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EL GRAN DIÁLOGO DEL QUIJOTE. FERNANDO VALLEJO

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FERNANDO VALLEJO / CALLE DEL ORCO

¿Y si el Quijote no es una novela de tercera persona, qué es entonces, cómo lo podemos describir aunque sea por fuera? Es un diálogo. Un gran diálogo entre don Quijote y Sancho con la intervención ocasional de muchos otros interlocutores, y con Cervantes detrás de ellos de amanuense o escribano, anotando y explicando. Hojeen el libro y verán. Ahí todo el tiempo están hablando, conversando, en pláticas. Y de repente, “estando en estas pláticas”, aparece gente por el camino y don Quijote les cierra el paso: “Deteneos, caballeros, o quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién sois, de dónde venís, adónde vais, qué es lo que en aquellas andas lleváis”. Eso, o cosa parecida, dice siempre, y siempre le contestan que llevan prisa y que no se pueden detener a contestarle tanta pregunta. “Sed más bien criado”, replica entonces don Quijote, “y dadme cuenta de lo que os he preguntado; si no, conmigo sois todos en batalla”. ¡Y se le suelta el resorte de la ira! Las escenas de acción del Quijote (don Quijote acometiendo los molinos de viento o las odres de vino o el rebaño de ovejas o liberando a los galeotes), que son las que ilustró Doré, ocupan una veintena de páginas, y el libro tiene mil. De esas mil, otras doscientas las ocupan las novelas incorporadas, ¿y qué es el resto? Son conversaciones, pláticas. Y he aquí la razón de ser de Sancho Panza y la explicación de la primera de las tres salidas de don Quijote, que fue una salida en falso. Don Quijote sale solo y una veintena de páginas después Cervantes lo hace regresar. ¿A qué? ¿Por dinero, unas camisas limpias y un escudero que se le olvidaron, según dice? No, lo que se le olvidó fue algo más que el dinero, las camisas y el escudero, se le olvidó el interlocutor, y sin interlocutor no hay Quijote. Eso lo sintió muy bien Cervantes cuando escribía las primeras páginas, que el libro que tenía en el alma era un diálogo y no una simple serie de episodios como los del Lazarillo o del Guzmán de Alfarache, quienes van solos de aventura en aventura, sin interlocutor. Ésta es la diferencia fundamental entre el Quijote y las novelas picarescas. Un escritor de hoy (de los que creen que escriben para la eternidad) borra esas primeras veinte páginas y empieza el libro de nuevo haciendo salir a don Quijote acompañado por Sancho desde el comienzo. Pero un escritor del Siglo de Oro no, y menos Cervantes a quien le daba lo mismo mismo y mesmo.

Tomado de El gran diálogo del Quijote. Conferencia ofrecida el 7 de junio de 2005 en el Instituto Cervantes de Berlín.

EL COSTILLAR DE ROCINANTE. GRAZIELLA POGOLOTTI

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GRAZIELLA POGOLOTTI

No fue un hombre de éxito. Herido en Lepanto, conoció los padecimientos de los galeotes. De regreso a España, sufrió miseria y alguna incursión en la cárcel. No alcanzó el favor de los poderosos, que benefició a algunos de sus contemporáneos, también gigantes literarios en aquellos deslumbrantes siglos de oro de la creación peninsular, como sucedió con el pródigo Fénix de los ingenios, el dramaturgo Lope de Vega. Y, sin embargo, el idioma hablado en la actualidad por millones de habitantes del planeta recibe el apelativo de lengua de Cervantes, porque su criatura mayor, Don Quijote, echó a andar un día sobre el lomo de Rocinante junto a su fiel y rústico escudero Sancho Panza. A través del Atlántico llegó de contrabando a las recién conquistadas tierras de América.

Sorprende la extensa difusión de la obra desde fecha temprana, cuando las embarcaciones se movían impulsadas por velas, sujetas al capricho de los vientos. Cabalgando sobre Rocinante, Don Quijote ha cruzado el espacio y el tiempo. Novela de aventuras llena de peripecias, parodia de las historias de caballería, mantiene una singular modernidad. Las empresas nacidas de la aparente locura del protagonista inspiran la risa del lector, movido a la vez por una creciente simpatía. Muchos especialistas han observado la progresiva quijotización del escudero Sancho. En verdad, el rudo y realista aldeano no es contrapartida del hidalgo empobrecido. Uno y otro se complementan, como sueño y conocimiento de la realidad conviven en cada uno de nosotros.

Sobre el paisaje de una España empobrecida, aunque dueña de un extenso imperio donde no se ponía el sol, intolerante con los mozárabes crecidos en ella durante generaciones, sometida a la insolencia de los poderosos, se levanta el perfil justiciero del Quijote. A su lado, el rudo escudero se convierte en Sancho amigo, capaz de impartir justicia de raigambre humana y popular mientras permanece en la ficticia gobernación de la ínsula Barataria. A lo largo de la aventura, en diálogo permanente, se entrecruzan el idioma cultivado del hidalgo y el habla refranera de su acompañante. La lengua de Castilla despliega toda su riqueza expresiva.

Por tradición establecida, de año en año, entre el griterío de los niños, depositamos flores y pronunciamos algunas palabras ante la estatua que evoca la memoria de Miguel de Cervantes en el habanero parque de San Juan de Dios. Es el 23 de abril, Día del idioma, ese indispensable medio de comunicación y conocimiento. Horneado durante siglos, en prolongada cocción de historia y cultura integró fuentes de origen diverso. Sobre la espina dorsal procedente del latín, dejó su huella la presencia secular de los árabes en España. En el cruce del Atlántico hacia la conquista y colonización de América, se hicieron palpables cadencias andaluzas y canarias. Del lado de acá, el contacto con los pueblos originarios y los migrantes voluntarios o traídos por la fuerza siguió acrecentando el caudal.

Sin renunciar a las esencias del legado recibido, los escritores nacidos en esta parte del planeta pegaron el oído a la tierra. Escucharon voces y melodías. Fijaron en la letra formas renovadoras. Enriquecieron así el poderoso torrente común. A pesar de la pequeñez de la Isla y de su tardía llegada a la independencia, Cuba no estuvo al margen de ese proceso.

Heredia anunció el arribo del Romanticismo con tonalidades, que mucho difería del que habría de desarrollarse en España. Precursor reconocido por Rubén Darío, Martí se situaba en el instante inaugural del Modernismo. Con su jolongo cargaría el Apóstol a la hora de emprender viaje hacia Playita de Cajobabo y dejar en su diario, impronta del breve tránsito hasta Dos Ríos, uno de los textos más extraordinarios escritos en nuestra lengua. Fiesta innombrable y reconocimiento de lo que somos, la palabra ha seguido haciéndose cuerpo, fijando matices y modulaciones en la obra de nuestros escritores. Es un tesoro que hemos contribuido a amasar en los trabajos y en los días, en el batallar por la defensa de nuestra soberanía. No podemos permitir que se nos empobrezca en el abandono a la ley del menor esfuerzo, reductora del léxico y la sintaxis en un habla que diluye poco a poco la articulación de las consonantes. El Día del idioma, homenaje a Cervantes, no puede limitarse a la celebración consuetudinaria de un acto formal. Debe convocar a una reflexión imprescindible.

Demasiado acomodado y apacible para mi gusto, persiste en mi memoria la imagen sedente de Cervantes en el parque San Juan de Dios, sitio que daba nombre al barrio de mi infancia. Prefiero a su criatura, el andariego hidalgo sobre el costillar de Rocinante, tal y como la evocara el Che en su carta de despedida. Ahí está, en otro lugar de La Habana, el parque del Quijote, porque al hidalgo manchego, adarga en ristre, le queda camino por andar con muchos entuertos por desfacer.

Fuente: Diario Juventud Rebelde