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CARLOS MONTEMAYOR, HABITAR LA VIDA. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Conocí a Carlos Montemayor, y algo lo he leído. No fuimos amigos, pero le agradezco haberme ayudado a comprender al México profundo, el que suele ocultarse en los grandes relatos y medios de comunicación. Esta semblanza que hace de él Luis Hernández Navarro, lo retrata y re-crea.
Foto
Foto tomada el 22 de septiembre de 2003 en la ciudad de Chihuahua, en la reunión de ex integrantes del Asalto al Cuartel Madera, después de 38 años de no verse, para la presentación del libro del escritor Las armas del alba: Álvaro Ríos, Salvador Gaytán, Ramón Mendoza, Florencio Lugo, Matías Fernández, Francisco Ornelas y el escritor Carlos Montemayor (quinto de izquierda a derecha).Foto Cristina Rodríguez
luis hernández navarro 3Carlos Montemayor tenía apenas 18 años de edad en septiembre de 1965. Apenas 18 meses antes, había llegado a la Ciudad de México desde su natal Chihuahua para estudiar la carrera de derecho, cuando un periódico mural en la Universidad Nacional Autónoma de México marcó su vida.

Para esa fecha ya no tenía contacto con muchos de sus antiguos compañeros de escuela. Pero ese día de septiembre supo de ellos de manera sorpresiva e indignante. Una cartulina pegada a un muro con recortes de rotativos ilustraba el ataque del Grupo Popular Guerrillero (GPR) a un cuartel en la ciudad de Madera. Algunas fotografías en blanco y negro mostraban los saldos de la batalla, incluidas las de varios combatientes muertos. Entre los cadáveres reconoció a viejos amigos suyos de la preparatoria, que él ignoraba que habían tomado las armas.

En la peor tradición del periodismo mexicano de la época, los diarios no escatimaban denuestos contra los insurgentes caídos. Se les acusaba de ser gavilleros, asaltantes, robavacas, gatilleros y delincuentes. Montemayor no daba crédito de lo que sus ojos leían. En sus entrañas, el desconcierto caminó de la mano de la rabia. Carlos sabía que esos señalamientos eran falsos. Él conocía su honradez, compromiso, honestidad, inteligencia y limpieza.

El futuro poeta se estremeció con la versión oficial de los hechos. En apenas unos instantes, el relato del poder destruía la verdad de la vida y ensuciaba, brutal e impunemente, la dignidad de hombres de una trayectoria intachable como el profesor Arturo Gamíz y el doctor Pablo Gómez.

Desconcertado, el autor de Las armas del alba quedó impactado al descubrir la facilidad con la que un ciudadano de a pie puede quedar en la oscuridad total respecto de las vidas de personas y actores sociales, en el momento en el que el poder decide ocultar o deformar una realidad que le resulta incómoda.

El golpe lo marcó para siempre. Allí le nació la conciencia. No sabía aún que sería escritor, pero, cuando encontró su vocación literaria, comprendió que su misión era contar algún día esa otra historia frente a las barbaridades que perpetra el Estado.

Ese día de septiembre se hizo a sí mismo una promesa que cumplió hasta el último aliento de vida: dedicarse a develar el proceso mediante el cual las versiones oficiales de los conflictos sociales y políticos desvirtúan la realidad humana. Se echó sobre los hombros la misión de contrastar las versiones oficiales con las realidades social y humana.

Las raíces

Carlos Montemayor nació en 1947, en Parral, Chihuahua, un municipio minero, maderero y ganadero, atravesado por un río que serpentea toda la ciudad, envuelta en el ruido de molinos y silbatos de las minas. Su infancia transcurrió entre excavaciones, ranchos, huertos, puentes para cruzar los torrentes, la vastedad de los espacios abiertos y el sonido metálico de las piedras.

Desde muy pequeño, su padre, contador privado, librepensador, masón y probablemente el más connotado intelectual de Parral, lo obligaba a leer página tras página. Sin mayor pasión por la lectura, él se apresuraba a devorar los libros que tenía como tarea para salir a jugar con sus amigos. Su inicial desapego por la palabra escrita era compensado por su pasión por la música. Dotado de un oído privilegiado, estudió guitarra con el maestro Rito Jurado, quien le daba clases de una a dos de la tarde en las cantinas de su pueblo, entre olores de aserrín, jabón y carne asada.

Montemayor –según relata Jesús Vargas, su amigo de toda la vida– tuvo dos abuelas, que le despertaron mucho la imaginación. Ambas estuvieron junto a él durante su infancia. Su formación inicial aterrizó cuando, en 1962, emigró a la ciudad de Chihuahua, donde se encontró con un ambiente intelectual propicio para su rápido florecimiento. Fue allí donde convivió con protagonistas destacados del Asalto al cuartel Madera y organizadores de la guerrilla en 1968.

Comenzó a escribir por vez primera, tiempo después, al concluir su primer año de estudios en la UNAM y regresar a Parral en pleno invierno. Sorprendido por el paisaje minero de su ciudad, no pudo hacer otra cosa más que ponerse a escribir lo que sentía sin parar. Fue –le contó a Silvia Lemus– una especie de grito por mi reencuentro con mi tierra. A partir de entonces su escritura no se detendría hasta su muerte. Seguir leyendo CARLOS MONTEMAYOR, HABITAR LA VIDA. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO