Archivo de la etiqueta: FIDEL

LA ROSA QUE HO CHI MINH REGALÓ A UNA CUBANA

A sus 21 años, Ivonne Suárez Roche se convirtió en la primera cubana que estudió el idioma vietnamita. Durante un largo período fue también la única en hablarlo en la Isla, además de la única extranjera traductora del Tío Ho
La rosa que Ho Chi Minh  regaló a una cubana
En la visita y el intercambio con el tío Ho este dio muestras de cariño por la Revolución Cubana y su líder. Foto: Cortesía de la entrevistada 

«Por Vietnam estamos dispuestos a dar hasta nuestra propia sangre».

                                                                                                                   Fidel

RECORRÍA un jardín muy lindo junto a Ho Chi Minh, después de visitar parte de la casa del líder vietnamita, cuando este le dijo: «si le gusta una de esas rosas cójala… Fue a arrancarla enseguida, pero en un tono muy dulce este la requirió: «las flores no se arrancan así, pues sino después no nacen…» Entonces el Tío Ho buscó la tijera que tenía cerca, cortó la flor y se la entregó.

El anterior está entre los muchos recuerdos que la cubana Ivonne Suárez Roche guarda de la «Tierra de los anamitas», y que ha conservado como tesoros durante toda su vida. Hasta la fecha en que aquella rosa llegó a sus manos, el domingo 22 de enero de 1967, le quedó marcada para siempre.

  La joven que entonces tenía 21 años es ahora una mujer de 76 que comienza a buscar en dos grandes álbumes, ya amarillentos por el paso del tiempo, pero muy bien conservados y con inscripciones vietnamitas, el sitio donde está disecada la rosa. Al verla me dice: «Todavía se conserva muy bien. Es algo que guardo con mucho amor».

—¿Cómo llegó usted a ser traductora de Ho Chi Minh?

—Fue a solicitud de nuestro embajador por aquella fecha —Julio García Olivera— para facilitar el diálogo durante una visita de una delegación encabezada por Santiago Álvarez, el documentalista, quien visitó aquel país interesado en crear una de sus obras.

«Cuando Ho Chi Minh nos recibió creyó que yo era la hija del embajador. Entonces me abrazó y le preguntó a Julio: ¿esta es su hija?…. Él le respondió que no, que yo hablaba vietnamita. Y seguía insistiendo: «ay, su hija habla vietnamita, qué linda… Le aclaré nuevamente que yo era la traductora, el respondió: «¿entonces nos va a traducir?, y le dijo a su traductor que no era necesario que estuviera, que yo lo iba a hacer.

«Imagina, el traductor no sabía qué hacer, pero al final me quedé yo. A ningún Jefe de Estado le traduce un extranjero, siempre es alguien de su país».  Seguir leyendo LA ROSA QUE HO CHI MINH REGALÓ A UNA CUBANA

LA PERMANENTE ENSEÑANZA DE FIDEL ES QUE SÍ SE PUEDE. RAÚL CASTRO RUZ

fidel-raul-velada-solemne-en-santiago-de-cuba
Foto: Estudios Revolución

Discurso pronunciado por el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en el acto político en homenaje póstumo al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Casto Ruz, en la Plaza Mayor General Antonio Maceo Grajales, de Santiago de Cuba, el 3 de diciembre de 2016, “Año 58 de la Revolución”. 

Estimados Jefes de Estado y de Gobierno;

Destacadas personalidades que nos acompañan;

Compatriotas que se encuentran hoy aquí en representación de las provincias orientales y el Camagüey;

Santiagueras y santiagueros;

Querido pueblo de Cuba:

En la tarde de hoy, tras su arribo a esta heroica ciudad, el cortejo fúnebre con las cenizas de Fidel, que reeditó en sentido inverso la Caravana de la Libertad de enero de 1959, realizó un recorrido por sitios emblemáticos de Santiago de Cuba, cuna de la Revolución, donde, al igual que en el resto del país, recibió el testimonio de amor de los cubanos.

Mañana sus cenizas serán depositadas en una sencilla ceremonia en el Cementerio de Santa Ifigenia, muy cerca del mausoleo del Héroe Nacional José Martí; de sus compañeros de lucha en el Moncada, el Granma y el Ejército Rebelde; de la clandestinidad y las misiones internacionalistas.

A pocos pasos se encuentran las tumbas de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, y de la legendaria Mariana Grajales, madre de los Maceo, y me atrevo a improvisar en este acto, que también madre de todos los cubanos y cubanas. Cercano también está el panteón con los restos del inolvidable Frank País García, joven santiaguero, asesinado por esbirros de la tiranía batistiana con apenas 22 años, un mes después de que cayera combatiendo en una acción en esta ciudad su pequeño hermano Josué. La edad de Frank no le impidió acumular una ejemplar trayectoria de combate contra la dictadura, en la que se destacó como jefe del levantamiento armado de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1956, en apoyo al desembarco de los expedicionarios del Granma, así como la organización del decisivo envío de armamento y combatientes al naciente Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.  Seguir leyendo LA PERMANENTE ENSEÑANZA DE FIDEL ES QUE SÍ SE PUEDE. RAÚL CASTRO RUZ

FIDEL: EL HOMBRE QUE NOS ILUMINA. MIGUEL BARNET

PUEBLO BUENO. NELSON P. VALDÉS

fidel-4Nacemos, crecemos, vivimos. Esto sucede en un momento y contexto histórico. Somos productos del entorno social, económico, político y cultural-emotivo. Somos, también, nuestra historia; pero la mayoría de las personas no son ni siquiera conscientes de su entorno y de las condiciones que las influencian y afectan.

Fidel Castro desde niño tuvo la singularidad de ser físicamente atlético, inteligente, voluntad fuerte, pensante y nada miedoso. Además era –usualmente– más alto que el resto de los de su edad. Su inteligencia, memoria y osadía también le acompañaron.  Seguir leyendo PUEBLO BUENO. NELSON P. VALDÉS

ESCRIBO FIDEL, poema de JESÚS COS CAUSSE

castro-ruz-fidel-en-la-sierra-4-580x493Nací con las manos vacías y tan lejos de la fuente que nunca tuve rostro en la infancia y siempre tuve sed.

Nací en esta isla, pero mis playas fueron las lluvias, y mis sueños, mis canciones y mis juguetes naufragaron y tampoco tuve una lámpara o un relámpago a tiempo para mirar cómo se hundían hacia el fondo de las lágrimas de mi madre.

Yo sé que mi voz es colectiva como es ahora múltiple el pan, inmensa la mesa y tenemos zapatos y son nuestros los pasos.

Entonces vamos todos juntos a nombrar nuevamente la vida: nuestro rostro comienza con la pólvora del Moncada, nuestras manos son las aguas cruzadas por el “Granma”, miramos con los ojos eternos de Abel, vigilantes, fijos en la bandera izada por primera vez, donde de pie y junto al triángulo y los colores la imagen de Martí nos contempla para que tenga luz y fluya la estrella en el espacio de la patria.

Yo sé que mi voz es colectiva: escribo Fidel porque ya sé mi nombre, esta ventana es mía y mi madre desde el jardín espanta con las flores el fantasma de la miseria.

Escribo Fidel porque mi padre el obrero tiene una fábrica y una herramienta que canta y anuncia en su canto el porvenir.

Escribo Fidel porque mi escuela es azul. Escribo Fidel porque tengo en Girón una victoria y en octubre un himno que nos une siempre.

Escribo Fidel porque está cabalgando Bolívar otra vez sobre los Andes y las Antillas.

Escribo Fidel porque descubro en mis venas sufrida y profunda una gota de sangre africana mientras detengo con mi fuego el látigo del enemigo.

Escribo Fidel y el águila ya no levanta el vuelo y si lo levanta lo tengo en la mira de mi fusil.

Escribo Fidel y escribo ya conozco los caminos.

———————–

cosDe origen muy humilde, el poeta cubano Jesús Coss Causse nació en Santiago de Cuba el 15 de Octubre de 1945 y falleció en esa misma ciudad el 23 de agosto de 2007. Es considerado una de las voces más genuinas de la poesía cubana contemporánea.

CAMINO A SANTIAGO. ROSA MIRIAM ELIZALDE

“Con gente así cualquiera siente que la fraternidad es posible, que los hombres pueden volver a ser los niños que han sido y que no solo nuestro jardín, sino este planeta, puede tornarse en una casa habitable para todos los que respiramos en él.”

“¿De dónde eres, mijo?” De Bolivia, responde el muchacho tras una pausa larga: “De Valle Grande, Comandante. De La Higuera… donde mataron al Che…” A partir de ese momento no pudo pronunciar más palabras.

ROSA MIRIAM ELIZALDE* / CUBADEBATE
fidel-5a
Recorrido de la caravana #TributoAFidel por las provincias cubanas. Foto: Ladyrene.
Hay una imagen recreada por Margarita Yourcenar en uno de sus libros que me gusta mucho. Habla de ciertas tribus nómadas del Amazonas en la que los indios, al marcharse de los lugares donde han sido felices, cargan consigo unos manojos de juncos que utilizan en cestería y cuya virtud principal consiste en exhalar, si el tiempo es de lluvia, el olor que fue suyo meses y años atrás, cuando todavía eran verdes y frescos, a la orilla de los arroyuelos.
Voy camino a Santiago de Cuba y la hierba mojada del amanecer, la humedad que atraviesa las casas y los perros, el camino y el ganado, el árbol y la carreta del campesino, tienen la virtud de esos juncos que describía Yourcenar. Pasan por mi mente, como en una película hecha con retazos de memoria, momentos de mi vida anudados a la de Fidel y descubro, como todos los cubanos a los que conozco, que no podría llevar el hilo de mi biografía sin su presencia.
Para empezar, oí hablar de él cuando ni siquiera sabía el sentido de las palabras. En Sancti Spíritus, donde nací, la Revolución cambió “todo lo que debió ser cambiado”, como dice Fidel en su famosa definición. Mis padres se conocieron en un trabajo voluntario. Mi hermanos mayores salieron por primera vez de la villa para estudiar en La Habana, mi abuela y mis tías se matricularon en las Escuelas “Ana Betancourt” y yo aterricé en el Círculo Infantil “Verdes primaveras”, que estaba frente a mi casa y tenía los juguetes y los columpios más primorosos que un niño podría soñar. Participamos, más que en un cambio dramático del destino familiar, en un movimiento de palpitación que se prolongaría muchísimo más allá del instante en que la Caravana del Ejército Rebelde se detuvo en el Parque Serafín Sánchez y franqueara el puente sobre el río Yayabo.
Iba en brazos de mis padres a las movilizaciones en la agricultura, a las marchas y concentraciones, pero tuve conciencia de lo que era participar políticamente en algo a los cuatro años. Un terremoto había devastado a Perú y en todas las plazas del país se escuchó el discurso del Comandante pronunciado la Plaza de la Revolución, donde llamaba a donar sangre voluntariamente y preguntaba a cada ciudadano su disposición de compartir con los damnificados una libra de azúcar, de aquella que adquiríamos por la “libreta” –los alimentos subsidiados que recibían todas las familias en Cuba y que nos salvó de la hambruna que dictaban los documentos oficiales del gobierno de Estados Unidos-. Esa canasta básica incluía cosas que un economista pragmático podría considerar prescindibles, como tres juguetes al año para cada niño y el chocolate “Pionero”, que tanto me gustaba. En el Parque Serafín Sánchez, por donde ayer pasó la Caravana que lleva las cenizas de Fidel, me veo levantando la mano ante la petición del líder que suena por los altavoces y, a partir de ahí, ya tuve cierta conciencia de que yo formaba parte de algo más grande que los límites conocidos de mi propia familia.
Mientras desfilan los árboles y los postes del tendido eléctrico en los bordes de la Carretera Central, por donde vamos ahora, hay una procesión de recuerdos en paralelo que me llevan de la adolescencia a este punto en el camino a Santiago. Reconozco que no hay un solo hecho trascendente en mi vida personal que no esté anclado a un proyecto, un discurso, una marcha, una comparecencia por la televisión o una llamada teléfonica de, o a nombre de, Fidel. El ejercicio del periodismo, que nos convierte en testigo de muchas cosas –algunas no deseadas como este funeral-, ha significado para mi generación profesional la posibilidad de verlo, de tocar su mano, de reconocer sus diferentes tonos de voz, desde el exaltado hasta el susurro, pero la cercanía física con los periodistas no era otra cosa que una vía para acortar la distancia con el pueblo, una categoría sin fronteras geográficas y una vocación en la que él le dedicó cada minuto de su existencia. Por el pueblo -sea este el de una villa como la mía o un continente- había que intentarlo y construirlo todo de nuevo si era preciso, nos dijo una vez. Con gente así cualquiera siente que la fraternidad es posible, que los hombres pueden volver a ser los niños que han sido y que no solo nuestro jardín, sino este planeta, puede tornarse en una casa habitable para todos los que respiramos en él.
Solo eso explica las multitudes adoloridas que hemos visto por la televisión, las lágrimas y las reacciones al paso de la caravana con la urna que guardan sus restos. Ahora mismo, mientras escribo, pasamos por Jatibonico y desde la ventana del ómnibus veo las imágenes repetidas de Fidel, las banderas colgadas en los portales, crespones negros en los árboles, transeúntes silenciosos. Hace unas horas que pasó el cortejo fúnebre y lo que nos dice este paisaje todavía en duelo es que ese pueblo ancho del que les hablo, esa patria martiana que es sinónimo de humanidad, percibió perfectamente que él amaba al prójimo más que a sí mismo, con lo cual superó el más difícil de los mandamientos cristianos. Y la gente diversa y humildísima de Cuba y del mundo ha reaccionado en consecuencia.
Como pasa con el olor de los juncos que guarda la memoria de aquellas tribus del Amazonas, este entorno activa en mi recuerdo el 25 de diciembre de 2010, durante una visita que hice a su casa en compañía de un invitado suyo, José Pertierra. En la salita minúscula que ha fotografiado tantas veces Alex Castro, el tema principal era la epidemia de cólera que hacía estragos en Haití. Fidel se comunicaba de tanto en tanto con la brigada médica cubana, en particular con un grupo de graduados de la Escuela Latinoamericana de Medicina, que recorrían zonas a donde no había llegado ninguna expedición sanitaria y que llevaban a cuestas un hospital de campaña.
El Comandante hacía todo tipo de preguntas sobre los habitantes del lugar: quiénes vivían allí, qué enfermedades padecían, si tenían alguna instrucción, que comían, cuántos niños, ancianos, mujeres embarazadas; si el río tal o más cual era caudaloso, qué vegetación, qué temperatura, cómo afectó el terremoto del año anterior… La brigada llevaba poco tiempo, pero era evidente que se había preparado para el duelo con un curioso insaciable. El teléfono tenía el altavoz activado y seguíamos el hilo de la conversación, en presencia de Dalia, la esposa de Fidel. En lo que parecía ser el cierre del diálogo, él quiso saludar, uno por uno, a los integrantes de la brigada y volvió otra ronda de preguntas. Escuchamos varios acentos latinoamericanos que hablaban de su familia, el pueblo donde nacieron, los sueños de regresar a trabajar a su país. Entonces se escucha una nueva voz, notablemente emocionada: “¿De dónde eres, mijo?” De Bolivia, responde el muchacho tras una pausa larga: “De Valle Grande, Comandante. De La Higuera… donde mataron al Che…” A partir de ese momento no pudo pronunciar más palabras.
Nunca olvidaré la expresión en la cara de Fidel, un gesto entre la incredulidad y la gratitud, como si un milagro de ese calibre –un médico de La Higuera formado en Cuba y salvando vidas en Haití, exactamente como habría querido el Che– se lo debiéramos a otra persona que no fuera a él mismo.
——————————-

rosa-miriam-4Rosa Miriam Elizalde es periodista cubana y editora del sitio Cubadebate, doctora en Ciencias de la Comunicación y autora o coautora de los libros Antes de que se me olvide, Jineteros en La Habana, Clic Internet y Chávez Nuestro, entre otros. En Twitter: @elizalderosa

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG.

FIDEL, EL AMIGO DE MI PADRE

OMAR GONZÁLEZ
Ilustración: SÁNDOR GONZÁLEZ VILAR

Mis padres nunca durmieron las mañanas y creo que tampoco buena parte de las madrugadas de su vida. Desde que tuve uso de razón los encontré despiertos al levantarme para mi larga travesía hacia la escuela o por cualquier otro motivo, principalmente a papá, quien tenía la costumbre –mientras hablaba con mi tío y mi madre, y juntos pensaban el día y arreglaban el mundo– de hacer el café y lo que llamábamos borra o sambumbia, especialmente concebida para mi hermano y para mí. Desde entonces soy madrugador y bebo café a cualquier hora.

Fue esta costumbre la que me permitió, a mediados de 1958, escuchar por primera vez la voz de Fidel –del nombre ya sabía, porque era familiar en las conversaciones de las personas mayores y en sus misteriosas reuniones en la arboleda.

Estaban mis padres y mi tío oyendo la emisora Radio Rebelde, que trasmitía desde la Sierra Maestra, mientras yo daba vueltas en la cama a la espera de que empezara a cantar Azabache, el gallo de pelea que me había regalado mi abuelo para que lo entrenara y lo cambiara por un guante de béisbol u otro juguete. Pero no fue Azabache quien me hizo saltar de la cama ese día, sino la respiración entrecortada de un par de caballos y de sus jinetes al otro lado de la pared de la habitación. Miré por una rendija y vi claramente dibujada en la espesura de la noche la silueta de una pareja de la Guardia Rural –el Cabo Pérez y su ayudante–, tratando de saber lo que escuchaban y, sobre todo, lo que comentaban mis padres.

Sin ponerme los zapatos, corrí hasta el comedor para contarle a mi papá lo que había visto y suponía. Entonces, mi padre hizo algo que fue definitorio en mi temprana admiración por él y por Fidel: subió el volumen del aparato hasta el punto en que todos pensamos que se había trastornado. Recuerdo bien –aunque me falta cerciorarme en los archivos– que Fidel hablaba de campesinos y de la tierra, lo que no es difícil de encontrar en sus opiniones de la época: de hecho, la de reforma agraria fue una de las primeras leyes promulgadas después del triunfo revolucionario, en 1959.  Así, expectantes, estuvimos varios minutos, a la espera de que los guardias tumbaran la puerta de la cocina a culatazos, como habían hecho en ocasión de uno de sus frecuentes registros para incriminar a mi familia.

Al ver que no pasaba nada, tío Mario abrió la puerta principal del comedor, levantó el farol carretero con la mano izquierda y apretó el machete que llevaba en la otra –mi padre estaba atrás con la escopeta, y mi madre y yo a buen recaudo en el sala, muy cerca del cuarto donde dormía mi hermano–; oteó en la oscuridad, dio unos pasos atrás, se dirigió a la otra puerta, la abrió de par en par, repitió los movimientos con el farol y el machete y dijo, de modo tal que se pudiera escuchar en los alrededores:

– Esta gente le tiene tanto miedo a Fidel, que cuando lo oyen, salen huyendo.

Acostumbrada como estaba a aquellos sobresaltos, mi madre siguió en lo suyo; mi padre y mi tío cargaron su jolongo, preparado por ella, con galletas, dulce de guayaba y queso, y un porrón con agua fresca del pozo, que llevarían al campo para la dura faena matinal. Yo, perplejo aún, me senté en una piedra del patio y, mientras el sol comenzaba a clarear las cosas y por fin cantó Azabache, me quedé pensando en la fuerza que debían tener aquella voz y aquel hombre que llamaban Fidel, a quien el mismísimo Cabo Pérez temía de tal modo. El Cabo Pérez, que cuando irrumpía en la tienda a la hora del receso, nosotros corríamos espantados a refugiarnos en el aula, al amparo de Raquel Alemany, la mejor maestra que he conocido en siglos.

Después de aquella madrugada, pienso que comencé a sentir muchísimo menos miedo en la vida, y a ver a mi padre y a su amigo Fidel como los hombres más valientes de la Tierra.

Ahora, cuando cumple 90 años, luego de haberlo leído y escuchado en múltiples ocasiones y de haber tenido el privilegio de su cercanía y orientación en algunas tareas y circunstancias, si tuviera que mencionar el momento definitorio de mi admiración por él, no vacilaría en señalar aquella madrugada de 1958, cuando su voz hizo temblar la noche mientras brotaba el día.

HASTA AQUÍ EL POST DEL AUTOR DEL BLOG, LO QUE SIGUE ES DE WORDPRESS.COM