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LA IDEOLOGÍA ESTADOUNIDENSE. SAMIR AMÍN

Escrito y publicado en los albores del nuevo milenio, tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, este texto del pensador egipcio Samir Amín conserva una vigencia admirable, digna de mayores visitas. De su lectura surgen, inevitablemente, asociaciones con la obra de otro grande del pensamiento contemporáneo, el intelectual norteamericano Howard Zinn, cuya visión de la historia de su país resulta igualmente lapidaria. Diríase que hoy todo está peor en lo que respecta a Estados Unidos, sumergido ahora mismo en uno de  los más hondos abismos de su ya larga crisis. El mundo, por otra parte, no está precisamente mejor, excepto para quienes saben (y humildemente me incluyo) que, no obstante la incertidumbre microbiológica que nos consume, cuando la noche es más oscura y pareciera que gobierna el silencio, es porque el amanecer está más cerca. Apretemos el paso, entonces, y no perdamos tiempo.

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SAMIR AMÍN*

samir 8Hoy EEUU está gobernado por una junta de criminales de guerra que llegaron al poder a través de une especie de golpe [de Estado]. Aquel golpe pudo haber sido precedido por unas (dudosas) elecciones: pero no debemos olvidar que Hitler fue igualmente un político elegido. En esta analogía, el 11 de septiembre cumple la función del «incendio del Reichstag» [1], permitiendo a la Junta garantizar sus poderes de fuerza policial similares a aquellos de la Gestapo. Tienen su propio Mein Kampf –la Estrategia de Seguridad Nacional [2]–, sus propias asociaciones de masas –-las organizaciones patrióticas– y sus propios predicadores [3]. Es vital que tengamos el coraje de decir estas verdades y de dejar de enmascararlas en frases como «nuestros amigos estadounidenses» que han dejado de tener significado.

La cultura política es el producto a largo plazo de la Historia. Como tal, es obviamente específica de cada país. La cultura política estadounidense es claramente distinta de lo que ha emergido en la historia del continente europeo: mediante el establecimiento de Nueva Inglaterra por sectas protestantes extremistas se ha configurado el genocidio de los pueblos indígenas del continente, la esclavitud de los africanos y la emergencia de comunidades segregadas por sus especificidades étnicas como resultado de sucesivas oleadas migratorias durante el siglo XIX.

La modernidad, el secularismo y la democracia no son el resultado de una evolución en las creencias religiosas o siquiera revolucionarias; por el contrario, es la fe la que ha tenido que ajustarse para satisfacer las exigencias de estas nuevas fuerzas. Este ajuste no se ha producido exclusivamente en el protestantismo; tuvo el mismo impacto en el mundo católico aunque de modo distinto. Se creó un nuevo espíritu religioso, liberado de todo dogma. En ese sentido, no fue la Reforma la que otorgó la precondición para el desarrollo capitalista, aunque la tesis de Weber ha sido ampliamente aceptada en las sociedades protestantes de Europa, que fueron favorecidas por la importancia que les dio. Tampoco la Reforma representa interpretaciones tempranas del cristianismo; al contrario, la Reforma fue simplemente la más primitiva y confusa forma de una ruptura.

Un aspecto de la Reforma fue el trabajo de las clases dominantes conducidas por la creación de iglesias nacionales (anglicana o luterana) controladas por dichas clases. Como tales, esas iglesias representaron un compromiso entre la burguesía emergente, la monarquía y los grandes terratenientes, a través del cual pudieron acorralar la amenaza que representaban los pobres y los campesinos.

Marginar con eficacia la idea católica de universalidad estableciendo iglesias nacionales sirvió, en particular, para reforzar el poder de la monarquía, fortaleciendo su autoridad como árbitro entre las fuerzas del Antiguo Régimen y aquéllas de la burguesía ascendiente, y reforzar el nacionalismo de esas clases, retrasando, con ello, la emergencia de nuevas formas de universalismo que serían promovidas más tarde por el socialismo internacionalista.

Sin embargo, otros aspectos de la Reforma fueron conducidos por las clases más bajas que eran las principales víctimas de las transformaciones sociales provocadas por el nacimiento del capitalismo. Esos movimientos recurrieron a formas de lucha tradicionales derivadas de los movimientos milenaristas de la Edad Media. Como resultado, lejos de abrir el camino, estuvieron predestinadas a retrasar las necesidades de su tiempo. Las clases dominantes tendrían que esperar hasta la Revolución Francesa –y a sus formas de movilización democrática, popular, laica y radical– y al advenimiento del socialismo para hallar vías [que permitieran] articular efectivamente sus exigencias al respecto de las nuevas condiciones en las que vivían. Los primeros grupos protestantes modernos, se cimentaron en ilusiones fundamentalistas y ello, en cambio, favoreció la réplica infinita de sectas esclavas del mismo tipo de visión apocalíptica que prolifera actualmente en EEUU.

Las sectas protestantes que se vieron obligadas a emigrar en el siglo XVII desde Inglaterra, habían desarrollado una forma de cristianismo diferenciado tanto del catolicismo como del dogma ortodoxo. Por ello, su imagen del cristianismo no era compartida siquiera por la mayoría de los protestantes europeos, incluidos los anglicanos, de donde emergió la mayoría de la clase gobernante británica. En términos generales, podemos decir que la genialidad esencial de la Reforma fue reclamar el Antiguo Testamento, que había sido marginado por el catolicismo y la Iglesia Ortodoxa cuando definieron al cristianismo como una ruptura con el Judaísmo. Los protestantes resituaron al cristianismo en su lugar como sucesor legítimo del Judaísmo.

Legitimidad bíblica

La particular forma de protestantismo que halló su vía en Nueva Inglaterra sigue configurando la ideología estadounidense en la actualidad. Primero, facilitó la conquista del «Nuevo Continente», instruyendo su legitimidad en base a referencias bíblicas (la referencia bíblica de la violenta conquista de Israel de la «Tierra Prometida» es un tema constantemente reiterado en el discurso de EEUU). Más tarde, EEUU extendió su misión encomendada por Dios hasta abarcar el mundo en su totalidad. Por ello, los estadounidenses han comenzado a verse a sí mismos como el «pueblo elegido» (en la práctica, un sinónimo del término nazi Herrenvolk). Esta es la amenaza a la que hacemos frente en la actualidad. Y por ello el imperialismo estadounidense (y no el Imperio) será incluso más brutal que sus predecesores, la mayoría de los cuales nunca reivindicaron estar investidos por una misión divina.

No estoy entre los que creen que el pasado puede repetirse. La Historia transforma a los pueblos. Eso es lo que ha pasado en Europa. Sin embargo, desgraciadamente, la historia de EEUU, lejos de trabajar por la erradicación de sus horribles orígenes, ha reforzado aquel horror y ha perpetuado sus efectos. Ello es así tanto para la «Revolución americana» como para la colonización del país mediante sucesivas oleadas migratorias.

A pesar de los intentos actuales de promover sus virtudes, la «Revolución americana» no fue más que una limitada guerra de independencia bastante desprovista de cualquier dimensión social. En ningún caso en el curso de su revuelta contra la monarquía británica intentaron los colonos americanos transformar las relaciones económicas y sociales: simplemente rechazaron seguir compartiendo los beneficios con las clases gobernantes de la metrópoli. Querían el poder para sí mismos no para cambiar las cosas, sino para seguir haciéndolas igual, aunque con más determinación y mayores márgenes. El objetivo prioritario era proceder a la colonización del Oeste que implicaba, entre otras cosas, el genocidio de los americanos nativos. Igualmente, los revolucionarios nunca cambiaron la esclavitud. De hecho, la mayoría de los líderes revolucionarios eran propietarios de esclavos y sus prejuicios sobre esta cuestión se mostraron inquebrantables.

El genocidio de los nativos americanos estaba implícito en la lógica de la nueva elección de la misión divina para los pueblos. Su masacre no puede ser condenada simplemente sobre la base de la moral de un pasado arcaico y distante. Hasta 1960, el acto del genocidio se proclamaba abierta y orgullosamente. Las películas de Hollywood oponían al bien de los cowboys el diablo nativo americano, y esta tergiversación del pasado ha sido central en la educación de sucesivas generaciones.

Lo mismo ocurre con la esclavitud. Tras la independencia, tuvo que pasar cerca de un siglo antes de que la esclavitud fuera abolida. Y a pesar de las demandas de la Revolución Francesa en el sentido contrario, cuando se produjo el hecho de la abolición no tuvo nada que ver con la moralidad (solo se produjo porque la esclavitud ya no servía a la causa de la expansión capitalista). Así, los afro-americanos tendrían que esperar otro siglo para que se les concediese unos mínimos derechos civiles. E incluso entonces, el racismo profundamente arraigado de las clases dirigentes ha sido difícilmente desafiado. Hasta la década de los 60 el linchamiento siguió siendo un hecho habitual que procuraba un pretexto en los pic-nics familiares. De hecho, la práctica del linchamiento persiste en la actualidad, de modo más discreto e indirecto, en las vías de un sistema judicial que envía a miles de personas a la muerte (la mayoría afro-americanos) a pesar del conocimiento general de que al menos la mitad de los condenados son inocentes.

Migración e individualismo

Las sucesivas olas de inmigración han ayudado igualmente al reforzamiento de la ideología estadounidense. Los inmigrantes no son en modo alguno responsables de la miseria y la opresión que causan sus exilios. Dejan su tierra como víctimas. Sin embargo, la emigración significa igualmente la renuncia a la lucha colectiva para cambiar las condiciones en sus países de origen; cambian su sufrimiento por la ideología individualista del país receptor desarraigándose. Este cambio ideológico sirve igualmente para retrasar la emergencia de la conciencia de clase que escasamente tiene tiempo para desarrollarse antes de que una nueva oleada de inmigrantes llegue para ayudar a abortar su expresión política. Desde luego, la migración contribuye también al «fortalecimiento étnico» de la sociedad estadounidense. La noción de «éxito individual» no excluye el desarrollo de fuertes comunidades étnicas de apoyo (irlandesa, o italiana, por ejemplo) sin las que el aislamiento individual resultaría insoportable. Sin embargo, también en esto, el fortalecimiento de identidades étnicas es un proceso que el sistema estadounidense cultiva únicamente para recuperarlo ya que debilita inevitablemente la conciencia de clase y la ciudadanía activa.

Así, mientras el pueblo de París se estaba preparando para «asaltar el cielo» (según la Comuna de 1871), las ciudades de EEUU proporcionaron el escenario para una serie de guerras asesinas entre bandas formadas por generaciones sucesivas de pobres emigrantes (irlandeses, italianos, etc.) cínicamente manipulados por las clases dirigentes. Seguir leyendo LA IDEOLOGÍA ESTADOUNIDENSE. SAMIR AMÍN