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CUBA: PRESIDENTE Y PUEBLO CONSTITUYENTE (II Y FINAL). ÁNGEL GUERRA CABRERA

ÁNGEL GUERRA CABRERA

El debate popular del proyecto de nueva Constitución de la República de Cuba se realiza desde el 13 de agosto, natalicio de Fidel, y se prolongará hasta el 15 de noviembre. La discusión se desarrolla en barrios, centros de trabajo, organizaciones campesinas, escuelas de los distintos niveles, estudiantes de educación media a superior, centros de investigación y unidades militares y de orden interior. Las propuestas son recogidas y tabuladas para su posterior consideración en la comisión especial encargada de su redacción en la Asamblea Nacional del Poder Popular(ANPP), a la cabeza de la cual se encuentran Raúl Castro, y el presidente Joaquín Díaz Canel. El proyecto consta de preámbulo, 224 artículos(87 más que la actual Constitución) divididos en 11 títulos, 24 capítulos y 16 secciones.

El debate ha sido exhaustivo. No pocas intervenciones han defendido que se mantenga explícitamente el objetivo de llegar al comunismo, no obstante que el liderazgo de la Revolución, muy claramente el presidente Díaz Canel, han explicado que no se renuncia a este ideal y que omitirlo es una cuestión de carácter práctico, relacionada con el marco histórico y geopolítico realmente existente. Otras muchas han insistido en que la nueva Constitución establezca la obligatoriedad del trabajo pues consideran incongruente que alguien disfrute de los derechos y conquistas de la Revolución sin que realice ningún aporte a la sociedad. De la misma manera, aunque muchos expresan preocupación por las desigualdades que pueden crear la propiedad privada y la acumulación de capital, en general consideran necesaria su existencia, siempre que ambas sean reguladas por el Estado.

Muchas propuestas buscan el reforzamiento de ese control. Pero no han sido óbice para que exista un consenso amplio en cuanto al derecho de los ciudadanos cubanos a invertir en el desarrollo económico y social del país con las salvedades ya mencionadas. La definición del matrimonio como la unión “de dos personas” encuentra detractores.

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EL ARTE DE ESCUCHAR. GRAZIELLA POGOLOTTI

GRAZIELLA 2

Eran los años más duros del período especial. Con la pérdida de los mercados tradicionales, agudizadas las medidas de un bloqueo implacable, el país parecía condenado a precipitarse en el abismo. Escasearon los alimentos, carecíamos de los productos básicos para el aseo cotidiano. Ante la precariedad del transporte público, aparecieron las pesadas bicicletas chinas, garantía del cumplimiento de sus obligaciones por parte de trabajadores y estudiantes.

Interminables apagones acompañaban noches de insomnio. Para recaudar las divisas indispensables hubo que tomar decisiones dolorosas que laceraban principios de equidad. Ante tantas dificultades y un porvenir incierto, algunos flaquearon. Pero se impuso el espíritu de resistencia. A la hora establecida, yo sabía que mis alumnos me aguardaban en el aula. Las escuelas y los hospitales siguieron funcionando, aunque la industria cultural se encontró al borde de la quiebra.

Implicado en la solución de un cúmulo de tareas concretas mientras cargaba sobre sus hombros de atleta la inmensa responsabilidad moral e intelectual del estadista y el estratega, Fidel encontró tiempo para multiplicar sus encuentros con los escritores y artistas. En un comienzo, fueron intercambios sobre temas de trabajo. El país comenzaba a abrirse al turismo. Bien diseñada, la contribución de los creadores a la ambientación de los hoteles ahorraba gastos de importación, mostraba la singularidad y riqueza de nuestra cultura, preservaba la permanencia en la Isla del patrimonio nacional y constituía muestra palpable del desarrollo de diversidad de tendencias.

Fue el punto de partida de un diálogo que desbordaría en alcance y profundidad cualquier agenda previsible. Los efectos de las dificultades económicas repercutían en el delicadísimo entramado de la sociedad. En tan difíciles circunstancias, emergieron del fondo oscuro de la memoria remota valores que parecían periclitados. Aparecieron el buscavidas, el pícaro, el traficante, el maceta. Para un sector de la juventud se redujeron las perspectivas de estudio y trabajo. Más que nunca, había que pegar el oído a la tierra y tocar la realidad con las manos. Tal y como lo revela su extensa entrevista con Ignacio Ramonet, Fidel tuvo siempre lúcida conciencia de la inseparable relación dialéctica entre factores objetivos y subjetivos.

Los congresos y las reuniones del Consejo Nacional de la organización de los escritores y artistas se convirtieron     en espacio idóneo para un amplio   intercambio de ideas. Dejando a un lado asuntos de orden gremial, se abordaron, de manera irrestricta, problemas subyacentes que laceraban valores esenciales de la sociedad en construcción: las manifestaciones de un racismo larvado que marginaba de los trabajos mejor remunerados según el color de la piel, y las amenazas que pesaban sobre la preservación de valiosos conjuntos urbanos.

Fueron largas sesiones de diálogo, amplio, participativo, a veces involuntariamente ríspido, aunque siempre respetuoso. Nunca como entonces tuve la oportunidad de observar en Fidel la excepcional capacidad de escucha y discernimiento que le permitió advertir los síntomas de los problemas que se anunciaban, señales imperceptibles en el horizonte distante, y en la cercanía más inmediata el casi inaudible sonido de la yerba que estaba empezando a crecer.

Capaz de sostener durante horas una concentración sin parpadeo, registraba el sentido de cada palabra, reconocía los matices de la expresión extraverbal del gesto. Para hurgar en lo más profundo, sometía al interlocutor a un apretado interrogatorio. En el fragor de la batalla de ideas se fueron delineando, a partir del análisis de las circunstancias concretas, soluciones para afrontar las dificultades más acuciantes de la inmediatez y proyectar los fundamentos de una estrategia orientada a preservar las bases de una revolución comprometida con la soberanía nacional, los principios de justicia social y la irrenunciable emancipación humana.

Simbólicamente, un 13 de agosto, en pleno ejercicio de nuestro derecho ciudadano, habremos de involucrarnos en el examen del Proyecto de Constitución de la República, instrumento jurídico supremo de la nación. Lo hacemos cuando estamos conmemorando siglo y medio de lucha por la independencia, fragua de una nación que maduró en el enfrentamiento contra el coloniaje y el neocolonialismo y supo forjar, en medio de la guerra, en el campamento mambí, una tradición constitucionalista.

En ese tránsito secular, hubo altibajos, reveses y victorias. Sin renunciar al uso de la violencia en caso necesario, el neocolonialismo asume ahora los recursos de la seducción de inspiración neoliberal. En medio de tan complejo panorama, el debate en torno a la Constitución no puede tomarse a la ligera. Debemos participar con plena conciencia de la alta responsabilidad que estamos asumiendo. Por su carácter de Ley de leyes perdura en el tiempo y se proyecta también hacia el porvenir.

Fuente: Juventud Rebelde