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(LULA) UN DÍA DE TENSIÓN ABSOLUTA. ERIC NEPOMUCENO

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ERIC NEPOMUCENO

Desde Río de Janeiro

Ha sido un domingo de sorpresas y tensión permanente, y que terminó a eso de las ocho de la noche con una clara demostración de que cualquier jugada jurídica será adoptada para evitar que Lula da Silva salga de la cárcel.

La sorpresa surgió a media mañana, cuando el juez Rogerio Favreto, que estaba de guardia en el tribunal regional federal de Porto Alegre, de segunda instancia, acató un pedido de hábeas corpus impetrado por los defensores de Lula da Silva. La decisión final le tocó al juez Carlos Eduardo Thompson Flores, presidente del tribunal, que dejó sin efecto la decisión del colega. La tensión se extendió por unas diez horas, mientras se aguardaba la libertad de Lula.

Vale recordar que Thompson Flores ha sido el magistrado que, hace algunos meses, sin haber siquiera leído la condena del juez de primera instancia Sergio Moro a Lula da Silva, opinó que se trataba de “una pieza irreprochable”. Semejante parcialidad se transformó en el tono común de cualquier movimiento de cualquier tribunal cuando se trata de mantener preso a Lula da Silva.

El día de ayer estuvo marcado por una increíble serie de maniobras jurídicas y de la Policía Federal contra el expresidente, sentenciado en un juicio plagado de arbitrariedades e irregularidades que culminó con una condena sin que surgiese una única y miserable prueba de que haya cometido los delitos que le imputaron.

Una vez más, quedó claro de toda claridad que impera en Brasil una politización extrema de la justicia, y que la decisión de impedir que Lula se presente a las elecciones presidenciales de octubre –en los sondeos, a propósito, él aparece con más del doble de intención de votos que su más cercano adversario– es irreversible.

Más de un centenar de abogados y juristas se manifestaron a lo largo de ayer señalando una a una las irregularidades y aberraciones registradas a lo largo de la jornada. En vano: al final, ninguna sorpresa:   Lula siguió encarcelado y aislado.

Por la mañana el juez Rogerio Favreto, quien estaba de guardia desde las siete de la noche del viernes hasta las once de la mañana de hoy, acató el pedido de hábeas corpus de tres diputados del PT de Lula (uno de ellos, Wadih Damous, integra el cuerpo de abogados que defienden al ex presidente). El magistrado ordenó a la Policía Federal que procediese a la inmediata liberación de Lula. Empezaron entonces las maniobras absurdas.

Determinan las reglas de todos los tribunales brasileños que el magistrado que se encuentre de guardia tiene autoridad para adoptar la decisión que sea. Eventualmente, tal decisión podrá ser revisada y revertida por el pleno, pero no puede bajo ninguna circunstancia dejar de ser acatada.

Pues el primero en desacatarla ha sido el juez de primera instancia Sergio Moro, que cometió, con un solo gesto, dos gravísimas irregularidades. La primera: no le toca a un juez de primera instancia manifestarse sobre una decisión de la instancia superior. La segunda: Moro está en Portugal, y los jueces están rigurosamente prohibidos de emitir determinaciones mientras disfrutan de sus vacaciones. Renovando sus intermitentes demostraciones de prepotencia, el juez travestido de justiciero atropelló las reglas con la seguridad de quien está por encima del bien, del mal y de las leyes más elementales.

Casi enseguida otro magistrado de segunda instancia, João Pedro Gebran Neto, anuló la decisión de su colega. Para empezar, no era Gebran Neto quien ejercía la guardia del tribunal regional de Porto Alegre. Y, en segundo lugar, los dos tienen rigurosamente la misma jerarquía.

En caso de que fuese cumplida la decisión de Favreto, le quedaría a Gebran llevar el tema al pleno, pidiendo el retorno de Lula da Silva a la cárcel.

Entonces entra en el escenario el presidente del tribunal, Thompson Flores, para aclarar de una vez por todas que Lula debe seguir preso.

Fue como si reiterase que precisamente para tenerlo detenido se llevó a cabo el golpe de Estado de abril de 2016. Para impedirlo de disputar y ganar las elecciones y revertir el derrumbe del Estado llevado a cabo por Michel Temer y su pandilla, con el respaldo riguroso de los medios de comunicación, del mercado financiero, de las multinacionales y, claro, de los tribunales.

Ha sido un domingo tenso, largo, asustador. Un día que dejó en evidencia el tipo de estado en que vivimos. Y que puso en relieve que la prepotencia y la indisciplina violadora de principios básicos de jerarquía de un juez de provincias cuentan con la impunidad de las instancias superiores.

Ninguna sorpresa: al fin y al cabo, ese mismo juez Moro, que desfila su vanidad por las pasarelas del mundo, grabó y divulgó, en marzo de 2016, una llamada telefónica entre la entonces presidenta Dilma Rousseff y el ex presidente Lula da Silva.

En cualquier país civilizado sería castigado de manera ejemplar. No pasó nada: recibió una diplomática reprimenda de un juez de la Corte Suprema, y listo. Es que ya estaba diseñado el país que vendría a seguir. Ese, de ahora.

¿Hasta cuándo? Por lo que se vio ayer, la temporada de aberraciones será larga.

Fuente: PÁGINA 12, Argentina.

(LULA) LA MECHA ENCENDIDA. NICOLÁS TROTTA

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No está claro que ocurrirá con Lula en los próximos días. Pero incluso si continuase detenido de forma ilegítima en Curitiba algo habrá cambiado este 8 de julio de 2018. Ya se ve con claridad aún mayor la manipulación en la que se encuentra el órgano judicial brasileño. Estos hechos contribuyen a que la sociedad adquiera conciencia del momento de inflexión en el que se encuentra su nación. En las próximas semanas Brasil se juega su futuro. Una candidatura de Lula para las presidenciales del 7 de octubre permitiría que Latinoamérica recupere el camino del desarrollo y la integración, aprendiendo de las equivocaciones y avanzando en las transformaciones pendientes.

Cuando se secuestra la democracia ya no hay justicia. El golpe parlamentario a Dilma Rousseff en 2016 fue el primer avance contra el proceso de transformación que transitaba Brasil. Los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), como todo ciclo político, fueron heterogéneos. Implicaron avances inéditos pero no alcanzaron a reconfigurar la correlación de fuerza con el verdadero poder de las elites brasileñas. El día que Dilma resultó reelecta, en octubre de 2014, venciendo por estrecho margen a Aécio Neves, las fuerzas conservadoras decretaron que ya habían prestado por demasiado tiempo el gobierno, y salieron a recuperar lo que sienten que les pertenece y las urnas les negaron.

Mediante la ilegítima destitución de Dilma pensaban que era el acabose de la izquierda brasileña. Los golpistas, angurrientos, implementaron políticas de ajuste que llevaron a que las encuestas entierren al opaco Michel Temer por debajo del 5% de aprobación. Cualquier similitud con la realidad argentina no es pura coincidencia. La sociedad, pasiva y ensimismada en su propio progreso, simplemente comparó y tomó conciencia que los avances no fueron magia. Allí pusieron en movimiento el segundo estadio del golpe: destruir la credibilidad de Lula, encerrándolo para proscribirlo. Especulaban que esa sí sería la definitiva muerte política del PT y de sus líderes Lula y Dilma. Pero nuevamente se equivocaron. Lula crece y encabeza todas las encuestas y triunfa en todos los escenarios. Cada nuevo indicador social y económico del gigante latinoamericano demuestra descomposición y se traduce en un impulso en la imagen y los votos del tornero.

Desacreditado en los medios de comunicación, perseguido, condenando siendo inocente y en prisión, Lula cobra su verdadera dimensión histórica. Entre la sangre y el tiempo decidió por el tiempo. Rodeado de seguidores aceptó cumplir una condena cuestionada por juristas y líderes globales, con la convicción de que el tiempo coloca a cada personaje en el lugar que corresponde. Como hace unos días me transmitió Pepe Mujica, Lula no está preocupado por su situación personal sino por el enorme retroceso que atraviesa el Brasil y el impacto en los sectores populares.

El juez Rogerio Favreto, del Tribunal Regional Federal de la Cuarta Región con sede en Porto Alegre, concedió un “habeas corpus” a Lula a partir de la presentación del viernes pasado de unos diputados del PT y exigió que la medida sea cumplida de forma urgente. El juez Sérgio Moro, uno de los responsables de sostener el estado de excepción en el que se encuentra Brasil, de vacaciones en Portugal y de forma ilegal contraría la decisión de segunda instancia y ejerce su influencia para que no sea liberado.

La decisión de Favreto revela que desde un rincón de la Justicia surgió un signo de rebeldía contra el sistema persecutorio que se impone. Aunque se fracase en la efectiva libertad de Lula ya se dio un paso. Quien hoy posee en las encuestas más chances de triunfar en octubre, si Lula no es candidato, es Jair Bolsonaro, un fascista que declaró que “el error de la dictadura fue torturar y no matar” y que “Pinochet debería haber matado más gente.” Lula es un reformista. Como dirigente sindical hace del consenso y el diálogo un dogma. La sociedad espera, atenta.

El futuro es imprevisible. El “habeas corpus” es un cachetazo a la sociedad y a la dirigencia de izquierda latinoamericana. Nos despierta y nos recuerda que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Hace unas semanas le pregunté a Dilma Rousseff por qué el pueblo brasileño era tan pasivo frente a la injusta persecución y el encarcelamiento de su líder. “La reacción del pueblo brasileño es explosiva”, me respondió. Tal vez hoy se haya encendido la mecha.

* Rector de la UMET – @trottanico