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LA TRAGEDIA DEL USO

APUNTES SOBRE DISEÑO GRÁFICO, CINE Y TECNOLOGÍAS

Omar González

UBICUIDADES Y PARADOJAS

A juzgar por las noticias, pareciera que la modernidad y sus diversas manifestaciones, al tiempo que reducen las distancias entre los sueños y la realidad, han hecho de la vida una agonía. Más allá del espejismo que comporta la globalización hegemónica, sobre todo en su dimensión mediática, la pobreza, las diferencias sociales y el caos, también se acentúan. Las brechas que dividen al Norte próspero del Sur paupérrimo, se acrecientan día tras día, del mismo modo que en los países ricos e industrializados –o postindustrializados, como parezca mejor– ese Sur también existe, y en las naciones pobres, por si fuera poco, se da un Norte aún más lacerante. El mundo, en todo caso, no está signado por la armonía, sino por el contraste y la exclusión, y el progreso es de un relativismo tal, que la duda lo envuelve. De ahí que sean explicables la inconformidad, la resistencia y la incertidumbre como respuestas o consecuencias mayoritarias. Vivimos una época caracterizada por una cultura que lo relativiza todo, y que suscita en el sujeto social una infundada sensación de libertad.

Foto de Claudia González Machado
Foto de Claudia González Machado

En esta era performática, la confusión no proviene de la ausencia de datos, sino precisamente del vacío que provoca su abrumadora y caótica representación. El mundo ha terminado por ser tan flexible que se ha tornado rígido, inoperante, inmanejable. Como ha expresado la crítica alemana Mercedes Bunz: “La gravitación del centro es tan fuerte y hace tan lento todo, que la gente prefiere moverse hacia los márgenes para actuar más libremente”.1 Es en esa periferia enrarecida donde la razón y la esperanza estarían aguardándonos.

Uno de los fenómenos más ilustrativos de esta inversión del sentido lógico de la realidad, es lo que ocurre respecto al diseño, de cuyo origen y trayectoria nunca debió excluirse su naturaleza artística. Sin embargo, el paradigma occidental, basado en la subordinación del mensaje al medio, ha terminado imponiéndose, y hoy el diseño corporativo se debate entre el utilitarismo, la frivolidad y los objetivos más trascendentes, con frecuencia mediatizados por los efectos del mercado. Como todo en este gran bazar que es la vida. Ahora mismo, diseño es un vocablo tan extendido e impreciso en la retórica cotidiana como pudiera ser la palabra web, cuyo significado todo lo debe al verbalismo tecnocrático. Se diseñan estrategias, proyectos, conductas, sociedades; se rediseña la vida luego de haber diseñado la muerte. Con el diseño ocurre como con el arte en sentido general: las jerarquías se han difuminado y las expresiones de mayor acento humanista, no forman parte de su vertiente hegemónica, sino de las alternativas menos visibles.

Tal paisaje de ubicuidades y paradojas –o de la ubicuidad de las paradojas, para ser más exacto–, alcanza su paroxismo cuando el objeto de análisis es algo tan inasible y omnipresente como Internet, que constituye el metamedio por excelencia, el escenario más dinámico para el diseño propiamente gráfico, y para el que no lo es y se nos presenta como tal. Internet es otro mundo, pero no mejor que el conocido hasta hoy, porque es su espejo y su hipérbole. Nadie es capaz de recorrerla, aunque dedique a ello la totalidad de su existencia. Su analogía es con el infinito, si bien técnicamente conoce los límites determinados por la conectividad, y comporta el paraíso tanto como el purgatorio y el infierno, y Virgilio, en su caso, no estaría para guiarnos. Desgraciadamente, Internet es tan cambiante que resulta el ámbito menos idóneo para la perdurabilidad de los símbolos y los mensajes. Todo caduca a una velocidad sin precedentes. Aun así, nada como la red de redes para la reproducción y multiplicación del diseño, los contenidos y las imágenes, y para validar nuestra existencia, aunque sólo sea virtualmente. Y estarían los blogs y otros ingenios inclasificables2, que suman millones y ponderan la participación, la iniciativa individual, y que abren puertas y ventanas a la privacidad, hasta contárnoslo todo de nosotros mismos, sin el menor recato y sin que importe demasiado la verdad.

Según reportes del pasado 31 de diciembre,3 el total de usuarios de Internet llegaba entonces a mil 463 millones 632 mil 361 en el mundo; una cifra sideral si nos retrotraemos a principios de la década de 1990, cuando no sobrepasaba los 300 mil. Pero en la Red todo crecimiento es exponencial y, además, asimétrico. Seguir leyendo LA TRAGEDIA DEL USO