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UN PAÍS EN LLAMAS: LA ACTUAL POLÍTICA AMBIENTAL EN BRASIL. DIEGO PÉREZ OJEDA DEL ARCO

BRASIL AMAZONIA EN LLAMAS

DIEGO PÉREZ OJEDA DEL ARCO*

Diego_Perez_Ojeda_Del_ArcoEl pasado viernes 22 de mayo el pueblo brasilero fue testigo de una sinfonía de atrocidades proferidas durante la transmisión en televisión de un video en el cual se divulgo una reunión ministerial encabezada por el presidente Jair Bolsonaro, realizada el 22 de abril, en la que abundaron declaraciones tan indignantes e inconstitucionales que parecían refregarnos en la cara los propios límites de nuestras democracias occidentales. La divulgación del referido video fue autorizada por un decano del Supremo Tribunal Federal en el marco de una investigación que pretende determinar si el presidente de la república intento interferir políticamente en la Policía Federal. Por causa del calibre de las declaraciones ahí vertidas, se espera que en los próximos días nuevas investigaciones sean abiertas contra el presidente Bolsonaro y sus (anti)ministros.

Estas declaraciones versaron sobre distintos temas, no incluiré aquí citaciones textuales por encontrarse en portugués, pero intentare parafrasear algunos de los extractos más impactantes. El ministro de Educación, por ejemplo, además de sugerir que “vagabundos” del Supremo Tribunal Federal brasilero tendrían que estar presos (interfiriendo claramente en la separación de poderes), manifestó textualmente odiar el término “pueblos indígenas”, al entender que “solo existe un pueblo en este país”, invitando al exilio a cualquiera que no piense de esa manera. Siguiendo esa lógica punitiva, la ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos, se animó a comentar que desde su gabinete ya se está gestionando la prisión de algunos gobernadores y alcaldes. Y es que, si el propio presidente de la República se refiere, en esa misma reunión, a los gobernadores de São Paulo, Rio de Janeiro y de otros estados, como “esas mierdas”, pues no era de esperarse que el gobierno de turno les tenga especial consideración a los representantes de dichos cargos públicos. Siguiendo con la avalancha de estiércol, el ministro de Economía, fiel a su discurso neoliberal y a su carrera imperiosa por la privatización de la mayor cantidad posible de empresas y recursos estatales, no pudo esconder su inquietud por vender, cuanto antes, “la mierda del Banco de Brasil”. Por su parte, el ministro del Medio Ambiente, tal vez intentando destacarse en lo que ya se había convertido en un verdadero circo de horrores, tuvo la brillante idea de sugerir a la platea que el actual drama social por el cual atravesaba el país, generado por el colapso del sistema de salud a causa del Covid-19, podría ser aprovechado para llevar adelante reformas “infralegales” (bello eufemismo para decir fuera de la ley) de desregulación y simplificación del marco legal (ya fragilizado) que da protección jurídica al medio ambiente en Brasil.

¿Oportunidad para relajar medidas ambientales?

No es novedad que fechas importantes o grandes acontecimientos sean utilizados de manera estratégica para llevar a cabo acciones controversiales con la finalidad de mantener en sigilo lo que en coyunturas normales seguramente generaría mucho ruido político. Y eso en el Perú lo sabemos bien, pues basta recordar el indulto al expresidente Alberto Fujimori, otorgado por el expresidente Pedro Pablo Kuczynski, anunciado durante la tarde del 24 de diciembre del 2017, o inclusive, retrocediendo algunos años más, la promulgación del llamado “paquetazo ambiental” por parte del expresidente Ollanta, el sábado 12 de julio del 2014, mientras todos se preparaban para ver la final del mundial de futbol. Lo que sí sorprende por su crudeza es que la declaración del actual ministro del Medio Ambiente en Brasil plantee utilizar una tragedia, que una semana después de conocidas sus declaraciones ya va dejando un saldo de más de 27 mil muertos y más de 450 mil casos confirmados de Covid-19, como “cortina de humo” para continuar con una escalada que viene siendo devastadora para el medio ambiente.

El video de la referida reunión finalmente salió a la luz y la tan anhelada discreción que buscaban sus protagonistas fue reemplazada por una lluvia de cuestionamientos por parte de la prensa y de la sociedad civil. Lo más probable es que Ricardo Salles, ministro de Medio Ambiente en ejercicio, evite dar declaraciones durante las próximas semanas esperando que las aguas se calmen tratando de no dejar en evidencia la incompatibilidad que tiene con el ministerio que le fue asignado, así como su falta de compromiso con la agenda ambiental del país. Después de trascurrido ese tiempo, o tal vez aprovechando alguna otra de las crisis políticas semanales a la que su gobierno nos tiene acostumbrados, no debería de sorprendernos que se retomen con mayor ímpetu las políticas públicas llevadas a cabo por el Estado brasilero impulsadas en grande medida por el avance sin precedentes de un agronegocio que hoy en día cuenta con una sólida representación política en diversas esferas del poder. Seguir leyendo UN PAÍS EN LLAMAS: LA ACTUAL POLÍTICA AMBIENTAL EN BRASIL. DIEGO PÉREZ OJEDA DEL ARCO

EL 10% DE LA POBLACIÓN PRODUCE EL 50% DEL IMPACTO AMBIENTAL

El 10% de la población mundial produce el 50% del impacto ambiental, que son las emisiones de combustibles fósiles que dañan el clima en la Tierra, mientras que la mitad más pobre de la población mundial genera sólo el 10% de las emisiones de carbono. 

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Un informe publicado por Oxfam llamado “Extrema desigualdad de carbono” proporciona estimaciones más actuales sobre las emisiones de consumo de los ciudadanos ricos y pobres</strong en diferentes países. Los resultados arrojaron que el 10% más rico del mundoproduce alrededor de la mitad de todas las emisiones, lo que se traduce en impacto ambiental.

Cerca de 3500 millones de personas, que son la mitad más pobre de la población mundial, sufren las sequías, tormentas catastróficas y otras crisis derivadas del cambio climático.

Este análisis disipa el mito de que los ciudadanos de los países en rápido desarrolloson los principales culpables del cambio climático, pues son los negociadores o empresarios los que producen dichas emisiones en sus respectivos países.

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IMPACTOS INVISIBLES DE LA ERA DIGITAL. SILVIA RIBEIRO

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SILVIA RIBEIRO / EL VIEJO TOPO
Cuando pensamos en la era digital, probablemente lo primero que acude a la mente son computadoras, teléfonos móviles y otros elementos obvios de lo que se ha dado en llamar TIC: tecnologías de información y comunicación. Parece algo etéreo, pero en realidad conlleva enormes impactos ambientales y energéticos.

Además, la industria digital va mucho más allá de esas primeras imágenes. Es una de las bases fundamentales del tsunami tecnológico que ya está sobre nosotros, pero que difícilmente percibimos en todas sus dimensiones. Entre ellas, por ejemplo, el rápido avance del Internet de las cosas, que se propone sustituir al comercio convencional –incluyendo hasta la compra semanal de los hogares–; la tecnología digital que mueve los mercados financieros; las transacciones y monedas digitales; la digitalización de la agricultura, con el uso de autómatas, drones, satélites, sensores y big data; la optogenética que propone manipular seres vivos a distancia; la omnipresencia de cámaras y sensores que se comunican con gigantescas bases de datos, que pueden incluir hasta nuestros datos genómicos; el Internet de los cuerpos, con la digitalización de la medicina y las nuevas biotecnologías, y el avance de la inteligencia artificial que subyace a todo ello. Todas son áreas de fuertes impactos –escasamente comprendidos por la sociedad– y la lista apenas comienza.

Uno de los aspectos más pesados y a la vez invisibles de la era digital, es que contrariamente a lo que se podría pensar, los impactos materiales, en el medio ambiente, en recursos y demanda de energía son enormes. Jim Thomas, codirector del Grupo ETC, ejemplifica esto en tres sectores: el iceberg de la infraestructura digital, la demanda de almacenamiento de datos y la voraz demanda energética del uso de las plataformas digitales.

La infraestructura digital y de telecomunicaciones ya instalada es muy desigual. Mientras en la mayoría de países de África y otros países del Sur global no llega a 20 por ciento de acceso de la población, en América del Norte supera 90 por ciento. En conjunto, constituye lo que Benjamin Bratton llama la mayor construcción accidental de infraestructura que la humanidad haya hecho jamás. Es decir, la infraestructura está conectada –o pretende estarlo– a todos los rincones del planeta, pero nunca se han tomado decisiones de conjunto sobre ésta, sus múltiples implicaciones e impactos. La mayor parte de la discusión global al respecto, a menudo promovida por empresas de telecomunicación y big data, es sobre supuestos aspectos de equidad (todos deben tener derecho de acceder a la red), y por tanto lo que plantean es que los gobiernos o agencias de apoyo al desarrollo deben construir y pagar por la infraestructura donde no la hay, y en muchos casos le dan prioridad frente a otras necesidades. Lo que en general no se nombra es que la expansión de la infraestructura digital implica, entre otras cosas, aumentar la red de radiación electromagnética a todas partes, que tiene efectos negativos graves, pero poco estudiados, sobre la salud y la biodiversidad. Es, además, un motor de conflictos para extraer los materiales necesarios para construir teléfonos celulares y otros aparatos de trasmisión y recepción.

Paralelamente, el almacenamiento de toda la información digital generada en el planeta se estimó para 2016 en 16.1 zettabytes (un zettabyte es un billón de gigabytes). Para 2025, se calcula que se requerirán 163 zettabytes, 10 veces más (IDC).

Para hacer la cifra un poco más tangible, serían unos 16 mil millones de dispositivos de almacenamiento, aproximadamente dos discos duros de alta capacidad por cada persona en el planeta. Esto requiere una cantidad gigante de materiales, que incluyen minería de muchos elementos, incluyendo raros y escasos, la producción masiva de químicos sintéticos (y basura tóxica) y una enorme cantidad de energía para extracción, fabricación, distribución y uso, incluyendo la operación y ventilación de los dispositivos, etcétera.

Los requerimientos energéticos son a menudo invisibilizados, porque se supone que la digitalización demandaría menos energía que otras actividades, lo cual podría suceder en algunos casos. No obstante, uno de los ejemplos más contundentes de lo contrario es el uso de monedas digitales como el bitcoin. Según datos recientes, una simple transacción en bitcoin, requiere la misma cantidad de energía que usa una casa promedio en Estados Unidos ¡durante dos semanas! (Digiconomist.net)

Estos son algunos ejemplos de los impactos que en general no se consideran. Todos ellos implican además efectos devastadores sobre las comunidades y poblaciones de donde se extraen los recursos, además de las consecuencias sobre la salud de usuarios y quienes están cerca de las líneas y torres de trasmisión, así como sobre fauna, vegetación y biodiversidad.

La tremenda demanda de energía de la infraestructura y operación digital se suma a los factores principales causantes del cambio climático. Por todo ello es necesario que desde las bases de la sociedad asumamos el análisis y evaluación múltiple de los desarrollos tecnológicos, incorporando todos sus aspectos, no solamente los que las industrias quieren vendernos.

Artículo publicado originalmente en La Jornada