige: miedo… o Meade”, remataba el spot. Sólo que esta vez azuzar el miedo como emoción primaria no funcionó. La ira es una expresión distinta al miedo, y quien mejor la entendió, comprendió y administró durante la campaña fue López Obrador, que por la vía de la esperanza ofreció dar una salida a ese enorme caudal de bronca contenida.

A su vez, el tres veces frustrado candidato independiente Jorge G Castañeda, ex canciller de Vicente Fox y uno de los principales coordinadores de la campaña de Ricardo Anaya, aspirante de la alianza Por México al Frente, aseveró que el panista tenía que arremeter contra “ese angry old man (hombre viejo y enojado), cuando él mismo, de 65 años, es mayor que el fundador del Morena.

Al comenzar abril, Castañeda le diseñó a Anaya una estrategia de “contraste y polarización” con López Obrador, en la que ya no se dijo que el tabasqueño es chavista o castrista, sino un símil del ex presidente de México Luis Echeverría Álvarez (1970-1976), por sus tesis “nacionalistas, estatistas y autoritarias”.

Según Castañeda, esta es una elección entre dos alternativas: López Obrador y Anaya. Y una elección entre un “cambio hacia atrás o cambio hacia adelante (…). Cambio hacia el pasado o hacia el futuro”. En ese contexto, según el estratega del candidato panista, López Obrador “no es chavista, no es castrista, no es partidario de Evo Morales”; su “referente” es Echeverría, responsable, como secretario de Gobernación de Gustavo Díaz Ordaz, de la matanza de Tlatelolco, y ya siendo presidente de la República, el hombre que llevó a México “a la debacle económica de 1976”. Debido a que López Obrador ha expresado admiración por Antonio Ortiz Mena, secretario de Hacienda de Adolfo López Mateos (1958-1964) y Díaz Ordaz (1964-1970), arguye Castañeda, y que no se puede separar la política económica de ambos regímenes de sus actos “represivos, autoritarios y corruptos”, sin saberlo el tabasqueño se está colocando a favor de “la política económica de Pinochet y su dictadura” (sic).

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Elecciones Mexicanas: ¡AHÍ VIENEN LOS RUSOS! JOHN M. ACKERMAN

El propósito es alejar a los ciudadanos de las urnas y así perder la oportunidad de lograr un cambio político pacífico durante las próximas elecciones presidenciales.

Históricamente, Rusia y México, sus gobiernos y sus pueblos, siempre han tenido una relación de respeto mutuo. Aun en los momentos más álgidos de la Guerra Fría, en México nunca vivimos la histeria de la “amenaza rusa” o el pánico de “susto rojo” (Red scare) donde cualquier persona u obra artística crítica podían ser censuradas por su supuesto apoyo al comunismo. Jamás existió un equivalente mexicano al paranoico senador Joseph McCarthy, quien desde el Congreso norteamericano encabezó una cruzada que arruinó miles de carreras profesionales bajo la mera sospecha de tener algún vínculo con Rusia.

Al contrario, si bien México siempre se ha ubicado firmemente dentro del sistema capitalista y ha mantenido relaciones cercanas con Estados Unidos, antes no permitíamos que las paranoias estadunidenses afectaran nuestras relaciones con otros países. Siempre mantuvimos relaciones diplomáticas con la Cuba revolucionaria, por ejemplo, y México jugó un papel muy importante en la mediación de los conflictos centroamericanos durante los años ochenta, particularmente en El Salvador.

La histórica Doctrina Estrada, o el “principio de no intervención”, surgió precisamente de la necesidad del gobierno mexicano de pintar su raya con respecto a la política internacional intervencionista y neocolonial de Estados Unidos.  “Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”, reza la frase célebre de Benito Juárez que todo México aprende desde la primaria.

Pero hoy las cosas son diferentes. El canciller Luis Videgaray funge en realidad más como vocero del yerno de Donald Trump, Jared Kushner, que como representante del pueblo mexicano. La posición intervencionista de México con respecto a Venezuela, por ejemplo, ha hecho un enorme daño al prestigio que había acumulado la diplomacia mexicana a lo largo de los años.

Videgaray es uno de los cerebros atrás de la idea de la supuesta “amenaza rusa”. Pero al final de cuentas el canciller no ha podido estropear nuestras relaciones con Rusia de la misma manera en que ya lo ha hecho con las hermanas repúblicas de América Latina. En su visita del pasado 17 de noviembre a Moscú, Videgaray tuvo que aceptar públicamente, tanto en una conferencia de prensa con el canciller ruso, Serguéi Lavrov, como en una entrevista con RT: “por nuestra parte no tenemos ninguna evidencia que valide la hipótesis” de una supuesta intervención rusa hacia las elecciones de 2018.  Seguir leyendo Elecciones Mexicanas: ¡AHÍ VIENEN LOS RUSOS! JOHN M. ACKERMAN

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