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MÁS VIVO QUE LA VIDA. MADELEINE SAUTIÉ

Madeleine Sautié

MADELEINE SAUTIÉ

Quienes resuelvan cerrar los ojos para no ver las atrocidades que contra la humanidad cobran fuerza en el escenario internacional contemporáneo, no aliviarán con su evasión dolor alguno. Incluso cuando no los tocan directamente, un derrumbe irreparable tiene lugar en el sentir colectivo de los que sufren hoy, que no son pocos.

Cuando el poeta Félix Pita Rodríguez (1909-1990) escribió décadas atrás los versos que siguen, tal vez abrigó la esperanza de que, para su futuro (el presente nuestro) los tentáculos del fascismo serían un mal recuerdo, cementado por la fuerza del bien, para siempre:  Son ellos, son los mismos de ayer, / los de Oswiecim, de Buchenwald, de Lídice, / de Teresin, de Maidaneck,/  son ellos, / son los mismos de ayer.  Tienen registros de la muerte / inventarios de muerte / catálogos de muerte y almacenes / depósitos de muerte / El hueso, las cenizas, los tizones los residuos quemados son sus trofeos / son sus estandartes.

La realidad nos conmina a aceptar que mucho les queda por hacer a los pueblos para que esa doctrina monstruosa no siga imponiéndose otras veces, para que ellos –los que atropellan, ametrallan, desestabilizan países, e incineran las aspiraciones de vivir felices en la «pobre y contaminada nave azul» que habitamos– no puedan seguir provocando pesadillas eternas en nombre del poder.

EL POETA (EN ESPAÑA, EN NUEVA YORK, EN CUBA…)

Hubo una vez en España un poeta que nació el 5 de junio de 1898, hace 120 años. La dulzura del campo, el susurro acompasado de la naturaleza, la generosidad familiar y del entorno de Fuente Vaqueros sembraron en su niñez la sensibilidad para admirar a Beethoven, Chopin y Debussy. Tuvo por amigos en su juventud a figuras como el pintor Salvador Dalí, el cineasta Luis Buñuel y los poetas Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez.

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El poeta y dramaturgo español Federico García Lorca. Foto: Archivo

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POÉTICA. DE VIVA VOZ A G(erardo) D(iego). FEDERICO GARCÍA LORCA

LORCA 1

FEDERICO GARCÍA LORCA

Pero ¿qué voy a decir yo de la Poesía? ¿Qué voy a decir de esas nubes, de ese cielo? Mirar, mirar, mirarlas, mirarle, y nada más. Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la Poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores. Pero ni tú ni yo ni ningún poeta sabemos lo que es la Poesía.

Aquí está; mira. Yo tengo el fuego en mis manos. Yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente, pero no puedo hablar de él sin literatura. Yo comprendo todas las poéticas; podría hablar de ellas si no cambiara de opinión cada cinco minutos. No sé. Puede que algún día me guste la poesía mala muchísimo, como me gusta (nos gusta) hoy la música mala con locura. Quemaré el Partenón por la noche, para empezar a levantarlo por la mañana y no terminarlo nunca.

En mis conferencias he hablado a veces de la Poesía, pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago. Al contrario, si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios, o del demonio, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.

FEDERICO, EL POETA QUE REVERDECE. MADELEINE SAUTIÉ

Federico García Lorca. Foto: Tomada de cervantes.es
MADELEINE SAUTIÉ / GRANMA

MADELEINE SAUTIE.jpgPara decirlo de manera poética, el crimen fue en Granada. Con esa aseveración nombraría Antonio Machado el poema que escribió al saber asesinado a una de las más altas voces de la poesía y el teatro de todos los tiempos en lengua hispana.

Se le vio, caminando entre fusiles / por una calle larga, / salir al campo frío, / aún con estrellas, de la madrugada. / Mataron a Federico / cuando la luz asomaba. / El pelotón de verdugos /no osó mirarle a la cara. / Todos cerraron los ojos; / rezaron: ¡ni Dios te salva! / Muerto cayó Federico / —sangre en la frente y plomo en las entrañas—. /… Que fue en Granada el crimen /sabed — ¡pobre Granada!—, ¡en su Granada!…

En la misma tierra que lo vio nacer un 5 de junio de 1898 dejó de existir, con solo 38 años, hace 81 años, el poeta español Federico García Lorca, cuya vida arrebató el fascismo sin más razones que su odio monstruoso a aquellos que marcan la diferencia cuando se disponen a hacer el bien y a tomar partido cuando el mundo se pinta como una larga estera de injusticias.

Una sacudida vehemente e intelectual, con nombres y apellidos de proyectos entre los que se encontraban giras con grupos teatrales, lecturas y creación de poesía y teatro del bueno, conferencias impartidas en disímiles escenarios e impulsos vigorosos marcaron los últimos años del autor de La casa de Bernarda Alba cuando se suponía que el azar deslizara la alfombra para el paso de un hombre que sabía hacia dónde iba.

Los primeros se remontan al campo en Fuente Vaqueros. Con 11 años cumplidos la familia se mudará a la ciudad de Granada, la que será escenario perfecto para que la sensibilidad adolescente de Federico halle trigo con que cebar su famélico apetito artístico, que tuvo sus primicias en la música, al fascinarse con Beethoven, Chopin y Debussy, por solo dar fe de algunos. Matricula en la Universidad de Granada Filosofía y Letras y Derecho.  Seguir leyendo FEDERICO, EL POETA QUE REVERDECE. MADELEINE SAUTIÉ

DE “POETA EN NUEVA YORK”, TRES POEMAS. FEDERICO GARCÍA LORCA

LORCA 5

VUELTA DE PASEO

Asesinado por el cielo,
entre las formas que van hacia la sierpe
y las formas que buscan el cristal,
dejaré crecer mis cabellos.

Con el árbol de muñones que no canta
y el niño con el blanco rostro de huevo.

Con los animalitos de cabeza rota
y el agua harapienta de los pies secos.

Con todo lo que tiene cansancio sordomudo
y mariposa ahogada en el tintero.

Tropezando con mi rostro distinto de cada día.
¡Asesinado por el cielo!

1910

(INTERMEDIO)

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
vieron la blanca pared donde orinaban las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba por los rincones
los pedazos de limón seco bajo el negro duro de las botellas.

Aquellos ojos míos en el cuello de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa dormida,
en los tejados del amor, con gemidos y frescas manos,
en un jardín donde los gatos se comían a las ranas.

Desván donde el polvo viejo congrega estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.

No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!

Nueva York, agosto 1929

IGLESIA ABANDONADA
(BALADA DE LA GRAN GUERRA)

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Lo vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levante la mula y el buey con sus fuertes brazos
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el siglo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por el tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo rompere el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo. porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su híjo!

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