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EL ADVENIMIENTO DE UNA “INDUSTRIA DE LA VIDA”. ÉRIC SADIN

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ÉRIC SADIN

(Fragmento)

ERIC SADIN 3El liberalismo de fines del siglo XX, igual que la naturaleza, sentía horror al vacío y se acomodaba a ello bien o mal, esforzándose, pese a todo, por colmarlo. El tecnolibertarismo anula ese vacío, suprimiendo todo espacio vacante y haciendo realidad el sueño último del capitalismo histórico: lanzarse al asalto de la vida, de toda la vida. La recolección permanente de datos relativos a nuestros gestos amenaza a largo plazo la actividad del marketing, que da testimonio de la distancia entre el productor y el consumidor, que pronto dejará lugar a la formulación de ofertas que se traerán, en tiempo real, a los flujos de la existencia.

La industria de la vida procede de una continua adecuación robotizada entre la oferta y la demanda. Por ejemplo: una infinidad de aplicaciones que integran Google Maps hacen concordar cada perfil de usuario con una multitud de servicios disponibles en la zona del entorno. Las pulseras conectadas miden los flujos fisiológicos aconsejando, en función de los resultados, ir a un restaurante dietético, beneficiarse de una sesión de yoga, encargar complementos alimenticios o programar sin esperas una cita en una clínica. Los campos médicos y para médicos son objeto de una repentina y masiva conquista por parte de la economía de los datos que, gracias al rastreo de los comportamientos, a la sofisticación de los algoritmos interpretativos y a la geolocalización, pretenden ocupar el terreno de la salud llamada “móvil” [Mobile Health].

Apple, que en su origen creaba microcomputadoras, se transformó en parte en un actor de la salud a través de su plataforma HealthKit. Del mismo modo, Google, cuya actividad inicialmente estaba centrada únicamente en el motor de búsqueda, propone hoy un tipo de plataforma similar, Google Fit, que también desarrolla búsquedas que se ocupan de la “salud de los datos” en el seno de su departamento Calico. ibm, que en otros tiempos fabricaba calculadoras, elaboró también un sistema de inteligencia artificial de experticia médica y de establecimiento de diagnósticos, Watson. Son otras tantas evoluciones que dan fe del pasaje de la era del acceso a la era de la “medición de la vida”, o al pasaje de una economía que hasta ese momento había buscado prioritariamente explotar la atención de los internautas a una economía de ahora en más abocada a “capturar lo viviente” o de orientar la vida de las personas.

La industria de la vida no se conforma con hacer cuerpo con cada uno de nosotros, pretende derribar otro obstáculo que hace más lento su ritmo vital: la decisión de compra. Busca sustituirla por una automatización personalizada de la gestión de nuestras necesidades, del mismo modo que el dispositivo concebido por Amazon, Dash, que pone en venta impresoras, lavarropas o monitores que miden la tasa de glucosa y que son capaces de solicitar por sí mismos sus insumos en la tienda online. El responsable del proyecto, Daniel Rausch, desea “hacer la vida de los consumidores más fácil evitándoles quedarse sin jabón en polvo, alimento para las mascotas o tinta para la impresora”.[i] El drama de la separación entre las empresas y los individuos se termina porque se establece ahora un lazo casi umbilical que resulta de una experticia automatizada tendencialmente anticipatoria, garantizada por un sistema destinado a detectar nuestras necesidades sin que siquiera tengamos conciencia de ello, y a liberarnos entonces del peso de tener que mantener nosotros mismos nuestros objetos, así como del acto de compra. Hay muchos otros aparatos que están destinados a cumplir la misma función especialmente gracias a la puesta a disposición, para los fabricantes, de la interfaz de programación (API) necesaria para la integración del servicio. Las plataformas siliconianas administran las necesidades consumando el sueño de una economía “sin costuras” [Seamless Economy], que nos permite ver cómo se acoplan robots digitales a la vida de las personas y su entorno, y que se ocupan incansablemente de alivianar su vida cotidiana.

El movimiento que supuestamente atrae al consumidor “hacia el producto” se invierte. Ahora es el producto el que va hacia el consumidor, se infiltra discretamente en su existencia. Esta inversión representa la fantasía, hasta aquí no realizable, de toda agencia de marketing. La economía de los datos puede de ahora en adelante hacerla realidad. Hay que detenerse en la neutralización de la libre elección en juego que, incluso si estuviera orientada por toda una serie de técnicas, depende a fin de cuentas solamente de la prerrogativa de cada cual. Aquí lo que prevalece en cambio es una estimación automatizada que se impone como si fuera una evidencia, haciendo más fluida la vida y aplazando la hipótesis de la latencia, de un cambio de proveedor, o simplemente la de la interrupción de la compra. Por ejemplo, podemos suponer que el automóvil autónomo va a garantizar por sí mismo su mantenimiento, y que por lo tanto una amplia parte de este mantenimiento será realizado a distancia por programadores dedicados a ello, y el automóvil entonces decidirá “por sí mismo” la renovación de algunos de sus componentes, yendo a tal taller o a tal concesionaria que participan de discretas pujas. La figura histórica del consumidor se desvanece para abrir paso a un individuo continuamente conducido por sistemas encargados no solo de estimar sus necesidades y deseos, sino también de satisfacerlos sin apelar a su voluntad.

Hacer más fluido y automático el acto de compra es también, de algún modo, hacer desaparecer el dinero. Mastercard lanzó un programa que apunta a transformar todo objeto, smartphones, pulseras o relojes conectados, hasta las vestimentas, en medios de pago sin contacto. O bien el cuerpo, insensiblemente y en todo instante, puede ser transformado en tarjeta de crédito. El designio de la empresa consiste en que, “en un futuro cercano, sea posible pagar sin darse cuenta de ello”.[ii] No se trata solo de intensificar indefinidamente nuestra relación con el comercio, sino de hacer como si el gasto se borrara, se convirtiera en evanescente, liberándonos de su culpabilidad inherente y delegando la conducta de esas fastidiosas operaciones a sistemas destinados a responder del mejor modo posible y en silencio.

El mundo mercantil, que suponía hasta entonces una relación frontal entre marcas e individuos, parece relacionarse con una época perimida. Se transforma en una “economía del ambiente”, en un tipo de compañerismo afable, que se encarga, bajo el régimen de una eficacia ideal, pero dentro de la mayor discreción, de la perfecta gestión de nuestras necesidades o aspiraciones más o menos conscientes. Reed Hastings, cofundador de la plataforma de videos online Netflix, asegura estar analizando proponer a sus abonados “la película o la serie correctas en función de su humor del momento”.[iii]

La industria de la vida tiene la ambición de liberarse de todo límite, lanzándose de aquí en más al asalto de la psique humana, con ayuda de programas de interpretación emocional a través del análisis de las frecuencias vocales y de la expresión de los rostros. Así sucede con el “espejo inteligente”[iv] de Microsoft, que “comprende” nuestra condición fisiológica o psicológica y formula a cambio, bajo la forma de letras incrustadas en su superficie, consejos, o sugiere la compra de productos que pueden ser solicitados por medio de la pantalla táctil. Seguir leyendo EL ADVENIMIENTO DE UNA “INDUSTRIA DE LA VIDA”. ÉRIC SADIN

ERIC SADIN: “LA PANDEMIA FUE COMO UNA BURLA A NUESTRA VOLUNTAD DE CONTROLAR TODO.” EDUARDO FEBBRO

El filósofo francés desliza su denuncia en el momento más excesivo de la fascinación humana por la inteligencia artificial, desnudando la endeblez del transhumanismo futurista, y critica a quienes endiosan a las nuevas tecnologías. "Es la primera vez en la historia de la técnica que existen sistemas con el poder de mandar", sostiene.  
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El filósofo francés Eric Sadin.

 EDUARDO FEBBRO 

Eduardo-Febbro (1)Desde París. Desafiar la modernidad es un gesto reservado a muy pocos. Algunos lo hacen desde la nostalgia del pasado porque son como viudos de un tiempo ido, otros, en cambio, deslindan los engaños, desarman las narrativas y los espejismos con los cuales los sistemas someten al presente del mundo. Eric Sadin pertenece a la segunda dinastía. Este filósofo francés forma parte del muy estrecho grupo de pensadores que sustentan una reflexión crítica sobre las nuevas tecnologías. Sadin tiene un pensamiento propio, una reflexión auténtica sobre lo que está realmente en juego dentro de la tecno ideología. Sus libros son una fuente imperdible de denuncia y reflexión y no uno de esos tediosos inventarios sobre tecnología que se limitan a enumerar sin entender el fenómeno. La elegancia de Eric Sadin está, entre muchos atributos, en que sus ensayos son en tiempo real y no un posteriori crítico, un diagnóstico post morten. Sadin desliza su reflexión en el momento más excesivo de la fascinación humana por las nuevas tecnologías. Lo hizo en 2011 con el libro “La société de l’anticipation : Le Web Précognitif ou la rupture anthropologique”(La sociedad de anticipación: investigación sobre las nuevas formas de control). El libro se publicó en francés dos años antes de que se conociera el espionaje mundial orquestado por los servicios secretos norteamericanos y revelado por el ex agente de la CIA y de la NSA Edward Snowden. En 2013 publicó “La Humanidad aumentada” (Editorial Caja Negra), donde exponía cómo las capacidades cognitivas de los sistemas digitales estaban gobernando los seres y las cosas. En 2015, apareció “La Vida Algorítmica, Crítica de la razón digital”, un ensayo donde Sadin abordaba el proceso de captación y explotación de los datos digitales con el único fin de identificar correlaciones y comportamientos. En 2016, Caja Negra tradujo otro de sus libros más contundentes, La siliconización del mundo. El libro era una suerte de alegato desconstructivo de uno de los mitos más mastodónticos de la modernidad: la Silicon Valley. Allí se forjó el modelo técnico-económico dominante aceptado con una mansedumbre global espeluznante. Era, en ese momento, un contrataque feroz contra un modelo que se presentaba a si mismo como un buen operador del progreso de la condición humana, pero que, al final, como con el conjunto de las tecnologías de la información, sólo maniobraba en beneficio de intereses privados. En 2020 Caja Negra publica en las próximas semanas otro ensayo de Sadin donde el pensador francés desmonta otra gran mentira del siglo XXI: la Inteligencia Artificial. El título del ensayo declara sin rodeos sus intenciones: “La Inteligencia Artificial o el desafío del siglo. Anatomía de un antihumanismo radical” (traducción de Margarita Martínez).

Allí donde los medios baten la crema de un nuevo ser humano reparado de todas sus imperfecciones, Sadin le sigue la pista pasando del otro lado del espejo. Encuentra una impostura monumental cuyos contenidos desgrana en esta entrevista realizada en París. Se ha deslizado una tragedia global muy enriquecedora que da la razón a los análisis de Eric Sadin. La pandemia del coronavirus desarmó todas las retóricas sobre la utilidad humana de las nuevas tecnologías. No sirvieron ni para identificar el virus, ni para los pasos posteriores de la infección.

–La Inteligencia Artificial es, en los medios, poco menos que el nuevo El Dorado del horizonte humano. Sin embargo, usted ve en ella un proceso de deshumanización al mismo tiempo que un engreído discurso salvador y un trastorno mayor de los comportamientos humanos.

–Desde hace algunos años se expandió la idea de que la nueva lucha económica mundial se concentraba en la Inteligencia Artificial. Había dos ideas implícitas. La primera es que la Inteligencia Artificial era el horizonte económico ineluctable. La otra, que la IA ofrecería un montón de soluciones a muchísimos problemas individuales y colectivos. Esta idea se convirtió, entre 2015 y 2020, en la nueva doxa mundial que era preciso respaldar de forma masiva. Se produjo, en suma, una suerte de excitación colectiva a partir de la cual se estableció como una suerte de verdad probada, como un horizonte obligado. Nada puede ser menos verosímil. Son discursos entusiastas y luminosos muy alejados de la realidad. Se trata de una impostura. Desde el año 2010 estamos viviendo un cambio de estatuto. Las tecnologías digitales dejaron de ser un útil destinado a conservar, indexar o manipular la información para tener otra misión: se encargan de hacer un peritaje de lo real. Es decir que tienen por vocación revelarnos, a menudo en tiempo real, dimensiones que dependían de nuestra conciencia. Podemos recurrir al ejemplo de la aplicación Waze que se encarga de señalar el mejor recorrido para desplazarse de un lado a otro. Esa capacidad de hacer peritajes a velocidades infinitamente superiores a nuestras capacidades humanas caracteriza la Inteligencia Artificial. El sentido escondido de esto está en que la IA es como una instancia que nos dice la verdad. Y la verdad siempre reviste una función performática. Por ejemplo, la verdad religiosa enuncia dogmas e interpela a obedecerlos. La Inteligencia Artificial enuncia verdades con tal fuerza de peritaje que nos interpela a obedecerlas. Estamos entonces viviendo un momento donde las técnicas se dotan de un poder de mando. El problema radica en que nos plegamos al peritaje, nos conformamos con eso y ejecutamos las acciones correspondientes. Es la primera vez en la historia de la técnica que existen sistemas con el poder de mandar. Lo que ocurre de gravísimo es que esto tiene como objetivos responder a intereses privados u organizar a la sociedad de forma más optimizada.

–Este poder es, no obstante, apenas una etapa de ese proceso que funciona como una cadena de mando.

–Sí, el primero es el que acabo de describir: la técnica que da ordenes. Existe también el estado incitativo, que es como un primer nivel blando, digamos. Ese estado incitativo empezó a desarrollarse con la aparición de los Smartphones y las aplicaciones que nos aconsejaban sobre cosas cada vez más amplias de la realidad. Haga esto y no lo otro, vaya a este lugar que es mejor que el otro. Esto empezó con el IPhone y estaba ligado a la geolocalización. Su misión consistía en incitar a la gente a consumir. Es lícito reconocer que toda la esfera tecno industrial dio muestras de una genialidad sin igual. Inventaron constantemente nuevas cosas, forjaron discursos, supieron difundirlos y fueron y son una instancia de seducción desproporcionada. Algunos años después aparecieron los asistentes digitales virtuales, es el caso de Siri por ejemplo. Luego irrumpieron los altoparlantes conectados cuya particularidad es la de mantener una relación casi natural, intima, corpórea, con los usuarios gracias al conocimiento evolutivo de nuestros actos. Es turbador. La base de estos sistemas es el mismo: conducirnos a decidir esto o lo otro en función de la verdad enunciada. Encima, desde no hace mucho, esos sistemas hablan. La potencia de influencia de estos dispositivos es impresionante. Hablan, hacen peritajes, formulan, sugieren y dan órdenes. El grupo L’Oreal produce espejos conectados que, según el análisis de un rostro en el espejo, aconseja ponerse este producto, consumir este otro o ir a descansar a la montaña. La primera consecuencia de estas tecnologías es la mercantilización general de la vida. Esto le permite al liberalismo económico no verse confrontado por ninguna barrera y poder mercantilizar sin trabas el conocimiento de nuestros comportamientos. Casi a cada segundo y a escala planetaria, el liberalismo nos sugiere la mejor acción posible, es decir, la operación mercantil más pertinente. Vemos muy bien que el milagro de la Inteligencia Artificial no es para nosotros sino para la industria. Seguir leyendo ERIC SADIN: “LA PANDEMIA FUE COMO UNA BURLA A NUESTRA VOLUNTAD DE CONTROLAR TODO.” EDUARDO FEBBRO