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NO HAY “CAMINOS REALES” PARA OBTENER CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS. LUIS CARLOS SILVA AYCAGUER

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Ilustración: Ricardo Valdivia

LUIS CARLOS SILVA AYCAGUER*

luis carlos silva 3Es conocido que en muchas sociedades de la antigüedad existían senderos no accesibles a la plebe, que estaban reservados para facilitar el tránsito de la nobleza o los reyes. Eran los llamados “caminos reales”. Se cuenta que, cuando el rey egipcio Ptolomeo I, ansioso por dominar las bases de la geometría sin tener que someterse al estudio arduo y pausado de sus principios, solicitó al gran geómetra de su época, Euclides, que le diera una explicación sencilla y expedita de la disciplina, este le respondió: “Lo siento, alteza, pero no hay caminos reales para la Geometría”.

La pandemia de COVID-19 ha producido cambios profundos en las costumbres y prácticas cotidianas en la mayoría de los países del planeta. Tales modificaciones, cuyo alcance y forma “final” son hoy motivo de controversias, ansiedad e incertidumbre, ha alcanzado a la esfera de la producción científica. Una acelerada carrera en la búsqueda de soluciones preventivas, diagnósticas y terapéuticas comenzó desde que irrumpió la epidemia en la ciudad china de Wuhan a finales de 2019. Tanto en el diseño como en la implementación de las estrategias asociadas a cada una de estas tres esferas, en medio del apremio por hallar soluciones, se han venido sucediendo en muy corto plazo falacias y certezas, fracasos y progresos.

En este contexto resulta útil detenernos en lo que se ha convertido en el mayor escándalo científico asociado a la pandemia producida por la COVID-19: se trata de lo acaecido en torno a la hidroxicloroquina, un fármaco antipalúdico que había producido enormes esperanzas y no pocos recelos.

Las expectativas favorables fueron alimentadas cuando el 17 de marzo de 2020 el grupo de infectología del hospital de Marsella publicó una información que daba cuenta de una significativa reducción en la detección del virus en las vías respiratorias de pacientes tratados con ese fármaco. Sin embargo, se trataba de un “preprint” (manuscrito no revisado por pares), lo cual le restaba credibilidad. En condiciones normales, dicha revisión puede suponer semanas y hasta meses, como sabe todo investigador que aspire a publicar en revistas de alta visibilidad.

El artículo en cuestión dio lugar a intensos debates durante algunas semanas y fue seguido por varios estudios serios, muchos de los cuales no habían hallado utilidad del fármaco, ni como recurso terapéutico ni como instrumento preventivo, devaluando así los buenos augurios.

Discrepancias de esta naturaleza, en condiciones normales, son naturales y esperables: la verdad científica suele abrirse paso en medio de controversias que discurren mientras se acopian evidencias de uno u otro signo, o hasta que algún estudio muy poderoso deje zanjado el debate, al menos por un tiempo. En ese contexto, la hidroxicloroquina pasó a ser el recurso terapéutico más politizado de la pandemia cuando fue elogiado por Donald Trump y Jair Bolsonaro, quienes atribuyeron su magnífico estado de salud al hecho de haberlo consumido, a la vez que lo exaltaron -como si ellos fueran grandes autoridades científicas- como la solución de la crisis sanitaria. Con el paso de los días, Estados Unidos y Brasil fueron sumiéndose en una vorágine mortal producida por la COVID, para desconsuelo de sus respectivos presidentes.

En medio de esas turbulencias, las presuntas bondades de la hidroxicloroquina se vinieron abajo a raíz de un trabajo difundido el 22 de mayo por la prestigiosa revista británica The Lancet, conceptuada por muchos como la más encumbrada del mundo sanitario. Pero la revista no es un ente enteramente autónomo: es una publicación dependiente del grupo oligopólico Elsevier con casa matriz radicada en Ámsterdam. Se trata de la mayor editorial del mundo en materia de salud, la cual ejerce control sobre dos mil 500 revistas científicas e impone abusivas condiciones a universidades y centros de investigación para que puedan acceder mediante suscripciones al casi medio millón de artículos allí publicados.

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El estudio parecía demoledor, por estar basado en una muestra descomunal de 96 mil pacientes ingresados en 671 hospitales de seis continentes. Por su conducto se habría demostrado que el empleo de la hidroxicloroquina entrañaba un incremento de 30 por ciento en la probabilidad de muerte de los pacientes tratados con el fármaco. El artículo estaba firmado por tres destacados investigadores (de la Universidad de Utah, del Hospital Brigham de Mujeres de Boston y del Hospital Universitario de Zúrich) y por Sapan Desai, director ejecutivo de Surgisphere, la empresa norteamericana que había aportado los datos de las decenas de miles de pacientes incluidos en el ensayo. Seguir leyendo NO HAY “CAMINOS REALES” PARA OBTENER CONOCIMIENTOS CIENTÍFICOS. LUIS CARLOS SILVA AYCAGUER