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EL INTERCAMBIO DE MEMORIA YA ES POSIBLE. IRIS OROPESA MECÍAS

Iris Oropesa

IRIS OROPESA MECÍAS / JUVENTUD REBELDE

En fecha reciente unos días comentábamos sobre un trasplante de pene y escroto, y hoy vamos por el camino de otro intercambio, pero no se asuste, que no nos repetiremos. De hecho esta vez el «implante» de un cuerpo a otro es de una naturaleza totalmente distinta e igual de inesperada. Los saltos de la ciencia suelen ser así, algo descabellados y hasta con tonos de comicidad. Por eso nos toca ahora acercarnos al trabajo de un grupo de científicos norteamericanos que esta misma semana ha logrado trasplantar la memoria de un animal a otro.

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Los investigadores apuntaron al Alzheimer y el estrés postraumático como blancos de las implicaciones médicas de este estudio. Autor: Pinterest

Para hacernos una idea: sería como si se pudieran poner en el cerebro de otro perro, por ejemplo, las costumbres o los juegos que uno ha enseñado al suyo, y observar cómo minutos después del traspaso la nueva mascota reacciona a las órdenes como si hubiera pasado meses practicando. Algo muy parecido lograron estos neurólogos, pero entre dos caracoles. Y ese aparentemente simple hecho da para rescribir lo conocido de la neurología de la memoria.

¿Parece exagerado? Ya veremos.

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EL BIBLIOCAUSTO NAZI. FERNANDO BÁEZ

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Cada libro quemado ilumina el mundo
R.W.Emerson

I
Todos han oído hablar del Holocausto Judío, nombre dado a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Pero es oportuno señalar que este genocidio tuvo su equivalente. También hubo un Bibliocausto, donde millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen. Entender cómo se gestó puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: “[…]donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres[…]”. La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después. Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios. Y esto merece una reflexión detenida, porque se trata de un acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de millones de hombres y que va seguir siendo uno de los hitos más siniestros de la historia.

El comienzo de esta barbarie tiene fecha: el 30 de enero de 1933, cuando el presidente de la llamada República de Weimar, en Alemania, Paul Ludwig Hans Anton Von Beneckendorff Und Von Hindenburg (1847-1934), designó a Adolfo Hitler como canciller. Trataba de reconocer la inestable mayoría de este iracundo político; viejo y cortés, Hindenburg ignoró lo que sobrevino casi de inmediato: un período político y militar que sería conocido posteriormente como El Tercer Reich (´reich´ es ´imperio´). Hitler, que había sido cabo en el ejército, que había querido ser un pintor de fama mundial y fracasó, que había intentado dar un golpe de Estado en 1923, utilizó una estrategia de intimidación contra los judíos, los sindicatos y el resto de los partidos políticos. No era, como puede pensarse ligeramente, un loco, sino la voz más visible de una idiosincracia germana totalitaria.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso. Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas. El 27, el Parlamento Alemán, el famoso Reichstag, fue incendiado, junto con todos sus archivos. El 28, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país. La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas. En unas elecciones controladas, el Partido de Hitler, conocido como Partido Nazi, obtuvo la mayoría del nuevo Parlamento y se decretó oficialmente el nacimiento del Tercer Reich.
Alemania, obviamente, estaba transformando sus instituciones después de la terrible derrota sufrida durante la I Guerra Mundial. Hitler, que no era alemán, fue considerado como el un estadista idóneo para rescatar la autoestima colectiva, y sus purgas contra la oposición lo convirtieron en un líder temido. Su eficacia, no obstante, estaba sustentada en varios hombres. Uno de ellos era Hermann Göring; el otro era Joseph Goebbels. Ambos eran fanáticos, pero el segundo fue quien convenció a Hitler de la necesidad de extremar las medidas que ya venían ejecutando, y logró ser designado al frente de un nuevo órgano del Estado que vendría a ser conocido como Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración de Pueblo y para la Propaganda). Seguir leyendo EL BIBLIOCAUSTO NAZI. FERNANDO BÁEZ