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FERIA TENEMOS. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI

A pesar de las dificultades interpuestas por el cerco económico, regresa en febrero la Feria del Libro, señal inequívoca de la voluntad  de conceder atención prioritaria a la educación y la cultura. El calendario se eslabona a través de hitos que convocan sucesivamente la atención mediática en torno al cine, el teatro, el jazz o el libro. Es de lamentar, sin embargo, que una vez transcurrido el acontecimiento, el interés por el tema de la lectura pase a un segundo plano. Se trata de un asunto primordial en este inicio de milenio, cuando la comunicación humana se empobrece, con graves consecuencias en el desarrollo de la conciencia ciudadana.

No soy una voz solitaria. Desde hace buen tiempo, el debate está abierto en muchas zonas del planeta. Los profesores advierten las progresivas limitantes, muy acusadas entre los estudiantes universitarios, en cuanto a la expresión escrita de sus ideas. La rápida expansión del libro digital pareció poner al alcance de todos la posibilidad de leer y conservar libros, costosos en su tradicional formato de papeles e invasivos de espacios domésticos cada vez más reducidos. La experiencia ha demostrado que ambos soportes coexisten. Respaldados por poderosos intereses transnacionales, millares de títulos aparecen cada año. Ambiente adecuado para las transacciones comerciales, las ferias se multiplican en todos los continentes. El problema tiene, por tanto, raíces más profundas.

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El poeta Eliseo Diego

Vale la pena recordar, en el año de su centenario, que el poeta Eliseo Diego dedicó buena parte  de sus esfuerzos a estimular en los más pequeños la necesidad de leer con el propósito de incentivar desde esas edades decisivas, el libre crecimiento de la imaginación creadora. Con el característico «había una vez» de los cuentos tradicionales, los niños cobraban conciencia de estar entrando en el mundo de la ficción, presidido por un lugar  y un tiempo indeterminados. En la quietud de la penumbra, la voz humana, a través de la narración oral, conducía al pleno disfrute de la palabra, portadora de ideas y de imágenes. Despierta la curiosidad, se acercarían luego al libro.

No obstante, las reformas introducidas a escala internacional en los sistemas educacionales conducen por caminos bien distintos. Los criterios utilitaristas, al servicio de las demandas de los empresarios, subordinan  los objetivos de formación integral a los requerimientos, a los requisitos de un entrenamiento para las exigencias de una práctica inmediata. El ser humano se prepara para convertirse en herramienta, pronto descartable, según el ritmo de los avances tecnológicos, destinados a producir bienes y servicios.  Los exámenes computarizados frenan la expresión de la creatividad y simplifican el uso del lenguaje.

La acelerada expansión de las nuevas tecnologías contribuye también a la pérdida de los hábitos de la lectura como disfrute y apertura al universo de la espiritualidad. Quizá el acceso a internet acreciente cuantitativamente el consumo de mensajes escritos. Desde el punto de vista cualitativo, lo esencial consiste en definir cómo, por qué y para qué se lee. En ese espacio volátil e inapresable, se mezclan materiales valiosos con la frivolidad y las informaciones mendaces. Hipnotiza a los incautos y manipula conciencias. Con la astucia del gato con botas, capaz de convertir al misérrimo hijo de molinero en poderoso marqués de Carabás, con la seducción ejercida por el flautista de Hamelin, hace del espejismo una verdad. Es una realidad que ha entrado en nuestras vidas.  Para afrontarla, hay que formar un lector crítico, preparado para descubrir la esencia del fruto  en medio de la densidad del follaje.

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Las nuevas generaciones están creciendo bajo ese signo. También entre nosotros el fenómeno está presente.  Disponemos de un idioma universal presente en Europa, África y la América Latina, que se extiende a otras tierras por vía de la emigración, portador de una riquísima literatura, tesoro compartido por los hispanohablantes, puente de diálogo entre el acá y el allá del Atlántico. Su deterioro es palpable en la pobreza del léxico, privado del dominio de los matices reveladores de la riqueza de la realidad. Su extrema precariedad limita el pensar, enturbia la comunicación entre las personas, al punto de exacerbar las manifestaciones de violencia. El empobrecimiento alcanza el habla cotidiana, escasamente articulada, en la que las consonantes desaparecen tras una vocalización gaseosa.

La situación merece rápida atención por parte de todos los factores concernidos. La escuela habrá de proveer las medidas para el rescate del idioma, para lo cual no es suficiente, el manejo de la gramática. Desde los primeros pasos, hay que incorporar la fluidez en la lectura mediante su práctica en alta voz y el énfasis en la interpretación de textos. Corresponde a los medios de comunicación cuidar del empleo correcto del español y contribuir con eficacia a la  promoción del libro. No caigamos en tentaciones utilitaristas. Abramos ventanas a la gran literatura. Nos ofrece disfrute y recreación. Es un valladar ante la corrupción del idioma, ese instrumento del pensar, fundamento de nuestro proyecto humano y de nuestro reconocimiento identitario.

Bienvenida la Feria, siempre y cuando no resulte celebración pasajera sino acción impulsora de un debate imprescindible e incitación a mantener viva la lectura creativa, para que no sigamos encontrando, en el abandono  de los basurales, obras de valía.

Fuente: JUVENTUD REBELDE

LA SUERTE DEL LIBRO NUNCA ESTUVO EN IGUAL DECADENCIA. SUSAN SONTAG

CARTA DE SUSAN SONTAG (1933-2004) A JORGE LUIS BORGES (1899-1986),  DIEZ AÑOS DESPUÉS DE SU MUERTE

12 de junio de 1996

Querido Borges:

Dado que siempre colocaron a su literatura bajo el signo de la eternidad, no parece demasiado extraño dirigirle una carta. (Borges, son diez años.) Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico. Esto tenía algo que ver con la apertura y la generosidad de su atención. Era el menos egocéntrico, el más transparente de los escritores… así como el más artístico. También tenía algo que ver con una pureza natural de espíritu. Aunque vivió entre nosotros durante un tiempo bastante prolongado, perfeccionó las prácticas de fastidio e indiferencia que también lo convirtieron en un experto viajero mental hacia otras eras. Tenía un sentido del tiempo diferente al de los demás. Las ideas comunes de pasado, presente y futuro parecían banales bajo su mirada. A usted le gustaba decir que cada momento del tiempo contiene el pasado y el futuro, citando (según recuerdo) al poeta Browning, que escribió algo así como “el presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”. Eso, por supuesto, formaba parte de su modestia: su gusto por encontrar sus ideas en las ideas de otros escritores.

Esa modestia era parte de la seguridad de su presencia. Usted era un descubridor de nuevas alegrías. Un pesimismo tan profundo, tan sereno como el suyo no necesitaba ser indignante. Más bien, tenía que ser inventivo… y usted era, por sobre todo, inventivo. La serenidad y la trascendencia del ser que usted encontró son, para mí, ejemplares. Usted demostró de qué manera no es necesario ser infeliz, aunque uno pueda ser completamente perspicaz y esclarecido sobre lo terrible que es todo. En alguna parte usted dijo que un escritor –delicadamente agregó: todas las personas– debe pensar que cualquier cosa que le suceda es un recurso. (Estaba hablando de su ceguera.)

Usted fue un gran recurso para otros escritores. En 1982 –es decir, cuatro años antes de morir (Borges, son diez años)– dije en una entrevista: “Hoy no existe ningún otro escritor viviente que importe más a otros escritores que Borges. Muchos dirían que es el más grande escritor viviente… Muy pocos escritores de hoy no aprendieron de él o lo imitaron”. Eso sigue siendo así. Todavía seguimos aprendiendo de usted. Todavía lo seguimos imitando. Usted le ofreció a la gente nuevas maneras de imaginar, al mismo tiempo que proclamaba, una y otra vez, nuestra deuda con el pasado, por sobre todo con la literatura. Usted dijo que le debemos a la literatura prácticamente todo lo que somos y lo que fuimos. Si los libros desaparecen, desaparecerá la historia y también los seres humanos. Estoy segura de que tiene razón. Los libros no son sólo la suma arbitraria de nuestros sueños y de nuestra memoria. También nos dan el modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es sólo una manera de escapar: un escape del mundo diario “real” a uno imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más.

Lamento tener que decirle que la suerte del libro nunca estuvo en igual decadencia. Son cada vez más los que se zambullen en el gran proyecto contemporáneo de destruir las condiciones que hacen la lectura posible, de repudiar el libro y sus efectos. Ya no está uno tirado en la cama o sentado en un rincón tranquilo de una biblioteca, dando vuelta lentamente las páginas bajo la luz de una lámpara. Pronto, nos dicen, llamaremos en “pantallas-libros” cualquier “texto” a pedido, y se podrá cambiar su apariencia, formular preguntas, “interactuar” con ese texto. Cuando los libros se conviertan en “textos” con los que “interactuaremos” según los criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva regida por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando –y que nos prometen– como algo más “democrático”. Por supuesto, usted y yo sabemos, eso no significa nada menos que la muerte de la introspección… y del libro.

Por esos tiempos no habrá necesidad de una gran conflagración. Los bárbaros no tienen que quemar los libros. El tigre está en la biblioteca.

Querido Borges, por favor, entienda que no me da placer quejarme. Pero, ¿a quién podrían estar mejor dirigidas estas quejas sobre el destino de los libros –de la lectura en sí– que a usted? (Borges, son diez años.)

Todo lo que quiero decir es que lo extrañamos. Yo lo extraño. Usted sigue marcando una diferencia. Estamos entrando en una era extraña, el siglo XXI. Pondrá a prueba el alma de maneras inéditas. Pero, le prometo, algunos de nosotros no vamos a abandonar la Gran Biblioteca. Y usted seguirá siendo nuestro modelo y nuestro héroe.

Traducción: Claudia Martínez

Fuente: DIGO.PALABRA.TXT

LEER O NO LEER, ESA ES LA CUESTIÓN. VILMA FUENTES

VILMA FUENTES, ESCRITORA MEXICANA

VILMA FUENTES* / EL VIEJO TOPO / LA JORNADA

 ¿Qué significa ser escritor? Sin duda, la más corriente de las respuestas es ser leído. Aquí comienza otro género de dificultades: ¿cómo lograr que lo escrito se reproduzca lo suficiente para que un alguien desconocido, “lector cualquiera maravillado”, escribió Marcel Proust, abra el libro y se ensimisme en sus líneas al extremo de dejar conducir sus pensamientos por ellas al menos durante el tiempo de la lectura?

Ser leído es el sueño del escritor. Una de las metas. Tal vez parezca en desuso este anhelo, pues ahora no se desea tanto ser leído como vender el producto denominado libro, así quien lo compre arroje el libro a un estante entelerañado en un desván –o directamente a un basurero. En la actualidad, después de conseguir un editor, una legión de llamados escritores porque publican una o dos centenas de páginas parece querer, ante todo, ser célebre, ver su imagen y ser visto por los otros, los miles de espectadores, más o menos pasivos, que encienden el aparato televisivo porque no saben qué hacer o porque la tele los deja descansar, no los hace pensar.

Venta y/o celebridad: ¿es eso un escritor? Creo que ni una ni otra se oponen al extraño deseo de ser leído. Las cosas se complican cuando se desean lectores de un futuro donde ya no se existirá, como no sea por esas páginas abiertas y esas líneas descifradas por personas que pensarán necesariamente de otra manera. Si este delirio es ser escritor quedan excluidos entonces los razonables vendedores en búsqueda de la celebridad actual.

Tal vez, al fin de cuentas, el tema central del Quijote. Alonso Quijano va a enloquecer a causa de la ávida y “gulosa” lectura de libros a la moda fabricados por autores que no hacen sino seguirla creyendo así vender. Cada quien jubila con la lectura de las fabulosas aventuras de Quijote y Sancho. Cierto, son irresistibles. Pero el genio del narrador nos disimula, quizás, el verdadero tema de su libro. ¿Cuál es el tema de este libro que todos creen conocer? ¿El número interminable de las catástrofes que sufre el héroe? Reímos. Pero esta risa no es la esencia del libro, la materia. El personaje del Quijote es, primero, presentado como un hombre obsesionado por las novelas de caballería, un lector, una especie de rata de biblioteca, un enfermo del papel impreso, en suma, una suerte de Jorge Luis Borges antes de tiempo. Así, no deberíamos asombrarnos de que Borges, bibliotecario, haya inventado la fantasía de ser el autor del Quijote. No era el autor, era el personaje. Era asimismo doblemente el personaje pues podía reconocerse en el Quijote como en Cervantes. Puesto que el verdadero tema de esta obra, indicado desde el sarcástico prólogo sobre los fabricantes de libros, es el único tema que retuvo la atención de Borges durante su vida: ¿qué es la lectura, la escritura, y cuál es ese territorio que instala su historia y su geografía en un libro? En ese espacio imaginario que no existe y que, sin embargo, en la duda que nos mantiene frente a lo real podría ser el más certero testimonio de la realidad de nuestra existencia: las palabras. Última prueba, la tabla de salvación de nuestros sueños, huella garabateada y legible de nuestro paso efímero sobre esta tierra.

La proliferación de libros no es necesariamente un progreso. En los países “desarrollados”, las librerías son desbordadas por la sobreproducción de obras impresas. Un libro se ha vuelto un producto como cualquier otro, una mercancía en venta, lo más rápido posible, según el último grito de la moda. Se habla ahora de “libros kleenex”. ¿En dónde está el progreso? Esta forma de lanzar en el mercado tantos volúmenes puede aparecer como una forma moderna de la censura. Por ahogo a causa de la oleada de libros que se publican. En El ladrón del tiempo (ediciones Mortiz), el autor de esta obra dice que hoy no se necesita prohibir un libro, pues la abundancia se encarga de censurarlo bajo las pilas de volúmenes impresos.

*Escritora y periodista mexicana.

ESCRITORES QUE NO LEEN. DAVID VICENTE

 

DAVID VICENTE / ZENDA LIBROS

Gran parte de los supuestos escritores, aspirantes a escritores y escritores en ciernes con los que me topo de un tiempo a esta parte, en realidad no están preocupados por la escritura, sino por la publicación de su obra. Una obra que, paradójicamente, todavía no han escrito, pero que desean ver en los escaparates de las librerías cuanto antes. Sí, tienen más urgencia por publicar que por escribir; la publicación no es una consecuencia, es necesidad, una obsesión. Es, diría, el objetivo único. La literatura queda en un segundo plano. ¿A quién le importa la literatura? Lo que está en juego es otra cosa.

En una encuesta realizada por el diario El País en enero del 2015, el 35% de los españoles reconocía no leer nunca y solo el 29,3% aseguraba hacerlo de manera habitual. Yo sería todavía menos benévolo. Considerando que la lectura tiende a ser utilizada como una de las principales varas para medir la cultura y el desarrollo humano —probablemente de manera sobrevalorada—, a nadie le gusta pasar por inculto y poco evolucionado. Así que es fácil que ese 35% sea algo mayor y que del 29,3% no lea de un modo tan frecuente como asegura.

A pesar de estos datos, puede que este sea el país con más escritores por metro cuadrado. Usted mismo seguro que también escribe, pese a no leer. O su vecino del tercero. O su cuñado. Los cuñados escriben mucho.  Seguir leyendo ESCRITORES QUE NO LEEN. DAVID VICENTE

HABLAR O LEER EN PÚBLICO, DOS COSAS BIEN DISTINTAS. MADELEINE SAUTIÉ

La vida cotidiana tiene mucho de estas experiencias, reiteradas a fuerza de estar integrados a organizaciones, proyectos laborales o de superación, sin contar el escenario escolar al que todo cubano tiene acceso y en el que son naturales incontables exposiciones.

La existencia de espacios donde hay que hablar en púbico es por tanto parte de la vida, y puesto que todo lo que está destinado a los demás debe ser cuidadosamente examinado, oportuna sería la revisión del modo en que nos dirigimos a otros cuando el orden previo avisa y somos conscientes de que tendremos que hacerlo.

Los contenidos que integran la oratoria aceptan que el discurso puede hacerse oral o escrito, por lo que la previa redacción de lo que otros habrán de escuchar puede, válidamente, elaborarse. Para eso, incluso, hay pasos, formas establecidas y recomendaciones, sobre todo, cuando se trata de un mensaje que busca enardecer los ánimos. Para los entendidos, estructuras y entradas  pueden escogerse ajustándose al gusto y estilo del orador, que gana mañas en el arte de hilvanar las ideas fundamentales que deberá compartir.  Seguir leyendo HABLAR O LEER EN PÚBLICO, DOS COSAS BIEN DISTINTAS. MADELEINE SAUTIÉ

LAS LECTURAS DEL JOVEN FIDEL. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI / JUVENTUD REBELDE

A veces, escuchando sus discursos se me escapaba una sonrisa cómplice. Reconocía, en alguna cita, las lecturas compartidas en nuestros estudios de bachillerato. Nos separaban pocos años de edad, y el plan de estudios seguía siendo el mismo, con su buena dosis de literatura española del Siglo de Oro, ese maravilloso grito paralelo a un país empobrecido, obligado a entregar a sus acreedores la plata que le venía de las colonias, atrapado por una implacable deuda externa, fuente nutricia del capital originario de los países que emergían en el norte de Europa. Un librito, aparentemente periclitado en el tiempo, nos seguía ofreciendo las cien mejores poesías de la lengua española, desde la simpática y pícara vaquera de la Finojosa, hasta la severa Epístola Moral a Fabio, tan previsora respecto a los peligros que entrañan las ambiciones cortesanas.

Fidel fue desde siempre un lector omnívoro. Tenía que someterse, en razón de trabajo, a aburridísimos informes. Abordó textos científicos relacionados con la naturaleza. Con las prácticas agrícolas, con el origen del universo, con el cambio climático y con el devenir de la historia. Lo hacía de manera eficiente y provechosa. Tal y como ocurría en sus frecuentes diálogos personales, sometía el texto a infinidad de interrogantes. Organizaba la información e interconectaba los hechos, clave de la verdadera cultura, según Alejo Carpentier, porque no se trata de sumar referencias en una acumulación cuantitativa sin término, sino de aventurarse en la búsqueda del sentido de las cosas. Por eso, supo mirar más allá del horizonte y advertir a tiempo los peligros que se cernían sobre el destino de la Isla, tan inevitablemente ligado al de la humanidad toda. Leer es un modo de escuchar voces del ayer, que iluminan los caminos del hoy y del mañana.  Seguir leyendo LAS LECTURAS DEL JOVEN FIDEL. GRAZIELLA POGOLOTTI

¿POR QUÉ SE LEE MÁS ENSAYO QUE FICCIÓN? SILVIA BARDELÁS

Sí, le cabe razón a la autora de este comentario, aunque prefiero alimentar la duda de que no sólo se lee más ensayo por las razones que ella aduce.  Que tal si lo debatimos… (OG)

ensayo-ficcionSILVIA BARDELÁS / EL LECTOR PERDIDO

Estamos asistiendo a un cambio de gustos en la lectura: muchos lectores de ficción han decidido pasar a ser lectores de ensayo. Se puede ver en las ventas. Muchos editores estarían de acuerdo en ver la edición de ficción como extremadamente problemática. Sólo el formato best-seller puede asegurar que una edición sea rentable. La búsqueda de nuevas formas de contar se ha abandonado por falta de público.

El interés por la ciencia, en cualquier ámbito, tiene que ver con una necesidad de verdad. Podríamos hacer un silogismo: como la ficción ha renunciado a buscar la verdad, esa necesidad la colmamos con los descubrimientos científicos. Todos los fenómenos humanos importantes van apareciendo como propiedades emergentes de una nueva forma de estar en el mundo. Cuando aparece la tecnología en un desarrollo trepidante, el consumo de masas, el ocio dirigido por la inmediatez y otros parámetros que podríamos añadir, el resultado es una sensibilidad diferente. Esas propiedades emergentes que surgen sin que nadie las haya programado y sin que nadie las haya intuido de antemano son auténticamente transformadoras. Estamos acostumbrados a controlarlo todo, pero sin quererlo, como una propiedad actual emergente, el control está dirigido a mantenernos en forma, es decir, a controlar nuestra alimentación, los músculos de nuestro cuerpo, a evitar la enfermedad y tener una buena vejez y conseguir un disfrute inmediato. De manera que todo lo que revierta en conocer todo lo que afecta a nuestro nivel físico de existencia y que nos ayude a ese mantenimiento de nuestro cuerpo sano, nos interesa enormemente. Pero a veces, esas propiedades emergentes se vuelven dictatoriales, en el sentido que cierran otros campos de la existencia que resultarían perturbadores. Meternos a pensar en nuestra existencia como algo por hacer, nos podría debilitar físicamente, nos haría perder fuerza en ese objetivo. Seguir leyendo ¿POR QUÉ SE LEE MÁS ENSAYO QUE FICCIÓN? SILVIA BARDELÁS

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