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ROBERTO FERNÁNDEZ RETAMAR: POESÍA COMO UN HIMNO. LUIS ROGELIO NOGUERAS

ROBERTO Y SILVIO
Roberto y Silvio

LUIS ROGELIO NOGUERAS

wichy 1Cuentan que, en su lecho de muerte, cierto escritor español le hizo señas de que se acercara a uno de los amigos literatos que lo rodeaban. «Voy a hacerte una confesión» —le susurró con voz apagada; emocionado, el amigo contuvo la respiración y aproximó una oreja a los pálidos labios del moribundo: «Me aburre el Dante.»

No voy a esperar a mi (ojalá lejana) hora postrera para decir cuánto me ha gustado siempre la poesía de Fernández Retamar, esa poesía que desde los gallardos y juveniles endecasílabos de Elegía como un himno (1950) a los maduros versos de Juana y otros poemas… (1980) ha recorrido ya treinta intensos años. Una de las principales virtudes que tiene cualquier antología literaria personal es la de ofrecer —desplegados, por decirlo así, en abanico sincrónico— los avances, estremecimientos y transformaciones de un modo de escribir — en este caso concreto, de un modo de escribir poesía—; pero también —lo cual es, al fin y al cabo, lo más importante— los avances, estremecimientos y transformaciones de un hombre. Es por eso que en Palabras de mi pueblo (selección de poemas de Fernández Retamar publicada recientemente por la editorial Letras Cubanas en su colección Giraldilla) hay algo más que versos: hay tres décadas de una vida, miles de nocturnas y diurnas horas de apasionada fidelidad a la poesía.

Palabras de mi pueblo reúne fragmentos de Elegía como un himno y 131 poemas de otros nueve libros: Patria (1949-1951), Alabanzas, conversaciones (1951-1955), Aquellas poesías (1955-1958), Sí a la Revolución (1958-1952), Buena suerte viviendo (1962-1965), Que veremos arder (1966-1969), Cuaderno paralelo (1970), Circunstancia de poesía (1971-1974) y Juana y otros poemas personales(1980). La selección ilustra magníficamente el porqué del reconocido prestigio de que goza la poesía de Roberto hoy en el mundo de habla hispana.

Íntima y cotidiana. ¿Podrían acomodársele estos adjetivos a la obra poética de Retamar? ¡Y por qué no! Creo —estoy seguro él mismo lo reconocería— es en esos versos suyos, nacidos de experiencias acaso o casi siempre comunes (la Revolución, el amor, la amistad, la muerte), pero que han sido vividas en el papel de una manera íntima e intransferible, donde está lo mejor de su poesía. Los momentos más felices de Alabanzas, conversaciones, de la memorable compilación Con las mismas manos, del intenso cuadernillo Historia antigua, o de Buena suerte viviendo; los grandes poemas de Circunstancia de poesía («Para una torcaza», por ejemplo, o «Aniversario») son aquellos que reconocemos como muy próximos a nuestras más caras y cotidianas experiencias —esos «latidos humanos» del día a día, que van desde la política hasta el amor. No importa si el acercamiento formal a un tema se produce a través de la gravedad o del suave humor (Roberto Fernández Retamar es un maestro del tono, el detalle, la palabra justa). Lo que importa, en este caso, es la convincente, conversadora intimidad que en sus mejores poemas logra trasmitir. Cuando sentimos que un poeta habla por nosotros (el poeta habla por todos, decía Lope); cuando nos reconocemos en sus versos; cuando decimos, después de leerlo, «en efecto: así me fue a mí en este o aquel minuto de mi vida», entonces, se ha producido ese mágico contacto entre el que escribe y el que lee, esa fraternal e invencible relación entre el que habla y el que escucha sin los cuales no vale la pena siquiera hablar de poesía.

Algunos poetas tienen el don tronante de la épica pero no saben susurrar. Poquísimos —como Neruda— truenan y susurran, y en ambos casos el idioma sale enriquecido y ganando el lector.

Roberto Fernández Retamar —el mejor Roberto Fernández Retamar— canta en voz baja. No estoy hablando de esa estúpida y falsa diferenciación entre poetas mayores y menores (¿Garcilaso un poeta menor? ¿Quintana un poeta mayor?) que algunos críticos miopes asocian con el coro y el aria. En voz baja también dijeron lo suyo en su hora Boscán y Machado. ¿Y quién niega que en voz baja no puedan cantarse también himnos?

De esos treinta años de poesía, mi generación ha aprendido mucho. A veces pienso que debe ser una inmensa alegría descubrir (como habrá hecho, en complacido silencio, Retamar) algunas de sus huellas en los poetas que vinieron después. Debe de ser una experiencia estremecedora sobrevivir en la obra de otros, saber que nuestras palabras no cayeron en el vacío, que no escribimos en vano.

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*Artículo de Luis Rogelio Nogueras publicado en Granma [La Habana], 4 de noviembre de 1980, p. 6. (Enviado a Segunda Cita por nuestra querida Kitty)


Fuente: SEGUNDA CITA

TRES POEMAS DE WICHY EL ROJO (LUIS ROGELIO NOGUERAS)

LUIS ROGELIO 4

AMA AL CISNE SALVAJE

No intentes posar tus manos sobre su inocente
cuello (hasta la más suave caricia le parecería el
brutal manejo del verdugo).
No intentes susurrarle tu amor o tus penas
(tu voz lo asustaría como un trueno en mitad de la noche).
No remuevas el agua de la laguna no respires.
Para ser tuyo tendría que morir.

Confórmate con su salvaje lejanía
con su ajena belleza
(si vuelve la cabeza escóndete en la hierba).
No rompas el hechizo de esta tarde de verano.
Trágate tu amor imposible.
Ámalo libre.
Ama el modo en que ignora que tú existes.
Ama al cisne salvaje.

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DEFENSA DE LA METÁFORA

El revés de la muerte (no la vida)
el que clama por agua (no el sediento)
el sustento vital (no el alimento)
la huella del puñal (nunca la herida)
Muchacha antidesnuda (no vestida)
el pórtico del beso (no el aliento)
el que llega después (jamás el lento)
la vuelta del adiós (no la partida)
La ausencia del recuerdo (no el olvido)
lo que puede ocurrir (jamás la suerte)
la sombra del silencio (nunca el ruido)
Donde acaba el más débil (no el más fuerte)
el que sueña que sueña (no el dormido)
el revés de la vida (no la muerte)

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LABIOS SIM BEIJOS

Otra boca besa la boca que mi boca ya no besa
otras manos tocan las manos que mis manos
ya no tocan
otros ojos se miran en los ojos que ya no ven
mis ojos

boca que te fuiste
manos que se fueron
ojos que se fueron

mi mano escribe el poema
que mi boca no quiere repetir, no
que mis ojos no quieren leer, no
mi mano escribe el poema de tu boca
(que tampoco repetirá tu boca)
el poema de tus ojos
(que tampoco leerán tus ojos)
el poema de tus manos
(que tus manos no tocarán)

se fue la boca, sí
se fueron las manos, sí
se fueron los ojos, sí

sólo queda el poema
manco
ciego
mudo

EL CINE CUBANO Y LA LITERATURA. WICHY NOGUERAS

LUIS ROGELIO NOGUERAS*

El cine cubano de ficción se ha nutrido hasta hoy, básicamente, de guiones originales más que de obras literarias. Ello se ha debido, en parte, a la urgente necesidad de  elaborar un lenguaje propio que tenían –en los primeros años de poder revolucionario– los jóvenes cineastas de la Isla; pero también –es  justo reconocerlo– a que la narrativa,  que  debía haber  aportado una especie de «reserva» (en la cual nuestros realizadores cinematográficos encontraran temas para sus filmes) era y en  cierta medida es aún relativamente escasa en un país que, como Cuba, ha tenido siempre una más sólida y sostenida tradición poética.

No obstante, en los 20 años transcurridos desde la creación del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos, se han llevado a la pantalla algunas  obras literarias, la mayor parte de las veces en versiones libres, lo cual, dicho sea de paso, no solo es un derecho legítimo del cine, sino casi una necesidad, habida cuenta que el cine y la literatura son dos sistemas de signos distintos.

La primera novela que entró en nuestra cinematografía fue la célebre obra de los humoristas soviéticos Ilya Ilf y Eugene Petrov Las doce  sillas. En los años iniciales de la Revolución  de Octubre, los burgueses abandonaron masivamente a Rusia; pero imposibilitados de llevarse con ellos sus joyas, y en la errónea creencia de que los bolcheviques no podrían mantenerse por mucho tiempo en el poder, las ocultaron, a veces en sitios inverosímiles. Las doce sillas es, precisamente, la rocambolesca historia de uno de esos tesoros ocultos. Algo similar ocurrió en Cuba después de 1959. Por eso no le resultó difícil al realizador Tomás Gutiérrez Alea adaptar la hilarante obra de Ilf y Petrov y entregarnos así su divertida versión de Las doce sillas, filme, por cierto, que batió en su momento récords de taquilla.

El propio Gutiérrez Alea filmó en 1963 una historia basada en la amarga novela Gobernadores del rocío,  del gran escritor haitiano Jacques Roumain. El filme (titulado Cumbite) no alcanzó ni la calidad ni la popularidad de Las doce sillas, aunque  hoy  podemos reconocerle algunos valores, en especial de ambientación.

En 1967 Julio García Espinosa rueda Las aventuras de Juan Quinquín, sobre la novela Juan Quinquín en Pueblo Mocho, del poeta, narrador y folclorista villaclareño Samuel Feijóo. El gracejo campesino de los diálogos, la frescura y espontaneidad de la estructura, el bien logrado humor de las situaciones hacen del filme de García Espinosa una obra inolvidable.

Ese mismo año Sergio Giral realiza el documental El cimarrón, inspirado en el bestseller mundial Biografía de un cimarrón, del cubano Miguel Barnet, y al año siguiente (1968), Gutiérrez Alea termina una de las películas cubanas más elogiadas por la crítica internacional: Memorias del subdesarrollo, basada en la novela homónima de Edmundo Desnoes. Como ha ocurrido en muchas ocasiones, la excepcional calidad del filme no se debe tanto a la desigual noveleta de Desnoes como al guion, en el que laboraron el propio escritor y Gutiérrez Alea.

Manuel Herrera utilizó para su filme Girón (1972) no solo testimonios personales de combatientes, sino también las obras Girón en la memoria, de  Víctor Casaus, y Amanecer en Girón, del piloto de  guerra  Rafael del Pino. También en 1972, Sergio Giral filma El otro Francisco, filme que pretende mostrar y rebatir las concesiones ideológicas  que hizo en su Francisco nuestro costumbrista cubano del siglo XIX Anselmo Suárez y Romero.

Cuatro  años más tarde (1976), el propio Giral realiza Rancheador, inspirándose en el extraordinario documento literario Diario de un rancheador, de Cirilo Villaverde.

Lugar aparte merece la coproducción cubano-franco-mexicana El recurso del método, del realizador chileno Miguel Littín. Basado en la célebre novela de Alejo Carpentier, el filme de Littín es una excelente muestra de adaptación cinematográfica de una obra literaria por demás compleja y muy afincada en los secretos de la palabra.

Resulta significativo que la década del 80 se inicie con Cecilia, de Humberto Solás. A 20 años  del  nacimiento de nuestro cine  revolucionario, la más popular obra  literaria  cubana de ficción (Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde) llega a las pantallas, seguramente enriquecida con las enormes posibilidades que brinda el cine y el indiscutible talento de Solás.

Las predicciones en materia de arte resultan siempre fallidas. Pero no es imposible avizorar desde aquí que el cine cubano, dueño ya  de sus recursos expresivos, está en inmejorables condiciones para replantearse la posibilidad de buscar, en las obras literarias que ha producido nuestro país, desde El espejo de paciencia (1608) hasta hoy, nuevas fuentes de inspiración.

*Intelectual cubano (1944-1985). Artículo tomado del libro De nube en nube. Presumiblemente, fue escrito en 1980 para ser presentado como ponencia en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Fuente: GRANMA