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YO VENGO A CANTAR, PARA COMBATIR. GUILLE VILAR

Guille Vilar

GUILLE VILAR

Para nada es casual que la celebración del Evento de Cubadisco 2017, dedicado a la Nueva Trova, coincida con el Aniversario 150 del natalicio de Sindo Garay. Por lo tanto, desde una explicita complicidad, el nombre de esta ponencia ha sido tomado de un verso de la canción de Sindo titulada Rayos de Oro porque desde siempre en las canciones de la trova se ha amado y defiende a la patria, nuestro principal objetivo a resaltar en esta charla compartida.

Según Alejo Carpentier, toda la historia de Cuba está escrita en sus canciones políticas (1), al hacer referencia a aquellas piezas, que por lo general a partir de la rumba, se satirizaba al gobierno de turno durante las primeras décadas de la República como es el caso de la popular pieza La Chambelona. Mucho más acá en el tiempo, agrupaciones como NG La Banda, en una pieza como Picadillo de Soya, se refleja desde una simpática perspectiva, la incidencia de la soya en nuestra dieta alimenticia en el llamado Periodo Especial. Sin embargo, no es nuestra intención recorrer el universo de la música popular cubana donde en cualquier género podemos encontrar referencias a la evolución de nuestra sociedad desde ángulos diversos sino que nos acercaremos específicamente a las canciones que están enmarcadas dentro de la trova y de estas solamente a aquellas piezas caracterizadas por un inobjetable aliento patriótico.

Para el extranjero y también para no pocos de nosotros, cuando se habla de la música cubana, lo primero que se piensa es en un movido y cadencioso ritmo que ha hecho y hace bailar a medio mundo, pero simultáneamente en nuestro enriquecedor patrimonio musical, encontramos la invitación a una de honda reflexión ética en canciones de la Nueva Trova. Seguir leyendo YO VENGO A CANTAR, PARA COMBATIR. GUILLE VILAR

MARIO ROMEU. SILVIO RODRÍGUEZ

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Mario Romeu

SILVIO RODRÍGUEZ / SEGUNDA CITA

Para Belinda, Mayito y Rosalía.

Cuando transcurría mi último año de servicio militar, que fue en la revista Verde Olivo, se apareció en mi unidad Guillermo Rosales, un amigo escritor de mis tiempos en el semanario Mella, y me hizo pedir permiso para ausentarme del mando.  El me había prometido llevarme a casa de “una muchacha que hace canciones, como tú”.

No recuerdo si agarramos una guagua o fuimos a pie. El lugar de destino hacía esquina en 17 y D, en el arbóreo barrio de El Vedado. Había que subir desde la calle hasta un amplio portal para llegar a la puerta, que estaba abierta. Guillermo tocó por cortesía, pero entró con confianza porque su familia y la de esa casa eran viejas amigas. La amable señora que nos recibió se llamaba Rosalía. Nos invitó a sentarnos y nos dijo que enseguida llamaba a su hija.

La muchacha que apareció era una adolescente delgada, con el pelo partido en dos por una raya que parecía un camino perfecto en un trigal, y se sentó recatadamente en un sofá que había a la derecha de la puerta de entrada. No recuerdo las presentaciones. La mamá de la chica, la única persona mayor de la escena (y aclaro que en realidad no era tan mayor), nos dejó solos a los jóvenes. Belinda, que así se llamaba la muchacha, evidentemente era tan tímida o más que yo y, luego de frases retraídas de ambas partes, sacó una guitarra y me la puso en las manos y me pidió que cantara alguna de mis canciones. Seguir leyendo MARIO ROMEU. SILVIO RODRÍGUEZ

LAS TRES MUERTES DE (LEONARD) COHEN / HERMANN BELLINGHAUSEN

 

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Leonard Cohen

HERMANN BELLINGHAUSEN / LA JORNADA

Así como moría, renacía. Fue un hombre con suerte, por más que se quejara con la crudeza de su voz inconfundible y lenta que le dio 50 años de fama mundial. A diferencia de los trovadores de la época (de Brassens a Moustaki, de Serrat a Silvio, de Guthrie a Dylan) y de las estrellas de rock que brotaron en los sesentas gritando presunta o real poesía y transformando los sonidos y las funciones públicas de la música, Leonard Cohen ya era un autor reconocido, estrella emergente de la literatura canadiense. Con cuatro libros de poesía y dos novelas extraordinarias, iba camino a ser una gloria en el universo de papel de la literatura. Pero en 1967 toma una decisión anormal. De pronto quiso ser como Bob Dylan. Y se fue a reinventar a Nueva York con la disquera de su nuevo modelo (Columbia), con su agente (Albert Hammond) y su productor (Bob Johnston). Nunca un músico completo más allá de los acordes a la Hank Williams y las lecciones folclóricas de García Lorca, musicalizó poemas publicados con antelación. El impacto cultural supera su éxito comercial. Canciones de Leonard Cohen (1967) y Canciones desde un cuarto (1968) lo vuelven un poeta fundamental en muchos lugares del mundo y sobrevive a su primera muerte.  Seguir leyendo LAS TRES MUERTES DE (LEONARD) COHEN / HERMANN BELLINGHAUSEN

Leo Brouwer: “Nuestro entorno sonoro es una repetición exhaustiva de la banalidad”

Por Katheryn Felipe
Fotos Iván Soca

leo-brouwer-ivansocaNo imaginé que el Leo que todos llamaban “maestro” llevara, con tan calmada sencillez, el traje del virtuosismo. La mañana antes de conocerlo supe que el Festival Les Voix Humaines (que ya no se llama como el maestro) traerá, en edición única que durará casi un mes, más de 30 conciertos, 350 músicos y artistas de 16 países, y 25 estrenos nacionales e internacionales, que abarcarán variadas tendencias, estéticas y géneros musicales.

Pero no pedí insistentemente para hacer unas cuantas preguntas sobre las voces humanas, sino para escuchar a Juan Leovigildo Brouwer Mesquida. Después de entrevistarlo sabré que lo mejor de la música universal no quedó en Mozart, Beethoven o Stravinsky. Habré visto ya que sus manos acomodan los espejuelos, cada vez que reitera que la desinformación pone en peligro la cultura.

Aunque ha sido más aplaudido fuera que dentro de Cuba, tras 50 minutos conversando con este genial guitarrista tendré claro que no le importa la fama y que desconfía de las cosas bonitas. Entonces, ya estaré enterada de que cuenta demasiados (inacabables) amigos repartidos por todo el mundo y que no pocos de ellos viajan a La Habana desde 2009 para los espectáculos culturales que organiza. En una, dos, tres ocasiones… habré escuchado que tan bueno es programando como dirigiendo y componiendo.

La cita (o mejor, la clase) será al día siguiente. De su apretada agenda aprovecharé un ratico. Me sentaré frente a Leo Brouwer en una oficina y acabaré por aprender al pie de la letra qué hay de deslumbrante en lo peculiar.

Durante seis ediciones del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara y, por única vez, con Les Voix Humaines, defiende como premisa un maridaje de músicas inteligentes. ¿Por qué?

-Siempre he estado reflexionando sobre el entorno, basado en un principio inolvidable del filósofo español Ortega y Gasset, que dijo: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Es algo apoteósico que leí de niño y nunca olvidé. El entorno nuestro se ha ido deteriorando sonoramente y, manipulado por los medios, ha llegado a ser un (en criollo) batiburrillo, es decir, una repetición exhaustiva de lugares comunes y, en un gran porcentaje, de lo que llamo banalidad. La banalidad existe pero, como dolorosamente la mente del hombre es manejada por la información, se puede convertir una cosa barata, pueril o kitsch (que es casi el 90 por ciento de lo que estamos oyendo), en algo rutinario y agradable. Yo prefiero la hermosura a lo que denominamos “bonito”. Un hipopótamo es hermoso, como puede serlo también una gacela. En mi opinión, programar es un arte, no solo componer, no solo realizar o interpretar. En mis programaciones como músico siempre he tratado de dar todo tipo de información, empezando por la tarjeta de presentación (que puede ser de una de las grandes obras o de las más comunes, con óptima calidad, hasta pasar a cosas que nunca se han oído jamás). Una vez que uno gana la confianza del público, puede darle toda la información del mundo. Así hacemos un festival de músicas que no se conocen, que no se tocan o que no se divulgan suficientemente, porque son difíciles y exigen una cultura de información a nivel mundial.

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