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MARTA HARNECKER, LA EDUCADORA POPULAR. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

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LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

luis hernández navarro 3Desde comienzos de la década de 1960, la chilena Marta Harnecker fue una autora clave en la difusión del marxismo en América Latina. Su obra fue esencial en la formación de sucesivas generaciones de militantes de izquierda en el continente. Sus trabajos fueron parte sustancial y alimentaron el boom del marxismo en la región.

Desde su aparición en 1969, su libro Los conceptos elementales del materialismo histórico, editado por Siglo XXI, de Arnaldo Orfila, y Cuadernos de Educación Popular, se convirtieron en herramientas teóricas fundamentales en escuelas de cuadros y círculos de estudio. En 1982, se habían publicado 47 ediciones y más de medio millón de copias del primero, además de múltiples ediciones piratas.

Ambos textos, sustituyeron como materiales de estudio a libros como El ABC del comunismo Teoría del materialismo histórico, de Nicolás Bujarin; el Manual de economía política, de P. Nikitin; Los fundamentos de filosofía marxista, de F. V. Konstantinov, o el Manual de marxismo-leninismo, de la Academia de Ciencias de la URSS.

Los conceptos elementales fue escrito por Harnecker en París, al convertir en pequeño manual, el texto sobre materialismo histórico que había preparado para impartir clases a un círculo de estudiantes latinoamericanos. Sin embargo, pueden rastrearse huellas de este trabajo en la revista chilena Punto Final. Buscó así, acercar a nuevos lectores, el redescubrimiento del marxismo realizado por su mentor Louis Althusser. Le apasionaba su enfoque del marxismo como ins­trumento de transformación social.

A pesar de la aparente accesibilidad del libro, Harnecker se topó con la realidad de que su manual de teoría de la historia no era lo suficientemente comprensible. Redactó entonces Cuadernos de educación popular para explicar de la manera más sencilla la teoría marxista y sus conceptos a personas sin instrucción académica.

Católica militante, marcada por el tema de la pobreza, la sicóloga Marta Harnecker había llegado a Francia con una beca en 1963. El libro del filósofo católico francés Jacques Maritain sobre humanismo cristiano era para ella, en ese momento, una especie de Biblia. Se acercó al marxismo. Leyó a George Politzer y a Charles Bettelheim. En 1964 conoció al filósofo Louis Althusser, con quien cultivó una estrecha amistad. Participó en el seminario Para leer El capital (https://vimeo.com/105407390).

De regreso a Chile, militó en la organización revolucionaria Ranquil y luego se incorporó al Partido Socialista. Aprendió periodismo en la práctica, realizó reportajes y, en pleno periodo presidencial de Salvador Allende, dirigió la revista Chile Hoy. Como periodista se dedicó a recoger la voz de los de abajo.

Exilada en Cuba tras el golpe de Estado en su país, comenzó a sistematizar las experiencias de las izquierdas de América Latina, entrevistando a sus principales dirigentes. Reconstruyó así procesos tan diversos, como el de las guerrillas centroamericanas o colombiana, el Frente Amplio de Uruguay, el Movimiento Sin Tierra y el PT de Brasil, y los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. En La izquierda en el umbral del siglo XXI, libro publicado en 1999, al comienzo del ciclo de los gobiernos progresistas en el continente, señalaba que había entrevistado a 38 figuras de izquierda de máximo nivel, y a casi 100 de cuadros dirigentes de segundo nivel.

Como señala Jaime Ortega, entre sus primeros trabajos de educación popular y los posteriores de largo aliento hay una bisagra: las entrevistas a Mario Payeras y Cayetano Carpio. En ellas aborda la elaboración del andamiaje conceptual para comprender la importancia de las luchas centroamericanas.

En uno de sus últimos trabajos, Un mundo a construir, Harnecker sostuvo que la izquierda convertida en gobierno puede usar el aparato de Estado heredado para construir la nueva sociedad. Lo puede hacer, si cumple tres condiciones: que las instituciones estatales estén dirigi­das por cuadros revolucionarios dis­puestos a transformarlas; que el pueblo organizado sea capaz de controlar su quehacer y presionar por transformarse, y que se cambien las reglas del juego ­institucional.

Autora de casi 90 libros, Harne­cker nunca trabajó en una universidad. Su obra es una bitácora de las luchas de liberación latinoamericana. Más que otra cosa, fue una educadora popular. Escribió para dotar a los trabajadores de herramientas para luchar, para reflexionar, documentar su optimismo y construir otro sentido común.

En México, Marta fue más conocida por sus trabajos iniciales sobre materialismo histórico que por su cartografía de las luchas latinoamericanas. Aunque tuvo interlocutores permanentes de enorme altura intelectual como Pablo González Casanova, sus críticos quisieron reducir su obra a una expresión de marxismo de manual. Sin embargo, su legado va mucho más allá de este señalamiento. El marxismo está vivo en el país, en parte, porque encarnó en una generación de dirigentes magisteriales, urbano-populares y campesinos, que se formaron con los libros de Harnecker. Su obra facilitó que herramientas teóricas, antes reservadas a los especialistas, sedimentaran en la práctica política y en la visión del mundo de estos activistas.

Fuente: La Jornada

NOTAS SOBRE EL BLOQUEO A VENEZUELA. PEDRO SANTANDER

EE.UU. CONTRA SALVADOR ALLENDE. ÁNGEL GUERRA CABRERA

ÁNGEL GUERRA CABRERA

Después del triunfo de la Revolución Cubana, América Latina y el Caribe se convirtieron en campo de batalla política (y a veces militar) entre el imperialismo yanqui, aliado a las derechas locales, y las fuerzas populares. Chile fue un caso emblemático. Allí la izquierda tenía una rica tradición de lucha, contaba con un combativo movimiento obrero y había tenido éxitos electorales. Tenía, además, un candidato, Salvador Allende, que aunque no gozaba del respaldo de sectores de su propio Partido Socialista(PS), poseía un gran arrastre electoral, el apoyo del Partido Comunista de Chile y la amistad y solidaridad de Fidel Castro. En el PS  muchos no creían en la llamada vía chilena al socialismo propugnada por Allende, quien opinaba que en las singulares condiciones de Chile era posible transitar al socialismo por vía electoral. En efecto, el gran líder popular resultó ganador de la presidencia en las elecciones de 1970 e hizo cuanto pudo por ese objetivo.

De modo que Estados Unidos hizo de Chile una batalla decisiva del enfrentamiento en marcha. Acuñó con Eduardo Frei, abanderado de la Democracia Cristiana(DC) el demagógico lema de revolución “en libertad” para contraponerla a la experiencia cubana y su gran repercusión en nuestra América, donde desencadenó un ciclo de luchas populares que aún continúa.

A 45 años del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, resulta aleccionador volver sobre la intervención de Estados Unidos. El vasto cúmulo de pruebas sobre su ilegal e inmoral ejecutoria en ese acontecimiento confirma su tradicional ferocidad contra los gobiernos que no le agradan, con más ahínco si tienen realizaciones y gran apoyo popular. Como se ha demostrado por los propios documentos desclasificados de la CIA, ya desde las elecciones presidenciales de 1964, en que Allende se enfrentaba como candidato a Frei, la agencia operó a favor de este, a cuya campaña inyectó 2.6 millones de dólares. A la vez, invirtió 3 millones de dólares en propaganda contra Allende.   Posteriormente la central de inteligencia se ufanó de que su ayuda financiera y otras maniobras contra la candidatura de Allende “fueron ingredientes indispensables para el éxito de Frei”.

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ALLENDE, CHILE EN SU CORAZÓN. MARCOS ROITMAN

 MARCOS ROITMAN 

Salvador Allende ha marcado la historia mundial. Su figura queda asociada a la dignidad, los principios y la entrega a un proyecto vital de superación de las injusticias sociales y sobre todo a una vida ejemplar, sin dobleces.  Amaba Chile, a sus gentes. Fue el único político  que recorrió el país de norte a sur, pueblo a pueblo. Conocedor de las esperanzas, luchas, temores, desafecciones. Escuchaba, atento a todo, no se le escapaba nada, era refractario a los largos discursos demagógicos, la adulación y la palabrería. Sus enemigos le temían pero sobre todo le respetaban. Por ello la traición es  más canalla. Respetuoso de sus adversarios creía  en el dialogo y la negociación, no cejó de intentarlo, incluso mientras bombardeaban La Moneda. Por su casa pasarán  dirigentes de la derecha, también  militares golpistas y generales constitucionalistas. Era un estratega, calculaba  el riesgo,  no era temerario. Valiente, se le reconocía la capacidad de liderazgo.

Su gobierno fueron mil días de esperanzas. Un tiempo de propuestas, voluntad política. La palabra desánimo no estaba en su léxico. A pesar del proceso desestabilizador de la derecha, Allende confió en el constitucionalismo de la oposición. Los dotó de dignidad, la que no tuvieron, ni los Aylwin, ni los  Frei, ni su partido, la Democracia Cristiana.  Tampoco la derecha cerril que no pierde el tiempo para abrazar el golpismo militante. Allende tendía puentes, la derecha los dinamitaba. No dieron tregua, aún así, el proyecto de la Unidad Popular sale indemne del golpe de Estado. ¿La prueba?  Hoy se reivindica sin nostalgia ni triunfalismo.

Allende llevaba Chile en el corazón. Los políticos de hoy, no pueden decir lo mismo. En su lugar llevan vísceras malolientes y corrupción. Mientras ejerció como ministro de sanidad, en el gobierno de Pedro Aguirre Cerda (1938-42)  comprobó  los límites de un sistema sanitario e hizo lo indecible por mejorar las condiciones de salud de las clases trabajadoras, ampliar los derechos, la cobertura hospitalaria. Su libro: La realidad médico-social de Chile (1939) es un llamado a la reforma sanitaria.

Realizar un sueño. Allende unificaba. Sobre su liderazgo, confluían comunistas, socialistas, cristianos, laicos, progresistas, socialdemócratas. Todos tenían cabida y desde luego trabajo. Mucho que hacer para trasformar las estructuras sociales de poder fundadas en el caciquismo, el paternalismo. El poder cuasi feudal de los terratenientes y las plutocracias. Había que abrir las alamedas, respirar nuevos aires. La reforma agraria, las nacionalizaciones, la incorporación de la mujer, más derechos, más conciencia. Una visión de género en pañales, si, pero presente. Un cambio en las conductas machistas, si, también en ciernes.  Mujeres en el gobierno, con cargos de responsabilidad, una verdadera revolución.

Una juventud comprometida, entrega desinteresada, trabajo voluntario. Miles de estudiantes participando en la construcción de viviendas populares, campañas de alfabetización, educación popular. También frenando el golpismo. El valor del compromiso político y ético realizado en el bien común, el interés general.  Una ciudadanía que bregaba por ampliar sus espacios de participación, negociación y mediación. Profesionales, académicos, intelectuales. Es un reverdecer  de la cultura. En un Chile elitista, oligárquico, se levantó una propuesta  cultural. En 1971 se pone en marcha el tren  popular de  la cultura. Concertistas, poetas, cantantes de ópera, literatos, periodistas, actrices, cantautores, 60 artistas, recorren el sur dando conciertos en las plazas, recitando poesía, música clásica.  Por primera vez campesinos, trabajadores, amas de casa, escuchan a divas de la ópera en solos de Verdi con  vestidos de gala, trajes de cola. Fue un instante de felicidad que perdura en quienes bregaron por hacer de Chile un país sin tutelas,  soberano.

Los asesinos de Salvador Allende, de miles de chilenos, de decenas de miles de torturados y detenidos pasan a la historia como traidores. No hay otro nombre para ellos. Tampoco para sus cómplices necesarios, reivindicados por gobiernos desmemoriados y acomodaticios. La dictadura cívico militar  sigue teniendo sus representantes en el Senado, la Cámara de Diputados y las municipalidades. Los partidos Renovación Nacional, Democracia Cristiana y Unión Demócrata Independiente son sus herederos naturales. No menos quienes prefieren dizque de izquierda, hacer borrón y cuenta nueva. Soltar amarras, deshacerse de la nobleza que  inculcó un comportamiento recto y sin ambages como el de Salvador Allende. Muchos lo reivindican cada 11 de septiembre, pocos siguen sus pasos. Es la hipocresía de las meretrices de la política adictas al neoliberalismo.

Fuente: LA JORNADA

VENEZUELA: SUMISIÓN, GUERRA Y PERIODISMO DE ENCUBRIMIENTO. MARCOS ROITMAN ROSENMANN

Aunque publicado en agosto-septiembre de 2017 en La Jornada, Le Monde Diplomatique y otros medios de izquierda, este artículo del sociólogo, ensayista y profesor chileno Marcos Roitman Rosemann conserva plena vigencia en sus postulados esenciales. La guerra mediática contra el proceso bolivariano no sólo ha continuado, sino que se ha acentuado y ha adquirido matices cada vez más injerencistas y absolutos. En el contexto del debate general acerca de este fenómeno, invito a su relectura. 
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Informar no es tarea fácil. El periodismo de guerra es, tal vez, el más complejo. Inmerso en una batalla sicológica, está destinado a crear una opinión pública sumisa, acorde con los objetivos militares. Hoy, se ha decidido que Venezuela es un objetivo militar estratégico para Occidente. Una guerra entre el bien y el mal. Democracia versus dictadura. En esta guerra todo vale. Hasta el Vaticano se ha decantado. La Iglesia se siente amenazada y decide apoyar a los responsables de la violencia callejera, pero comprometidos con Dios, la familia y la moral católica. El papa Francisco se quita la careta, se decanta por la oposición, que ha quemado, baleado a trabajadores, mujeres y niños. Lo mismo hizo la Iglesia en Chile con el gobierno de Salvador Allende, en 1973. Apoyó el golpe. Luego vendrían las lágrimas y los arrepentimientos. Era tarde. Miles de ciudadanos habían sido detenidos, torturados y asesinados. El argumento es siempre el mismo: la fe está en peligro y la amenaza a los católicos.
El periodismo y los medios de información pertenecientes al establishment de los distintos países del bloque occidental han tomado una decisión: retrotraer a Venezuela a los tiempos del neoliberalismo, la economía de mercado y el pacto interoligárquico. Sin excepción, desde esta trinchera fundamentalista, alteran hechos, crean acontecimientos y fomentan el odio hacia el pueblo venezolano contrario a dichas posiciones y que sólo quiere vivir en paz. La última elección a la Asamblea Nacional Constituyente lo demuestra, pero la declaran ilegal y un fraude de ley. No aportan argumentos, salvo violencia, el sabotaje y la sedición golpista.
Mientras unos ejercen el derecho a voto y reclaman participar, otros queman urnas, ponen barricadas y lanzan cocteles Molotov contras las fuerzas armadas y la policía ¡Vaya dictadura más extraña! La oposición campa a sus anchas, desconoce el Poder Ejecutivo, amenaza a sus adversarios, los quema, impide ejercer derechos, usa la fuerza, manda a sus militantes a destruir edificios públicos, sabotear las elecciones y poner barricadas, vanagloriándose de este comportamiento. El mundo al revés. Tal vez por ese motivo sus representantes son admiradores de Francisco Franco, Augusto Pinochet y se sienten cómodos con el discurso neonazi y fascista. Para los incrédulos, sólo dos frases. Lilian Tintori, abanderada del antichavismo y compañera sentimental de Leopoldo López, declaró: Los opositores venezolanos es normal que vitoreen a Francisco Franco. Si viviera, nos apoyaría, como Rajoy. Y el ex alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, detenido por sedición y llamar al golpe de Estado, dijo sin complejo alguno: Augusto Pinochet era una demócrata al servicio de su pueblo

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