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MACONDO. GRAZIELLA POGOLOTTI

RICOS Y POBRES 3

GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZKIELLA 2Desde su aparición, Cien años de soledad obtuvo un éxito sensacional y alcanzó una notable diversidad de públicos. Nacido de las vivencias de la primera infancia de Gabriel García Márquez, Macondo devino un no lugar mítico en la representación metafórica del subdesarrollo, de un vivir en el estancamiento progresivo, en la desmemoria y en el desamparo por falta de conciencia de un destino propio, de un sentido de la vida. Progresivamente, los Buendía se iban hundiendo en el pantano. El  subdesarrollo es la resultante concreta del colonialismo y del neocolonialismo.

En procura de riquezas, Marco Polo emprendió una extraordinaria aventura que lo llevó a los confines del Oriente, los portugueses bordearon el África y Cristóbal Colón desembarcó en América impulsado por la codicia del oro que animaba a sus patrocinadores. Por medio de la violencia, sus seguidores, hipnotizados por la leyenda de El Dorado, se impusieron sobre las culturas autóctonas del continente, asentadas en el respeto por la Madre Tierra. Empezó el gran despojo de los metales preciosos que  impulsarían el desarrollo del capitalismo. En intercambio  desigual, las flotas se llevaban los miríficos bienes y las materias primas producidas por mano de obra esclava, y distribuían las mercancías más elaboradas para satisfacer los nuevos hábitos de consumo. La Colonia había sentado las bases del subdesarrollo.

Durante casi dos siglos, los pueblos lucharon por su independencia, desde los albores del XIX, hasta bien avanzado el siguiente, con las batallas de Argelia, de Vietnam y de buena parte del África subsahariana. Sin embargo, se habían elaborado nuevas formas de dominación. Cuba fue, al parecer, el primer experimento neocolonial. A la Enmienda Platt, que establecía prerrogativas de intervención directa en los asuntos internos de la Isla, se añadió el Tratado de Reciprocidad que aherrojaba la economía a Estados Unidos, principal importador de azúcar crudo con destino a sus refinerías, y aseguraba ventajas arancelarias para la exportación de mercancías desde el vecino del Norte y colocaba en desventaja a los competidores tradicionales. Llegados en ferris, junto al puerto de La Habana se estacionaban vagones de ferrocarril procedentes de lugares tan distantes como Portland, Oregón. Cargaban cemento y alimentos de todo tipo. En la zona colindante, se almacenaban las papas y cebollas que, por los efectos del clima, despedían un olor agrio. De esa manera, se desestimulaba la diversificación de la producción nacional, mientras se cerraba el paso al crecimiento de una industria propia. En tales circunstancias, tras la vitrina engañosa de la cara de algunas ciudades, se abría la brecha creciente de la pobreza en su entorno y la miseria infinita de las zonas rurales. Bajo el barniz cosmopolita de una élite reducidísima, se escondían el analfabetismo y el bajísimo nivel de escolarización.

Fidel comprendió que el subdesarrollo expresaba, de manera tangible, el legado neocolonial. Anidaba en el centro del reclamo profundo de una transformación revolucionaria. Sus efectos se cernían sobre gran parte del planeta. Los cubanos tenían que conocer la realidad profunda de su propio país. El 26 de julio de 1959, medio millón de campesinos conmemoraba en la capital el aniversario del asalto al cuartel Moncada. Fueron acogidos en casas de vecinos solidarios y en espacios públicos acondicionados al efecto. Muchos no habían visto el mar. Buena parte de ellos no sabía prender la luz eléctrica. Los jóvenes mostraban rostros sin edad, presa de toda clase de enfermedades curables. El impacto fue estremecedor. Pero el subdesarrollo tarda mucho en cicatrizar. Años más tarde, realizadas ya la Campaña de Alfabetización y la Reforma Universitaria, extendida la atención médica a zonas remotas, enviados los cines móviles a lugares donde nadie hubiera visto antes un filme, por iniciativa de Fidel, estudiantes y profesores marcharon a distintos puntos para llevar a cabo tareas de desarrollo social. Más que a enseñar, iban a aprender. Encontraron en todas partes rastros de aquella monstruosa deformación estructural.

Ahítos de tanta guerra sanguinaria, los pueblos aspiraron a crear un sistema jurídico que garantizara el respeto a la autodeterminación y a la no injerencia en el actuar de los Estados soberanos. Como lo había intentado antes la Liga de las Naciones, la ONU nació como un espacio de entendimiento entre los países con igualdad de derechos al margen de su dimensión y de su poderío económico-militar. Allí acudieron los que recién habían conquistado gobierno propio. El imperio no pudo resignarse a la pérdida de sus antiguos dominios. Abandonó el patrón oro y, sin esa garantía, hizo del dólar la divisa para el comercio mundial. Abandonó las regulaciones que pretendían controlar la hipertrofia de los monopolios. Las corporaciones se transnacionalizaron, prescindieron de intermediarios y se hicieron cargo de los mandos políticos. Las concepciones neoliberales se convirtieron en doctrina y en ideología. Asociado con frecuencia a la noción de modernidad, su vocabulario se va naturalizando en todas partes.

En la ofensiva neocolonial, el imperio se arroga la potestad de determinar la legitimidad de la línea política de las naciones, de certificar la buena conducta mientras instaura nuevas formas de violencia. La amenaza de la guerra bordea simultáneamente en varias zonas del planeta. Las represalias económicas violatorias de la libertad de comercio con sus implicaciones extraterritoriales se multiplican, a todo lo cual se añaden sofisticadas formas de manipulación de las conciencias. El contrataque se vuelve no solo contra los movimientos revolucionarios. Incluye también las medidas reformistas que no pretenden subvertir las bases del sistema. Mientras esto sucede, la depredación de la Tierra se acelera.

De ahí que la salvación del planeta, la lucha contra el subdesarrollo y la defensa de un sistema de valores solidarios se encuentren estrechamente mancomunados.

GRACIAS POR PENSAR COMO PAÍS. MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ

DÍAZ-CANEL BANDERAS

MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ*

El 30 de septiembre, tal como se informó previamente, cerró la recepción de mensajes sobre qué significa “Pensar como país”, iniciada el 26 de agosto.
El sitio (www.presidencia.cu) y el de Cubadebate (www.cubadebate.cu) publicaron hasta el cierre, 1210 mensajes en sus páginas principales y otras, incontables, en redes sociales.
A propósito de lo publicado, el Presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez ha escrito el siguiente mensaje a los participantes:

DÍAZ-CANEL 8

Queridos compatriotas:

Como comentaba en un tuit reciente, resulta impresionante la respuesta recibida a nuestra invitación a “Pensar como país”. No tanto por la cantidad, que no podía ser mayor en tan corto tiempo y en las condiciones que vive la nación en las últimas semanas, sino por la calidad del contenido.

Prácticamente todos los textos recibidos transmiten entusiasmo, responsabilidad ciudadana y compromiso. Emocionan por la sinceridad al abordar nuestros problemas y por la manera en que la crítica se vuelve en muchos casos autocrítica y casi siempre se traduce en propuestas.

Quienes hayan revisado detalladamente los mensajes, advertirán una clara sintonía entre lo que el Gobierno se ha propuesto hacer y lo que la ciudadanía demanda. El país que queremos es el mismo.

No es obra de la casualidad. Es el fruto de años de debates y búsquedas de los caminos más firmes para que transite nuestro socialismo, en consulta con el pueblo. Las discusiones sobre la Constitución y sobre los modos más proactivos de enfrentar el cerco externo y las trabas internas, han aportado mucho a esa sintonía, que es parte de nuestra historia revolucionaria.

Habría resultado sencillo y fácil implementar las políticas de ajuste con las que el neoliberalismo creó un bienestar deslumbrante para las minorías latinoamericanas, mientras enterraba en la miseria a tantos pueblos de nuestra región desde los ya lejanos años 90 del siglo pasado.

Cuba eligió preservar la mayor cuota de justicia y solidaridad social posible. Y hemos tenido que pagar un altísimo precio: el bloqueo se ha recrudecido hasta niveles insólitos. Genocidio es la palabra exacta para calificarlo. Y nadie puede negar que sólo gracias a la historia, a la unidad y al socialismo, no han podido destruirnos.

Creemos firmemente en las enormes potencialidades del trabajo colectivo y en las experiencias que todos los ciudadanos pueden aportar.

Intercambiar criterios, conectar propuestas diversas, que son fruto del estudio y fundamentalmente de la práctica, ayudan a iluminar el camino. El desarrollo, la prosperidad, el bienestar que espera y merece nuestro pueblo, no pueden instalarse por decreto. Entre propósitos y conquistas median las circunstancias.

Nuestro mayor interés y esfuerzo se consagra a diferenciar las que realmente dependen de factores externos. Y no sólo el bloqueo, aunque sobre todo el bloqueo: económico, financiero y comercial -así con sus tres apellidos, que equivalen a tres cercos- sino también las injustas relaciones que la tiranía del mercado impone a todos los países de menos recursos.

Los otros obstáculos, los que dependen de nosotros mismos, están generalmente identificados y nombrados con todas sus letras en los documentos que guían el trabajo del Partido y el Gobierno. Y los mensajes de ustedes los han diseccionado con la proverbial sabiduría popular cubana.

Pero no sobra insistir una y otra vez sobre ellos, porque también es preciso reflexionar sobre la cuota que cada uno de nosotros tiene en esas dañinas circunstancias que hemos contribuido a crear.

Hemos leído cada mensaje con el mayor interés. Y nos satisface comprobar que mucho de lo que ya está implementándose o se busca transformar desde el Gobierno, va justamente por las vías que en sus escritos nos proponen muchos de ustedes.

Ya podrá verse que “Pensar como país” es mucho más que una consigna para tiempos arduos. Es un ejercicio de Gobierno colectivo del que todos pueden ser parte.

Decía Fidel que “Cuando la patria se enfrenta al imperio en un gesto sin precedente y sin paralelo, cuando se ha convertido en la primera trinchera de la defensa de América, cuando la patria es lo que quiso hacer Martí, es un verdadero privilegio ser cubano”.

De esa certeza nació nuestro llamado a “Pensar como país”. Gracias por la energía, la confianza y las propuestas.

Venceremos,

*Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba.

PENSANDO COMO PAÍS SIN MIEDO A LA COYUNTURA. MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ

DÍAZ CANEL 2

MIGUEL DÍAZ-CANEL BERMÚDEZ

“Los hombres van en dos bandos: los que aman y fundan, los que odian y deshacen. Y la pelea del mundo viene a ser la de la dualidad hindú: bien contra mal”.

¿Quién no ha recordado esa frase de Martí en estos días desafiantes en que el adversario aprieta el cerco con renovadas esperanzas de rendirnos y lo mejor de Cuba se levanta para enfrentarlo, mientras otros trafican con el malestar y las carencias?

Los primeros, perceptible y poderosa mayoría, elevan la autoestima nacional y energizan más que cien barcos de combustible.

Los he visto en nuestros recorridos por el país. Hombres y mujeres, jóvenes, niños o ancianos, que siguen las noticias, analizan contextos, condenan el abuso y ofrecen sus ideas, esfuerzos y hasta chistes, para enfrentar el indiscutible mal rato que la nueva vuelta de tuerca del imperio prepotente y abusador nos impone.

Ellos están en el bando de los que aman y fundan. Pesando en ellos hemos convocado a pensar como país, con la convicción de que es inagotable la fuente de la inteligencia colectiva.

Hemos convocado a pensar distinto, a ser proactivos, a distinguir las potencialidades del tiempo que vivimos, cualitativamente diferentes, como también lo son los seres humanos, en comparación con otras etapas, no solo porque han pasado los años, sino porque en su transcurso se transformaron el mundo, el país y los cubanos con ellos.

Cuando llamamos a rescatar experiencias de los años más difíciles, a desempolvar prácticas de ahorro y eficiencia del Periodo Especial, lo hacemos pensando en todo lo que entonces aportó la inteligencia colectiva y que erróneamente desechamos en cuanto pasó el peor momento.

Estamos convencidos de que esa búsqueda tiene que tomar en cuenta los nuevos contextos, los avances tecnológicos, los aportes del conocimiento en unos de los periodos más dinámicos de la civilización humana, y no solo en cuanto a lo que hemos avanzado como especie, también en cuanto a lo que hemos perdido bajo el empuje consumista y depredador del sistema capitalista.

No le tememos a las palabras, como no le tememos al desafío. Todo cambia, excepto los principios. En primerísimo lugar la decisión de preservar la soberanía y la independencia nacional y de defender el socialismo, la justicia social, la solidaridad y el internacionalismo al que debemos nuestra propia existencia como nación.

Algo más no cambia: la obsesión del imperio por castigar “el mal ejemplo de Cuba”.

Quizás por eso algunos han cuestionado el término coyuntural con el que hemos descrito la situación energética. En las inciertas condiciones en que opera el mercado internacional de los combustibles y bajo la enfermiza persecución financiera del bloqueo que padece Cuba, lo coyuntural puede sugerir optimismo excesivo, pero no fijar límites a esa situación habría sido innecesariamente pesimista e irresponsable.

Lo que no podíamos hacer de ninguna manera era callar frente a un escenario impuesto por una escalada en la hostilidad del imperio hacia Cuba por nuestra solidaridad con Venezuela.

Lo que debíamos y podíamos hacer era informar de modo amplio y transparente, nuestro plan contra el plan del enemigo. Un Gobierno serio y responsable tiene ese deber con su pueblo.

La situación se ha ido remontando hasta hoy sin tener que recurrir a los apagones. El bando de los que aman y construyen lo ha hecho posible.

En el bando contrario, los del odio tratan de deshacer lo que hacemos, llenos de rabia ante la respuesta popular claman porque los barcos no lleguen, porque las luces se apaguen, porque el cerco se cierre, porque la Cuba independiente y digna se rinda o se muera. Se alegran de cada nueva medida dirigida a reforzar el Bloqueo. Sueñan con la invasión a Cuba.

Como el Caín bíblico, hay quienes escriben, hablan y hasta chillan en las redes sociales, por unas monedas del millonario botín destinado a la subversión contra Cuba. Cada minuto de nuestra resistencia les permite venderse.

No hay peor precio que capitular frente al enemigo que sin razón, ni derecho, te agrede, escribió Fidel (1) . ¡Qué vigente su frase! Tanto como la de Almeida, con la que arrancamos y sostenemos esta pelea. Coyuntural o permanente el ataque: “Aquí no se rinde nadie…” La última palabra la pone el pueblo.

(1) Fidel Castro: “Triunfarán las ideas justas o triunfará el desastre” 31/08/2014. Cubadebate

Fuente: SITIO WEB DE LA PRESIDENCIA

UN MINUTO DE POESÍA POR LA PAZ. MIGUEL BARNET

Ser poeta es encarar responsabilidades éticas y un compromiso con la cultura de resistencia que nos caracteriza y la cultura de paz que defendemos

GUERNICA, DE PICASSO
Guernica, de Pablo Picasso

MIGUEL BARNET

Un minuto de poesía vale más que todas las armas del mundo. Un verso firme, poderoso, evocador, tiene la capacidad, si no de desarmar a los enemigos de la paz, al menos de alentar la esperanza en un  mundo cada vez más peligroso para la especie humana.

Hablo no solo de la poesía escrita o cantada, sino  de todo  acto de creación, de pensamiento original, de comunicación espiritual entre los hombres, de signo contrario a esa realidad que se nos quiere imponer desde la pesadilla hegemónica imperial.

Todos los días nos llegan noticias aterradoras. La actual administración norteamericana dice haber sometido a revisión –palabra engañosa, pues de lo que se trata es de regresión- la doctrina nuclear. Rompe acuerdos con Rusia e Irán, y no deja de calentar el ambiente bélico en la península coreana.

Ha vuelto a dar pasos para reanimar la Guerra de las Galaxias. El ocupante de la Casa  Blanca ordenó al Pentágono comenzar el proceso para la creación de  la fuerza espacial que sería la sexta división de las fuerzas armadas. «Cuando se trata de defender a Estados Unidos –ha dicho el Presidente de esa nación- no basta con nuestra presencia en el espacio, tiene que haber un dominio estadounidense del espacio». Otra palabra engañosa aparece en el discurso: en lugar de defender, debe leerse agredir o someter.

Con sus declaraciones, tuitazos, desplantes, arranques histriónicos y un inveterado desprecio hacia países y personas, el presidente Donald Trump se presenta como el enemigo número uno de la paz en el planeta. Algunos llegan a hablar de él como un enfermo mental. Una psiquiatra lo diagnosticó como un narcisista paranoico.  El general retirado  Barry McCaffrey habló abiertamente para el diario The Washington Post sobre el estado mental del presidente Trump: «Creo que el presidente está empezando a tambalearse en su estabilidad emocional y esto no va a terminar bien. El juicio de Trump es fundamentalmente defectuoso, y cuanto más presión ejercen sobre él y más aislado se vuelve, creo su capacidad para hacer daño va a aumentar».

Puede que la psiquiatra y el militar tengan razón. Son  muchos los que afirman que las riendas de Estados Unidos están en manos peligrosas. Sin negar mérito a tal percepción, prefiero mirar más a fondo, pues las decisiones políticas en ese país responden a intereses corporativos muy poderosos.

Es el caso de las ganancias que obtienen por su participación en la carrera armamentista empresas como Boeing, Lockheed Martin, Northrop Grumman Innovation Systems, Raytheon y Aerojet Rocketdyne. O la participación en el desarrollo de tecnología digital en función de los intereses bélicos por parte de las empresas de Silicon Valley.

Recordemos que para el año fiscal 2020 el presupuesto militar de Estados Unidos asciende a 738 000 millones de dólares. ¿A dónde va a parar ese dinero? ¿Quiénes se benefician con esa suma delirante?

Nosotros, los cubanos que hemos decidido tomar las  riendas de nuestro destino, somos los villanos. Históricamente ha existido un gran diferendo entre Estados Unidos y Cuba, una relación difícil, de mucha tensión. El bloqueo norteamericano contra la isla se mantiene y recrudece, de modo que la distensión que hubo durante el periodo presidencial de Barack Obama se revirtió y todo se vino abajo como un castillo de naipes.

La administración de Trump resucita legislaciones que no tienen vigencia, pero las vuelve a poner en acción, como el Título III de la Ley Helms-Burton, algo absurdo e ilegal y, además, criminal. No tiene sentido ninguno que después de 60 años, Washington pida que se le entreguen compañías, propiedades, casas, que no podamos hacer negociaciones con empresas norteamericanas. Es una pena porque Estados Unidos es un país con una gran cultura, nosotros le debemos mucho a esa cultura y ellos nos deben a nosotros mucho, desde la música, la literatura, las artes plásticas. Por la cercanía, deberíamos vivir como países hermanos, pero no quieren dar su brazo a torcer, piensan que son los dueños del mundo, los gendarmes del mundo, los policías del mundo, y les irrita que la Venezuela  bolivariana siga ahí, enhiesta, y que la Revolución cubana avance, y no dejemos de ser martianos, socialistas y fidelistas.

Estas convicciones las expresó de modo muy meridiano el Presidente Miguel Díaz-Canel en el acto por el aniversario 66 del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Allí dijo: «Nos quieren cortar la luz, el agua y hasta el aire para arrancarnos concesiones políticas. No se esconden para hacerlo. Declaran públicamente los fondos destinados a la subversión dentro de Cuba, inventan pretextos falsos e hipócritas para reincorporarnos a sus listas espurias y justificar el recrudecimiento del bloqueo. En el colmo del cinismo, apelan al chantaje. Ignorantes de la historia y los principios de la política exterior de la Revolución Cubana nos proponen negociar una posible reconciliación a cambio de que abandonemos el curso escogido y defendido por nuestro pueblo, ahora como antes.  Nos sugieren traicionar a los amigos, echar al cesto de la basura 60 años de dignidad. (…) Cuba, que conoce las distancias éticas y políticas entre esta administración estadounidense y los más nobles ciudadanos de ese país, no ha renunciado a su declarada voluntad de construir una relación civilizada con Estados Unidos, pero tiene que basarse en el respeto mutuo a nuestras profundas diferencias. Cualquier propuesta que se aparte del respeto entre iguales, ¡no nos interesa!».

¿Qué contribución se espera de los artistas e intelectuales en estas batallas por la dignidad y el triunfo de la sensatez? Seguir leyendo UN MINUTO DE POESÍA POR LA PAZ. MIGUEL BARNET

LA ROSA QUE HO CHI MINH REGALÓ A UNA CUBANA

A sus 21 años, Ivonne Suárez Roche se convirtió en la primera cubana que estudió el idioma vietnamita. Durante un largo período fue también la única en hablarlo en la Isla, además de la única extranjera traductora del Tío Ho
La rosa que Ho Chi Minh  regaló a una cubana
En la visita y el intercambio con el tío Ho este dio muestras de cariño por la Revolución Cubana y su líder. Foto: Cortesía de la entrevistada 

«Por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre».

                                                                                                                   Fidel

RECORRÍA un jardín muy lindo junto a Ho Chi Minh, después de visitar parte de la casa del líder vietnamita, cuando este le dijo: «si le gusta una de esas rosas cójala… Fue a arrancarla enseguida, pero en un tono muy dulce este la requirió: «las flores no se arrancan así, pues sino después no nacen…» Entonces el Tío Ho buscó la tijera que tenía cerca, cortó la flor y se la entregó.

El anterior está entre los muchos recuerdos que la cubana Ivonne Suárez Roche guarda de la «Tierra de los anamitas», y que ha conservado como tesoros durante toda su vida. Hasta la fecha en que aquella rosa llegó a sus manos, el domingo 22 de enero de 1967, le quedó marcada para siempre.

  La joven que entonces tenía 21 años es ahora una mujer de 76 que comienza a buscar en dos grandes álbumes, ya amarillentos por el paso del tiempo, pero muy bien conservados y con inscripciones vietnamitas, el sitio donde está disecada la rosa. Al verla me dice: «Todavía se conserva muy bien. Es algo que guardo con mucho amor».

—¿Cómo llegó usted a ser traductora de Ho Chi Minh?

—Fue a solicitud de nuestro embajador por aquella fecha —Julio García Olivera— para facilitar el diálogo durante una visita de una delegación encabezada por Santiago Álvarez, el documentalista, quien visitó aquel país interesado en crear una de sus obras.

«Cuando Ho Chi Minh nos recibió creyó que yo era la hija del embajador. Entonces me abrazó y le preguntó a Julio: ¿esta es su hija?…. Él le respondió que no, que yo hablaba vietnamita. Y seguía insistiendo: «ay, su hija habla vietnamita, qué linda… Le aclaré nuevamente que yo era la traductora, el respondió: «¿entonces nos va a traducir?, y le dijo a su traductor que no era necesario que estuviera, que yo lo iba a hacer.

«Imagina, el traductor no sabía qué hacer, pero al final me quedé yo. A ningún Jefe de Estado le traduce un extranjero, siempre es alguien de su país».  Seguir leyendo LA ROSA QUE HO CHI MINH REGALÓ A UNA CUBANA

LA PERMANENTE ENSEÑANZA DE FIDEL ES QUE SÍ SE PUEDE. RAÚL CASTRO RUZ

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Foto: Estudios Revolución

Discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en el acto político en homenaje póstumo al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Casto Ruz, en la Plaza Mayor General Antonio Maceo Grajales, de Santiago de Cuba, el 3 de diciembre de 2016, “Año 58 de la Revolución”. 

Estimados Jefes de Estado y de Gobierno;

Destacadas personalidades que nos acompañan;

Compatriotas que se encuentran hoy aquí en representación de las provincias orientales y el Camagüey;

Santiagueras y santiagueros;

Querido pueblo de Cuba:

En la tarde de hoy, tras su arribo a esta heroica ciudad, el cortejo fúnebre con las cenizas de Fidel, que reeditó en sentido inverso la Caravana de la Libertad de enero de 1959, realizó un recorrido por sitios emblemáticos de Santiago de Cuba, cuna de la Revolución, donde, al igual que en el resto del país, recibió el testimonio de amor de los cubanos.

Mañana sus cenizas serán depositadas en una sencilla ceremonia en el Cementerio de Santa Ifigenia, muy cerca del mausoleo del Héroe Nacional José Martí; de sus compañeros de lucha en el Moncada, el Granma y el Ejército Rebelde; de la clandestinidad y las misiones internacionalistas.

A pocos pasos se encuentran las tumbas de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y de la legendaria Mariana Grajales, madre de los Maceo, y me atrevo a improvisar en este acto, que también madre de todos los cubanos y cubanas. Cercano también está el panteón con los restos del inolvidable Frank País García, joven santiaguero, asesinado por esbirros de la tiranía batistiana con apenas 22 años, un mes después de que cayera combatiendo en una acción en esta ciudad su pequeño hermano Josué. La edad de Frank no le impidió acumular una ejemplar trayectoria de combate contra la dictadura, en la que se destacó como jefe del levantamiento armado de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1956, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del Granma, así como la organización del decisivo envío de armamento y combatientes al naciente Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.  Seguir leyendo LA PERMANENTE ENSEÑANZA DE FIDEL ES QUE SÍ SE PUEDE. RAÚL CASTRO RUZ

FIDEL: EL HOMBRE QUE NOS ILUMINA. MIGUEL BARNET

PUEBLO BUENO. NELSON P. VALDÉS

fidel-4Nacemos, crecemos, vivimos. Esto sucede en un momento y contexto histórico. Somos productos del entorno social, económico, político y cultural-emotivo. Somos, también, nuestra historia; pero la mayoría de las personas no son ni siquiera conscientes de su entorno y de las condiciones que las influencian y afectan.

Fidel Castro desde niño tuvo la singularidad de ser físicamente atlético, inteligente, voluntad fuerte, pensante y nada miedoso. Además era –usualmente– más alto que el resto de los de su edad. Su inteligencia, memoria y osadía también le acompañaron.  Seguir leyendo PUEBLO BUENO. NELSON P. VALDÉS

ESCRIBO FIDEL, poema de JESÚS COS CAUSSE

castro-ruz-fidel-en-la-sierra-4-580x493Nací con las manos vacías y tan lejos de la fuente que nunca tuve rostro en la infancia y siempre tuve sed.

Nací en esta isla, pero mis playas fueron las lluvias, y mis sueños, mis canciones y mis juguetes naufragaron y tampoco tuve una lámpara o un relámpago a tiempo para mirar cómo se hundían hacia el fondo de las lágrimas de mi madre.

Yo sé que mi voz es colectiva como es ahora múltiple el pan, inmensa la mesa y tenemos zapatos y son nuestros los pasos.

Entonces vamos todos juntos a nombrar nuevamente la vida: nuestro rostro comienza con la pólvora del Moncada, nuestras manos son las aguas cruzadas por el “Granma”, miramos con los ojos eternos de Abel, vigilantes, fijos en la bandera izada por primera vez, donde de pie y junto al triángulo y los colores la imagen de Martí nos contempla para que tenga luz y fluya la estrella en el espacio de la patria.

Yo sé que mi voz es colectiva: escribo Fidel porque ya sé mi nombre, esta ventana es mía y mi madre desde el jardín espanta con las flores el fantasma de la miseria.

Escribo Fidel porque mi padre el obrero tiene una fábrica y una herramienta que canta y anuncia en su canto el porvenir.

Escribo Fidel porque mi escuela es azul. Escribo Fidel porque tengo en Girón una victoria y en octubre un himno que nos une siempre.

Escribo Fidel porque está cabalgando Bolívar otra vez sobre los Andes y las Antillas.

Escribo Fidel porque descubro en mis venas sufrida y profunda una gota de sangre africana mientras detengo con mi fuego el látigo del enemigo.

Escribo Fidel y el águila ya no levanta el vuelo y si lo levanta lo tengo en la mira de mi fusil.

Escribo Fidel y escribo ya conozco los caminos.

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cosDe origen muy humilde, el poeta cubano Jesús Coss Causse nació en Santiago de Cuba el 15 de Octubre de 1945 y falleció en esa misma ciudad el 23 de agosto de 2007. Es considerado una de las voces más genuinas de la poesía cubana contemporánea.

CAMINO A SANTIAGO. ROSA MIRIAM ELIZALDE

“Con gente así cualquiera siente que la fraternidad es posible, que los hombres pueden volver a ser los niños que han sido y que no solo nuestro jardín, sino este planeta, puede tornarse en una casa habitable para todos los que respiramos en él.”

“¿De dónde eres, mijo?” De Bolivia, responde el muchacho tras una pausa larga: “De Valle Grande, Comandante. De La Higuera… donde mataron al Che…” A partir de ese momento no pudo pronunciar más palabras.

ROSA MIRIAM ELIZALDE* / CUBADEBATE
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Recorrido de la caravana #TributoAFidel por las provincias cubanas. Foto: Ladyrene.
Hay una imagen recreada por Margarita Yourcenar en uno de sus libros que me gusta mucho. Habla de ciertas tribus nómadas del Amazonas en la que los indios, al marcharse de los lugares donde han sido felices, cargan consigo unos manojos de juncos que utilizan en cestería y cuya virtud principal consiste en exhalar, si el tiempo es de lluvia, el olor que fue suyo meses y años atrás, cuando todavía eran verdes y frescos, a la orilla de los arroyuelos.
Voy camino a Santiago de Cuba y la hierba mojada del amanecer, la humedad que atraviesa las casas y los perros, el camino y el ganado, el árbol y la carreta del campesino, tienen la virtud de esos juncos que describía Yourcenar. Pasan por mi mente, como en una película hecha con retazos de memoria, momentos de mi vida anudados a la de Fidel y descubro, como todos los cubanos a los que conozco, que no podría llevar el hilo de mi biografía sin su presencia.
Para empezar, oí hablar de él cuando ni siquiera sabía el sentido de las palabras. En Sancti Spíritus, donde nací, la Revolución cambió “todo lo que debió ser cambiado”, como dice Fidel en su famosa definición. Mis padres se conocieron en un trabajo voluntario. Mi hermanos mayores salieron por primera vez de la villa para estudiar en La Habana, mi abuela y mis tías se matricularon en las Escuelas “Ana Betancourt” y yo aterricé en el Círculo Infantil “Verdes primaveras”, que estaba frente a mi casa y tenía los juguetes y los columpios más primorosos que un niño podría soñar. Participamos, más que en un cambio dramático del destino familiar, en un movimiento de palpitación que se prolongaría muchísimo más allá del instante en que la Caravana del Ejército Rebelde se detuvo en el Parque Serafín Sánchez y franqueara el puente sobre el río Yayabo.
Iba en brazos de mis padres a las movilizaciones en la agricultura, a las marchas y concentraciones, pero tuve conciencia de lo que era participar políticamente en algo a los cuatro años. Un terremoto había devastado a Perú y en todas las plazas del país se escuchó el discurso del Comandante pronunciado la Plaza de la Revolución, donde llamaba a donar sangre voluntariamente y preguntaba a cada ciudadano su disposición de compartir con los damnificados una libra de azúcar, de aquella que adquiríamos por la “libreta” –los alimentos subsidiados que recibían todas las familias en Cuba y que nos salvó de la hambruna que dictaban los documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos-. Esa canasta básica incluía cosas que un economista pragmático podría considerar prescindibles, como tres juguetes al año para cada niño y el chocolate “Pionero”, que tanto me gustaba. En el Parque Serafín Sánchez, por donde ayer pasó la Caravana que lleva las cenizas de Fidel, me veo levantando la mano ante la petición del líder que suena por los altavoces y, a partir de ahí, ya tuve cierta conciencia de que yo formaba parte de algo más grande que los límites conocidos de mi propia familia.
Mientras desfilan los árboles y los postes del tendido eléctrico en los bordes de la Carretera Central, por donde vamos ahora, hay una procesión de recuerdos en paralelo que me llevan de la adolescencia a este punto en el camino a Santiago. Reconozco que no hay un solo hecho trascendente en mi vida personal que no esté anclado a un proyecto, un discurso, una marcha, una comparecencia por la televisión o una llamada teléfonica de, o a nombre de, Fidel. El ejercicio del periodismo, que nos convierte en testigo de muchas cosas –algunas no deseadas como este funeral-, ha significado para mi generación profesional la posibilidad de verlo, de tocar su mano, de reconocer sus diferentes tonos de voz, desde el exaltado hasta el susurro, pero la cercanía física con los periodistas no era otra cosa que una vía para acortar la distancia con el pueblo, una categoría sin fronteras geográficas y una vocación en la que él le dedicó cada minuto de su existencia. Por el pueblo -sea este el de una villa como la mía o un continente- había que intentarlo y construirlo todo de nuevo si era preciso, nos dijo una vez. Con gente así cualquiera siente que la fraternidad es posible, que los hombres pueden volver a ser los niños que han sido y que no solo nuestro jardín, sino este planeta, puede tornarse en una casa habitable para todos los que respiramos en él.
Solo eso explica las multitudes adoloridas que hemos visto por la televisión, las lágrimas y las reacciones al paso de la caravana con la urna que guardan sus restos. Ahora mismo, mientras escribo, pasamos por Jatibonico y desde la ventana del ómnibus veo las imágenes repetidas de Fidel, las banderas colgadas en los portales, crespones negros en los árboles, transeúntes silenciosos. Hace unas horas que pasó el cortejo fúnebre y lo que nos dice este paisaje todavía en duelo es que ese pueblo ancho del que les hablo, esa patria martiana que es sinónimo de humanidad, percibió perfectamente que él amaba al prójimo más que a sí mismo, con lo cual superó el más difícil de los mandamientos cristianos. Y la gente diversa y humildísima de Cuba y del mundo ha reaccionado en consecuencia.
Como pasa con el olor de los juncos que guarda la memoria de aquellas tribus del Amazonas, este entorno activa en mi recuerdo el 25 de diciembre de 2010, durante una visita que hice a su casa en compañía de un invitado suyo, José Pertierra. En la salita minúscula que ha fotografiado tantas veces Alex Castro, el tema principal era la epidemia de cólera que hacía estragos en Haití. Fidel se comunicaba de tanto en tanto con la brigada médica cubana, en particular con un grupo de graduados de la Escuela Latinoamericana de Medicina, que recorrían zonas a donde no había llegado ninguna expedición sanitaria y que llevaban a cuestas un hospital de campaña.
El Comandante hacía todo tipo de preguntas sobre los habitantes del lugar: quiénes vivían allí, qué enfermedades padecían, si tenían alguna instrucción, que comían, cuántos niños, ancianos, mujeres embarazadas; si el río tal o más cual era caudaloso, qué vegetación, qué temperatura, cómo afectó el terremoto del año anterior… La brigada llevaba poco tiempo, pero era evidente que se había preparado para el duelo con un curioso insaciable. El teléfono tenía el altavoz activado y seguíamos el hilo de la conversación, en presencia de Dalia, la esposa de Fidel. En lo que parecía ser el cierre del diálogo, él quiso saludar, uno por uno, a los integrantes de la brigada y volvió otra ronda de preguntas. Escuchamos varios acentos latinoamericanos que hablaban de su familia, el pueblo donde nacieron, los sueños de regresar a trabajar a su país. Entonces se escucha una nueva voz, notablemente emocionada: “¿De dónde eres, mijo?” De Bolivia, responde el muchacho tras una pausa larga: “De Valle Grande, Comandante. De La Higuera… donde mataron al Che…” A partir de ese momento no pudo pronunciar más palabras.
Nunca olvidaré la expresión en la cara de Fidel, un gesto entre la incredulidad y la gratitud, como si un milagro de ese calibre –un médico de La Higuera formado en Cuba y salvando vidas en Haití, exactamente como habría querido el Che– se lo debiéramos a otra persona que no fuera a él mismo.
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rosa-miriam-4Rosa Miriam Elizalde es periodista cubana y editora del sitio Cubadebate, doctora en Ciencias de la Comunicación y autora o coautora de los libros Antes de que se me olvide, Jineteros en La Habana, Clic Internet y Chávez Nuestro, entre otros. En Twitter: @elizalderosa

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FIDEL, EL AMIGO DE MI PADRE

OMAR GONZÁLEZ
Ilustración: SÁNDOR GONZÁLEZ VILAR

Mis padres nunca durmieron las mañanas y creo que tampoco buena parte de las madrugadas de su vida. Desde que tuve uso de razón los encontré despiertos al levantarme para mi larga travesía hacia la escuela o por cualquier otro motivo, principalmente a papá, quien tenía la costumbre –mientras hablaba con mi tío y mi madre, y juntos pensaban el día y arreglaban el mundo– de hacer el café y lo que llamábamos borra o sambumbia, especialmente concebida para mi hermano y para mí. Desde entonces soy madrugador y bebo café a cualquier hora.

Fue esta costumbre la que me permitió, a mediados de 1958, escuchar por primera vez la voz de Fidel –del nombre ya sabía, porque era familiar en las conversaciones de las personas mayores y en sus misteriosas reuniones en la arboleda.

Estaban mis padres y mi tío oyendo la emisora Radio Rebelde, que trasmitía desde la Sierra Maestra, mientras yo daba vueltas en la cama a la espera de que empezara a cantar Azabache, el gallo de pelea que me había regalado mi abuelo para que lo entrenara y lo cambiara por un guante de béisbol u otro juguete. Pero no fue Azabache quien me hizo saltar de la cama ese día, sino la respiración entrecortada de un par de caballos y de sus jinetes al otro lado de la pared de la habitación. Miré por una rendija y vi claramente dibujada en la espesura de la noche la silueta de una pareja de la Guardia Rural –el Cabo Pérez y su ayudante–, tratando de saber lo que escuchaban y, sobre todo, lo que comentaban mis padres.

Sin ponerme los zapatos, corrí hasta el comedor para contarle a mi papá lo que había visto y suponía. Entonces, mi padre hizo algo que fue definitorio en mi temprana admiración por él y por Fidel: subió el volumen del aparato hasta el punto en que todos pensamos que se había trastornado. Recuerdo bien –aunque me falta cerciorarme en los archivos– que Fidel hablaba de campesinos y de la tierra, lo que no es difícil de encontrar en sus opiniones de la época: de hecho, la de reforma agraria fue una de las primeras leyes promulgadas después del triunfo revolucionario, en 1959.  Así, expectantes, estuvimos varios minutos, a la espera de que los guardias tumbaran la puerta de la cocina a culatazos, como habían hecho en ocasión de uno de sus frecuentes registros para incriminar a mi familia.

Al ver que no pasaba nada, tío Mario abrió la puerta principal del comedor, levantó el farol carretero con la mano izquierda y apretó el machete que llevaba en la otra –mi padre estaba atrás con la escopeta, y mi madre y yo a buen recaudo en el sala, muy cerca del cuarto donde dormía mi hermano–; oteó en la oscuridad, dio unos pasos atrás, se dirigió a la otra puerta, la abrió de par en par, repitió los movimientos con el farol y el machete y dijo, de modo tal que se pudiera escuchar en los alrededores:

– Esta gente le tiene tanto miedo a Fidel, que cuando lo oyen, salen huyendo.

Acostumbrada como estaba a aquellos sobresaltos, mi madre siguió en lo suyo; mi padre y mi tío cargaron su jolongo, preparado por ella, con galletas, dulce de guayaba y queso, y un porrón con agua fresca del pozo, que llevarían al campo para la dura faena matinal. Yo, perplejo aún, me senté en una piedra del patio y, mientras el sol comenzaba a clarear las cosas y por fin cantó Azabache, me quedé pensando en la fuerza que debían tener aquella voz y aquel hombre que llamaban Fidel, a quien el mismísimo Cabo Pérez temía de tal modo. El Cabo Pérez, que cuando irrumpía en la tienda a la hora del receso, nosotros corríamos espantados a refugiarnos en el aula, al amparo de Raquel Alemany, la mejor maestra que he conocido en siglos.

Después de aquella madrugada, pienso que comencé a sentir muchísimo menos miedo en la vida, y a ver a mi padre y a su amigo Fidel como los hombres más valientes de la Tierra.

Ahora, cuando cumple 90 años, luego de haberlo leído y escuchado en múltiples ocasiones y de haber tenido el privilegio de su cercanía y orientación en algunas tareas y circunstancias, si tuviera que mencionar el momento definitorio de mi admiración por él, no vacilaría en señalar aquella madrugada de 1958, cuando su voz hizo temblar la noche mientras brotaba el día.

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