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LA MISOGINIA COMO ARMA POLÍTICA EN ‘MUERTE A LOS NORMIES’, DE ANGELA NAGLE. SERGIO CHESÁN

MISOGINIA - MUERTE A LOS NORMIES

SERGIO CHESÁN

El 9 de noviembre de 2016 Donald Trump ganaba las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. La inmensa mayoría de analistas políticos no llegaban a comprender cómo aquello que para muchos significaba una desgracia había finalmente sucedido. El error en sus predicciones había sido estrepitoso y, a posteriori, todos buscaban alguna variable oculta que pudiera explicar lo que había ocurrido. Pero aquello que había permanecido lejos del alcance de los medios de comunicación tradicionales no era otra cosa que una batalla en la red. En Muerte a los normies, Angela Nagle pone al descubierto las guerras culturales ocurridas en los años anteriores a la elección de Donald Trump y cómo el auge de una nueva derecha machista y racista, la alt-right, acabó llevándolo al mando de la nación más poderosa del planeta.

Todo había empezado en 4chan, la comunidad que vio nacer a Anonymous. Pero, ¿cómo es posible que aquellos usuarios que se habían identificado tradicionalmente con la izquierda libertaria dieran un giro hacia la derecha en tan pocos años? Para responder a esta pregunta, Nagle nos lleva a la victoria de Obama en 2008. Nuevos aires progresistas habían inundado las redes. Un sinfín de internautas celebraban juntos sus diferencias; el «yes we can» se había convertido en un canto a la libertad. En consonancia con esta nueva deriva, pronto se hicieron frecuentes las demostraciones públicas de tolerancia y se empezó a exaltar una moral centrada en la sensibilidad hacia un conjunto de nuevas identidades que podían abandonar al fin un infierno de invisibilidad fundado en el miedo y la vergüenza. Pero, como suele ocurrir con demasiada frecuencia en las redes, lo que, tras ocho años de gobierno conservador de Bush, parecía una sana regeneración de la cultura estadounidense, se acabó convirtiendo en un espectáculo puramente exhibicionista.

En Tumblr, donde la izquierda progresista había arraigado con fuerza, ese espectáculo llegó al paroxismo. Según Nagle, se había producido «una mezcla extraña de sentimentalismo, ultrasensibilidad y lo que se consideró como identidad política llena de constructos sociales radicales» (p. 60). Todo el mundo quería diferenciarse. Comenzaron a aparecer usuarios que —en lo que resultó una grotesca deformación de la teoría performativa del género de Judith Butler— decían sentirse criaturas fantásticas o mitológicas (las llamadas identidades otherkin) y que, por supuesto, se ofendían si no eran tratados con la delicadeza que merecía su situación. Incluso los medios de comunicación tradicionales, como los canales de televisión o las revistas de mayor tirada, empezaron a dar una amplia cobertura a este tipo de temáticas. Al final ocurrió lo esperado y en unos pocos años las redes parecían haberse convertido en una enorme competición para ver quién estaba más oprimido, o en otra competición, aún más cruenta, por ver quién hacía la mayor exhibición pública de virtud.

Pero eso no fue todo. En las redes sociales empezaron a sucederse linchamientos, cada vez más frecuentes, hacia todos aquellos usuarios que, queriendo o no, publicaban contenido que chocaba contra esta nueva sensibilidad. 4chan, una comunidad que había hecho del humor transgresor su seña de identidad, entró rápidamente en conflicto con lo que consideraba una tiranía de lo políticamente correcto. El conocido Gamergate, en el que se cargó contra desarrolladoras de videojuegos como Zoë Quinn, Brianna Wu y la crítica feminista Anita Sarkeesian, sirvió para unir a estos miembros de 4chancon los que se encontraban en Reddit y Twitter. Sintiéndose atacados, se abandonaron a una espiral de transgresión sin sentido. Embistieron contra el feminismo y sus aliados, contra todo lo que sonara a multiculturalidad y, en definitiva, todo aquello que se identificaban con el progresismo de Tumblr. Especialmente contra aquellos que no entendían sus códigos —ese arsenal semiótico, compuesto mayoritariamente de memes, que se iba resignificando a una velocidad vertiginosa—, a los que llamaban despectivamente «normies». Poco a poco, a golpe de chiste racista o machista, de broma sobre los nazis que acababa no siendo tal broma, fueron derivando cada vez más hacia la derecha. En palabras de Nagle: «Una de las cosas que unió a la en ocasiones nihilista e irónica cultura chanera con la cultura mucho más amplia de la órbita de la alt-right fue su oposición a la corrección política, el feminismo, el multiculturalismo y demás, y la usurpación que estas hicieron de su despreocupado mundo de anonimato y tecnología» (p. 28). Seguir leyendo LA MISOGINIA COMO ARMA POLÍTICA EN ‘MUERTE A LOS NORMIES’, DE ANGELA NAGLE. SERGIO CHESÁN