Archivo de la etiqueta: JEAN PAUL SARTRE

SARTRE Y EL MARXISMO. BOLÍVAR ECHEVERRÍA

 

BOLÍVAR ECHEVERRÍA

S’il essaye de devenir lui-même une
politique,… [l’éxistentialisme] ne
pourra que déguiser en double oui son
double non proposer q’on corrige la
démocratie par la révolution et
la révolution par la démocratie.”

M. Merleau-Ponty, Sartre et l’ultra-bolchevisme.

  BOLÍVAR ECHEVARRÍA El elogio de Sartre es directo y franco; no tiene nada de irónico, no pretende carcomer al objeto elogiado hasta dejarlo en puro cascarón, pero es un elogio que termina por ser contraproducente. Contradice la conocida afirmación de Marx y Engels en La ideología alemana, que reconoce esa capacidad de “dominar”, de “totalizar el saber”, no a las ideas del proletariado revolucionario, sino a “las ideas de la clase dominante”. A esta descripción, que comparte en principio, Sartre contrapone sin embargo la observación de que, “cuando la clase ascendente toma conciencia de sí misma, esta toma de conciencia actúa a distancia sobre los intelectuales y desagrega las ideas en sus cabezas.” La presencia real del marxismo, insiste, “transforma las estructuras del Saber, suscita ideas y cambia, al descentrarla, la cultura de las clases dominantes”.

   La distinción puede parecer bizantina, pero es sustancial. Mientras Marx habla del dominio de las ideas de los dominantes como un hecho propio de la reproducción del orden establecido, Sartre habla del dominio de la nueva “filosofía” como algo que tiene lugar dentro del enfrentamiento entre ese orden y las fuerzas sociales y políticas que lo impugnan. Puede ser, diría Marx, que la clase de los trabajadores “lleve las de ganar” en esta lucha, y sea “dominante” es este sentido, pero, aquí y ahora, el dominio efectivo sigue estando del lado del capital y las clases a las que favorece. El elogio de Sartre resultaría así contraproducente porque, al elevar al marxismo a la categoría de “el Saber” de nuestro tiempo, desactiva en el discurso de Marx de aquello que su autor más preciaba en él: su carácter crítico. Para Marx, en efecto, el discurso de los trabajadores revolucionarios es un discurso de la transición y para la transición “de la pre-historia a la historia”, y en esa medida carece de la consistencia propia de los saberes históricos que acompañan el establecimiento de un orden económico y social; es un discurso que tiene la misma fuerza y la misma evanescencia que caracteriza al proceso de transición: un discurso parasitario-demoledor, des-constructor del discurso dominante. Su obra inaugural, El capital, no es la “primera piedra” de un nuevo edificio, el del Saber Proletario, no lleva el título de “tratado de economía política comunista”, sino que se autocalifica simplemente de “crítica de la economía política”, una contribución a la crítica general del “mundo burgués” o de la modernidad capitalista.

   Una vez que Sartre ha presentado su definición del “marxismo” como “la filosofía irrebasable de nuestro tiempo”, la pregunta que se impone consecuentemente la formula él mismo: “¿Por qué entonces el “existencialismo” ha guardado su autonomía? ¿Por qué no se ha disuelto en el marxismo?” Y su respuesta es contundente: “Porque el marxismo”, que sólo puede ser una totalización que se re-totaliza incesantemente, “se ha detenido”. Toda filosofía es práctica, añade, “el método es un arma social y política”, y la práctica marxista, habiéndose sometido al “pragmatismo ciego” del “comunismo” estalinista, ha convertido a su teoría en un “idealismo voluntarista”. Sartre no percibe que las miserias de lo que él reconoce como “marxismo” no se deben a un problema de velocidad, a que el marxismo se ha detenido recientemente, sino más bien a una cuestión de sentido, a que lleva ya un buen tiempo –desde las fechas en que el propio Marx tomó distancia de sus discípulos “marxistas”– de haber abjurado de su vocación crítica.

De lo que se trata para el existencialismo, plantea Sartre, es de ayudar al “marxismo” a salir de su marasmo teórico, y de hacerlo introduciendo en él lo que el existencialismo puede mejor que nadie: la exploración de la dimensión concreta, es decir, singular de los acontecimientos, a través de las “instancias de mediación práctico-inertes” que conectan a los individuos con sus entidades colectivas y con la historia. Las condiciones objetivas determinan, sin duda, la realización de todo acto humano, pero ese acto no es el producto de esas condiciones, sino siempre el resultado de una decisión humana libre. El existencialismo puede enseñarle al “marxismo” que la dimensión de “lo vivido” en medio del cumplimiento o la frustración de un proyecto, no es un subproducto del proceso histórico, sino su verdadera substancia.

   El esfuerzo teórico de Sartre en su obra de aporte al “marxismo” es descomunal. Las 755 densas páginas de su Crítica de la razón dialéctica rebosan creatividad; hay en ellas innumerables conceptos y argumentos nuevos -“praxis e historia de la escasez”, la “serialidad” y lo “colectivo”, el “juramento” y el “grupo en fusión”, la “mediación” y “lo práctico-inerte”- que su autor presenta a través de ejemplos concretos de comprensión histórica, tan diferentes entre sí como la toma de la Bastilla, en el un extremo, y la identificación de Flaubert con Madame Bovary, en el otro. Se trata sin embargo de un esfuerzo cuyos resultados efectivos fueron marginales, por no decir nulos. El “marxismo” tenía razón al no querer enterarse de la obra de Sartre y permitir sólo una discusión escasa e insubstancial de la Crítica. Y es que, en verdad, el aporte de Sartre resultaba para él un regalo envenenado.  Seguir leyendo SARTRE Y EL MARXISMO. BOLÍVAR ECHEVERRÍA

LOS MUCHOS NAUFRAGIOS DEL LIBRO CLÁSICO. MAURICIO ESCUELA

Un buen texto clásico puede llevarse a una isla desierta porque ya trae el olor de muchos naufragios, pasó la prueba del tiempo. Hoy las academias reconocen al Sócrates de los diálogos platónicos como el precursor del pensamiento crítico occidental 
Libro clásico

MUCHAS veces nos enfrentamos a esa pregunta de cuáles libros llevaríamos a una isla desierta para pasar el resto de los días. La situación implica que, debido al reducido número de textos disponibles, habría la necesidad de irlos releyendo una y otra vez con renovado fervor, asumiendo cada cercanía como una nueva adquisición. Así también define Italo Calvino la naturaleza de los clásicos, un libro que nunca ha terminado de contarnos todo, es lo que los críticos a partir del siglo XX comienzan a llamar la polifonía del texto o las muchas voces que a través de los siglos nos refieren inagotables alusiones. La lectura infinita es un signo que el propio Calvino usa en ese volumen Las ciudades invisibles, donde Marco Polo y el Gran Kan viajan a innumerables posibilidades a través de imaginarias urbes.

Un buen texto clásico puede llevarse a una isla desierta porque ya trae el olor de muchos naufragios, pasó la prueba del tiempo. Hoy las academias reconocen al Sócrates de los diálogos platónicos como el precursor del pensamiento crítico occidental, pero durante siglos aquellas obras eran consideradas cuanto más curiosidades, incluso buena parte de lo que se conserva de Platón o Aristóteles son pequeños trozos o traducciones que ni se sabe qué trueques del lenguaje sufrieron por el camino. Del pensador de La República tomaron los teólogos medievales la teoría de las ideas, la noción de referencialidad que define la verdad física en relación con la pureza y superioridad de su comprensión intelectual. Quizá todo parta de allí mismo, de ese mito recreado por Platón en su caverna, donde unos, los más libres, viajan al fondo para ver el fuego primigenio, mientras la mayoría se queda a la entrada y solo tiene acceso a las sombras. Todos los fuegos el fuego, diría Julio Cortázar, toda literatura como relectura de los clásicos. Del sistema platónico se ha dicho que el pensamiento posterior es una nota al pie, que se hace filosofía a pesar de, en contra de, o a favor del autor de El banquete. Pero, para pasar la prueba del naufragio, los clásicos debieron zanjar las mil y una notas al pie polifónicas que o los negaban o los prohibían o los plagiaban. La noción de palimpsesto o reescritura es propuesta por Umberto Eco para entender la naturaleza del fenómeno.

Tanto la isla desierta como el carácter superviviente de un clásico, apuntan a la vieja aspiración humana de escribir un libro definitivo, uno que los posea todos y sea él mismo original. Jorge Luis Borges buscaba ese arquetipo a través de la lectura de enciclopedias, la creación de antologías y la invención de bibliotecas; para el porteño un clásico implica, más que leer, un fervor, pues el hombre ve en el libro una verdad cósmica definitiva distinta, por ejemplo, de la información cotidiana de los diarios y revistas. A lo largo de la vida somos constantemente como Hamlet, nos enfrentamos a decisiones donde nos va ser o no ser; sin embargo, Shakespeare estuvo olvidado mucho tiempo después de su esplendor isabelino, hasta que la crítica del siglo XIX lo rescató. La modernidad, con su énfasis en el individuo, ya se había establecido más plenamente en el siglo de las Guerras Napoleónicas y de la expansión colonialista, por tanto Hamlet comenzó a ser la relectura de muchos, aun de aquellos que jamás se acercaron a la obra del genio inglés. Consumir literatura no es la única manera de habitarla.

Quizá Borges, idealista en sus posturas filosóficas si bien agnóstico en cuanto a creencias, veía en el clásico esa misma imagen que trajo Schopenhauer, la literatura que permanece, que resuena. El escritor argentino, devenido demiurgo ciego, aprendió alemán muy temprano para leer directamente las sagas del norte de Europa, mitología donde él hallaba la conexión perfecta entre Grecia y el resto de Occidente. Para todos estos autores, leer es una especie de diálogo con los muertos, donde el simposio y el oráculo son las dos figuras helénicas heredadas y fundidas con el fervor borgeano por lo germánico. ¿Acaso no dijo Martin Heidegger en su Discurso del rectorado que el pasado es aún, estableciendo entre Alemania y Atenas un eje filosófico? Sí, y también citó a Platón cuando concluyó: «Todo lo grande está en medio de la tempestad». Seguir leyendo LOS MUCHOS NAUFRAGIOS DEL LIBRO CLÁSICO. MAURICIO ESCUELA