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LOS MERCADERES. ERNESTO ESTÉVEZ RAMS

La tesis de La  Matriz es que la realidad no existe, solo existen las narraciones que de ella nos hacen: una posverdad global.
La tesis de La Matriz es que la realidad no existe, solo existen las narraciones que de ella nos hacen: una posverdad global. Foto: Tomada de Internet
ERNESTO ESTÉVEZ RAMS

ERNESTO ESTÉVEZ RAMSThe Space Merchants, traducida como Los mercaderes del espacio, es una novela de ciencia ficción que fue publicada en Cuba hace décadas. Sus autores, Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, en 1953, reunieron en un libro la historia que habían publicado como entregas a la revista Galaxy Science Fiction. Su antecesor, 1984, de George Orwell, publicada cuatro años antes, retrata un mundo oscuro de un control social abrasivo y alienante, y ha sido elevada a ícono, desde la época de la URSS, como punta de lanza literaria contra el socialismo. A diferencia de esta última, de la novela de Pohl y Kornbluth se dice poco a nivel de uso como mensaje ideológico. La razón está clara. Los mercaderes del espacio dibuja un mundo distópico, enajenante y opresivo, pero… claramente capitalista. Es, en muchos sentidos, el contralibro del de Orwell.

A pesar de ser una novela por entregas, no tiene superhéroes, más bien, un antihéroe con formación de publicista. En un futuro (respecto a la fecha de la novela), la sociedad es dirigida por grandes monopolios transnacionales donde las empresas de publicidad dominan sobre ellas. Los Estados son caricaturas casi prescindibles y las corporaciones tienen ejércitos privados para dirimir sus batallas empresariales, mientras la policía tiene la marcada función de mantener el orden entre los consumidores. El mundo es un desastre ecológico. La publicidad ha alcanzado niveles aberrantes al punto de que ya se piensa en proyectar en la pupila de las personas los anuncios de los productos que, compitiendo entre ellos, aspiran a volverse adictivos para la víctima de semejante aberración. La opresión totalitaria no viene con tintes de Gran Hermano, no hace falta, ha bastado controlar a los seres humanos desde el plano instintivo y hacer del frenesí de emociones y sensaciones razón de vida. No hay memoria colectiva, porque esta ha sido sustituida por la publicidad como cultura de masas, la única cultura que prevalece. ¿Suena alarmantemente familiar?

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Quince años después de la novela de Pohl y Kornbluth, una novela con el enigmático nombre de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? fue publicada. Escrita por Philip K. Dick, la novela narra las acciones del cazador de replicantes Rick Deckard en un mundo posapocalíptico, donde tener de mascota un animal vivo es un lujo solo reservado para las personas más ricas. El resto de los mortales debe conformarse con mascotas androides, es decir, sucedáneos de animales afectivos, en realidad robots. En ese mundo fallido, el escape de las personas es un dispositivo conocido por órgano de ánimos Penfield, el cual puedes sintonizar para que provoque los estados emocionales que decidas. De este modo, la alegría, el optimismo, el dolor, la tristeza, la depresión, la excitación o la soledad pueden ser programados con antelación de acuerdo a tu deseo. En un planeta donde una buena parte de la humanidad ha escapado a otros astros, tal mecanismo de enajenación es el único refugio frente a una realidad que no se puede controlar. Las personas pasan el día conectados a su caja de emociones como zombies. Cuando no se está conectado al dichoso aparato, las personas trabajan y deambulan en una sociedad donde la propaganda más procaz te incita constantemente a que escapes más allá de sus límites. ¿Suena alarmantemente familiar?

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Basado con mucha libertad en la novela anterior, Ridley Scott filmó en 1982 la producción Blade Runner, considerada hoy un clásico cinematográfico de la ciencia ficción. En la película la Tierra es un desastre ecológico donde el ser humano ha logrado conquistar otros planetas. De esos planetas, llamados curiosamente colonias y que nunca son mostrados, se nos dice que se extraen recursos para la Tierra. En las colonias trabajan seres genéticamente modificados, que laboran allí como esclavos y a los que se les ha determinado obsolescencia programada con fecha exacta de caducidad, es decir, de muerte. Estos replicantes, como son llamados, son el «otro», extraño a la tierra colonizadora, que en ocasiones, molestos, adquieren conciencia de sí, más allá de la funcionalidad para la que fueron creados y se rebelan regresando a la Tierra. Al volverse inmigrantes, su función utilitaria pierde sentido y se vuelven enemigos y, como tales, deben ser cazados cual animales. La función represora la ejercen personas conocidas como Blade Runner, cuya traducción –difícil– sería algo así como corredores por la navaja. Para justificar el asesinato, los inmigrantes son dibujados como seres carentes de empatía, calibanes amenazantes del orden terrestre. ¿Suena alarmantemente  familiar?

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La Matriz, producción fílmica de los hermanos Wachowski, tuvo su primera entrega en 1999, hace ya 20 años. En los largometrajes se narra un mundo también posapocalíptico, donde los seres humanos son creados y mantenidos en incubadoras por máquinas creadas originalmente por la tecnociencia humana y que, en algún momento anterior al narrado en el filme, se rebelaron y lograron el dominio del planeta. La humanidad por tanto se ha reducido a meros seres vegetativos, utilizados como fuentes renovables de energía necesarias para las máquinas.

Lo interesante es que cada ser humano, para ser mantenido vivo, tiene el cerebro conectado a una gigante red cibernética llamada La Matriz, que lo relaciona con el resto de la humanidad de igual modo conectada, y a la que se le crea una realidad virtual que sustituye a la realidad objetiva. De este modo, la realidad es presentada, perturbadoramente, como una creación subjetiva, impuesta por una máquina que puede cambiar de narración si así lo desea.

Neo, el protagonista, es presentado como un elegido para liderear la rebelión humana, pero esa condición le ha sido dada por una profesía que proviene, paradójicamente, de un ser del mundo narrativo y virtual de La Matriz llamado la Pitonisa. Por tanto, la profesía que lo consagra es también narrativa pura, sin asidero en el mundo objetivo. La tesis es que la realidad no existe, solo existen las narraciones que de ella nos hacen: una posverdad global. ¿Suena alarmantemente  familiar?

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Salgamos de la ciencia ficción.

En el año 2009, la transnacional Sony solició patente para un dispositivo capaz de detectar emociones. La protección intelectual, inicialmente pensada para sus consolas de juego, no está limitada a ellas y es utilizable en cualquier dispositivo electrónico como un televisor. La idea es que, al identificar el estado emocional del usuario de un dispositivo, dicha información pueda ser utilizada para determinar el comportamiento del aparato y modificarlo acordemente, logrando que el consumidor no pierda la atención sobre el mismo. En el caso de los juegos, identificando alegría  puede indicar que la función entretenedora es adecuada, mientras que el hastío provoca que el ritmo del juego y su emotividad sean incrementados para volver a captar la atención del ludópata. Seguir leyendo LOS MERCADERES. ERNESTO ESTÉVEZ RAMS

LOS MISIONEROS QUE PREDICAN LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA EN CUBA (II). ABEL PRIETO

¿El capitalismo es sinónimo de libertad? ¿Y el socialismo? 

ABEL 2

ABEL PRIETO

“Libertad” es la palabra que repiten más a menudo los predicadores d el regreso al capitalismo como solución para Cuba. En el paraíso capitalista, dicen, puedes decidir qué rumbo dar a tu vida sin la intromisión del Estado. Eres “libre”. Tienes ante ti un abanico infinito de posibilidades. Nadie te pondrá límites. Podrás convertirte en un “emprendedor” exitoso y (quizás tienes talento y habilidades para hacer relaciones y aprovecharlas, tienes más opciones para abrirte camino. El mito de Cenicienta nos enseña, además, que siempre es posibl) acceder al Olimpo de los millonarios. O tal vez escoger una carrera profesional (en las películas aparecen, por ejemplo, muchos abogados bien vestidos y pudientes) o artística (con tantos “famosos” deslumbrantes). Si has cursado una carrera universitaria en Cuba ye que te toque un día a la puerta el Príncipe Azul y cambie tus harapos por ropas de marca.

Por desgracia, la inmensa mayoría de las veces, cuando te instalas en el “capitalismo real” (no en el de las películas), vas a comprender enseguida que las posibilidades son muy restringidas y que, generalmente, la vida te obligará a escoger las primeras que te pasen por delante, aunque resulten poco atractivas. De entrada, necesitarás varios empleos, ya que habrá que pagar un dineral para alquilar algún sitio modesto donde vivir, para que tus hijos asistan a la escuela, para recibir servicios médicos. Por no hablar (todavía) de la jubilación. Es probable que tengas que adaptarte a vivir en barrios muy humildes, donde hay drogas, pandillas, gente capaz de cualquier cosa. ¿Podrás ahorrar para comprarte un arma? Si ganas lo suficiente en EEUU, eres “libre” de adquirir legalmente un arma. El hecho es que tu “libertad” irá difuminándose bajo la urgencia desesperada de hacer dinero. Aprenderás que los pequeños “emprendedores” se arruinan fácilmente ante la arremetida de los mayores. Y sabrás que en el mundo competitivo y feroz del “capitalismo real” son muy pocos, poquísimos, los llamados “triunfadores”. El propio ámbito profesional (si llegaras a acceder a él) está regido por esa competitividad despiadada, y allí también los peces grandes devoran a los chicos. Conozco a muchísimos profesionales cubanos, graduados con las mejores notas, que hoy viven en distintos países ejerciendo oficios rudimentarios, que no requieren ningún tipo de preparación.

Las demás restricciones a tu “libertad” son más sutiles. Has dejado de ser propiamente un “ciudadano” para convertirte en un “consumidor”. La publicidad a través de los medios tradicionales y de las redes va a crear en ti, en tu familia, en tus hijos, nuevas necesidades, muchas veces falsas, que te empujarán a buscar más y más dinero para consumir más y más. Te verás obligado continuamente a desechar equipos a causa de dos tipos de “obsolescencia”: la que ha sido incorporada tecnológicamente al equipo para limitar su vida útil y la que está asociada a la percepción subjetiva de que “pasó de moda” y, obviamente, hay que sustituirlo por uno más nuevo. En Navidad, para celebrar el nacimiento de Cristo, tendrás que traicionar las esencias originarias del cristianismo, pedir dinero prestado y comprar regalos y supercherías. Te habituarás a vivir con dinero prestado. Si tus hijos quieren estudiar en la universidad, tendrán que pedir un préstamo al banco, que estarán pagando muchos años después de graduados. Deudas, hipotecas, incertidumbre, son fantasmas a los que tendrás que acostumbrarte.

Los vestigios que quedan en ti de tu condición de “ciudadano”, de persona interesada en participar en la política, recibirán una fuerte presión del sistema concebido para conducir a los electores y aplastar definitivamente su “libertad”. Ya hablé antes de cómo la capacidad manipuladora de este sistema (entrenado en la publicidad comercial) alcanzó un inusitado nivel de sofisticación con el empleo de las redes sociales y de las innumerables trampas que trabajan la subjetividad de los individuos para guiarlos hacia un candidato específico. La idea es que creas que estás actuando “libremente” cuando te han convertido en un títere de la maquinaria.

El capitalismo es por definición enemigo de la libertad de los seres humanos. El arte, la literatura, la cultura, las expresiones más hondas y estremecedoras del hombre y de la mujer, han sido reducidos a vulgares mercancías. El mercado ha sido el Censor por excelencia. Así mutilaron la canción protesta de los 60, el grito antirracista y emancipatorio del rap, la poesía que apuesta por la vida. El entretenimiento, la diversión vacua, el placer del instante sin pasado ni futuro, han sustituido a la gran tradición humanista de Occidente.

En el campo socialista europeo y en la URSS se cometieron errores muy graves en el campo de la política cultural y en la relación con el movimiento intelectual. Hubo suspicacia, censura, persecuciones, injusticias. Adoptaron el “realismo socialista” como estilo oficial y clausuraron la experimentación de vanguardia que había caracterizado al arte soviético en los primeros años de la Revolución de Octubre. Al propio tiempo, fueron derrotados en la guerra simbólica frente al Occidente capitalista. En amplios sectores de la población que vivía en los países socialistas europeos, se abrió espacio una candorosa idealización de Occidente y una especie de complejo de inferioridad con respecto a sus propios valores, a su propia historia.

Orwell quiso describir en su novela 1984 el ambiente de vigilancia extrema, agobiante, del estalinismo. Paradójicamente, hoy, en el capitalismo del siglo XXI, la distopía de Orwell se ha cumplido. Todo el mundo es vigilado, espiado, seguido, estudiado, desde Angela Merkel hasta el más común de los habitantes de Nueva York. Las nuevas tecnologías y un Imperio sin escrúpulos han hecho realidad la pesadilla de 1984.

La Revolución Cubana rompió con los dogmas del “realismo socialista” y convocó a los intelectuales y artistas de todas las generaciones y tendencias a sumarse a la obra de renovación educacional y cultural emprendida en 1959. Fidel sentó las bases, en junio de 1961, con sus Palabras a los intelectuales, de una política cultural unitaria y lúcida.

Al propio tiempo, Fidel sabía, como Martí, que “sin cultura no hay libertad posible”. Que la persona ignorante, incapaz de entender el mundo en que vive, termina siendo una criatura fácilmente manipulable. Cuba alfabetizó a su pueblo; le permitió crecer; lo dotó de libros, de escuelas, de universidades; lo hizo culto y libre.

La auténtica emancipación, uno de los más bellos sueños de la humanidad, solo puede lograrse en el socialismo. En el espacio solidario, fraterno, de una sociedad que crea, como quería Martí, “en el mejoramiento humano”.

Fuente: CULTURA Y RESISTENCIA 

LOS MISIONEROS QUE PREDICAN LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA EN CUBA (I)