Archivo de la etiqueta: RAFAEL ALBERTI

RETORNOS DEL AMOR COMO ERA. RAFAEL ALBERTI

alberti 3

RAFAEL ALBERTI

Eras en aquel tiempo rubia y grande,
sólida espuma ardiente y levantada
Parecías un cuerpo desprendido
de los centros del sol, abandonado
por un golpe de mar en las arenas.

Todo era fuego en aquel tiempo. Ardía
la playa en tu contorno. A rutilantes
vidrios de voz quedaban reducidos
las algas, los moluscos y las piedras
que el oleaje contra ti mandaba.

Todo era fuego, exhalación, latido
de onda caliente en ti. Si era una mano
la atrevida o los labios, ciegas ascuas,
voladoras, silbaban por el aire.
Tiempo abrasado, sueño consumido.

Yo me volqué en tu espuma en aquel tiempo.

Fuente: Retornos de lo vivo lejano, 1948-1956, Poesías completas, Editorial Losada, Buenos Aires, Argentina, 1961

LA MARRANA DE ARMILLA. LUIS GARCÍA MONTERO

VERSO LIBRE

ARMILLA

LUIS GARCÍA MONTERO

LUIS GARACÍA MONTERO 5Muy cerca de Granada, a la salida de la carretera que va hacia la costa, está Armilla. Es un pueblo al que le tengo especial afecto desde niño, porque pasar entre sus calles y por delante de su base aérea, siempre vigilada por soldados vestidos de azul, suponía empezar el camino hacia el mar. El coche de mis padres iba cargado de cestos y niños, soportaba la orquesta veraniega de las chicharras y cruzaba por pueblos, canciones, curvas, caracolillos, mareos, adivinanzas, aplausos, túneles, pantanos, churrerías y abucheos, hasta llegar al puerto de Motril y a la playa de las Azucenas. Las distancias cambian con el tiempo; 70 kilómetros eran entonces algo parecido al infinito.

La alegría con la que identifico el nombre de Armilla ha cambiado también. La autovía que une Madrid con Granada acaba para mí en un cruce marcado ahora por la salida a este pueblo. Doblando hacia el río Genil, mi coche, cargado de ausencias, noticias radiofónicas, recuerdos y necesidad de abrazos, se dirige a casa de mis padres. Así que la palabra Armilla ocupa un lugar en mi vida.

Por eso recuerdo una escena de finales de los años 80 que también identifico con la alegría. Rafael Alberti habitaba un piso en la calle Juan Gris, en el que, con la ayuda de su sobrina Teresa, terminaba de recuperarse de un accidente de tráfico. Una mañana coincidí allí con el pintor granadino Manolo Rivera, uno de los componentes del grupo El Paso, y con Mari, su mujer. Llevaba conmigo a mi hija Irene, a la que Rafael acabó llamando con mucho cariño La Guerrillera por las batallas que nos daba mientras intentábamos hablar de política o de poesía. Aquella mañana, entre Manolo y Rafael, de mano a mano, la niña dio sus primeros pasos. Ahora que lo escribo me parece que, sin saberlo nadie, se estaba marcando su destino: una profesora de historia del arte dedicada a estudiar las relaciones entre los poetas del 27 y los pintores de vanguardia.

La vida es una mezcla de curvas, orillas, sonrisas y lágrimas, y con todo eso la memoria conforma nuestra personalidad. Después de jugar con La Guerrillera, empezamos a discutir sobre la actuación de cierto personaje poco fiable en sus reacciones y sus argumentos. Manolo Rivera dijo entonces: “Mira, Rafael, ese es como la marrana de Armilla, que si se la meten llora y si se la sacan chilla”. A lo largo de mi vida he recordado en muchas oportunidades ese refrán, dicho, proverbio o sentencia. Hay gente que necesita llevar la contraria no por rebeldía ante alguna injusticia o por disidencia doctrinal, sino por la necesidad imperiosa de escenificar su poder, ocultando su vacío. Protestan al mismo tiempo por lo uno y por lo otro, por una decisión y por su contraria. El grito se convierte en el negocio.

Cuando no se tiene programa verdadero o cuando se quieren ocultar los errores propios, la política se parece mucho a la marrana de Armilla. Vamos a cerrar esto, pues a llorar, llorar, llorar; que vamos a abrir, pues a chillar, chillar, chillar. Vamos a aprobar tal cosa, pues a chillar, chillar, chillar; bueno, pues no la aprobamos, ¿cómo?, a llorar, llorar, llorar. Del mismo modo que Cádiz levantó un monumento a la Constitución de 1812 para homenajear la lucha de los liberales españoles contra el absolutismo, creo que a mi querido pueblo de Armilla le asiste todo el derecho del mundo para hacer un gran monumento a su marrana, símbolo de una política enfangada, turbia y peligrosa. Es una manera de entender la política a la que no le importa degradar los espacios públicos, porque suele estar al servicio de los que no quieren un Estado fuerte y prefieren tener las manos libres para sus negocios. Todo lo que sea ensuciar y gritar, da beneficios para los suyos, aunque se acabe preparando un San Martín.

Menos gritos, menos llantos, y a ver qué podemos hacer para ayudarnos. A mantener en alto las energías cívicas, ayuda la costumbre de cultivar con decencia las alegrías personales. Yo, por ejemplo, me dedico a recordar los buenos momentos vividos con mis hermanos en el coche de mis padres, con mis hijos en mi coche y con mis amigos en cualquier esquina de la vida. Me dedico también a disfrutar con los poemas de Rafael Alberti y con los alambres resueltos en vida de Manolo Rivera.

Luis García Montero@lgm_com

Fuente: INFOLIBRE

 

LOS POETAS DE LA ALEGRÍA DE VIVIR. JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS

En estos días de imprescindible aislamiento, presentamos un breve texto del escritor colombiano José Luis Díaz Granados, “quizá uno de los ensayistas más amenos  e informados de nuestra lengua. Poesía, militancia, impulsos vitales y la evolución de la mirada de los poetas respecto al mundo, son tópicos abordados aquí”, en el característico estilo de este gran amigo de Cuba y su literastura.

hierba seca

JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS

JOSÉ LUIS DIAZ-GRANADOSSería superficial limitar a un simple rótulo el carácter esencial de determinado movimiento o generación literaria. Eso no ayuda en nada al conocimiento de la cultura universal y por el contrario contribuye a crear falsos estereotipos con los cuales se han alimentado muchas gentes desprevenidas en nuestro continente mestizo.

Es el caso de Quevedo, que lejos de ser conocido por nuestras clases medias urbanas como uno de los poetas mayores de la lengua castellana, su nombre ha sido usado para chistes grotescos y a veces como sinónimo de bajas pasiones.

Algo similar aconteció (o acontece aún) con el controvertido polemista colombiano José María Vargas Vila, uno de los profetas del radicalismo, humanista admirado por José Martí y Rubén Darío, a quien siempre se le señaló, desde las orillas opuestas a la suya, como escritor obsceno, incestuoso, depravado y ateo.

Y en cuanto a las etiquetas, me remito al Romanticismo, uno de los movimientos cardinales del arte de todos los tiempos, pero que para millares de seres no pasa de ser el sinónimo del amor en medio de bonitos versos bajo la luz de la luna. ¡Oh, qué romántico! ¿O no?

De todas maneras, y a riesgo de caer en tales improvisaciones, me atrevo a ponerle la etiqueta de “poetas de la alegría de vivir” a aquella generación de escritores nacidos con el siglo, que  vivieron su época con tal intensidad hasta el punto que tomaron parte de sus dolores y combates para luego celebrar las victorias populares y con ellas, la construcción de la esperanza y la posibilidad de la alegría.

HIERBA

Estos autores vivieron, sin proponérselo, una trayectoria similar, en experiencias, en gustos estéticos y en militancia política. Citemos sólo algunos nombres: Louis Aragón, Paul Eluard, Pablo Neruda, Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Nazim Hikmet, Miguel Angel Asturias, Jorge Amado, Raúl González Tuñón. Jorge Zalamea, Yannis Ritsos, Langston Hugues, Félix Pita Rodríguez, Ilya Ehremburg y Miguel Otero Silva, entre otros.

Como anoté anteriormente, nacieron con el siglo. Hacia los años 20 incursionaron en el piélago de todas las vanguardias y experimentaron lo que les vino en gana —escritura automática, visiones oníricas, monólogo interior, prescindencia de lo racional, etc.—, hasta hacer de la literatura una verdadera fiesta verbal: “El mármol de los palacios es hoy más duro que el sol” (Cadáver exquisito, de Bretón, Char y Eluard).

En los años 30, nuestros poetas derivaron su creación hacia lo testimonial y coloquial. Se alinearon a favor de la República Española y a ella dedicaron sus cantos: “Ardiendo España estás! Ardiendo / con largas uñas rojas encendidas; / balas matricidas / pecho, bronce oponiendo, / y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo / las rojas uñas largas encendidas…”. (Nicolás Guillén).

En la década de los años 40 se opusieron con todas las energías de su pluma a las huestes invasoras de Hitler y Mussolini y festejaron la victoria del Ejército Rojo en la célebre batalla de Stalingrado: “Los que España  quemaron y rompieron / dejando el corazón encadenado / de esa madre de encinos y guerreros, / se pudren a tus pies, Stalingrado!” (Neruda).

Luego de la victoria de los aliados sobre el Eje, cuando Stalin, Roosevelt y Churchill dividieron el mapa del mundo y los soviéticos instauraron gobiernos socialistas en Europa Oriental, estos poetas decidieron enfilar sus baterías creadoras hacia lo que prometía encarnar los valores de la paz, la amistad y la justicia social: “Venid, los que dudéis, a ver este milagro. / No hay ya nubes que puedan confundirse los ojos. / Confesad, si os lastima. Gritad, si os apasiona. / Aquí ha nacido algo que ha de asombrar al mundo” (Rafael Alberti).

En los años 50 viajaron por esos territorios promisorios y todos, coincidencialmente, dejaron el testimonio escrito de su paso por “la primavera de los pueblos”. Neruda escribió Las uvas y el viento; Miguel Ángel Asturias, Rumania, su nueva imagen; Nicolás Guillén, La paloma de vuelo popular; González Tuñón, Todos los hombres del mundo son hermanos; el costarricense Joaquín Gutiérrez, La URSS, tal cual; Jorge Amado: El mundo de la paz; Carlos Luis Fallas, Un mes en la China Roja y Jorge Zalamea:Reunión en Pekín.

hierba verde

Los poetas cambiaron luego sus versos combatientes y diatribas antifascistas por poemas cotidianos y coloquiales donde la sencillez se entronizó en el centro de sus trabajos creativos. Transformaron sus gritos por trinos y sus arengas por campanas matinales, y el mundo oyó el ritmo de las más sencillas canciones a la alegría elemental: “Quiero que los aviones tengan aterrizajes felices, / que el médico salga sonriente del quirófano, / que se abran los ojos de los ciegos…”. (Nazim Hikmet). “Esta vez dejadme / ser feliz. / Nada ha pasado a nadie, / no estoy en parte alguna, / sucede solamente / que soy feliz…” (Neruda).

Ante la amenaza de destrucción nuclear por parte de las superpotencias enfrentadas, estos autores oponen a la barbarie la posibilidad de la alegría. Y predican en sus poemas y narraciones el disfrute de todos los dones de la vida: el trabajo, la amistad, el amor a plenitud, los viajes, las exquisitas comidas y el buen vino “que nace de los pies del pueblo”. Neruda y Asturias escriben Comiendo en Hungría, libro jubiloso y suculento como un buen goulasch…

La década del 60 los vuelve a unificar con florecientes odas a  Fidel, al Che y a la Cuba revolucionaria, lo mismo que al Vietnam en armas y al triunfo de Salvador Allende en Chile.

La séptima década sorprende a estos autores (algunos ya han fallecido) con toda clase de honores y distinciones: Guillén es el Poeta Nacional de Cuba; Asturias y Neruda ganan el Premio Nobel de Literatura; Alberti retorna a España luego de un larguísimo exilio y gana el Premio Cervantes; Vidales, Zalamea, Ritsos y Jorge Amado obtienen el Premio Lenin de la Paz y todos en su tercera primavera retornan a las estructuras y metros tradicionales de la poesía y  escriben novelas y memorias.

Todos ellos, sin excepción, quintuplicaron en sus obras la fidelidad a la vida y su fe en la criatura humana. Y siempre creyeron en que otro mundo mejor, podría ser posible, experimentando minuto a minuto, como Picasso —el dios particular de todos ellos—  la plena posibilidad de la alegría.

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, Colombia, 1946). Poeta, novelista y periodista colombiano. 

Fuente: CÍRCULO DE POESÍA