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EL CONCEPTO DE HEGEMONÍA EN LA OBRA DE GRAMSCI. VALENTINO GERRATANA

“Una hegemonía sin engaños es, por tanto, lo que distingue la hegemonía del proletariado de la hegemonía burguesa: por eso, Gramsci no se cansa de subrayar que ‘en la política de masas decir la verdad es una necesidad política’ (Q, 700). Es, claramente, el principio opuesto al bien conocido de la tradición burguesa, según el cual es esencial para el arte de la política la habilidad para mentir, ‘el saber astutamente esconder las propias opiniones verdaderas y las verdaderos fines a los que se tiende’ (Cuadernos de la cárcel, 699).”

GRAMSCI DIBUJO

VALENTINO GERRATANA

VALENTINO GERRATANAEl concepto de hegemonía es central en el desarrollo del pensamiento político y educativo de Antonio Gramsci. “Tanto si se sirve del término ‘hegemonía’, como si utiliza términos equivalentes (por ejemplo, ‘dirección intelectual y moral’), lo que más le interesa a Gramsci es la importancia esencial del marco de referencias en el cual el concepto se enraíza” (141).

Gramsci se refiere a menudo a Lenin como el ‘teórico de la hegemonía’, refiriéndose a “los escritos de Lenin en defensa de la hegemonía del proletariado en la revolución democrático-burguesa”.

“En un texto leniniano de este período se encuentra una definición teórica que parece escrita a propósito para justificar las posteriores tesis gramscianas. En polémica con V. Levitski, que contraponía a la idea de la hegemonía la idea del ‘partido de clase’, Lenin afirmaba de modo perentorio: ‘Desde el punto de vista del marxismo, una clase que niegue la idea de la hegemonía, o que no la comprenda, no es, o no es todavía, una clase, sino una corporación [es decir, un mero sindicato de oficio] o una suma de diversas corporaciones’. Y es, añadía Lenin, ‘justamente la conciencia de la idea de la hegemonía’ la que ha de transformar ‘una suma de corporaciones en una clase’ (Obras completas, XVII)” (141).

“No es fácil encontrar una definición más incisiva para subrayar la diferencia entre corporaciones y clase, y es precisamente la conciencia de esta diferencia la que sostiene toda la teoría gramsciana de la hegemonía” (141-142). “En el ensayo sobre la ‘cuestión meridional’, el último de sus escritos antes de su encarcelamiento, Gramsci puede aclarar perfectamente la cuestión de la hegemonía del proletariado, sin que necesite usar el término: ‘El proletariado, para ser capaz de gobernar como clase, debe despojarse de cualquier residuo corporativo, de todo prejuicio o incrustación sindicalista. ¿Qué significa esto? Significa que no sólo deben ser superadas las distinciones que existen entre profesión y profesión, sino que es necesario […] superar algunos prejuicios y vencer ciertos egoísmos que pueden subsistir y subsisten en la clase obrera como tal, incluso cuando ya han desaparecido de ella los particularismos profesionales. El metalúrgico, el carpintero, el albañil, etc. deben pensar, no sólo como proletarios y no ya como metalúrgico, carpintero, albañil, etc., sino que deben dar un paso más adelante todavía: deben pensar como obreros miembros de una clase que tiende a dirigir a los campesinos y a los intelectuales, de una clase que puede vencer y puede construir el socialismo sólo si es ayudada y seguida por la mayoría de estos estratos sociales’ (La quistione meridionale, 1926).” (142).

En ese momento, de acuerdo con las perspectivas del movimiento internacional nacido de la Revolución de Octubre, “Gramsci podía hablar de la cuestión de la ‘hegemonía del proletariado’ como de la cuestión de la ‘base social de la dictadura proletaria y del Estado obrero’. […] Sin embargo, ambos conceptos [el de ‘hegemonía’ y el de ‘dictadura del proletariado’] permanecen distintos” (142). Luego, en la cárcel, en un momento de reflujo del movimiento revolucionario y de abandono por la III Internacional del concepto de hegemonía, la meditación de Gramsci lo lleva, por el contrario, a profundizar en ese concepto y a hacerlo más complejo; así podrá servirle como llave maestra para desarrollar la teoría adecuada para conceptualizar el proceso que pudiera llevar a la clase obrera a la toma del poder del Estado.

En efecto, “Gramsci retoma la idea leniniana de la hegemonía del proletariado […] y la pone en el centro de una nueva investigación” (143). Ya “en la carta de octubre de 1926 dirigida al Comité Central del Partido Comunista Soviético, la idea de la hegemonía del proletariado sirve de hilo conductor de la argumentación que sostiene, tanto las críticas dirigidas al grupo de oposición, como las dudas y las reservas que se refieren a la conducta de la mayoría. El leninismo es definido aquí como la ‘doctrina de la hegemonía del proletariado’, mientras que el concepto de hegemonía aparece siempre contrapuesto al espíritu corporativo, incapaz éste de sacrificar los intereses inmediatos a los intereses generales y permanentes de la clase. En el mismo sentido, Lenin había diferenciado el concepto de clase del de corporación (o suma de corporaciones). Ese concepto de hegemonía del proletariado es igualmente válido tanto para cuando la clase obrera, excluida del poder, lucha por conquistarlo, como para cuando, después de haberlo conquistado, lucha por mantenerlo” (143).

“En la reflexión carcelaria, Gramsci confirma esta interpretación suya del leninismo y la desarrolla haciendo de ella el punto de partida de su investigación teórica. ‘El más grande teórico moderno de la filosofía de la praxis –-como llama Gramsci a Lenin en los Cuadernos de la cárcel–, en el terreno de la lucha y de la organización política, con terminología política, en oposición a las diversas tendencias ‘economicísticas’ ha revalorizado el frente de la lucha cultural y construido la doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría del Estado-fuerza’ (Quaderni, 1235). A diferencia de una tradición consolidada que atribuía a Lenin el mérito de haber revalorizado el concepto marxiano de dictadura del proletariado, para Gramsci la importancia teórica de Lenin está en otra parte: en el haber integrado este concepto (la teoría del Estado-fuerza) con la doctrina de la hegemonía. Es ésta, según Gramsci, su contribución teórica más importante, y en esta dirección hay que desarrollar la investigación.” (143).

“Estando Gramsci convencido de que la fuerza por sí sola no basta para gobernar el Estado, es decir, que es insuficiente para asegurar un dominio estable de clase, se esfuerza por aclarar qué otros elementos contribuyen a mantener en equilibrio la dinámica del poder. Y es precisamente la teoría de la hegemonía, estimulada por la reflexión sobre el leninismo, la que va a ofrecerle un camino de acceso a una temática tan compleja, explorada en los Cuadernos en las más diversas direcciones. Pero, puesto que una clase no puede conocerse a sí misma si no conoce a todas las demás clases sociales, es evidente, en este sentido, que el concepto de hegemonía del proletariado, para ser aclarado hasta el fondo, tenía necesidad del soporte de una teoría general de la hegemonía; esto es, una teoría que se pudiese referir tanto a la hegemonía proletaria como a la hegemonía burguesa; o bien, en general, a cualquier relación de hegemonía. Es éste el camino seguido en la reflexión de los Cuadernos de la cárcel.” (143-144).

“Este concepto general de hegemonía se constituye, en el pensamiento de Gramsci, a través de la diferenciación de las funciones de la dirección respecto de las funciones del dominio. ‘La supremacía de un grupo social –-escribe Gramsci– se manifiesta de dos modos, como ‘dominio’ y como ‘dirección intelectual y moral’. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios, a los que tiende a ‘liquidar’ o a someter incluso con la fuerza armada, y es dirigente de los grupos afines y aliados. Un grupo social puede y, aún más, debe ser dirigente ya antes de conquistar el poder gubernativo (ésta es una de las condiciones principales para la propia conquista del poder); después, cuando ejercita el poder, e incluso si lo tiene fuertemente empuñado, se convierte en dominante pero debe continuar siendo también ‘dirigente’’ (Q, 2010-2011). Son dos los elementos que, diferenciándose, se entrelazan al mismo tiempo y se combinan en la vida de todo Estado; que aparecen, por tanto, siempre, según las fórmulas generales usadas por Gramsci: ‘dictadura+hegemonía’ (Q, 811) o ‘hegemonía acorazada de coacción’ (Q, 764)” (144). Seguir leyendo EL CONCEPTO DE HEGEMONÍA EN LA OBRA DE GRAMSCI. VALENTINO GERRATANA

NO SE NACE LENINISTA. ROQUE DALTON

Ahorita, como quien dice, el excepcional poeta y luchador revolucionario salvadoreño Roque Dalton estaría celebrando 85 años de haber nacido. Con seguridad, no será tan bien recordado en el mundo como merece, a pesar de que lo suyo no era precisamente sentirse a gusto con las formalidades. Fue un ser tan inconforme con lo mal hecho que su sinceridad resultaba inocultable y desafiante para los hipócritas y demagogos. Alguien que lo conoció bien, como el escritor cubano Luis Rogelio (Wichy) Nogueras, me dijo una tarde en la antigua redacción de El Caimán Barbudo que Roque estaba vivo y que no tenía sentido que los jóvenes de entonces, nos empeñáramos demasiado en recordarlo muerto. “Me parece haberlo visto discutiendo esta mañana”, agregó con fina ironía. Así que imagino a ambos mirándome con sorna desde la eternidad, donde, no obstante merecerla, seguramente se sentirán incómodos.
Hace apenas cuatro días que se cumplieron 45 años del asesinato de  Rogue Antonio Dalton García por sus propios compañeros de lucha en Quezaltepeque, El Salvador. Un crimen abominable que ha perseguido y perseguirá hasta en las sombras a sus asesinos y cómplices a pesar de la impunidad. Hacemos bien en no olvidar el hecho ni sus irreparables consecuencias, pero al poeta que fue Roque siempre habrá que recordarlo en vida, como nos pedía Wichy. Eso sí, habrá que recordarlo siempre.
En este blog han sido publicados varios textos de Roque o a propósito de su obra. Algunos, como su poema “Desnuda”, figuran entre los tres más visitados de todos los tiempos. Hoy reproduzco dos fragmentos de su innovador y celebrado Un libro rojo para Lenin, escrito en Cuba entre 1970 y 1973.
En “No se nace leninista”, el intelectual salvadoreño rinde homenaje, por supuesto, al legado de Lenin, a la Revolución cubana y hace un guiño a su amigo y vecino, nuestro entrañable Fernando Martínez Heredia, su “profesor” de Filosofía. En “Contra quién es este libro”, partiendo del propio Lenin, la emprende contra los oportunistas y el oportunismo, un mal de siglos dentro de las izquierdas y la naturaleza humana. De ahí su permanente actualidad.
Quede Roque en nosotros y nosotros con él. (OG)

roque dalton 3

 ROQUE DALTON

Sábado en La Habana
hace un calor anticipado y hay quien dice que por eso
este año habrá más calor y hay quien dice que precisamente por eso
este año habrá menos calor
se rompió otra vez el motor del agua
y Aída no se siente bien
y los niños mayores llegan hasta el mediodía de sus becas pero
para almorzar y no para cargar cubos de agua
y el chiquito llegó ayer por la noche
pero no le vamos a fastidiar su fin de semana
su despertar después de las nueve de la mañana
resultado que he subido y bajado más de treinta veces
tres pisos con dos cubos de agua
y me duelen todos los huesos
menos mal que en el taller dijeron que será cosa de sólo dos semanas
para colmo hoy dieron carne
y pecamos a la francesa con bistecs a lo pobre
es decir
que necesitaría una leve siesta pero
claro que no lo he dicho antes
lo voy a decir ahora
si no
no habría drama y este poema no tendría razón de ser
dentro de quince minutos comienza nuestro círculo de estudio
hoy le abriremos la puerta a Lenin
después de haber planeado sobre (del verbo planear, que se sustantiviza
en un planeador) o sea sobrevolado
a Marx.

Imposible excusas con el transporte o la lluvia
el profesor vive allí enfrente en los bajos
incluso por eso fue posible nuestro acuerdo
yo le guardo la carne en nuestro refrigerador y le fabrico hielo porque él
no tiene temporalmente refrigerador
y él me da un curso sistematizante
de marxismo-leninismo
cuando le queda tiempo
así es la vida
entre personas cojonudas como se dice en el Vedado
él es mejor que yo porque cumple el pacto como
un profesor de piano salvadoreño
amenazado por el fantasma finimensual del hambre
y a mí en ocasiones se me olvida
meter las cajuelas de agua al congelador y una vez le robé un bistec
nunca lo sabrá.

A las tres y cuatro minutos llega
le ofrezco ron o café
el acepta el café
yo beberé un poco de ron
luego lo piensa mejor y se toma mi ron
y yo tomo el café y otro ron
y hablamos un poco de El Salvador y de Chile
y de un abominable homenaje al Che hecho o más bien dicho cometido
anoche por los músicos y compañía
y de un espectáculo que deberíamos escribir
y de una vecina que no viene al caso
pero que sirve para poner las cosas en su lugar
y él comienza a aclarar su voz tosiendo de una manera rarísima
operación que repetirá cada cinco minutos
hasta poner nerviosos a quienes lo oigan por casualidad
o sea sin seguir lo que dice
y como agotamos el prólogo y ninguno de los dos fuma
entra en materia:

No vale la pena en el siglo XX estudiar el marxismo si no se estudia en relación con la revolución, mejor sí con una revolución que estamos haciendo. Los “marxismos” de nuestro siglo deben estudiarse en el seno de la realidad concreta en que se produjeron. En el caso de Lenin, no debemos estudiarlo fuera del contexto de las revoluciones rusas.

El caso de Rusia, para la vieja tradición marxista del siglo XIX, era como es hoy el caso de América Latina para cierta ortodoxia, digamos, europeizante. Europa era, para aquella tradición, el lugar de la revolución. Rusia era un lugar “atrasado”, no cumplía los requisitos que el marxismo parecía exigir para el desarrollo de un proceso revolucionario en el sentido comúnmente admitido entonces.

La explotación nacional de los gran-rusos no era ejercida como la de los ingleses, los franceses.

Y en la economía rusa, había capitales extranjeros en actividad.

Todo un nudo de explotación, de explotaciones entrecruzadas, tendería a extraviar la dirección principal de la toma de conciencia y de la acción inmediata de los explotados:

– La explotación de los pueblos del imperio por la clase dominante rusa.

– La explotación social del pueblo ruso por la monarquía, los nobles y los terratenientes.

– La explotación de los capitales extranjeros.

– La explotación nacional por medio del impuesto.

El imperio inglés, por el contrario, no admitía en su seno capitales extranjeros; proponía el comercio abierto y propugnaba los impuestos.

Mientras el Estado ruso aspiraba a la unidad nacional “desde arriba” (el zar como elemento unificador de la gran nación encabezada por los eslavos), los colonialistas ingleses no aspiraban a que sus explotados se volvieran ingleses.

Además, si el Estado nacional ruso se formó sólidamente en base al absolutismo, los nuevos estados europeos habían surgido de la revolución democrático-burguesa.

En Rusia, el carácter sagrado del zar era la explicación del Estado. Eso quiere decir, para lo que nos interesa que además de la debilidad y complejidad económico-social, había la debilidad y complejidad ideológico-política. La dominación en Rusia no tenía los recursos democrático-burgueses.

Pero, y esta es una diferencia importante con respecto a América Latina, Rusia era un solo Estado unificado, con recursos centralizados.

Llaman a la puerta
es Manolito el hijo de la encargada del edificio
un niño con un potencial energético
como para iluminar Tokio por diez años
trae una circular del Comité de Defensa
advirtiendo que la próxima semana vendrán a medirnos
en la segunda fase de estudio sobre el crecimiento de la población
cubana
le digo a Manolito que nosotros no somos cubanos
y no entramos en el estudio
y que además no nos hicieron la primera medición
de manera que nadie podrá saber si hemos crecido
pero como el niño se niega a creer que no seamos cubanos
tomo la circular y vuelvo a Lenin.

En coalición con los sectores más reaccionarios de diversas zonas de Europa, Rusia se había convertido en el gendarme del continente: gendarme ora antinapoleónico, ora antialemán, ora antiinglés, de acuerdo al interés contratado.

Por cumplir esa función, Rusia tuvo ferrocarriles construidos con capital francés. Y grandes fábricas contradictorias, como la Putílov, que era la más grande del mundo y sin embargo sólo disponía del dos por ciento de la población obrera rusa.

Me llaman de la Central Telefónica
hay definitivas dificultades para llamar a Jill a Nueva York
la comunicación se restablecerá recién mañana por la tarde paciencia
repito todos los números en dos idiomas
pero él ha continuado hablando en todo momento.

A pesar de todo, la ideología demoburguesa tuvo su entrada con el “progreso”. La fractura entre el absolutismo y los intelectuales no llegó a la revolución.

Evidentemente algo me he perdido.

“La explotación que no admite la democratización impide que quienes comen de las sobras de la mesa opulenta puedan hacer su revolución. Los intelectuales rusos tuvieron entonces que “ir al pueblo”.

La población los acepta como santos modernos que predicaban la emancipación por medio de ideas confusas: la eslavofilia, inclusive. Que creían que la gran familia eslava sin señores, la eslavofilia populista, era la gran solución, sin necesidad de la revolución democrático- burguesa a la europea. Propugnaban entonces la vuelta a la comunidad rural y decían que en Rusia el capitalismo “no era necesario”.

En un marco nacional de tradiciones comunitarias fuertes (otchina, mir), se produjo en 1861la liberación de los siervos de la gleba.

En la práctica, frente a los golpes de la realidad, la solución populista se fue clarificando. Se comprendió que no bastaba con “ir al pueblo”. Y apareció entonces el siguiente planteamiento: “Hay que matar a los señores”. Y nació el terrorismo populista.

Pero cuando se ejecutó a Alejandro II subió al trono otro Alejandro igual o peor, Alejandro III, y el pueblo ruso no se alzó en armas, como se esperaba.

Se dice que Lenin manifestó frente al cadáver de su hermano: “Ese no será nuestro camino”.

Pero no debemos olvidar que el hermano de Lenin, ahorcado por terrorista y por negarse a pedir clemencia, había leído El Capital. Su discurso, en ocasión de ser condenado por el tribunal que lo juzgó, recoge ejemplarmente los puntos de vista avanzados de aquella época.

Los terroristas que configuran un momento importantísimo de la tradición revolucionaria rusa. Hay que leer a Lenin: “a qué herencia renunciamos”.

El marxismo surge en su primera etapa en Rusia entre los no terroristas (Plejánov, por ejemplo), pero no porque fueran no terroristas, sino por su posición frente al problema del capitalismo, frente al problema de si en Rusia iba a haber o no desarrollo capitalista. Y el mismo Plejánov, llamado el padre del marxismo ruso, apoyó en su propaganda a los terroristas. Fue el problema del capitalismo en Rusia el que definió a los verdaderos marxistas, no el hecho de que fueran o no terroristas. ¿Para llegar al socialismo en Rusia había que pasar por el capitalismo? ¿Se podría ir al socialismo por la evolución de las comunas campesinas rusas? ¿Qué sector social dirigiría uno u otro proceso?

Vera Zasúlich y Plejánov comenzaron a predicar a Marx: surgieron las Uniones de Estímulo al Proletariado.

Fueron los marxistas rusos quienes dijeron que la revolución no estaba a la vuelta de la esquina, que había que desarrollar el capitalismo para desarrollar al proletariado, su sepulturero. En la medida en que se absolutizó esta concepción, apareció el marxismo “legal”.

El marxismo ruso estaba aún confuso en lo de ser proletario o burgués y nadaba en el economicismo.

En esas condiciones, la discusión tuvo diversos efectos en cada sector social: “sindicalismo sin política en el movimiento obrero, teoricismo abstracto entre los intelectuales” La evolución de la línea del “socialismo como antieslavofilia” produjo muchos intelectuales traidores. La premisa corruptora y acomodadora era lo suficientemente general: mientras no haya clase obrera desarrollada, lo más que podemos hacer es propaganda. Struve llegaría a ser agente de Stolypin.

Pero entonces llegó el comandante y mandó a parar. Lenin planteó: ¿A qué nivel deberá llegar el desarrollo del capitalismo en Rusia para hacer una revolución anticapitalista? En El desarrollo del capitalismo en Rusia , Lenin dice no (para fines revolucionarios, para ir al socialismo) a la comunidad rusa y demuestra que el desarrollo capitalista en su inmenso país es ya para entonces un hecho indiscutible, una realidad. El problema verdadero era: “cómo y cuándo montarse en ese desarrollo capitalista, para negarlo”.

En este nudo problemático estaban ubicados dos problemas básicos: el de la clase social dirigente y el de la organización revolucionaria dirigente. Si la formación social rusa era de dominante capitalista esa clase social tenía que ser el proletariado y esa organización el partido marxista del proletariado.

Lenin distingue el sujeto teórico-histórico de la revolución (el proletariado como clase, que deriva del modo de producción) y su sujeto político-práctico (la vanguardia, que deriva de la formación social), que representa no ya al proletariado en sí, dominado económica, política e ideológicamente, sino el proletariado para sí, consciente del lugar que ocupa en el proceso de producción y de sus propios intereses de clase.

Hace su primer alto recapitulador en la exposición
y según el método acordado
volvemos al punto de partida para discutir los conceptos
anotados en mi libreta
los niños del vecindario cantan en la calle de mala manera
juegan a imitar al héroe lánguido
de la película “La vida sigue igual”
lo cual es por lo menos incongruente con todo.

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CONTRA QUIÉN ES ESTE LIBRO

Contra los especialistas en podrir situaciones revolucionarias
y echarlas al cesto de las manzanas para tratar de podrir a las demás
contra los que incluso cuando han abordado de lleno la cuestión
se han esforzado por eludirla
contra los full-backs de la burguesía
contra los filisteos los semifilisteos y los polifilisteos
contra los célebres a lo Eróstrato
que nacieron para acusar de blanquista a la naturaleza y a la historia
contra los que gustan tanto de las citas y las sentencias
que terminan por defenderlas de la revolución
contra quienes piensan que la gran obra de Marx
fue prevenir a la clase obrera contra el revolucionarismo excesivo
y le dan un contenido deportivo a su frase
“hacer saltar toda la maquinaria del Estado”
contra los acólitos de la bernsteiniada de toda época de fuego
contra los radicales pasivos
y los portaestandartes de la espera
contra los que se pasan con armas y bagajes al oportunismo
contra los que van a buscar sus armas y bagajes en el oportunismo
contra quienes no usan sus armas y bagajes contra el oportunismo

Fuente UN LIBRO ROJO PARA LENIN. Poema-collage (La Habana 1970-1973)

LENIN, A 150 AÑOS DE SU NACIMIENTO. ATILIO A. BORÓN

LENIN 2

ATILIO A. BORÓN

ATILIO 3Vladimir Illich Ulianov nació en un día como hoy*, de 1870, en Simbirsk, Rusia. Fue el fundador del Partido Comunista Ruso (Bolchevique), el líder indiscutido de la primera insurrección obrero-campesina triunfante a escala nacional en la historia de la humanidad: la Revolución de Octubre en Rusia (que llevó a su término lo que la heroica Comuna de París no pudo hacer) y arquitecto y constructor del Estado Soviético. Como si lo anterior no bastase fue también un notable intelectual, autor de numerosos y medulares escritos sobre temas tan variados como filosofía, teoría económica, ciencia política, sociología y relaciones internacionales.[1] “Práctico de la teoría y teórico de la práctica” según la brillante definición que de él propusiera György Lukács, Lenin introdujo tres aportaciones decisivas a la renovación de una teoría viviente, el marxismo, que siempre la entendió como una “guía para la acción” y no como un dogma o un conjunto esclerotizado de preceptos abstractos. Gracias a Lenin  los cimientos teóricos establecidos por Karl Marx y Friedrich Engels se enriquecieron con una teoría del imperialismo que arrojaba luz sobre los desarrollos más recientes del capitalismo en la primera década del siglo veinte; con una concepción acerca de la estrategia y táctica de la conquista del poder o, dicho en otros términos, con una renovada teoría de la revolución basada en la alianza “obrero-campesina” y el papel de los intelectuales; y con sus distintas teorizaciones sobre el partido político y sus tareas en distintos momentos de la lucha social. Una herencia teórica extraordinaria, como brota de la precedente enumeración.

En este breve recordatorio del nacimiento de un personaje excepcional como el que nos ocupa quisiera llamar la atención sobre una de esas tres aportaciones: la cuestión del partido. En efecto, preocupa la nociva persistencia de un lugar común -y profundamente erróneo- consistente en hablar de “la teoría” del partido en Lenin como si éste hubiera forjado una, absolutamente imperturbable ante los cambios y los desafíos del proceso histórico. Como lo hemos demostrado en nuestro estudio introductorio en una nueva edición del ¿Qué Hacer? Lenin modificó su concepción del partido en correspondencia con las variaciones en las condiciones que caracterizaban los distintos momentos del desarrollo de la lucha revolucionaria en Rusia.[2] Es una obviedad subrayar que su sensibilidad histórica y teórica era incompatible con cualquier dogmatismo, lo que hizo que tomara rápidamente nota de las enseñanzas que dejara la revolución de 1905 y el marginal papel que en ella jugara la organización política a la que pertenecía,  el Partido Obrero Social Demócrata de Rusia. Su reflexión autocrítica se volcó  en el prólogo a un frustrado libro –iba a llamarse En Doce Años – que recopilaría los  libros y artículos que escribiera entre 1895 y 1907. Pese a la módica  liberalización que el zarismo había consentido luego del ensayo revolucionario de 1905 y la derrota que las tropas del zar habían sufrido en la guerra ruso-japonesa, lo cierto es que aquellos materiales fueron confiscados por la censura y nunca vieron la luz pública. No obstante, el prólogo quedó a salvo y deja importantes claves para comprender la evolución  del pensamiento de Lenin.[3]  En esa reflexión  de 1907 Lenin explica que el modelo de partido propuesto en el  ¿Qué Hacer? se explicaba por las durísimas condiciones impuestas por la lucha clandestina contra el zarismo y su impresionante aparato represivo. Ahora bien, una vez triunfante la Revolución de 1905 Lenin modifica su concepción del partido -que sigue siendo revolucionario pero que ya no debe actuar en la clandestinidad- y se acerca a una postura en cierto sentido similar a la de la socialdemocracia alemana (recordar que Lenin recién repudia la teorización de Karl Kautsky en 1909) que, en ese momento, era el “partido guía” de la Segunda Internacional. Dado que el partido no es una entelequia que sobrevuela las contingencias y los azares de la historia el cambio en la correlación de fuerzas entre el zarismo y las fuerzas sociales de la revolución, amén de las mutaciones operadas en el marco institucional en el que se daba la lucha política- modificaron profundamente la visión de Lenin sobre el carácter del partido, su estructura organizativa, sus tácticas y su actividad organizativa en las nuevas circunstancias históricas. La lucha por la revolución, sobre la cual Lenin jamás hizo ninguna concesión, debía apelar a un nuevo formato partidario. Y lo hizo. Seguir leyendo LENIN, A 150 AÑOS DE SU NACIMIENTO. ATILIO A. BORÓN

ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (III). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Gramsci declara odiar todo lo que es convencional. No quiere verse reducido a una correspondencia convencional. Así era ya en Viena, cuando empezaba a escribir a Julia. Solo que esta sensación se le agudiza ante un carteo que sabe que será, además, convencionalmente carcelario.

(III)

Gramsci - Omaggio-a-Gramsci-2011-de-Gabriele-Cancedda.-580x312
«Omaggio a Gramsci» (2011), de Gabriele Cancedda.

FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

Amor y camaradería, una colaboración de quehaceres

fernández buey 1La declaración más explícita en ese sentido la hace Gramsci justo el mismo día en que aparecía su artículo contra el pesimismo: “Te aseguro que si sólo se hubiera tratado de nuestro amor yo no habría insistido como lo he hecho. Pero nuestro amor es y debe ser algo más: una colaboración de quehaceres, una unión de energías para la lucha, además de búsqueda de nuestra propia felicidad. Hasta es posible que la “felicidad consista precisamente en eso”. Lo que más conmueve en esta solicitud de “colaboración de quehaceres” es que el hombre que la hace ha asumido ya una responsabilidad política peligrosa, y lo sabe; se siente viejo como el chino Lao-tsé, nacido a los ochenta años, y sabe, además, que continúa su lucha con el propio “cerebro”, con “las cucarachas se le pasean” por él, con “la araña que le chupa el cerebro”, con los fantasmas, las sombras y “las gotas de metal fundido en la carne”.

En abril de 1924 Gramsci fue elegido diputado por el Véneto en las listas del partido comunista. Comunica a Julia la noticia y al mes siguiente regresa a Italia. Han pasado dos años desde su viaje a Moscú y aquel viaje le ha cambiado la vida. El retorno lo hace sabiendo que Julia tendrá un hijo a los pocos meses y teniendo que renunciar, sin embargo, tanto a su propuesta de encontrarse en Viena para trabajar juntos como a la posibilidad de viajar él mismo, de nuevo, a Moscú.

A pesar de ello, no hay duda de que el sentimiento de la próxima paternidad y la vuelta a Italia, a un ambiente políticamente adverso pero que conoce, han tranquilizado psicológicamente a Gramsci. En las cartas escritas desde Italia entre mayo y agosto de 1924 Gramsci no deja de mencionar la persistencia de los dolores de cabeza y la tristeza que le produce la encrucijada en que están: él querría ir Moscú para encontrarla pero no puede; propone insistentemente que ella vaya a Italia pero no obtiene respuesta. Siente que “una inmensa muralla de espacio y tiempo les separa”. Pero, aun así, cuando aborda la relación sentimental, es más paciente e incluso las bromas domésticas que hay en estas cartas (sobre la discusión familiar acerca del nombre que habrían de poner al niño, sobre la reconocida limitación de su propio papel en esto y sobre la decantación del amor) no son inquietantes; son bromas cariñosas y revelan un estado de ánimo mucho más equilibrado que durante los meses de Viena.

En una de estas primeras cartas enviadas a Julia desde Italia, mientras sufre de insomnio y se siente débil en una tórrida noche veraniega romana, Gramsci vuelve al tema de la relación entre actividad política y vida sentimental para establecer una generalización que afecta a su personalidad: “No podemos dividirnos y dedicarnos a una actividad única, puesto que la vida es unitaria y cada actividad sale reforzada con la otra”. Se pregunta entonces si el amor no refuerza toda la vida al crear un equilibrio y dar una intensidad mayor a las otras pasiones y a los otros sentimientos, aunque, paradójicamente, enseguida añade que no quiere ponerse doctrinario.

En estas cartas que Gramsci escribe desde Roma a Julia Schucht hasta marzo de 1925, fecha en la que volverían a encontrarse en Moscú y en la que él conocería a su primer hijo, predomina el tema político. Es natural que un hombre que está dedicando gran parte de las horas de su vida al trabajo de organización antifascista haya buscado en las cartas que escribe a la persona amada la complicidad política. Pero la solicitud de colaboración de quehaceres pasa a segundo plano por razones obvias: Julia está ya en avanzado estado de gestación y la situación en Italia, sobre todo después del asesinato de Mateotti, tampoco permite seguir insistiendo en el trabajo intelectual compartido.

Política y paternidad

En agosto de 1924 nació el primer hijo de Julia y Antonio. Después de discutir entre bromas sobre varios nombres simbólicos (Ninel, Lev) le pusieron Delio a propuesta de Antonio. Éste tuvo que renunciar a estar presente en Moscú en el momento del nacimiento. Su actividad política en Italia se había hecho desbordante. El nacimiento del hijo coincidió con el momento en que Gramsci empieza a actuar como secretario general del Partido Comunista. Quiso, en cambio, ayudar materialmente a los suyos enviando algún dinero a Moscú través de amigos italianos, aunque tampoco acertó con la forma adecuada, lo cual provocó un malentendido con Julia, que se sintió ofendida, y una disculpa inmediata de Antonio que contiene una reflexión notable:

Creo que es un recuerdo de mi vida infantil, ligada a las penurias materiales y a las estrecheces… que crea vínculos de solidaridad y afecto que nadie podrá destruir. ¿Crees tú que la mejor de las sociedades comunistas podrá modificar de manera fundamental estos condicionamientos de las relaciones individuales? Yo creo que, al menos por algún tiempo, seguro que no. Y me parece que tales sentimientos son propios de las clases explotadas, no de la burguesía.

Durante los meses que siguieron, Gramsci, además de mostrar a Julia su alegría por el nacimiento del hijo, del que asegura que va a unirles mucho más, y de expresar su malestar por no poder ayudar como querría, confiesa cierta confusión a la hora de hacerse una idea concreta de lo que significa la paternidad reciente: “Pienso en los niños en general, en su peso, en su debilidad, en los peligros que les amenazan a cada momento, pero no consigo pensar en nuestro niño vivo como individuo concreto”. Pide fotografías pero sabe que “la objetividad no es la vida, sino una fría caricatura fotográfica de la vida”; escribe pero sabe que las cartas no pueden sustituir la presencia. Sigue habiendo entonces algunas dificultades en la comunicación con Julia, pero éstas son mayormente externas: retrasos en la correspondencia, esperadas cartas que no llegan, desconfianza en el funcionamiento de los correos y sensación de que estos motivos externos deterioran a veces la relación sentimental. El 18 de septiembre de 1924 Gramsci escribe a Julia: “Hay un montón de cosas que no puedo escribirte porque no me fío del correo”. Dos semanas después confiesa que no es sólo la desconfianza en el correo: “Siento pena cuando no puedo enviarte una carta y tengo que superar un montón de obstáculos psicológicos cuando me pongo a escribirte. Me parece —y creo que tú has tenido la misma impresión— que el papel empobrece todos nuestros sentimientos y se convierte en un filtro a la inversa, o sea, en algo que enturbia lo que es limpio y claro”.

En lo sentimental, Gramsci oscila ahora entre la manifestación de la ternura que le produce la maternidad de Julia, la expresión de la preocupación por su salud, la contención de sus ironías privadas para no hacer daño, cierta perplejidad ante una paternidad para la que no parece sentirse particularmente preparado y la mala conciencia que le produce el estar ausente y lejos en un momento decisivo: “No soy capaz de estimar mi amor por ti: me parece distinto de lo que era hace un año. Tampoco sé imaginar la impresión que tendré al ver al niño vivo y real en lugar de la leve impresión de la cartulina fotográfica”. Narra a Julia sus actividades, sus viajes por Italia y sus impresiones sobre la situación política y social del momento. Pasa constantemente de la anécdota (una conversación escuchada, las impresiones de un viaje, la estancia en una ciudad) a la categoría, al análisis de lo que entonces hay socialmente en Italia y de lo que puede llegar a haber en el próximo futuro.

Algunos pasos de estas cartas son interesantísimos desde el punto de vista del diagnóstico psicosocial de lo que estaba siendo el fascismo, tanto más de apreciar cuanto que apenas se han conservado otras cartas políticas de Gramsci escritas desde el retorno a Italia hasta abril de 1925. Los pasajes políticos de estas comunicaciones a Julia Schucht destacan por la veracidad y la lucidez con que describen ciertos rasgos (el atraso, la ignorancia, la intolerancia, el semibandidismo, la corrupción, el clientelismo) que contribuyen a la consolidación del régimen de Mussolini: “Los niños y los idiotas están convirtiéndose en la expresión política de la situación, y lloran y hacen tonterías bajo el peso de una responsabilidad histórica con la que de repente han tenido que cargar sus espaldas de aprendices ambiciosos e irresponsables. La tragedia y la farsa se suceden en escena sin conexión alguna. El desorden está alcanzando un grado que ni la fantasía más desenfrenada podía imaginar”. Gramsci rectifica ahí sus ilusiones de meses anteriores sobre un próximo fin del fascismo. Absorto en la batalla antifascista y en la reorganización del partido comunista, incluso su juicio sobre las personas más próximas quedará mediatizado por consideraciones políticas. Es lo que ocurre cuando, después de varios intentos fallidos, en febrero de 1925, Gramsci conoce en Roma a Tatiana Schucht, la hermana de Julia, con la que simpatiza en seguida. La opinión que comunica a Julia es que, a pesar de las apariencias y de los rumores, su hermana puede llegar a estar más cerca de los bolcheviques que de los socialistas revolucionarios rusos, entonces muy críticos con el leninismo. Seguir leyendo ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (III). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (II). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

“Es verdad que desde hace muchos, muchos años me he acostumbrado a pensar que existe una imposibilidad absoluta, casi fatal, para que yo pueda ser amado”.
“No puedo estar sin ti. Eres una parte de mí mismo y siento que no puedo estar lejos de mí mismo. Estoy como suspendido en el aire, como alejado de la realidad. Pienso siempre, con infinita emoción, en el tiempo que hemos pasado juntos, en aquella intimidad, en aquella tan grande expansión de nosotros mismos”.

(II)

FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

El peso desequilibrante del cerebro

fernández buey 1Los acontecimientos en curso en Italia (las consecuencias de la marcha fascista sobre Roma que se produjo en octubre) retrasaron el regreso de Gramsci. Pudo entonces asistir al IV Congreso de la III Internacional (noviembre-diciembre) en el que tuvo la oportunidad de escuchar a un Lenin muy pesimista sobre el futuro de la revolución. Aquel discurso se le quedó grabado y está en el origen de su reflexión sociopolítica posterior, en los Quaderni, sobre la revolución en occidente. Muy probablemente Gramsci fue el dirigente comunista occidental que mejor entendió el mensaje del viejo Lenin. Pero por entonces, a finales de 1922, su corazón estaba en otra parte. Mientras espera en Moscú el desarrollo de los acontecimientos en Italia y se entera de la agresión que ha sufrido su hermano Gennaro, herido por los fascistas en Turín, la relación sentimental con Julia progresa hacia el amor entre enero y febrero de 1923. En enero todavía mantiene el tratamiento de respeto y aún sigue jugando con la excusa de visitar a Eugenia para propiciar un nuevo encuentro con Julia y consolidar los lazos, pero Antonio ha pasado ya al “queridísima” y la siguiente carta, que escribe el 13 de febrero, es una declaración de amor.

La primera declaración de amor de Gramsci, al menos por escrito, es complicada y preludia otras muchas complicaciones que habían de venir. Dice a Julia varias veces en esa carta que la quiere y que tiene la certeza de que ella le quiere a él, pero en seguida se enreda en una discusión sobre lo “sencillos” que son ambos, y en particular él mismo, contra las apariencias. Con el amor, Antonio empieza una batalla por dejar de ser el que sentimentalmente fue: “Es verdad que desde hace muchos, muchos años me he acostumbrado a pensar que existe una imposibilidad absoluta, casi fatal, para que yo pueda ser amado”. Gramsci alude aquí a su deformidad física (que, según todos los testimonios, acomplejaba ya en Turín su vida sentimental) y recuerda seguramente las huellas de una infancia y de una adolescencia de sufrimientos, sacrificios y debilidad física; pero se extraña, o dice que se extraña, a su vez, de que Julia note en él “contracciones nerviosas”, tics y “pequeños arrebatos marginales”. E inmediatamente después, en la misma carta, aparece el Gramsci volitivo y persuasivo. Nada de “demasiado pronto” para consolidar la relación, como dice ella, nada de enredos, ni de intrigas psicológicas almibaradas: “Yo no soy un místico ni usted es una virgen bizantina”.

Gramsci no era, desde luego, un místico. Julia Schucht tenía entonces veintiséis años, cinco menos que él. Había nacido en Ginebra, donde sus padres estaban exiliados, en 1896. Su padre, de origen finlandés, antizarista, había conocido la deportación en Siberia; tuvo que salir de Rusia en 1890 y vivió con la familia en Francia, Suiza e Italia. En Roma, Julia se había diplomado como violinista en 1915 y en el otoño de ese año salió hacia Rusia para encontrarse con los suyos que ya vivían en Moscú. Empezó a trabajar como profesora en un liceo musical a cien kilómetros de la capital. Su familia tenía cierta relación con Lenin y ella misma estaba afiliada al partido bolchevique desde 1917. Cuando Gramsci la conoció trabajaba en la sección local del partido en Ivanovo Vosnessiensk, un centro textil al que llamaban “el Manchester de Rusia”. Por su formación y por su trabajo Julia era, en 1922, una mujer de carácter, independiente pero a la vez muy sensible y ligada a la familia, a los padres y a las hermanas.

Se conserva un paso de una carta de Julia Schucht, escrita cuando tenía veinte años, que hace pensar en lo que pudo acercarla sentimentalmente a Gramsci, en sus afinidades y diferencias. Dice así: “Hay algo extraño en mi vida que me impide vivir como yo querría. No me gusta hablar de esta vida que no es como yo quiero. Me pregunto cuál de las dos personas que hay en mí será la auténtica, si la que quiero ser o la que soy. Y ese pensamiento me impide ser yo misma. Hay algo que me molesta, algo que es parte de mí, y ese algo es mi cerebro. No sé ‘ser’; se ver, pensar, alguna veces sentir…”.

Así, pues, la casualidad quiso que se hayan encontrado en Moscú dos adultos, ideológicamente afines, comunistas y revolucionarios, que en su juventud han sentido el peso desequilibrante de lo que llamaban “el cerebro” y la angustia de no llegar a saber ser: él, en Turín, profundamente afectado por persistentes dolores de cabeza, o por lo que dice ser “anemia cerebral”, se refugia primero en el estudio y salta luego a la vorágine de la actividad política huyendo de la soledad; ella, primero en Roma y luego en Moscú, se siente dividida, tiene una profesión, podría ser independiente, pero sabe que hay algo en su “cerebro” que se la impone también como un dolor, aunque no sólo físico, y se siente como perdida al observar introspectivamente que lo que sabe (ver, sentir, pensar) es una constricción que la impide llegar a lo que querría ser. Ambos, él y ella, querrían ser “simples”, pero hay algo en su interior que les dice que no lo son. Están tratando de superar “complicaciones psicológicas” que seguramente, desde el punto de vista clínico, son algo más que las triviales complicaciones ordinarias del normópata cotidiano. Buscan ahora en el amor lo que no acaban de encontrar en la actividad profesional ni en la vida política. No todo es azar, pues, en este primer encuentro: Serebriani bor, el bosque de plata, sería para ellos, con el tiempo, algo más que un nombre, muchas veces recordado y otras muchas aludido precisamente en relación con las depresiones, el malestar y las complicaciones psicológicas.

Mientras tanto, la situación en Italia se ha ido agravado por la detención de varios de los principales dirigentes comunistas y socialistas del momento. Eso es tema del intercambio epistolar de Gramsci con Julia en los meses siguientes: por lo que representaba desde el punto de vista político (Gramsci era entonces uno de los tres miembros comunistas en la comisión formada para una eventual fusión con los socialistas revolucionarios) y porque, evidentemente, el aplazamiento que aquella situación suponía para su regreso significaba, por otra parte, la ocasión para multiplicar los encuentros en Moscú y anudar la relación sentimental. En una de las cartas de Moscú, sin fecha pero muy probablemente de finales de febrero de 1923, aquella misma en que se alude genéricamente a algún otro contacto erótico, Antonio Gramsci insiste autobiográficamente en el tema del “antes” y el “después” del amor. Quiere salir del “erial”, del “frío páramo”, que ha sido su vida hasta entonces y declara estar convencido, sin comedia, de que precisamente eso es lo que le está ocurriendo después de haber conocido a Julia. Que el propósito no era fácil lo prueba el tono con el que, después de otro encuentro, escapándose a escondidas del hotel Lux, en el que residía, reconoce haber sido “un bruto”, haber hecho daño a Julia “demasiado brutalmente”, y que aún necesita quemar muchas cosas de sí mismo.

No se han conservado (o no se han publicado) las cartas de Julia Schucht en Moscú, a las que alude el epistolario de Gramsci, ni tampoco las escritas por éste, si es que las hubo, desde marzo a finales de noviembre de 1923, fecha esta última en que Gramsci partió para Viena. Lo más probable, a juzgar por el contenido y el tono de las escritas ya desde Viena (en las que destaca el dolor por la ausencia de la amada y el reiterado deseo de volver a estar juntos) es que entre marzo y noviembre de 1923 no haya habido cartas justamente porque la relación amorosa se había consolidado y no hacía falta escribir lo que se podía decir con la presencia. Queda el testimonio de Vincenzo Bianco, encargado por Gramsci de ayudar a Julia en Moscú después de su partida, que, con algún lapso de memoria, confirma esta suposición.

Viena: el mundo grande y terrible

Antonio Gramsci vivió en Viena desde principios de diciembre de 1923 hasta mediados de mayo de 1924, apenas un invierno y media primavera. Los recuerdos que nos ha dejado, en las cartas a Julia, de aquel “mundo grande y terrible, y encima en manos de los burgueses”, son, por lo general, melancólicos, muy mediatizados por el sentimiento de la ausencia. Durante aquellos meses su actividad político-organizativa fue muy intensa, pero no llegó a congeniar ni con los propietarios de las casas en que allí vivió ni con sus colaboradores más próximos, como el argentino Mario Codevilla. En Viena le visitaron, con encargos políticos varios, camaradas italianos; y desde Viena escribió Gramsci muchas cartas, algunas de ellas interesantísimas para entender el ambiente político de los revolucionarios sin revolución: a Urberto Terracini, PalmiroTogliatti, Ruggero Grieco, Alfonso Leonetti y otros destacados comunistas italianos.

En Viena tuvo Gramsci la oportunidad de conocer de cerca no sólo las dificultades del trabajo organizativo y periodístico realizado lejos de los lugares en que uno tiene puestos el corazón y la cabeza, sino también de reconocer las debilidades y miserias del sectarismo de algunos de los próximos. Refiriéndose a la mujer de Joseph Frey, secretario general entonces del partido comunista austríaco, en cuya casa vivía, escribe poco después de llegar a Viena: “Maldice continuamente al partido que la obliga a tener en casa a personas tan molestas y antipáticas como yo… pero conserva el carnet del partido porque, si no, la fracción dirigida por su marido en este desgraciadísimo partido perdería el uno por ciento de sus afiliados. También este ‘fenómeno’ me ha puesto bruscamente ante viejas cosas conocidas que se me habían olvidado un poco al cabo de año y medio de alejamiento”.  Seguir leyendo ANTONIO GRAMSCI: AMOR Y REVOLUCIÓN (II). FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY

IMPERIOS EN GUERRA. TARIQ ALÍ

TARIQ 6

6.- Imperios en guerra

En 1887, FRIEDRICH ENGELS describía con escalofriante clarividencia cómo podría ser un nuevo conflicto en Europa. Sugería que iba a ser una guerra mundial de unas características jamás vistas hasta entonces, y en ella participarían entre ocho y diez millones de soldados, que, según él:

se aniquilarán entre sí y al hacerlo arrasarán Europa como hasta ahora nunca lo ha hecho una plaga de langostas. […] La devastación provocada por la Guerra de los Treinta años se concentrará en tres o cuatro años y se extenderá por todo el continente. […] y todo acabará en una bancarrota general, en el hundimiento de los viejos Estados y su sabiduría política tradicional […] la total imposibilidad de prever cómo terminará todo ello y quién saldrá victorioso de esta contienda; tan sólo hay una consecuencia absolutamente cierta: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria final de la clase obrera.

En 1907, tras un largo debate en el Congreso de la Segunda Internacional celebrado en Stuttgart, durante el que se daba por descontado la inminencia de una guerra, el Congreso aprobó por unanimidad una resolución redactada conjuntamente por Lenin, Rosa Luxemburgo y Mártov. Como consta en las actas, la resolución fue acogida «con una ovación apoteósica, prolongada y reiterada, con particular entusiasmo por parte de la delegación francesa». Dice así:

Ante la amenaza del estallido de una guerra, el deber de las clases trabajadoras y de sus representantes parlamentarios en los países implicados, apoyados por la actividad de coordinación del Buró Socialista Internacional, consiste en hacer todos los esfuerzos posibles para evitar el estallido de la guerra por los medios que consideren más eficaces, que naturalmente variarán en función del agravamiento de la lucha de clases y el empeoramiento de la situación política general.

En caso de que la guerra estalle de todas formas, su deber es intervenir en favor de su rápida conclusión, y utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra para levantar a las masas y con ello acelerar la caída del dominio de la clase capitalista.

La resolución fue un compromiso entre las distintas partes. El SPD alemán se negaba a aceptar el llamamiento a una huelga general inmediata a escala europea en contra de la guerra. Algunos de los argumentos de Bebel eran realistas, pues señalaban que la guerra tenía un efecto muy perturbador en la conciencia de clase, y que una huelga general resultaba poco realista. Sin embargo, el grueso de sus argumentos tenía que ver con lo que ocurriría una vez iniciada la guerra: el deterioro de la vida familiar, la concentración en las industrias de guerra, el bloqueo a las exportaciones, etcétera. No obstante, lo que proponían Lenin, Keir Hardie y Luxemburgo era una huelga general preventiva para impedir que la guerra tuviera lugar. Puede que resultara utópico, pero nunca se intentó. Bebel clausuró oficialmente el congreso con la intención, dijo, de que la unidad de todos los delegados en contra de la inminente guerra fuese recordada «con letras de oro» como el momento cumbre de la Internacional.

Tomado de  Tariq Ali, Los dilemas de Lenin. Terrorismo, Guerra, Imperio, Amor, Revolución, Alianza Editorial, 2017. Traducción: Alejandro Pradera

LENIN Y TZARA, DADAÍSMO Y REVOLUCIÓN. PEDRO DE LA HOZ

Vladimir I. Lenin. Foto: Cortesía del autor

Antes de partir raudo hacia Petrogrado en la primavera de 1917, Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, vivió alrededor de un año junto a su esposa Nadezhda Krúpskaia en un modesto apartamento de la calle Spiegelgasse, en la ciudad suiza de Zurich.

En la fachada del número 14 una placa recuerda esa estancia a viandantes y turistas.

Al líder bolchevique, para quien nada humano fue ajeno, debió picarle la curiosidad el ajetreo que en febrero de 1916, por los mismos días en que la pareja se instalaba procedente de Berna, animaba un local ubicado justo al frente, en el número 1 de la Spiegelgasse.

Hugo Ball redactó la nota que anunció en la prensa de la ciudad la apertura de la taberna y supervisó personalmente la ubicación del rótulo sobre la puerta: Cabaret Voltaire. Aunque Ball, poeta alemán que por entonces pretendía reducir la versificación al puro sonido de los fonemas, figuraba como propietario, varios amigos ayudaron a sustentar el proyecto y darle vida. Por ahí andaba el pintor rumano y estudiante de arquitectura en el Instituto Politécnico de Zurich, Marcel Janco; el poeta y psicoanalista alemán Richard  Huelsenbeck, recién llegado a la urbe; el escultor, pintor y poeta francoalemán Jean Arp, quien se haría célebre con los años y había escapado del servicio militar germano haciéndose pasar por loco, y su novia, luego esposa, la suiza Sophie Taeuber, cuya notoriedad como diseñadora ha sido reconocida oficialmente por la Confederación Helvética al estampar su efigie en el billete de 50 francos suizos.

Pronto se hizo sentir el más dinámico y joven de todos, Tristan Tzara. Nacido rumano en una familia hebrea —parece haberse llamado realmente Samuel Rosenstock, algo que negó siempre—, se hizo francés en ciudadanía y expresión. Antes de de­sembarcar en Zurich publicó en esa lengua un primer e inquietante libro de poemas, La primera aventura celeste de Monsieur Antypirine, y Tzara se convirtió en el parroquiano más alborotador del Cabaret Voltaire.  Seguir leyendo LENIN Y TZARA, DADAÍSMO Y REVOLUCIÓN. PEDRO DE LA HOZ