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CUANDO LA DERECHA HABLA DE POBREZA. JORGE ELBAUM

Maniobras, artificios y dogmas perpetúan las reglas del juego que garantizan la continuidad del privilegio

La mesa está servida. Los integrantes de la Asociación Empresaria Argentina insisten en las recetas generadoras de miseria.

JORGE ELBAUM

Cada vez que el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODS-UCA) difunde sus informes sobre la pobreza, los poderes fácticos locales, conformados por los grupos financieros, los exportadores, las empresas transnacionales y las corporaciones mediáticas, irrumpen compungidos y se disponen a proponer como solución las mismas medidas ortodoxas que son causa inequívoca de la ruina socioeconómica de la Argentina.

La operación comunicacional utilizada para sobreactuar consternación consiste en mostrarse extrínsecos al resultado de las estadísticas. Buscan impedir, en forma denodada, que se vincule la riqueza por ellos acumulada con el empobrecimiento de las mayorías sociales. Sin embargo, la pobreza no puede pensarse sin la capacidad de generación de riqueza que posee una sociedad. Si existe suficiente riqueza para ser distribuida en un conjunto demográfico determinado, pero las reglas permiten/habilitan su flujo hacia porciones minúsculas de la sociedad, es que las instituciones son funcionales a la producción sistemática de la pobreza.

La pobreza es un concepto relacional: escindir la pobreza de la riqueza es el remanido artilugio utilizado para impedir que se revean las reglas que permiten esa asimetría. Los sectores del privilegio se empeñan en disociar la miseria del enriquecimiento. Necesitan desvincular ambas caras de la moneda para distanciar dos hechos inseparables: el enriquecimiento social acumulado y respectiva asignación / reparto dentro del conjunto de la sociedad. Esta separación forzada les resulta indispensable para evitar que se debata sobre las reglas que permiten tal apropiación inequitativa.

La desigualdad de los ingresos muestra que el 10% más acaudalado de la sociedad percibe 19 veces el ingreso del 10% menos favorecido. Esa relación es aún más inequitativa si se mide la riqueza, es decir la acumulación de propiedades. Para invisibilizar esta evidencia, los corporativos locales simulan una preocupación caritativa. Pero omiten su responsabilidad, por ejemplo, en su especulación contra el peso, cuyo último capítulo fue escenificado en el segundo trimestre de este año. Aunque en esta ocasión no han logrado su cometido dada la decisión del gobierno de lxs Fernández, las devaluaciones sucedidas en las últimas décadas han derivado en el incremento de la miseria de amplias capas sociales. Y su reverso produjo una mayor concentración de quienes poseen capacidad para vincularse con el mercado de divisas.

El último jueves, uno de los máximos referentes de esta distribución inequitativa –el CEO y principal accionista de Techint, Paolo Rocca– se quejó ante el ministro Martín Guzmán por la presión impositiva (en plena emergencia sanitaria) y el excesivo gasto público. Además afirmó que “es el sector privado el motor principal. El Estado tiene el rol de regular y se ha visto en la pandemia”. A los corporativos como el titular de Techint le resultaría difícil aceptar que el rol cumplido por el gobierno en la situación actual de emergencia sanitaria no fue el de regular. Supuso una intervención, incluso, para impedir que el caracterizado como motor principal no genere una crisis más aguda que la que se transita a nivel global. Ni siquiera en etapas tan evidentes de intervención estatal, los actores concentrados pueden aceptar el rol central del Estado como dispositivo de orientación económica y social. De admitir esa autoridad, vislumbran, le estarían concediendo una abierta legitimidad a la democracia –y a su sustento,  la voluntad popular– por sobre el mercado. Supondría, además, por analogía, aceptar la práctica política como una función cívica relevante y transcendental para la organización y la gestión de lo público. La elasticidad de sus dogmas neoliberales no les permite llegar a tanto.

Los lamentos de Rocca, relativos a la supuesta presión impositiva, no coinciden con las utilidades expuestas en sus balances. Durante 2019, una de sus empresas, Ternium, comercializó por $ 107.000 millones, obteniendo $ 11.096 millones de utilidad neta. Otra, Tenaris Siderca, registró ingresos por U$S 7.294 millones y un beneficio de U$S 731 millones. El tercer balance del que se cuenta con información –dado que hay varias empresas subsidiarias a las que no se logró acceder–, señala que Tecpetrol facturó por $ 64.000 millones y se benefició con $ 4.200 millones. Y tampoco coinciden con la carga impositiva a la riqueza motorizada por diferentes países, algunos de los cuales causan profunda envidia aspiracional de los cambiemitas locales: la recaudación de impuestos a la riqueza es en Argentina un 25% menor que la de Brasil y Colombia (1,2% de sus respectivos PBI), e inmensamente inferior a lo tributado dentro de los países desarrollados (2,0% del producto en la OCDE y más de 2,5% en Estados Unidos, Bélgica, Canadá, Francia, Israel y Reino Unido).

El supremacismo local, hijo dilecto de una concepción colonizada, busca remedar a los países centrales. Pero no a costa de emularlos en los aportes exigidos a sus sectores más pudientes. En noviembre, el relator especial de Naciones Unidas para la Extrema Pobreza y los Derechos Humanos, Olivier de Schutter, manifestó que “la capacidad de los países para mantener esquemas de tributación progresiva ha sido desafiada por los ricos, que pueden trasladar sus empresas fácilmente a otras jurisdicciones como paraísos fiscales o territorios con tipos de sociedades que pagan menos impuestos”.

La Comisión de Enlace de Entidades Agropecuarias  no se percibe como responsable de la pobreza. 

En forma análoga, la Asociación Empresaria Argentina insiste en reclamarle al gobierno el “respeto de las instituciones, la  propiedad privada y las reglas de juego”. Las tres dimensiones remiten a la misma pretensión: garantizar mecanismos que habilitan la continuidad del empobrecimiento generalizado. Su contracara es el enriquecimiento en pocas manos. Lo que se omite insistentemente es que la persistencia de estas reglas del juego –tal como lo requieren las corporaciones– es la condición de posibilidad de la reproducción estructural de la pobreza. Uno de los máximos referentes de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) –Luis Pagani, titular de Arcor– solicitó una semana atrás la eliminación de precios máximos para los alimentos. El balance de su empresa consigna una ganancia neta de 4.400 millones de pesos en los primeros 9 meses de 2020. 

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