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CÓMO LOGRÉ PONERLE ROSTRO A LOS ASESINOS DE GARCÍA LORCA. MIGUEL CABALLERO PÉREZ

A cambio del crimen, los asesinos recibieron 500 pesetas y ascensos

Han tenido que transcurrir nada menos que 80 años – ¡casi un siglo! – para lograr que los rostros de los asesinos de Federico García Lorca hayan sido identificados y, por fin, sus nombres sean conocidos . Un guardia civil, tres guardias de asalto, dos policías y un fascista exaltado, fueron los sicarios que acabaron con su vida. Ya se conoce cuales fueron sus biografías, que revelan que no sólo acabaron con la vida de Lorca, sino también con la de otras muchas víctimas. El autor de la investigación, Miguel Caballero, descubrió a través de un arduo su trabajo de investigación, la identidad y el rostro de los asesinos de nuestro insigne poeta.

MIGUEL CABALLERO PEREZ (*)

Desde que Gerald Brenan iniciara el camino hace ya décadas, numerosos investigadores (Penon, Vila San Juan, Couffon, Auclair, Molina Fajardo y, finalmente, Gibson) han tratado de desentrañar las claves de la muerte de García Lorca.

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MARIANO AJENJO MORENO Sargento de la Guardia de Asalto, nacido en 1883 en Huerta de Valdecarábanos, Toledo,
De todos, quien más y mejor ha documentado algunas de las incógnitas que rodean ese crimen ha sido el granadino Eduardo Molina Fajardo, quien en su libro Los últimos días de García Lorca aporta datos fundamentales sobre los postreros momentos del poeta y el lugar de su ejecución. Aparte de que nadie le negó en Granada ningún documento en razón de su posición social, Molina contó con importantes testimonios orales de personas que intervinieron en los hechos y los describieron con la confianza de contárselo a un viejo camarada de Falange Española, director del diario “Patria”.

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MANUEL MARTÍNEZ BUESO Jefe de los servicios motorizados de la columna de Nestares.
De este modo pudo recoger los relatos de varios falangistas: José María Nestares, capitán y jefe del sector militar donde se produjo el crimen; Joaquín Espigares Díaz, agricultor y panadero de Víznar, jefe de Centuria de Falange en dicha zona; Pedro Cuesta Hernández, agricultor y jefe de escuadra de Falange, que fue durante años el alcalde del pueblo granadino de Güevejar y que custodió el edificio donde el poeta paso su ultima noche y, asimismo, del masón granadino,  que  el  investigador  esconde tras las siglas A.M.de la F., detenido junto al poeta.

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SALVADOR BARO LEYVA distinguió en la desarticulación de células anarquistas con Nestares.
También colaboró  el  hijo  de  Nestares,  Fernando,  que  entrevistaría  a  un desganado y reticente Ruiz Alonso.  Una  de  las  virtudes  fidedignas  de  estas  declaraciones  es que  fueron  hechas  en  distintas épocas  y  fechas  –pues  cuando Molina Fajardo habló con los diversos  testigos,  – éstos  no  mantenían  ningún  tipo  de  relación entre  sí  y ni  se  habían  tratado entre ellos desde  el  final  de  la  Guerra  Civil–  y  que  son coincidentes  en las  circunstancias y  hechos.

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FERNANDO CORREA CARRASCO, del Cuerpo de Vigilancia
Partiendo  de ahí,  mi  investigación consistió en comprobar documentalmente los mencionados testimonios, labor que  realicé  durante varios  años,  cotejando multitud de documentos oficiales  y consultando numerosos  archivos. Así  quedó demostrado  que  las  confesiones  recogidas  por  Molina  tienen  un  alto  grado  de  verosimilitud.  y  que  sus  autores  no  mintieron  cuando  los  entrevistó.  Sin embargo, el prematuro fallecimiento del periodista dejó pendiente  la  identificación certera de  los autores  materiales  de  la muerte de García Lorca, aunque me dio las pistas necesarias, con ciertas confusiones, para poder llevarla a término. Y a este empeño he dedicado buena parte de mi labor, de la que puede servir de ejemplo el proceso que condujo a identificar al jefe del pelotón asesino: Mariano Ajenjo.

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ANTONIO BENAVIDES BENAVIDES presumía de habar matado al poeta.
Molina afirma que los ejecutores formaban parte de una escuadra destacada en el sector de Víznar, perteneciente a la 30ª compañía de  la  Guardia  de  Asalto,  con base en Granada, al mando de  un  cabo  que  identifica como Mariano Asenjo  y  natural  del pueblo  granadino  de Jun. A partir de ahí, inicié una laboriosa búsqueda, sin ningún   éxito, entre  las  personas    mayores de esa localidad que pudieran conocerle y en el cementerio. Sin embargo, tuve mejor suerte con los libros del Registro Civil y encontré la partida de su matrimonio, en 1915, con una mujer de Jun, lo que demostraba que se llamaba Mariano Ajeno Moreno y era natural del pueblo toledano de Huerta de Valdecarábanos. Conocido su verdadero y completo nombre, procedí a comprobar si había sido guardia de asalto y, tras confirmarlo con su familia, una consulta de su propio expediente personal, conservado en la Dirección Geneal de Policía, demostró inequívocamente que era el jefe del pelotón que asesinó a Lorca en la fecha en que fue fusilado el poeta, en la madrugada que va del día 16 al 17 de agosto.
antonio benavides, asesinos de lorca
ANTONIO BENAVIDES, presumía de haber sido el que mató a Lorca.
Pesquisas semejantes me llevaron a descubrir y comprobar la identidad de los restantes miembros del grupo que acabó con la vida del poeta, así como la de quienes le condujeron de Granada a Víznar y le vigilaron en sus últimas horas.

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SALVIO RODRÍGUEZ GARCÍA . Miembro de la Escuadras negras fascistas
Cabe añadir que las lápidas de los cementerios, convenientemente rastreadas, me aportaron indicios clave para poner rostro y seguir la peripecia, tras la Guerra Civil, de los asesinos de Lorca y de otras tantas personas inocentes que reposan forzosamente en las fosas de Víznar y Alfacar.
Asimismo, conservo un listado oficial bastante completo de los participantes en aquellas matanzas selectivas, ocurridas entre julio y diciembre de 1936, período álgido por el número de  asesinatos. Los verdugos, unos voluntarios y otros forzados, recibieron un premio en metálico de 500 pesetas y un ascenso en el escalafón del cuerpo de la Guardia de Asalto y Seguridad, posteriormente conocida como  Policía Armada y de Tráfico.

(*) MIGUEL CABALLERO PÉREZ,  es autor  del libro Las trece últimas horas en la vida de García Lorca, Madrid, editorial La Esfera.

Fuente: CANARIAS SEMANAL

MÁS VIVO QUE LA VIDA. MADELEINE SAUTIÉ

Madeleine Sautié

MADELEINE SAUTIÉ

Quienes resuelvan cerrar los ojos para no ver las atrocidades que contra la humanidad cobran fuerza en el escenario internacional contemporáneo, no aliviarán con su evasión dolor alguno. Incluso cuando no los tocan directamente, un derrumbe irreparable tiene lugar en el sentir colectivo de los que sufren hoy, que no son pocos.

Cuando el poeta Félix Pita Rodríguez (1909-1990) escribió décadas atrás los versos que siguen, tal vez abrigó la esperanza de que, para su futuro (el presente nuestro) los tentáculos del fascismo serían un mal recuerdo, cementado por la fuerza del bien, para siempre:  Son ellos, son los mismos de ayer, / los de Oswiecim, de Buchenwald, de Lídice, / de Teresin, de Maidaneck,/  son ellos, / son los mismos de ayer.  Tienen registros de la muerte / inventarios de muerte / catálogos de muerte y almacenes / depósitos de muerte / El hueso, las cenizas, los tizones los residuos quemados son sus trofeos / son sus estandartes.

La realidad nos conmina a aceptar que mucho les queda por hacer a los pueblos para que esa doctrina monstruosa no siga imponiéndose otras veces, para que ellos –los que atropellan, ametrallan, desestabilizan países, e incineran las aspiraciones de vivir felices en la «pobre y contaminada nave azul» que habitamos– no puedan seguir provocando pesadillas eternas en nombre del poder.

EL POETA (EN ESPAÑA, EN NUEVA YORK, EN CUBA…)

Hubo una vez en España un poeta que nació el 5 de junio de 1898, hace 120 años. La dulzura del campo, el susurro acompasado de la naturaleza, la generosidad familiar y del entorno de Fuente Vaqueros sembraron en su niñez la sensibilidad para admirar a Beethoven, Chopin y Debussy. Tuvo por amigos en su juventud a figuras como el pintor Salvador Dalí, el cineasta Luis Buñuel y los poetas Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez.

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El poeta y dramaturgo español Federico García Lorca. Foto: Archivo

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POÉTICA. DE VIVA VOZ A G(erardo) D(iego). FEDERICO GARCÍA LORCA

LORCA 1

FEDERICO GARCÍA LORCA

Pero ¿qué voy a decir yo de la Poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle, y nada más. Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la Poesía.

Aquí está; mira. Yo tengo el fuego en mis manos. Yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente, pero no puedo hablar de él sin literatura. Yo comprendo todas las poéticas; podría hablar de ellas si no cambiara de opinión cada cinco minutos. No sé. Puede que algún día me guste la poesía mala muchísimo, como me gusta (nos gusta) hoy la música mala con locura. Quemaré el Partenón por la noche, para empezar a levantarlo por la mañana y no terminarlo nunca.

En mis conferencias he hablado a veces de la Poesía, pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios, o del demonio, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.

FEDERICO, EL POETA QUE REVERDECE. MADELEINE SAUTIÉ

Federico García Lorca. Foto: Tomada de cervantes.es
MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA

MADELEINE SAUTIE.jpgPara decirlo de manera poética, el crimen fue en Granada. Con esa aseveración nombraría Antonio Machado el poema que escribió al saber asesinado a una de las más altas voces de la poesía y el teatro de todos los tiempos en lengua hispana.

Se le vio, caminando entre fusiles / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas, de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos /no osó mirarle a la cara. / Todos cerraron los ojos; / rezaron: ¡ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico / —sangre en la frente y plomo en las entrañas—. /… Que fue en Granada el crimen /sabed — ¡pobre Granada!—, ¡en su Granada!…

En la misma tierra que lo vio nacer un 5 de junio de 1898 dejó de existir, con solo 38 años, hace 81 años, el poeta español Federico García Lorca, cuya vida arrebató el fascismo sin más razones que su odio monstruoso a aquellos que marcan la diferencia cuando se disponen a hacer el bien y a tomar partido cuando el mundo se pinta como una larga estera de injusticias.

Una sacudida vehemente e intelectual, con nombres y apellidos de proyectos entre los que se encontraban giras con grupos teatrales, lecturas y creación de poesía y teatro del bueno, conferencias impartidas en disímiles escenarios e impulsos vigorosos marcaron los últimos años del autor de La casa de Bernarda Alba cuando se suponía que el azar deslizara la alfombra para el paso de un hombre que sabía hacia dónde iba.

Los primeros se remontan al campo en Fuente Vaqueros. Con 11 años cumplidos la familia se mudará a la ciudad de Granada, la que será escenario perfecto para que la sensibilidad adolescente de Federico halle trigo con que cebar su famélico apetito artístico, que tuvo sus primicias en la música, al fascinarse con Beethoven, Chopin y Debussy, por solo dar fe de algunos. Matricula en la Universidad de Granada Filosofía y Letras y Derecho.  Seguir leyendo FEDERICO, EL POETA QUE REVERDECE. MADELEINE SAUTIÉ

DE “POETA EN NUEVA YORK”, TRES POEMAS. FEDERICO GARCÍA LORCA

LORCA 5

VUELTA DE PASEO

Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!

1910

(INTERMEDIO)

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.

Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.

Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.

No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

Nueva York, agosto 1929

IGLESIA ABANDONADA
(BALADA DE LA GRAN GUERRA)

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Lo vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levante la mula y el buey con sus fuertes brazos
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el siglo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo rompere el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo. porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su híjo!

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