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LA PANDEMIA ES UN PORTAL. ARUNDHATI ROY  

ILUSTRACIÓN ARUNDHATI
Trabajadores migrantes en uno de los campamentos instalados por el gobierno de Delhi, India. Foto Prakash Singh/ Afp

 ARUNDHATI ROY

ARUNDHATI 4¿Quién puede hoy usar el término “hacerse viral” sin estremecerse un poco? ¿Quién puede ver cualquier cosa -la manija de una puerta, un recipiente de cartón, una bolsa de verduras- sin imaginarlo repleto de esas partículas que no pueden verse, que no están muertas, que no están vivas, salpicadas de ventosas en espera de adherirse a nuestro pulmones?

¿Quién puede pensar en besar a un desconocido, en subirse a un camión o en enviar a su hijo a la escuela sin sentir un miedo real? ¿Quién puede pensar en el placer común y corriente y no evaluar su riesgo? ¿Quién de nosotros no es un falso epidemiólogo, virólogo, estadista y profeta? ¿Qué científico o doctor no está secretamente esperando un milagro? ¿Qué sacerdote no está -al menos en secreto- sometiéndose a la ciencia?

E incluso mientras el virus prolifera, ¿quién no podría estar emocionado con el aumento del canto de pájaros en las ciudades, los pavos reales en los cruces peatonales y el silencio en los cielos?

Esta semana [N de la T: La autora escribió el texto el 2 de abril], el número de casos ya rebasó el millón. Más de 50 mil personas han fallecido. Las proyecciones sugieren que ese número podría incrementarse a cientos de miles, o quizá más. El virus se ha movido libremente por los caminos del comercio y el capital internacional, y la terrible enfermedad que ha traído consigo ha encerrado a los humanos en sus países, sus ciudades y sus hogares.

Pero, a diferencia del flujo de capital, este virus busca la proliferación, no las ganancias, y por ende, sin proponérselo, hasta cierto punto ha invertido el flujo. Se ha burlado de los controles migratorios, la biometría, la vigilancia digital y todo tipo de análisis de datos, y le ha pegado más duro -hasta ahora- a las naciones más ricas y poderosas del mundo, frenando el motor del capitalismo. Temporalmente, quizá, pero el tiempo suficiente como para que podamos examinar sus partes, hacer una evaluación y decidir si queremos ayudar a repararlo o buscar un mejor motor.

A los mandarines que manejan esta pandemia les gusta hablar de guerra. Ni siquiera usan la guerra como una metáfora, la usan literalmente. Pero, si fuera una guerra, ¿quién estaría mejor preparado que Estados Unidos? Si no fueran mascarillas y guantes lo que sus soldados en la primera línea de batalla necesitan, sino armas, bombas inteligentes, destructores de búnkers, submarinos, aviones de combate y bombas nucleares, ¿habría escasez?

Noche tras noche, desde el otro lado del mundo, algunos de nosotros miramos las conferencias de prensa del gobernador de Nueva York con una fascinación difícil de explicar. Seguimos las estadísticas,  y escuchamos las historias de los hospitales saturados en Estados Unidos, de las enfermeras mal pagadas, con una carga excesiva de trabajo, teniendo que hacer mascarillas con bolsas de basura y viejos impermeables, arriesgando todo para ayudar a los enfermos. Escuchamos acerca de cómo los estados se ven forzados a competir uno contra otro para conseguir ventiladores, acerca de los dilemas de los doctores de a cuál paciente darle uno y a cuál dejar morir. Y pensamos, “¡Dios mío! ¡Eso es Estados Unidos!”

La tragedia es inmediata, real, épica, y se desenvuelve ante nuestros ojos. Pero no es nuevo. Son los restos de un tren que iba descontrolado, bamboleándose de un lado a otro sobre sus rieles, durante años. ¿Quién no recuerda los videos de “pacientes que botaban” -enfermos, aún en sus batas de hospital, con las nalgas al descubierto, subrepticiamente botados en las esquinas de las calles? Demasiadas veces les cerraron las puertas de los hospitales a los menos afortunados ciudadanos de Estados Unidos. Sin importar qué tan enfermos estaban o cuánto habían sufrido.

Al menos no importaba hasta ahora -porque hoy, en la era del virus, la enfermedad de una persona pobre puede afectar la salud de una sociedad próspera. Y sin embargo, aún ahora, Bernie Sanders, el senador que incansablemente ha hecho campaña por un sistema de salud para todos, es considerado atípico hasta por su propio partido, en su carrera por la Casa Blanca. [N de la T: Sanders abandonó su campaña el 8 de abril.]

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¿Y qué es de mi país, mi pobre-rico país, India, suspendido entre el feudalismo y el fundamentalismo religioso, entre las castas y el capitalismo, gobernado por nacionalistas hindúes de extrema derecha?

En diciembre, mientras China luchaba contra el brote del virus en Wuhan, el gobierno de India lidiaba con una revuelta masiva de cientos de miles de sus ciudadanos que protestaban contra la descaradamente discriminatoria ley de ciudadanía anti-musulmana, que acababa de ser aprobada en el Parlamento.

El 30 de enero, reportaron el primer caso de Covid-19 en India, pocos días después de que el ilustre invitado de honor de nuestro Desfile del Día de la República, devorador de la selva del Amazonas y negacionista del Covid, Jair Bolsonaro, había partido de Delhi. Pero había demasiadas cosas que hacer en febrero como para acomodar al virus en la agenda del partido gobernante. Estaba la visita oficial del presidente Donald Trump, agendada para la última semana del mes. Lo habían atraído con la promesa de que habría un público de un millón de personas en un estadio deportivo en el estado de Gujarat. Todo eso costó dinero y tomó mucho tiempo.

Luego estaban las elecciones de la Asamblea de Delhi, que el Partido Bharatiya Janatawas (BJP, por sus siglas en inglés) estaba destinado a perder a menos de que apretara el paso, y lo hizo. Desató una feroz campaña nacionalista hindú, sin detenerse por nada, llena de amenazas de violencia física y de disparar contra los “traidores”. Seguir leyendo LA PANDEMIA ES UN PORTAL. ARUNDHATI ROY  

¿EL NEOLIBERALISMO FUNCIONA? MICHAEL ROBERTS

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MICHAEL ROBERTSNoah Smith es un blogger habitual de economía de la principal corriente keynesiana y escribe regularmente para Bloomberg. Hace poco, titulaba un artículo “Los mercados libres han mejorado más vidas que cualquier otra cosa antes”. Y defendía el argumento bastante habitual de que el capitalismo ha sido en realidad un gran éxito a la hora de mejorar la vida de miles de millones de personas en comparación con cualquier modo de producción y de organización social anterior y que, hasta donde alcanza a ver, seguirá siendo el ‘mercado líder’ para los humanos seres.

Smith está dispuesto a refutar la ‘economía mixta’, las ideas anti libre comercio que se han colado en la economía dominante desde la Gran Recesión, a saber, que el ‘neoliberalismo’ y el libre mercado son malos para los niveles de vida de la gente. En su lugar, sería necesario una pequeña dosis de proteccionismo comercial (Rodrik) e intervención estatal y regulación (Kwak) para ayuda a que el capitalismo funcione mejor.

Pero no, dice Smith. El neoliberalismo funciona mejor. ¡Y cita el fenómeno del crecimiento de China como su principal ejemplo! En China, “el cambio de una economía dirigida y controlada rígidamente a una que combina enfoques estatales y de mercado – y la liberalización del comercio – ha sido, sin duda, una reforma neoliberal. A pesar de que las reformas de Deng se realizaron principalmente en una red ad-hoc, aplicando el sentido común, invitaron al famoso economista neoliberal Milton Friedman para que les aconsejase“.

A continuación, incluye a la India en su argumentación:  “Una década después de que China iniciase su experimento, la India hizo lo mismo. En 1991, después de una fuerte recesión, el primer ministro Narasimha Rao y el ministro de Finanzas Manmohan Singh desguazaron un engorroso sistema de concesión de licencias comerciales, desmontaron obstáculos a la inversión extranjera, terminaron con muchos monopolios autorizados por el Estado, bajaron los aranceles e hicieron un montón de otras cosas neoliberales”.  Seguir leyendo ¿EL NEOLIBERALISMO FUNCIONA? MICHAEL ROBERTS