Archivo de la etiqueta: POESÍA CUBANA CONTEMPORÁNEA

CONTRA LA DESMEMORIA. WALDO LEYVA PORTAL

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Para José Omar Torres, hermano.

Cantemos la canción de los soñadores,
que no nos detengan las espaldas que se alejan
ni los oídos que sólo quieren escuchar
el repetido canto de las sirenas;
por muy solo que se anuncie el camino,
cantemos siempre la canción de los soñadores,
que el canto nos acompañe
con su melodía incorruptible.
El fin no es tocarlo sino perseguir el sueño.
Y si algún día, no quiero pensarlo,
nadie canta la canción de los soñadores
si alguna vez, no quiero imaginarlo,
sólo se escucha el alarido de las sirenas,
entonces yo, contra esa desmemoria,
seguiré cantando con mi torpe voz
y estoy seguro, eso quiero creer,
que alguien, cuyo recuerdo ignoro todavía,
se levantará de las aguas para sumarse al coro
y descubrir conmigo la canción de los soñadores.

POEMA POR ESCARDÓ. WALDO LEYVA

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El poeta y revolucionario cubano Rolando Escardó.

WALDO LEYVA PORTAL

Pero vino la muerte,
la última caverna,
y te fuiste con tu esqueleto
a alimentar las piedras de la Isla.

Rolando T. Escardó:
yo llegué a la poesía
después del manotazo de tu muerte,
cuando la Revolución se me instaló en el pecho
como un corazón lleno de pájaros furiosos.
Entonces:
ya tu nombre era un mito
y tu pecho una plaza donde el hambre
dejó abandonada una gorra,
una huella amarilla,
sus últimos harapos.

Rolando T. Escardó:
yo llegué a la poesía
después que reventaron las piedras de la Isla,
cuando el amor era una lluvia violenta
y tus huesos
un sonido de semillas bajo tierra.

Por eso yo no tengo tuyo
ni un manojo de conchas,
ni una carta,
ni la nostalgia de una conversación
rota en la noche.
Yo sólo guardo en el hueco del pecho
tu cara de triste comediante
y el angustiado ruido de tus versos.

Rolando:
voy a desenterrar tu corazón,
tu enorme corazón,
para llenarlo de piedrecitas blancas,
de campanas pequeñas.
Voy a soplarte un poco el esqueleto
para verte entrar de nuevo a la ciudad
dando gritos,
llenando de poesía las paredes,
los parques,
las ventanas,
como si el hambre fuera un poeta desesperado
y la ciudad
un pedazo de pan inalcanzable.

Rolando T. Escardó:
me he asomado al fondo de los ojos de tu madre
y he comprendido
que la muerte fue sólo un pretexto para romper la jaula,
el pájaro de tu corazón respira en todas partes.

UN GUION REPETIDO. WALDO LEYVA PORTAL

PALOMA MUERTA

WALDO LEYVA PORTAL

En qué minuto de la historia se pervirtieron los conceptos.
Desde cuando dejó la palabra de importar,
o el estrechón de manos enemigas para cerrar un pacto
que sería inviolable.
Cuando dejó la ética de guiar las conductas.
Donde se desvió la ruta que dio a los pícaros voz en la asamblea
y tribuna al corrupto para que decidieran por todos
desde su hambre infinita de poder.
Desde cuando el honor no tiene patria,
o la fama no es el reflejo del triunfo en las artes o la ciencia,
sino un vínculo on line con lo banal o el crimen más atroz.

Hoy he visto en la televisión a un adolescente de 17 años,
parado en el borde de una alta terraza de Chicago,
mientras dos policías (ella de origen latino y él descendiente de árabe)
lo conminaban a entregarse para que diera noticia
de la muchacha que había secuestrado con un cómplice tan joven como él.
Nada decía. La cámara, enferma como el tiempo que la guía,
se detuvo en sus ojos donde no había tristeza, ni arrepentimiento,
solo una meticulosa soledad que hiere.
Antes de dejarse caer, de espalda a la indiferencia de la ciudad,
a la memoria de la estirpe, a sí mismo,
respondió sin estridencia a los agentes, a nosotros, a su época,
en un tono de queja inexplicable: “yo solo quería ser famoso.”
El programa seguía con el mismo guión repetido muchas veces.
La cámara bajaba hasta la acera, donde el cuerpo roto
perdía la sangre y la muerte detenía el movimiento de los ojos.
Luego, con el ritmo vertiginoso que resulta atractivo,
entre coches que suben y bajan sin sentido
mientras suenan sirenas y se aprestan soldados
equipados para una batalla que no existe,
los mismos policías de este cuento, llegan a la escuela
donde el cómplice del muchacho que acaba de morir,
con la pistola del padre en sus manos vírgenes,
manos que no han tocado todavía un seno de mujer,
se dispone a matar a otros adolescentes,
por la sola razón de que no lo veían cuando pasaba.
Se repite la historia de la alta azotea de Chicago y de otros guiones:
los policías lo conminan a que entregue el arma
y él los mira desde algún punto de su memoria,
desde la soledad del ignorado, desde el vacío existencial
inoculado por la época, y solo le repite a los agentes,
a la cámara que vive de su angustia, a los televidentes
que vemos con indiferencia criminal estas escenas:
“No puedo, este es mi día, por favor no lo arruinen,
yo solo quiero que me vean, yo solo quiero ser famoso”

25 y abril de 2020

PTOLEMAICAS. WALDO LEYVA PORTAL

PTOLEMAICA 2

WALDO LEYVA PORTAL

PTOLEMAICAS

Cuando descubrí, de niño, la palabra infinito, y, más que la palabra, esa falta sin fondo de que hablara Vallejo, sentí una angustia inapresable, un vacío en el pecho que todavía hoy me estremece cuando pienso en la sustancia ilusoria del horizonte. Al caer las primeras sombras de la noche perdía la voz, corría en círculos alrededor de la casa como si pudiera construir fronteras redondas, y lloraba, lloraba  desconsoladamente sin saber que mi pena  era la misma que sufrió Pascal y que sufrieron todos los sabios después que descubrieron que era falso el Empíreo, y el cielo de los cielos, y que la tierra no era más que una mariposa girando en torno al sol. Siempre sospeché que Ptolomeo no ignoraba la naturaleza infinita del universo  y que su sistema fue el único modo que encontró para protegernos de esa angustia. Todavía, en las claras noches del verano, me descubro sufriendo el destino de las estrellas que caen a ningún sitio y que siguen, con su rastro de luz, dividiéndome el pecho.

 

UN POEMA DE AMOR. NICOLÁS GUILLÉN

NICOLÁS 5

NICOLÁS GUILLÉN

No sé. Lo ignoro.
Desconozco todo el tiempo que anduve
sin encontrarla nuevamente.
¿Tal vez un siglo? Acaso.
Acaso un poco menos: noventa y nueve años.
¿O un mes? Pudiera ser. En cualquier forma
un tiempo enorme, enorme, enorme.
Al fin como una rosa súbita,
repentina campánula temblando,
la noticia.
Saber de pronto
que iba a verla otra vez, que la tendría
cerca, tangible, real, como en los sueños.
¡Qué trueno sordo
rodándome en las venas,
estallando allá arriba
bajo mi sangre, en una
nocturna tempestad!
¿Y el hallazgo, en seguida? ¿Y la manera
que nadie comprendiera
que ésa es nuestra propia manera?
Un roce apenas, un contacto eléctrico,
un apretón conspirativo, una mirada,
un palpitar del corazón
gritando, aullando con silenciosa voz.
Después
( Ya lo sabéis desde los quince años )
ese aletear de las palabras presas,
palabras de ojos bajos,
penitenciales,
entre testigos enemigos,
todavía
un amor de “lo amo”
de “usted”, de “bien quisiera,
pero es imposible…” De “no podemos,
no, piénselo usted mejor….”
Es un amor así,
es un amor de abismo en primavera,
cortés, cordial, feliz, fatal.
La despedida, luego,
genérica,
en el turbión de los amigos.
Verla partir y amarla como nunca;
seguirla con los ojos,
y ya sin ojos seguir viéndola lejos,
allá lejos, y aún seguirla
más lejos todavía,
hecha de noche,
de mordedura, beso, insomnio,
veneno, éxtasis, convulsión,
suspiro, sangre, muerte…
Hecha
de esa sustancia conocida
con que amasamos una estrella.