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NOVENTA AÑOS DE LOS 7 ENSAYOS DE MARIÁTEGUI. ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

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José Carlos Mariátegui

ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR

retamar 1En los días 18 y 19 de octubre, con motivo de cumplirse ese mes noventa años de la aparición inicial del libro 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, tuvo lugar en Lima, Perú, el Simposio Internacional sobre Mariátegui auspiciado por la Universidad de Valparaíso, el Centro de Estudios del Pensamiento Iberoamericano, el Instituto de Ciencia Alejandro Lipschutz y la Cátedra Mariátegui. Los organizadores le solicitaron a Roberto Fernández Retamar una carta para ser leída al inicio del Simposio, y la Directora de la Cátedra Mariátegui, tras concluir dicho Simposio, le envió otra. A continuación publicamos ambas cartas. 

La Habana, 1 de octubre de 2018
Año 60 de la Revolución

Compañera Sara Beatriz Guardia
Directora de la Cátedra Mariátegui

Estimada compañera:

En atención a su honrosa solicitud, le envío esta carta para ser leída al inicio del Simposio Internacional en Conmemoración del 90º Aniversario de 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de José Carlos Mariátegui.

Aunque el hecho es infrecuente, voy a dedicar esta carta a la memoria del compañero Antonio Melis, quien de estar vivo hubiera participado brillantemente en este Simposio. Él era muy joven, y yo no lo conocía aún personalmente, cuando leí su excelente ensayo «Mariátegui, primer marxista de América», que incluí en el número 48 (mayo-junio de 1968) de la revista Casa de las Américas: un número destacado también porque en él apareció el primer texto literario que, después de publicada la trepidante novela Cien años de soledad, su autor, Gabriel García Márquez escribiera y me enviara, siendo su colaboración inicial en la revista. Melis, uno de los mejores estudiosos de Mariátegui, llegó, como se sabe, a dirigir el notable Anuario Mariateguiano. Además integró el jurado del Premio Literario Casa de las Américas y, hecho ya un amigo fraterno, prologó un libro mío aparecido en Italia que fue traducido por su compañera.

He dicho en otras ocasiones, y me complace reiterar, que creo firmemente que la Revolución Cubana no solo es, como se proclama, martiana, marxista, leninista y fidelista, sino también mariateguiana. Asimismo he dicho, y repito, que nuestro socialismo ha sido y es, como Mariátegui quiso que fuera en nuestra América, creación heroica, aunque en raros momentos, infelices, incurriera en calco y copia.

No puedo imaginar siquiera que lectores tan voraces y omnívoros como Fidel y el Che no hayan leído a Mariátegui, al menos sus imperecederos 7 ensayos, que por cierto la Casa de las Américas publicó, como segundo título de su Colección Literatura Latinoamericana, en 1963, es decir, cuando el Che se encontraba aún en Cuba, y reeditó después en varias ocasiones. Luego publicó, en la Colección Pensamiento de nuestra América (que se inició con una vasta antología de textos del Che que compilé), una selección en dos tomos de Obras (1982) de Mariátegui, escogidas por Francisco Baeza y prologadas por Enrique de la Osa. Mariátegui es presencia constante en la Casa de las Américas, como lo ratifican no pocos textos relativos a él que ha editado. Y en la conmemoración de su centenario, la Casa realizó el Coloquio Internacional Mariátegui en el pensamiento actual de nuestra América, que tuvo lugar en la sala Che Guevara de la institución, del 18 al 21 de julio de 1994. En él participó el doctor Javier Mariátegui Chiappe, el más joven de los hijos del Amauta, quien ya había estado antes en Cuba, ocasión en que, a solitud suya, nos reunimos en vísperas de su muerte con el destacado intelectual cubano Juan Marinello, quien se había carteado con su padre. Dicho Coloquio se realizó cuando Cuba vivía la durísima experiencia del llamado Periodo Especial en Tiempo de Paz, lo que implicaba una gran escasez material. Por ello no pudimos costear la publicación de los materiales presentados en el Coloquio, y la Empresa Editora Amauta S.A. lo hizo en Lima, indicando que era una coedición con la Casa de las Américas; ni pudimos costear el pasaje de los invitados, a lo que el doctor Javier Mariátegui aludió con delicadeza pero con claridad en sus palabras de clausura al decir, refiriéndose a nuestra institución, que «[c]on escasos recursos, tuvo su invitación tal fuerza de convocatoria que fue generosamente acatada por los participantes, principalmente por los venidos de fuera». En aquel Coloquio intervinieron, entre otros, Antonio Melis, Antonio Cornejo Polar, Mabel Moraña, Jorge Ruffinelli, Edgar Montiel, Roberto Armijo, Guillermo Mariaca Iturri, Tomás. Escajadillo, Neil Larsen, Harry E. Vanden, Javier Bernal Vence y un grupo de pensadores cubanos, jóvenes la mayoría.

Es imprescindible que mencione lo mucho que mi modesta tarea intelectual debe a Mariátegui: no solo a sus 7 ensayos, sino también a otras de sus obras. Lo proclaman mi texto más conocido, «Caliban», y al menos dos de mis libros: Para una teoría de la literatura hispanoamericana y Algunos usos de civilización y barbarie, que han conocido varias ediciones.

El notable estudioso Michael Löwy, en su valiosa antología del marxismo en la América Latina (1980), señaló en él tres períodos durante el siglo XX. Al primero lo llamó «período revolucionario», y lo consideró desde los años veinte hasta mediados de los años treinta. Cuba estuvo presente, en la ocasión, gracias a figuras como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Pero sin duda la criatura solar de ese momento fue José Carlos Mariátegui, de pensamiento pasmosamente amplio y audaz, acompañado de una praxis formidable. Para Löwy, el segundo período del marxismo latinoamericano del siglo XX, comprendido entre mediados de los años treinta y 1959, fue el «período estalinista». Significativamente, se discutió entonces el valor de los extraordinarios aportes de Mariátegui, como se vio en artículos aparecidos en varios números de la revista cubana Dialéctica. Y un tercer y «nuevo período revolucionario» del marxismo latinoamericano, según Löwy, se abrió con la victoria en 1959 de la Revolución cubana. De manera significativa, Mariátegui volvió a ser figura estelar. Melis, entrados los años sesenta del siglo pasado, lo comentó así: «El pensamiento de Mariátegui ha conocido en los últimos años una fortuna renovada, sobre todo a raíz del despertar político de la América Latina. Es significativo que la Cuba socialista haya promovido una edición popular de los Siete ensayos, y que el debate sobre la experiencia de Mariátegui se desenvuelva con más intensidad donde más viva es la lucha política.»

Pero la Revolución cubana está a punto de cumplir sesenta años, y es explicable que Marco Álvarez, en reciente entrevista a Löwy, le preguntara cómo denominaría él la etapa del marxismo en la América Latina durante los últimos veinticinco años, y cuáles serían sus principales características. Löwy le respondió sin sugerir nombre para la etapa y aduciendo distintas conjeturas. Por otra parte, se trata de una interrogación ante la cual no es posible la violenta derechización actual del mundo, con un capitalismo particularmente depredador, renacidas guerras coloniales, brutal xenofobia e incluso amagos fascistas. Al frente del imperio se halla quien he llamado Calígula atómico, mientras el politólogo John Saxe-Fernández se ha referido al nacionaltrumpismo. Y en estas condiciones, indudablemente, el pensamiento y la acción de Mariátegui son tan necesarios como siempre: y quizá mucho más aún. De ahí que tengan tanta importancia reuniones como el Simposio presente. No se trata de salvar a Mariátegui, sino de que sus lecciones y sus batallas contribuyan a salvar la humanidad. Se sabe bien que la gran Rosa Luxemburgo consideró que si el capitalismo no era sucedido por el socialismo, podía serlo por la barbarie. Tal es la dramática opción en todo el planeta.

Así como inicié esta carta de modo no convencional, voy a concluirla de manera similar, que creo que no hubiera disgustado a quien, como el peruano universal, evocó tan conmovedoramente su amor con Ana Chiappe, la preciosa muchacha que conoció en Italia cuando ella tenía diecisiete años. Terminaré citando versos del último poema que escribí a mi inolvidable compañera, Adelaida de Juan, desaparecida hace pocos meses tras más de sesenta y cinco años de unión que solo la muerte, como preví en otros poemas, pudo romper:

Casi imposible recordar algo
​​Sin recordarte a ti también.
​​​Al principio, tenías diecisiete años,
​​​Un traje sastre color arena,
​Un foulard verde,
​​​La sonrisa, los ojos tristes.
​​​Luego, un pañuelo en la cabeza,
​​​Sandalias,
​​​Caminando por la carretera bajo el sol. […]

Han pasado los años como olas​
​​​Del mar sobre la orilla,
​​​Tranquilas o encrespadas. 

Ya lo dijo Mariátegui:
La vida
Que te falta
Es la vida
Que me diste.​​​.​​​​

Fraternalmente,
Roberto Fernández Retamar

++++

[Lima], 20 de octubre de 2018​​

Estimado compañero Roberto Fernández Retamar:

Ayer concluyó el Simposio Internacional 7 ensayos noventa años. Treinta ponencias estudiadas, analizadas, bien documentadas. Dos intensos días de análisis, propuestas, ideas, voluntad de luchar y pensar. Todo lo cual empezó con la lectura de su carta, escuchada con atención y respeto. Pero no sé qué ocurrió. Cuando llegué al final se me quebró la voz:

​​​Han pasado los años como olas
Del mar sobre la orilla,
Tranquilas o encrespadas
​​Ya lo dijo Mariátegui:
​​​ La vida
​​ Que te falta
​​ ​Es la vida
​​ ​Que me diste.

Apenas musité: Fraternalmente, Roberto Fernández Retamar.
Y un estruendoso aplauso expresó nuestro inmenso afecto por usted.

Fraternalmente,
Sara Beatriz.

Tomado de Segunda Cita, blog de Silvio Rodríguez.

MARX Y LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA. JUAN J. PAZ Y MIÑO-CEPEDA

JUAN PAZ Y MIÑO 2

JUAN J. PAZ Y MIÑO-CEPEDA

La teoría de Karl Marx (1818-1883) ingresó a Nuestra América Latina al comenzar el siglo XX, aunque algunos intelectuales, así como inmigrantes europeos, la conocían con anterioridad. Pero la difusión amplia de esa teoría, así como la búsqueda de interpretaciones ajustadas a las realidades de la región a fin de orientar las luchas políticas fue obra de los partidos marxistas, que inicialmente se identificaron bien como Socialistas o bien como Comunistas. Los anarquistas y los anarcosindicalistas convivieron con estos partidos en la misma época, aunque tuvieron más influencia en unos países (México, Argentina) que en otros.

Los partidos marxistas definieron y marcaron el espacio de la izquierda política en la región. Fueron fundamentales en el origen de las organizaciones clasistas de los trabajadores, pero también de campesinos e indígenas, como ocurrió en Ecuador, donde el Partido Comunista (1931) fue el gestor de la Federación Ecuatoriana de Indios (FEI, 1944) y de la Confederación de Trabajadores del Ecuador (CTE, 1944). Además, dieron paso a la superación histórica del viejo bipartidismo (conservadores y liberales). Sus intelectuales, así como la difusión del ideario y la acción política en el ejercicio de la lucha de clases, igualmente generaron una conciencia favorable -y hasta inédita- con los sectores populares y particularmente con los trabajadores.

La Constitución Mexicana de 1917, pionera en inaugurar el constitucionalismo social latinoamericano, no solo fue una consecuencia teórica de la Revolución de 1910, sino del espacio afirmado por la izquierda política. Los códigos del trabajo, que también se irán adoptando en los distintos países con el avance del siglo XX (en Ecuador el Código del Trabajo se expidió en 1938), provenían del ambiente social y cultural creado precisamente por el espacio político de la izquierda, en el que, sin duda, tuvo decisiva influencia la Revolución Rusa (1917). El hecho de que los códigos laborales hayan sido acusados de “comunistas” y resistidos a su debido tiempo por los empresarios, da cuenta del avance logrado por las izquierdas.

Los populismos latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX pueden ser ubicados en el espectro de la izquierda política, aunque no son necesariamente marxistas. Así, la Revolución Juliana (1925-1931) en Ecuador inauguró el intervencionismo estatal en la economía, la institucionalización de la cuestión social en el Estado con las primeras leyes y entidades protectoras del trabajo, la seguridad social, los impuestos directos con el de rentas a la cabeza, y además, un largo proceso de lucha por la superación del régimen oligárquico.

Tampoco es una ubicación tajante y definitiva. En Chile, la dictadura de Carlos Ibáñez (1927-1931), con apoyo de liberales y conservadores, más la ilegalización del Partido Comunista, combinó la participación económica del Estado con cierto enfoque social. Pero el tenentismo en Brasil desde 1922, libró una constante batalla antioligárquica y uno de sus líderes, Luis Carlos Prestes, se reconocía como socialista revolucionario. Esa lucha es un antecedente para la revolución de los treinta y los gobiernos de Getulio Vargas (1930-1945 y luego 1950-1954) impulsaron el Estado Novo, con una modernización económica significativa, reforma social y “populismo”.

En rápido repaso, por la misma época Uruguay estabilizó su democracia y las instituciones progresistas; Costa Rica suprimió sus fuerzas armadas; en Argentina tomó impulso la Unión Cívica Radical (UCR) que llevó al triunfo a Marcelo Torcuato Alvear (1922-1928) e Hipólito Yrigoyen (1928-1930), quienes modernizaron al país, y solo después de la “década infame” (1930-1943) ascendió Juan Domingo Perón (1946-1955) con quien se marcó una política “populista” inédita. En Perú aparecieron el APRA fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre y el Partido Comunista fundado por Carlos Mariátegui; en Bolivia surgió la Federación Obrera del Trabajo antecesora de la COB, y años más tarde se produciría la impactante Revolución Nacional iniciada por la alianza minero-campesina, que posibilitó el largo gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) entre 1952 y 1964. En México, el ascenso de Lázaro Cárdenas (1934-1940) volvió sobre la reforma agraria y nacionalizó el petróleo, dando continuidad a los “populismos” clásicos.  Seguir leyendo MARX Y LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA. JUAN J. PAZ Y MIÑO-CEPEDA

PENSAR DESDE EL SUR. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA
Bajo el signo de la globalización neoliberal, nos ha tocado vivir una etapa de extrema complejidad. En el plano internacional y en el interior de las naciones se acentúa con rapidez la brecha que separa a los poderosos de los desposeídos. La acción de la política,  de manera abierta y desembozada, con empleo de una supuesta institucionalidad judicial o mediante la fuerza represiva, sofoca las plataformas de resistencia.

Los medios contribuyen a manipular conciencias. Así, en brevísimo lapso, se ha modificado el panorama de América Latina. El dominio de las finanzas se ejerce con el respaldo de una ideología que se manifiesta  en el modo de representar la realidad y construir paradigmas.

Conflictos bélicos en áreas localizadas amenazan con bordear conflagraciones de mayor dimensión. Sobre ese panorama, el pensamiento conservador cobra fuerza y construye el gran relato de la historia. Situado desde  la perspectiva de lo que ahora conocemos como Primer Mundo, se evoca la imagen de una  «bella época», ubicada en el tránsito entre los siglos XIX y XX,  previo al estallido de la Primera Guerra Mundial.

En el París de entonces, las damas paseaban por el Bosque de Bolonia. En Montmartre nacía el cabaret. Era, en el entorno  del Molino Rojo, la atmósfera de tantas películas disfrutables. Sin embargo, en aquellos mismos días, se estaba efectuando el reparto definitivo de África, la expansión colonial alcanzaba todos los continentes y en Cuba se libraba la guerra por la independencia. Es la otra cara de la luna, oculta por los grandes relatos, asumidos como verdades incontrovertibles que también colocan en segundo plano los gérmenes de rebeldía convertidos en larga marcha en favor de la liberación que ha trasformado, en menos de un siglo, la configuración de Asia.

Descartados el mesianismo civilizatorio y la subestimación  de los valores forjados por otras culturas, sería improcedente renunciar al legado de un pensamiento que integró en el Mediterráneo saberes de diversa procedencia, construyó una historia de la Filosofía, inspiradora del análisis crítico de lo que somos, sobre todo cuando conmemoramos el segundo centenario del nacimiento de Carlos Marx. En ese ámbito, muchas veces a contrapelo de los dogmas dominantes, cristalizaron importantes contribuciones al desarrollo de las ciencias exactas, naturales y sociales, así como una  valiosísima  creación artístico-literaria.

Lejos de asumir un comportamiento mimético, nos corresponde apropiarnos de ese legado en beneficio propio. En carta a Armando Hart, el Che recomendaba la publicación en Cuba de algunos textos fundamentales tomados de la tradición histórica. Fidel, por su parte, se valió de la audaz iniciativa de las Ediciones Revolucionarias para garantizar la actualización respecto a las tendencias contemporáneas.

Sombras ominosas proyectan en América Latina el acelerado desmontaje de las conquistas logradas en años recientes. Atenidos a las realidades del mundo contemporáneo, se impone rearticular, con espíritu crítico, los fundamentos de un pensamiento de izquierda. No somos estatuas de sal, paralizadas con la mirada fija en el pasado. Pero no resulta ocioso  redescubrir  en nuestras propias fuentes  las fuerzas motrices de un pensamiento armado con las herramientas más eficaces de cada época y afincado en el análisis de nuestras realidades específicas.

Evocaba Casa de las Américas en fecha reciente el nonagésimo aniversario de la publicación de los Siete ensayos de José Carlos Mariátegui, texto fundador de un marxismo de inspiración latinoamericana que rompió fronteras y ejerció indiscutible influencia en el continente. Eran aquellos intensos 20 del pasado siglo, cuando una hornada intelectual se vinculaba a la vida política. Había ocurrido la Revolución de Octubre y poco antes, la Revolución Mexicana colocaba en primer plano las reivindicaciones agrarias, todavía  apremiantes en muchos países. Desde la lucidez de su juventud luminosa, Julio Antonio Mella  exploraba con pupila renovadora las ideas de Marx y de Martí.

Pensar desde el Sur demanda construir nuestro relato histórico remontando los orígenes y caracterizando la naturaleza de las contradicciones que sacuden nuestra contemporaneidad. Exige rescatar una tradición de pensamiento forjada en el proceso de lucha por la emancipación, entretejida a lo largo de un transcurrir secular, recordada a través de citas fragmentarias en acomodaticio olvido de la necesaria lectura en profundidad. Junto a Bolívar aparece el otro Simón, su maestro, quien bosquejó una temprana visión nuestramericanista.

 Por universal y enraizado en nuestro contexto,  José Martí escapa a todo intento de clasificación. En cada recodo del camino, son muchos los que han seguido uniendo acción y pensamiento, siempre informados acerca de las corrientes dominantes en el mundo para abordar con lucidez el desmontaje de las contradicciones latentes en cada momento, aunque su obra se diluya a veces en una desmemoria subdesarrollante. Por imperativos de la necesidad, aprendimos a pensar desde el Sur. Hacerlo ahora de manera consciente es exigencia impostergable.

EL SOCIALISMO EN AMÉRICA DEBE SER CREACIÓN HEROICA. JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

JOSÉ CARLOS MARIÁTEGUI

Amauta llega con este número a su segundo cumpleaños. Estuvo a punto de naufragar al noveno número, antes del primer aniversario. La admonición de Unamuno –«revista que envejece, degenera»– habría sido el epitafio de una obra resonante pero efímera. Pero Amauta no había nacido para quedarse en episodio, sino para ser historia y para hacerla. Encarar con esperanza el porvenir. De hombres y de ideas es nuestra fuerza.

La primera obligación de toda obra, del género de la que Amauta se ha impuesto, es esta: durar. La historia es duración. No vale el grito aislado, por muy largo que sea su eco; vale la prédica constante, continua, persistente. No vale la idea perfecta, absoluta, abstracta, indiferente a los hechos, a la realidad cambiante y móvil; vale la idea germinal, concreta, dialéctica, operante, rica en potencia y capaz de movimiento. Amauta no es una diversión ni un juego de intelectuales puros: profesa una idea histórica, confiesa una fe activa y multitudinaria, obedece a un movimiento social contemporáneo. En la lucha entre dos sistemas, entre dos ideas, no se nos ocurre sentirnos espectadores ni inventar un tercer término. La originalidad a ultranza es una preocupación literaria y anárquica. En nuestra bandera inscribimos esta sola, sencilla y grande palabra: Socialismo. (Con este lema afirmamos nuestra absoluta independencia frente a la idea de un Partido nacionalista, pequeño burgués y demagógico).

Hemos querido que Amauta tuviese un desarrollo orgánico, autónomo, individual y nacional. Por esto, empezamos por buscar su título en la tradición peruana. Amauta no debía ser un plagio, ni una traducción. Tomábamos una palabra incaica, para crearla de nuevo. Para que el Perú indio, la América indígena, sintieran que esta revista era suya. Y presentamos a Amauta como la voz de un movimiento y de una generación. Amauta ha sido, en estos dos años, una revista de definición ideológica, que ha recogido en sus páginas las proposiciones de cuantos con títulos de sinceridad y competencia han querido hablar a nombre de esta generación y de este movimiento.

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