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OTRA MANIFESTACIÓN DE LA DICTADURA MEDIÁTICA EN LATINOAMÉRICA. ALFONSO ALONSO

LA PUPILA INSOMNE

“En el Imperialismo no se puede confiar

                                         ni un tantito así. ¡Nada!”

                                                            Che Guevara

 

Acabamos de presenciar una nueva jornada electoral, esta vez le correspondió a las elecciones parlamentarias en Argentina. Los candidatos de diferentes partidos lidiaron por escaños en el senado argentino.

Este domingo 22 de octubre se puso de manifiesto, una vez más, la articulación estratégica existente entre los componentes del oficialismo de derecha y los grandes medios de comunicación privados que llevaron al partido por el cambio y a Mauricio Macri al poder en Argentina.

A lo largo de todo el 2016 hemos venido denunciando las medidas neoliberales del programa de gobierno del macrismo. Ello ha valido para que fuera desmontado, en breves meses, el grueso principal de las políticas económicas impulsadas, durante una década, por Kirchner y Cristina Fernández.

La nueva apertura al mercado y al poder transnacional; el pago de deudas infladas por los especuladores financieros –los llamados Fondos Buitres- y los nuevos endeudamientos acuñados a través de onerosos préstamos del FMI y el Banco Mundial han ido revelando la naturaleza entreguista y proimperialista del actual gobierno macrista.

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LA FABRICACIÓN DEL CONSENSO DESCEREBRADO DE ESTADOS UNIDOS. HERBERT I. SCHILLER

No obstante haber sido publicado en 1999, este artículo de Herbert I. Schiller, economista norteamericano de los medios, conserva una actualidad indiscutible en sus ideas fundamentales. Sustitúyanse algunos nombres, actualícense ciertas cifras y fechas, y se tendrá un retrato bastante certero de lo que aún sucede en la sociedad norteamericana y en el mundo. Y se queda corto. (OG)


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HERBERT I. SCHILLER / LE MONDE DIPLOMATIQUE 

Artículo publicado originalmente en Le Monde Diplomatique (en francés), julio-agosto de 1999.

La proyección brutal del poder de Estados Unidos en el extranjero se explica ampliamente por el modo en que se fabrica el consenso interior. Publicidad omnipresente; bombardeo ideológico orquestado por numerosas instituciones que, financiadas por las empresas, rechazan la idea misma de políticas públicas o de bien común; desconocimiento del resto del mundo; proteccionismo cultural sin equivalente: ese es el pesado tributo que pagan los norteamericanos por la hegemonía del “business”.

 Desde hace al menos medio siglo, la escena internacional está dominada por un sólo y único actor: Estados Unidos de América. Incluso aunque no tenga la hegemonía de hace 25 años, su presencia en la economía y la cultura mundiales continúa siendo aplastante: un producto interior bruto de 7.690 mil millones de dólares en 1998; las sedes de la mayoría de las empresas transnacionales que recorren el planeta en la búsqueda de mercados y de beneficios; el poder que mueve los hilos detrás de las fachadas de las instituciones multilaterales – Organización de Naciones Unidas (ONU), Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Fondo Monetario Internacional (FMI) Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio (OMC), etcétera – y el Goliat cultural-electrónico del universo. Ese dominio suscita reacciones cada vez más hostiles, como señala el profesor Samuel P. Huntington, que recuerda a este respecto las palabras de un diplomático británico: “Es únicamente en Estados Unidos donde se puede leer que el mundo entero aspira al liderazgo norteamericano. En todos los demás sitios se habla más de la arrogancia y del unilateralismo norteamericanos” (1).

Pero la manera con que los otros nos ven a los norteamericanos es quizá menos reveladora que la percepción que tenemos de nosotros mismos. ¿Los ciudadanos de este territorio que dicta su ley al universo tienen consciencia en su vida cotidiana de las cargas que imponen a los otros y frecuentemente a ellos mismos? ¿Se indignan? ¿Oponen la menor resistencia? Se puede dudar, porque es demasiado evidente que el mantenimiento del status de soberano planetario requiere no indignación, sino al contrario, el apoyo activo y pasivo de 270 millones de norteamericanos. Ese apoyo, que no le ha faltado nunca, es el producto de un sistema que combina adoctrinamiento –que funciona desde la cuna– con una práctica de selección o de retención de la información con vistas a mantener y a reforzar el proyecto de dominación planetaria de Estados Unidos. Los esfuerzos de persuasión – intensos, aunque a veces disimulados – van a la par con la exclusión de las disidencias potenciales y con la utilización de una panoplia de medidas coercitivas, que van desde la amonestación hasta la cárcel: los cerca de un millón ochocientos mil detenidos en las prisiones norteamericanas, en proporción a la población, baten el récord del mundo.

Esos instrumentos han permitido obtener, si no creyentes entusiastas, al menos una aceptación generalizada del aparato de control americano sobre los asuntos mundiales. A guisa de justificación, los dirigentes recuerdan de manera permanente a sus conciudadanos y al resto del planeta hasta qué punto la existencia de Estados Unidos es una bendición para todos. El tema de la grandeza de América es además recurrente en los discursos presidenciales desde el fin de la segunda guerra mundial. No sólo hoy, sino aparentemente desde la época de Neanderthal, el país es único en su género. William Clinton lo describe incluso como “la nación indispensable” (2). ¿Cómo cada uno podría no reconocer la suerte de estar habitando allí? Curiosamente, muchos norteamericanos se niegan todavía a reconocerlo. Para prevenir cualquier desfallecimiento de la adhesión popular en el curso del próximo siglo, la puesta en marcha de métodos más globales está pues permanentemente en el orden del día.  Seguir leyendo LA FABRICACIÓN DEL CONSENSO DESCEREBRADO DE ESTADOS UNIDOS. HERBERT I. SCHILLER