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ALGO VA DE LA FINLAY A LA FINLAY. NORBERTO CODINA

Cintio Vitier conversando con Rafael Acosta.

NORBERTO CODINA

Las pasiones que siempre acompañaron y formaron a Rafael Acosta de Arriba como el ajedrez, la matemática y la Historia, o su temprana afición a dibujar y, ya más de joven, a la fotografía, son coordenadas a la hora que se decidió a ejercer la investigación, la crítica y el ensayo, lo cual ya en una ocasión anterior apunté, igualmente, como caldo de cultivo para su poesía, vasos comunicantes que se reconocen en su expresión intelectual.

Las claves y la formación del hombre, el escritor, el poeta, me son particularmente familiares, porque desde la primera infancia —para decirlo con una imagen de un texto que me dedica—, “la vida nos movió como lluvia a la hoja seca”. Eso, más que mis preferencias literarias o mi vocación de lector, justifica estas breves líneas, a conciencia parciales, apasionadas y tendenciosas, que para nada pretenden ser objetivas o asépticas y abordan de forma fragmentaria —con ideas dislocadas, pero pleno conocimiento de causa— los muchos años, lecturas, respuestas y, sobre todo, las múltiples interrogantes asomadas o adivinadas que compartimos, y que revelan lo que para mí es la clave principal de su condición académica.

Del Rafael ensayista se puede decir que “en el centro de su poética hay un hombre enfrentándose a su temporalidad, enfrentando la historia”. Fotos: Cortesía del autor

En la experiencia de sus trajines posteriores como promotor cultural desde las diversas responsabilidades que ha desempeñado en el campo de la cultura, se funden sus vocaciones por el cine, las artes plásticas —en especial la fotografía—, el ensayo y la docencia.

Como obra de madurez de este largo e intenso proceso de conocimiento, Rafael obtuvo su segundo doctorado en ciencias (el primero lo había alcanzado hace más de una década como historiador de la vida y obra de Carlos Manuel de Céspedes), con su profundo abordaje sobre la crítica de arte de Octavio Paz. Como él mismo comenta y celebra sobre el mexicano, uno de sus principales objetos de estudio, del Rafael ensayista se puede decir que “en el centro de su poética hay un hombre enfrentándose a su temporalidad, enfrentando la Historia”. De ahí que no sea paradójico que figuras tan diferentes por diversas razones como Céspedes y Paz centren sus dos tesis doctorales. Lo temporal y la Historia lo acompañan también desde la crítica, las vanguardias, los contextos, toda esa retroalimentación que confluye en la visión que el estudioso y poeta avisado toma de sus modelos literarios, y que se emparenta en la hechura poética, más allá del descubrimiento, que implica el riesgo y sus desafíos.

El estudio de Céspedes, así como la pasión demostrada durante muchos años en esa dirección, deviene la viga maestra del Rafael Acosta como investigador. En todo lo que ha estudiado y escrito sobre el Padre de la Patria toma cuerpo la idea —no por dicha y repetida menos cierta— de que la historia como escritura es, a la vez, savia y continente del resto de su universo y para, al decir del historiador, “armar nuestra propia imagen del hombre”. Soy testigo de cómo cespedistas emblemáticos como Hortensia Pichardo y Eusebio Leal, reconocieron en Acosta a unos de los principales conocedores de la vida y obra del hombre de La Demajagua. Recuerdo una visita a casa de la Pichardo, cuando en presencia de un Rafael entonces treintañero, la historiadora se dirigió a mí para subrayar la confianza que tenía en definirlo con generosidad como un continuador natural de los estudios de los que ella y su esposo Fernando Portuondo eran, sin dudas, las voces más autorizadas.

Leonardo Padura, Norberto Codina y Rafael Acosta.

Al presentarse hace un par de años, en un Sábado del Libro la tercera edición de su principal estudio cespediano, Los silencios quebrados de San Lorenzo, el evento se convirtió en un suceso multitudinario, donde no alcanzaron los cientos de ejemplares que estaban a la venta. En ese libro poliédrico, está de cuerpo presente el hombre de San Lorenzo y del diario póstumo, aquel que escribió, como anticipo a la sabiduría y al humanismo martiano, estas palabras que por agónicas y perturbadoras no dejan de investir la savia de la vida: “yo conozco el placer de la tristeza”. Creo, y se lo he comentado más de una vez, que por estas razones, entre otras muchas, Rafael está llamado a escribir la biografía definitiva de esta figura fundacional, rica, polémica e imprescindible en la forja de nuestra identidad.

El historiador va de la mano con el crítico de arte, donde la fotografía o la trama de la expresión erótica, han merecido de su parte abordajes cardinales. Y como su amigo Rufo Caballero, quien reivindicaba la emoción crítica, Rafael prioriza la dinámica de los procesos culturales, o socioculturales, sin perder de vista las pequeñas historias e influencias que los conforman. Él hace suyas las palabras de su admirado Carlos Monsiváis, cuando alguna vez este sentenció que no solo una imagen dice más que mil palabras, sino que, incluso, puede representar mil imágenes.

Rafael se dio a conocer por primera vez ante un público mayoritario en su condición de poeta, al merecer una mención en la primera convocatoria del Premio de Poesía de La Gaceta de Cuba. Allí publicaría un texto, desde entonces significativo en su trayectoria, “El otro río”, en el que ya están los cifrados de gran parte de su obra posterior —tanto académica como puramente literaria—, con la racionalidad visceral, proteica, que asocio a algunos de sus poetas favoritos como Octavio Paz, Cintio Vitier y Raúl Hernández Novás.

Años después, vendrían los capítulos de su trayectoria como investigador titular en Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, donde fue propuesto y mereció el Premio Nacional de Investigación Cultural por la obra de la vida, en el 2018, que otorga el Ministerio de Cultura; en la cátedra que ha ejercido como profesor titular de la Universidad de la Habana y del Instituto Superior de Arte; los varios libros y numerosos artículos, críticas, entrevistas y ensayos publicados; sus doctorados en Ciencias Históricas (1998) y en Ciencias (2009), y un sinfín de eventos dentro y fuera de nuestras fronteras; o integrando tribunales universitarios y jurados de arte y literatura.

He dejado para el final su vínculo con la Biblioteca Nacional José Martí. Rafael tuvo el privilegio de, siendo un niño, tener en su casa unos nutridos libreros, con todos los clásicos propios de su edad y otros volúmenes de más ambiciosa explotación que pertenecían a su padre. Esa también fue mi primera sala de lectura, por eso no me resisto a mencionarla. Hace poco más de 30 años la Biblioteca Nacional, en un momento decisivo de su vida, se convirtió en su primer vínculo institucional, más allá de su centro de trabajo, asociado a la cultura. Y por esas vueltas del destino, ha regresado a ella, con los mismos empeños de aquella primera vez.

Por eso me parece un acto de justicia histórica y poética, dos relaciones tan caras a nuestro amigo, que esa institución lo propusiera para la Orden Carlos J. Finlay, la más alta condecoración que el Estado cubano confiere en el ámbito de las ciencias. Tuvo el privilegio que se le otorgara en compañía de la Dra. Araceli García Carranza —su admirada amiga desde aquellos inicios en la José Martí—, y junto a otras personas e instituciones imprescindibles de la cultura cubana como Miguel Barnet y la Fundación Fernando Ortiz.

Cuando este 17 de marzo, en acto solemne y acorde a las estrictas condiciones de la pandemia, se le coloque en el pecho, junto a otros valiosos colegas, la Orden que lleva el nombre del gran científico cubano, sus condiscípulos de la secundaria Carlos J. Finlay, no podremos resistir la tentación de repetirle con orgullo la broma que hace unos años le hicimos a otro hermano de la infancia —el Doctor en Ciencias Agrícolas Greco Cid Lazo— al merecer este, en su momento, tan importante reconocimiento, de que, como una logia entrañable, “algo va de la Finlay a la Finlay”.

Fuente: LA JIRIBILLA