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UN DIÁLOGO QUE FUNCIONA COMO PARTEAGUAS OPOSITOR. MARCO TERUGGI

 

Guaidó
Guaidó reconoció los diálogos en Noruega con el gobierno y desató una tormenta. Imagen: EFE

MARCO TERUGGI

TERRUGGI 1El chavismo y la oposición están reunidos en Noruega para un primer acercamiento. La noticia trascendió el lunes por la tarde de manera extraoficial, y generó reacciones en cadena, disparos cruzados, un ruido a lo interno de una derecha que no tiene acuerdos acerca de un punto central de todo conflicto: el diálogo.

Juan Guaidó, autoproclamado presidente y con fuerzas disminuidas, reconoció la reunión en Noruega y afirmó que la misma no modificaba su hoja de ruta que tiene como punto de inicio el cese de la usurpación, es decir la salida de Nicolás Maduro de la presidencia. En contraste con sus declaraciones, Julio Borges, del partido Primero Justicia, quien representa a la oposición en el Grupo de Lima, afirmó haberse enterado de la iniciativa “una vez que era pública” y que no avala “ningún tipo de diálogo con la dictadura”.

Las reacciones a la noticia trascendida mostraron el desacuerdo que existe entre las fracciones de la derecha respecto a cómo avanzar en la estrategia golpista. Las diferencias se centran en algunos puntos centrales: la posibilidad o no de un acuerdo donde Nicolás Maduro permanezca en la presidencia, donde el chavismo pueda ser parte o no de un escenario electoral sin Maduro, y parte o no de un escenario de gobierno transición. Para algunos sectores como el de María Corina Machado, la resolución debe ser sin Maduro, sin el Partido Socialista Unido de Venezuela, y sin ninguna expresión del chavismo. Según esa matriz, expresada también, entre otros, por Borges y parte de la base social, todo diálogo con el gobierno es traición.

La reunión en Noruega, que no fue confirmada de manera directa por el gobierno venezolano, no causó repercusiones negativas al interno del chavismo. Maduro en persona ha planteado desde el comienzo de año, y ante cada intento de golpe de Estado de la derecha, que está dispuesto a sentarse a dialogar.

El acercamiento en Noruega contrasta a su vez con varios acontecimientos que se sucedieron y que están por acontecer. El primero ha sido la reunión de Julio Borges y Carlos Vecchio -representante de Guaidó en EEUU- con el subsecretario de defensa norteamericano para el hemisferio occidental, un encuentro que se conecta con el que mantendrá, según anunció Guaidó, el próximo lunes Vecchio con el Comando Sur. Esas dos reuniones forman parte del relato intervencionista que sostienen varios actores a lo interno de los EEUU, y, sobre lo que no existe aún acuerdo al interior de la administración Trump y los diferentes actores que conforman el Estado profundo.

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VENEZUELA: ¿CÓMO SE PREPARA UN GOLPE EN EL SIGLO XXI? MARCO TERUGGI

TERRUGGI 1MARCO TERUGGI

No se entiende nada. Si se lee a los grandes medios, las agencias internacionales de noticias, las declaraciones de presidentes como Macri o Duque, del secretario general de la OEA, Luis Almagro, o las frases de Catherine Fulop o Ricardo Montaner, sencillamente no se entiende. ¿No era que ya estaba por caer Nicolás Maduro? ¿No era que millones de personas estaban en las calles pidiendo su trono y su vida? 

Muchas veces los mismos corresponsales enviados especialmente al país no entienden nada: Nelson Castro en pose corresponsal de guerra con un casco de moto de plástico que solo sirve para evitar multas, un fotógrafo internacional con el mejor lente del mercado buscando la masiva convocatoria de Juan Guaidó y solo encuentra puñados de seguidores. No entienden, o son mercenarios con plena consciencia de aportar su imagen, su nota, su tuit a un objetivo preciso: derrocar a Maduro.

La distancia entre la construcción mediático-política y lo que efectivamente sucede es inmensa. No se puede entender el conflicto en Venezuela sin tenerlo siempre presente, sin sospechar de las noticias, los titulares, las imágenes. Nada puede darse por cierto de primera mano: hay que corroborar fuentes, versiones, descreer. Por ejemplo: Guaidó sostiene que el 30 de abril hubo una movilización masiva de la sociedad en respaldo a la acción militar que intentó encabezar en Caracas. Ese día, en el mejor momento y en el mejor sitio, no hubo más de cinco mil personas. Dijo también que gran parte del país se había movilizado y no hubo reporte que pudiera sostenerlo.

La distancia entre la construcción mediático-política y lo que efectivamente sucede es inmensa. El 30 de abril, Guaidó dijo que había una movilización masiva, pero no llegaba a 5 mil personas

No es nuevo que la derecha mienta. La venezolana tiene la particularidad de ser inestable, poco confiable, de dispararse entre sí a los pies, y de ser clasista con asco. Estados Unidos tomó la delantera pública, entre otras cosas, por esa misma razón. Fue tan evidente como impune: Guaidó se autoproclamó presidente en una plaza en las antípodas del palacio presidencial, Donald Trump tuiteó que lo reconocía, le siguieron los gobiernos de derecha de América Latina, de Europa, Israel, Canadá, Gran Bretaña, y se multiplicaron los análisis afirmando con rotunda contundencia que Venezuela tenía dos presidentes. La única forma de afirmarlo era no entender nada, ser un mercenario, o un mercenario que no entiende nada.

Cuando se dice Estados Unidos se habla de distintas partes que conforman un todo que a su vez tiene tensiones, disputas y diferencias. En el caso de la operación contra Venezuela existen varias piezas centrales: el presidente Trump, su administración con los encargados de los planes, y el Estado profundo. El primero es una pieza central: pistolero, bocón, torpe, con lógicas de empresario mafioso que amenaza para negociar mejor. Su equipo combina a neoconservadores, que vienen de la administración de Ronald Reagan, las “guerras sucias” de América Central, las invasiones en Medio Oriente, el lobby israelita, y hombres de las profundidades de las cloacas de los servicios de inteligencia. El tridente principal es John Bolton, consejero de seguridad; Elliot Abrams, enviado especial; y Mike Pompeo, secretario de Estado. Los tres tienen prontuarios de masacres, torturas y mentiras, ellos mismos lo reconocen. En cuanto al Estado profundo, se trata de las estructuras generalmente invisibles que conducen las políticas estratégicas estadounidenses y que se mantienen invariables esté quien esté en la Casa Blanca. En el caso de Venezuela el objetivo llamado chavismo se mantuvo con George Bush, Barack Obama y Trump. Cambiaron métodos, narrativas, momentos de los asaltos según tiempos internos de Estados Unidos, del mapa mundial de conflictos o del continente latinoamericano.

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ASÍ FABRICÓ ESTADOS UNIDOS AL ‘PRESIDENTE’ GUAIDÓ. DAN COHEN Y MAX BLUMENTHAL

DAN COHEN Y MAX BLUMENTHAL*

Juan Guaidó es el producto de un proyecto de una década supervisado por los entrenadores de élite de Washington para cambios de gobierno. Mientras se hace pasar por un campeón de la democracia, ha pasado años al frente de una violenta campaña de desestabilización.

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Antes del fatídico día 22 de enero, menos de uno de cada cinco venezolanos había oído hablar de Juan Guaidó. Hace solo unos meses atrás, este hombre de 35 años era un personaje oscuro en un grupo de extrema derecha políticamente marginal, estrechamente asociado con actos de violencia callejera. Incluso en su propio partido, Guaidó había sido una figura de nivel medio en la Asamblea Nacional, dominada por la oposición, que ahora se encuentra bajo desacato según la Constitución venezolana.

Pero después de una llamada telefónica del vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, Guaidó se proclamó a sí mismo como presidente de Venezuela. Ungido como el líder de su país por Washington, un político previamente desconocido fue trasladado al escenario internacional como el líder seleccionado por Estados Unidos para la nación con las reservas de petróleo más grandes del mundo.

Haciendo eco del Consenso de Washington, el comité editorial del New York Times calificó a Guaidó como un “rival creíble” para Maduro con un “estilo refrescante y una visión para hacer avanzar al país”. El comité editorial de Bloomberg News lo aplaudió por buscar la “restauración de la democracia” y el Wall Street Journal lo declaró “un nuevo líder democrático”. Mientras tanto, Canadá, numerosas naciones europeas, Israel y el bloque de gobiernos latinoamericanos de derecha conocido como el Grupo de Lima reconocieron a Guaidó como el líder legítimo de Venezuela.

Si bien Guaidó parecía haberse materializado de la nada, él era, de hecho, el producto de más de una década de asidua preparación por parte de las fábricas de élite dedicadas al cambio de régimen del gobierno de Estados Unidos. Junto a un grupo de activistas estudiantiles de derecha, Guaidó fue entrenado para socavar el gobierno de orientación socialista de Venezuela, para desestabilizar el país y, algún día, tomar el poder. Aunque ha sido una figura menor en la política venezolana, había pasado años demostrando en silencio su valía en los pasillos del poder de Washington.

“Juan Guaidó es un personaje que se ha creado para esta circunstancia”, dijo a The Grayzone, Marco Teruggi, sociólogo argentino y renombrado cronista de la política venezolana. “Es la lógica de un laboratorio: Guaidó es como una mezcla de varios elementos que crean un personaje que, con toda honestidad, provoca entre risa y preocupación”.

Diego Sequera, periodista y escritor venezolano de la agencia de investigación Misión Verdad, estuvo de acuerdo: “Guaidó es más popular fuera de Venezuela que en el interior, especialmente en los círculos elitistas de la Ivy League y de Washington”, comentó Sequera a The Grayzone: “Es un personaje conocido allí, es previsiblemente de derecha y se considera leal al programa”.

Mientras que Guaidó se vende hoy como la cara de la restauración democrática, su carrera la realizó en la facción más violenta del partido de oposición más radical de Venezuela, ubicándose a la vanguardia de una campaña de desestabilización tras otra. Su partido ha sido ampliamente desacreditado dentro de Venezuela y es, en parte, responsable de fragmentar una oposición muy debilitada.

“Estos líderes radicales no tienen más del 20 por ciento en las encuestas de opinión”, escribió Luis Vicente León, el principal encuestador de Venezuela. Según León, el partido de Guaidó permanece aislado porque la mayoría de la población “no quiere la guerra”. “Lo que quieren es una solución”.

Pero esta es precisamente la razón por la que Guaidó fue seleccionado por Washington: no se espera que guíe a Venezuela hacia la democracia, sino que derrumbe a un país que durante las últimas dos décadas ha sido un bastión de resistencia a la hegemonía estadounidense. Su improbable ascenso señala la culminación de un proyecto de dos décadas para destruir un régimen socialista.

Apuntando a la “troika de la tiranía”

Desde la elección de Hugo Chávez en 1998, Estados Unidos ha luchado para restablecer el control sobre Venezuela y sus vastas reservas petroleras. Los programas socialistas de Chávez pueden haber redistribuido la riqueza del país y ayudado a sacar a millones de personas de la pobreza, pero también le colocaron un objetivo en la espalda. En 2002, la oposición lo derrocó brevemente con el apoyo y reconocimiento de Estados Unidos antes de que el ejército restableciera su presidencia luego de una movilización popular masiva. A lo largo de las administraciones de los presidentes de Estados Unidos, George W. Bush y Barack Obama, Chávez sobrevivió a numerosos planes de asesinato antes de sucumbir al cáncer en 2013. Su sucesor, Nicolás Maduro, sobrevivió a tres atentados contra su vida.

El gobierno de Trump elevó inmediatamente a Venezuela a la cima de la lista de objetivos de cambio de régimen de Washington, calificándolo de líder de una “troika de la tiranía”. El año pasado, el equipo de seguridad nacional de Trump intentó reclutar miembros del ejército para montar una junta militar, pero ese esfuerzo fracasó. Seguir leyendo ASÍ FABRICÓ ESTADOS UNIDOS AL ‘PRESIDENTE’ GUAIDÓ. DAN COHEN Y MAX BLUMENTHAL

LA FRONTERA, UNA PUERTA QUE HOY NO CEDE. MARCO TERUGGI

MARCO TERUGGI

Desde Táchira. Las cámaras apuntan a la frontera entre Venezuela y Colombia. El set montado la presenta como una puerta que estaría por ceder. Todo parece listo, faltaría que llegue el día indicado que, a seguir declaraciones de presidentes, títulos de noticieros, estaría por ocurrir. La narrativa de la inminencia es central desde que Juan Guaidó se autoproclamó presidente: inminente caída de Nicolás Maduro, inminente gobierno de transición y resolución de todos los problemas de Venezuela.

Por el puente Simón Bolívar pasan cerca de 30 mil personas diarias, de las cuales 2 mil sellan pasaporte. Imagen: Gentileza Marcos Salgado

Las imágenes al llegar a la frontera son otras. En particular en el punto que se ha construido como zona crítica: los municipios Simón Bolívar y Ureña, en el estado Táchira, frente a la ciudad de Cúcuta, Colombia. Allí debería verse un territorio conmocionado, militarizado del lado venezolano y transformado en un acopio masivo de ayuda humanitaria del lado colombiano. La realidad es diferente, una superposición de normalidad de una de las fronteras más complejas del continente, y el clima de un escenario en construcción.

Comprender las dinámicas de frontera demanda cruzar algunas variables. En primer lugar, la conformación histórica de ese territorio como zona de comercio binacional, marcado en las direcciones de compra-venta según la relación entre el bolívar venezolano y el peso colombiano. En segundo lugar, la puesta en marcha desde el año 2013 –con señales anteriores– del contrabando de extracción como parte de un plan de desangre de la economía venezolana. En tercer lugar, la presencia de actores claves al mando de las operaciones del contrabando, como grupos paramilitares. En cuarto lugar, los tres puntos anteriores dentro del cuadro económico actual. Las variables se cruzan y retroalimentan.

Dentro de esa geografía las cámaras se enfocan sobre dos cruces, el puente Las Tienditas, y el puente Simón Bolívar. El primero fue tapa de periódicos por los conteiners puestos del lado venezolano, presentados como un cierre del paso. Ese puente nunca estuvo abierto. Su construcción fue por iniciativa venezolana, saboteado en su concreción por las políticas colombianas que apuestan a magnificar el contrabando ilegal de gasolina en vez de ordenar un sistema de precios acordados entre ambos países en las gasolineras fronterizas.

La cuestión de la gasolina es clave para comprender la frontera: un litro del lado colombiano cuesta cerca de 60 centavos de dólares, mientras que del lado venezolano el tanque completo no cuesta un dólar. Esa gasolina contrabandeada permite abastecer las zonas fronterizas colombianas empobrecidas, a la empresa colombiana Ecopetrol destinar el combustible a otros sitios, a los paramilitares amasar millones, y a quienes manejan el control de la cocaína –paramilitares y carteles– contar con gasolina económica para su procesamiento. El gobierno colombiano ha autorizado por ley el contrabando de gasolina.

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