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EL PENSAMIENTO DE SALVADOR ALLENDE A 50 AÑOS DE LA UNIDAD POPULAR. MARCOS ROITMAN

DOMINIO PÚBLICO

Discurso de Salvador Allende en 1973. REUTERS

MARCOS ROITMAN*

El martes 11 de septiembre de 1973, dos aviones Hawker Hunter, adquiridos por el gobierno de Eduardo Frei a Gran Bretaña, sobrevuelan Santiago. La orden: bombardear el palacio presidencial. El presidente constitucional Salvador Allende y sus colaboradores más cercanos resisten.  En una primera alocución, poco conocida, se dirige al pueblo, eran las 8.45 de la mañana, restaban cuatro horas para que los cohetes SURA-D impactaran sobre La Moneda. “Compañeros que me escuchan: la situación es crítica, hacemos frente a un golpe de Estado en el que participan la mayoría de las fuerzas armadas. (…) No tengo condición de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás. Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: dejaré la Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera, defenderé esta revolución chilena y defenderé al Gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo. Si me asesinan, el pueblo seguirá su ruta, seguirá el camino con la diferencia quizás que las cosas serán mucho más duras, mucho más violentas, porque será una lección objetiva muy clara para las masas de que esta gente no se detiene ante nada (…) Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida[1]  Los pilotos Mario López Tobar y Ernesto González Yarra lanzan su carga. El edificio arde, las llamas se propagan, la destrucción es total. Las imágenes recorrerán el mundo. Sera la forma en que se recordará el golpe de Estado que derrocó el gobierno de la Unidad Popular.

La vía chilena al socialismo, que Allende reivindicaría en el Gran Templo de la Gran Logia de Chile, el 14 de abril de 1970, se verá truncada: “No queremos la violencia. No necesitamos la violencia (…) Son otros los que pueden usar la violencia, porque tienen los medios para usarla. Nosotros soñamos, Venerable Maestro (…) en un gobierno fuerte, pero un gobierno fuerte que no esté afianzado en la fuerza de las armas, sino en la fuerza moral, en la unidad de un pueblo, en la responsabilidad colectiva. En el hecho social que haya aquí un maestro universitario que se sienta junto al compañero campesino o al obrero. En el hecho que el hombre entienda que la mujer no sólo es un motivo de placer o de explotación. Soñamos con una sociedad distinta y queremos luchar por ella…” [2]

Durante tres años, Chile fue sometido a un bloqueo económico sin precedentes. Atentados y sabotajes se suman a la huelga de comerciantes, patronal, latifundistas, el trasporte privado. Escases, mercado negro, acaparamiento de productos alimentarios, el terreno propicio para llamar a un golpe de Estado. Aun así, el gobierno y su presidente, Salvador Allende, no retrocedían en los principios sobre los cuales se había levantado la vía chilena al socialismo. Respeto a la legalidad, desarrollo de la institucionalidad, ampliación de las libertades sociales, ejercicio de las libertades políticas, rechazo a la violencia y socialización de los medios de producción. Si Allende lo había señalado en múltiples ocasiones, lo volvería a recalcar en el primer informe al Congreso Pleno, el 21 de mayo de 1971. “Sabemos que cambiar el sistema capitalista respetando la legalidad, institucionalidad y libertades políticas, exige adecuar nuestra acción en lo económico, político y social a ciertos límites. Estos son perfectamente conocidos por todos los chilenos.”

Los partidos de oposición, sabedores de la decisión del gobierno de mantener el proyecto, desplegaron una acción destinada a legitimar un golpe de Estado. Se decantaron por la violencia como mecanismo de acción política. Sin embargo, Allende no dejó de señalar su apego al orden constitucional. No hubo ocasión donde no mostrara su compromiso, durante la campaña subrayó: “Nosotros los marxistas decimos que todavía es posible que aquí en Chile, dentro de los cauces legales podamos conquistar el Gobierno; pero esto no se reconocerá jamás por los enemigos, esto nunca se reconocerá, pero sí tendrán que reconocerlo los Hermanos que no podrán negar que nuestra voz es la voz responsable de los que no están predicando, sino que haciendo lo que piensan debe hacerse. Pero también es cierto que tenemos que herir intereses y que estos intereses son poderosos, que son demasiado poderosos y por eso se defienden y por eso la mentira y por eso el terror”  Y lo ratificó dos años más tarde, el 4 de diciembre de 1972, durante el XXVII período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York: “Vengo de Chile, un país pequeño pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los Tribunales de Justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la Carta Constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos Premios Nobel de Literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. Historia, tierra y hombre se funde en un gran sentido nacional. Pero Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida, e inclusive enajenada, a empresas capitalistas extranjeras…” [3]

La iglesia católica había sembrado el anticomunismo. Una anécdota protagonizada por Laura Gossens, madre de Salvador Allende, narrada tal y como se lo comentó a Osvaldo Puccio,  amigo y secretario personal del Presidente, es significativa. Mujer de profundas convicciones católicas, de misa diaria, se presenta al confesionario. El  sacerdote, que probablemente no sabía quién era, “le preguntó por quién iba a votar en las próximas elecciones, a lo cual doña Laura contesto prestamente que por Salvador Allende ¡¿Cómo!? –le inquiere el sacerdote visiblemente alterado-. ¿No sabe usted que se trata de un comunista, de un hombre malo, que va destruir iglesias, a encarcelar a los sacerdotes, a hacer que violen a las monjas, que le va a quitar los niños a las madres para que los eduque el Estado?’ Doña Laura le responde con serenidad que nada de eso va a ocurrir si Salvador Allende sale elegido, porque él es un buen hijo y no va hacer cosas malas -Cómo  sabe usted que es un buen hijo- le conmina el religioso con extrañeza. Muy sencillo -le contesta doña Laura- Soy su madre”[4]

La experiencia chilena condensó la realidad latinoamericana. Tras el triunfo de la Unidad Popular, las miradas se dirigieron hacia su proyecto: la vía pacífica de transición al socialismo. “Soñamos con una sociedad distinta y queremos luchar por ella, aprovechándonos de la experiencia histórica, pero sin ser imitadores y sin ser repetidores de procesos que en otras latitudes tuvieron el contenido de una realidad para su propia realidad. Alguna vez lo dije vulgarmente y lo repito aquí con perdón de ustedes, dije que la revolución cubana se hizo con gusto a azúcar y sabor a ron; la revolución chilena la haremos con gusto a vino tinto y sabor a empanada de horno. Cada pueblo tiene su propia realidad y, frente a esa realidad, los dirigentes responsables tienen que desatar las tácticas que hay que seguir.”[5] En el mismo discurso a sus hermanos masones enfatiza:  “De allí la importancia que tiene la Unidad Popular, que reitero, es un instrumento del pueblo de Chile, nacido de su experiencia y su realidad, no es el producto de la cábala de unos cuantos dirigentes que buscan ubicación en función de ventajas personales o de posibilidades electoreras. Es la responsabilidad histórica de los que nos damos cuenta que este país o hace posible dar un paso hacia adelante en el proceso de auténtica democratización, o caeremos en una dictadura civil implacable o en un golpe militar”[6]

Salvador Allende Gossens el día que asumió como Presidente de Chile.

Salvador Allende, fue objetivo político de la derecha. Las críticas entrelazaron su vida personal con su militancia. Desacreditar, poner en entredicho sus principios, buscar las contradicciones fueron parte de una campaña que duró décadas. El periódico de la oligarquía, El Mercurio, no perdía oportunidad para calumniarlo. La declarada filiación masónica de Allende, fue utilizada para descalificarlo y señalar su oscuro ideario conspirativo. En la campaña de 1964, publicó su foto con el siguiente pie: “Entra a la logia. El senador don Salvador Allende, candidato del FRAP a la Primera Magistratura del País”.  Allende respondió sin ambages en una carta dirigida a su director Agustín Edwards: “Todos los míos lo fueron y mi abuelo llegó a ser Serenísimo Gran Maestro de la Orden Masónica, después de haberse desempeñado con singular claridad como senador radical por Atacama. Fundó la primera escuela laica de Chile (…) y cumplió una labor de ejemplar humanitarismo como jefe de los servicios sanitarios del ejército durante la guerra de 1879. Por sus ideas, en esa época lo llamaron “el Rojo Allende”. He recibido, pues, como única herencia un nombre limpio y una vocación para servir al pueblo, nacida de la formación masónica de mis antepasados (…) al revés de otros (…), y allá ellos, que se ven beneficiados con el dinero que sus familiares acumularon de cualquier manera“.

Hubo quienes consideraron una contradicción ser marxista y masón. Allende respondía: “Para nosotros es un mito hablar de la justicia, cuando los pueblos famélicos y hambrientos que son potencialmente ricos y que viven como pueblos pobres, empobrecidos por la alianza antipatriótica de las castas oligárquicas y del capital financiero que perforó nuestra economía y que nos demoño políticamente. Para nosotros, digo para nosotros, y planteo que puedo y creo tener el derecho a sostener que no hay ninguna contradicción entre poder decir que un Hermano piensa que el método científico del marxismo le permite apreciar la historia y decir que no ha renegado de los principios masónicos. Si yo creo en la Fraternidad que me enseñaron en los templos, si yo creo en la igualdad que me enseñaron en los templos, si yo pienso que es cierto que los templos me hablaron de Libertad, yo no me imagino que pueda haber fraternidad en un mundo donde el poderoso aplasta al pequeño desde el punto de vista de la correlación de fuerzas de los países”.[7]

En esta campaña de desprestigio, El Mercurio le hizo propietario de un yate de lujo, mostrando la vida burguesa de un “marxista” que decía defender al pueblo. La respuesta fue inmediata. Remolcó la barca, un bote a remos, hasta Santiago y lo expuso frente al Palacio de La Moneda para todo aquel que quisiera verlo. Su personalidad y su comportamiento ejemplar, hizo que surgiera el Allendismo. Más allá de la militancia socialista, Allende encarnaba el sentido común del pueblo chileno, de allí su liderazgo. Fue cercano, amigo de sus amigos, crítico y enemigo noble, rechazaba a los aduladores. Sus actos demostraban coherencia, entrega y principios éticos. La derecha, incluso después del 11 de septiembre, no ha podido emponzoñar su vida. Por votación popular, Salvador Allende ha sido declarado el personaje más destacado de la historia del siglo XX chileno.

Fueron tres años de estrangulamiento económico, mercado negro, atentados, movilización de la patronal y conspiraciones. Así lo refleja su testamento político, en su última alocución al pueblo de Chile por las ondas de Radio Magallanes a las 09.05: “Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que solo fue interprete de grandes anhelos de justicia, que empeño su palabra de que aceptaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las fuerzas armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios”.

Quien fuera General en jefe de las Fuerzas Armadas, Carlos Prats, escribe el mismo 11 de septiembre, mientras el golpe se pone en marcha y se produce el bombardeo: “Oigo, parcialmente la alocución pronunciada con voz serena, que el presidente Allende dirigiera al país. Luego empiezo a escuchar los bandos de la Junta de las fuerzas armadas y carabineros de Chile. Me siento profundamente consternado ante el súbito y fatal derrumbe de tantos valores y principios, presintiendo con horror, cuanta sangre será derramada entre hermanos. La tenaz lucha sostenida para impedir que el ejército se dejara arrastrar a la destrucción de su profesionalismo institucional, había sido estéril. Todas las angustias, las tensiones y sacrificios soportados, así como el orgullo y la dignidad humillados, no fueron holocausto a una causa lograda. Pienso en la terrible responsabilidad que han echado sobre sus hombros mis excamaradas de armas, al tener que doblegar por la fuerza de las armas a un pueblo orgulloso del ejercicio pleno de los derechos humanos y del imperio de la libertad. Medito en los miles de conciudadanos que perderán sus propias vidas o la de sus seres queridos. En los sufrimientos de los que serán encarcelado y vejados. En el dolor de tantas víctimas del odio. En la desesperación de los que perderán su trabajo. En la desolación de los desamparados y perseguidos, y en la tragedia íntima de los que perderán su dignidad. Presiento que mis excamaradas de armas jamás recuperarán en vida la paz de sus espíritus, atenazados por el remordimiento de los actos concupiscentes en que se verán fatalmente envueltos y por la angustia ante la sombra de las venganzas, que les perseguirá constantemente. ¿Quiénes fueron los cerebros que los perturbaron hasta el paroxismo? ¿Desentrañará la historia la madeja diabólica de esta conspiración insensata en Chile cuyos instigadores –como siempre– permanecen en la penumbra? ¿Por qué los demócratas sinceros del gobierno y de la oposición no fueron capaces de divisar el abismo al que se precipitaba el país?”[8]

Hoy a 50 años del triunfo de la Unidad Popular, es necesario rescatar el pensamiento de Salvador Allende. Su ideario es reivindicado por casi toda la izquierda, pero muchos son incapaces de asumir su coherencia, y la firmeza de convicciones. Sus aportes constituyen parte del acervo sobre el cual se construye hoy, la alternativa antiimperialista, socialista y anticapitalista. El sueño de Salvador Allende sigue vigente.

NOTAS

[1] Salvador Allende, Presente. Ediciones Sequitur. Madrid 2008. Edición Ampliada Diario Público 2010.

[2] Discurso ante el Gran Templo de la Gran Logia de Chile. Alocución Inédita, que fue rescatada por el periodista Juan Gonzalo Rocha y editada en el año 2000.  Vio la luz en el texto de: Gonzalo Rocha, JuanAllende Masón. Editorial Sudamericana. Santiago de Chile, 2001. El Discurso, improvisado, dura 85 minutos y constituye uno de los más destacados de Salvador Allende. Fue dictado en plena campaña electoral, de allí su valor histórico.

[3] Ibídem. Op.cit. Pág. 626 y sig.

[4] Rocha Gonzalo, JuanAllende, Masón. La visión de un profano. Editorial Sudamericana, 2000. Santiago de. Chile. Pág. 73.

[5] Ibídem, Op. cit. Pág. 47.

[6] Allende no se equivocó, tras mil días de acoso de la derecha, un golpe cívico militar destruía las esperanzas de cambio democrático en Chile, instaurando un régimen de terror y muerte. La peor tiranía conocida en su historia.  Alocución en el Templo… Op. cit. Pag.43.

[7] Gonzalo Rocha, JuanAllende Masón. Op.cit. Pág.45,

[8]Prats González, CarlosMemorias. Testimonio de un soldado.  Editorial Pehuén, Santiago de -Chile. 3ª edición, 1987, Págs. 512-513.

*Sociólogo y analista político-

Fuente: Diario PÚBLICO

LA MEXICANIZACIÓN DE SALVADOR ALLENDE. LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

                   

LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO

Tan solo mes y medio después del Golpe de Estado contra Salvador Allende*, el 26 de octubre de 1973, los obreros del Combinado Industrial Sahagún, inauguraron un monumento en honor del mandatario chileno. Sin embargo, en noviembre de 2007, desconocidos se la robaron. De la efigie sólo quedó una placa conmemorativa con la inscripción: “Inmolado por la causa de la justicia social”.

El monumento en bronce fue levantado en escasas semanas, en mucho por la solidaridad proletaria de la región, que donaron desde llaves y monedas de veinte centavos para fundición, hasta dinero en efectivo. El durante años poderoso corredor fabril del altiplano de Hidalgo, símbolo de la voluntad nacional por forjar una industria propia, es hoy un cementerio industrial. Allí llegaron a laborar en sus mejores momentos un buen número de chilenos refugiados.

Sin embargo, en la zona, el recuerdo de Salvador Allende fue desapareciendo entre los obreros desempleados y sus familias. Sobreviven, sí, con el nombre del mandatario chileno, cuatro auditorios sindicales, la escuela preparatoria en ruinas ubicada en el Valle de Guadalupe y una colonia.

Sin embargo, las cosas no se quedaron así. En 2016, poco más de ocho años después del hurto, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en Hidalgo lanzó una convocatoria, para reponer el monumento en su sitio original. A la iniciativa, en la que desempeñó un papel fundamental el profesor Armando Azpeitia, se sumaron algunos sindicatos del complejo industrial, personalidades y organizaciones civiles, sindicales y políticas que se agruparon en la Asociación “Salvador Allende”. El domingo 10 de septiembre de 2017, unas 200 personas, entre las que se encontraban los embajadores de Chile y Bolivia, acudieron al llamado de la historia y repusieron el monumento en honor a un hombre eterno.

El que la iniciativa naciera de la CNTE no es casualidad alguna. Fundada en 1979, la Coordinadora tomó prestada de la Unidad Popular chilena, el himno Venceremos, al que cambió la frase “recordando al soldado valiente”, por la de “recordando al maestro valiente”. No pagó derechos de autor por ello. Desde entonces, no hay manifestación (y eso que en estos 41 años ha hecho innumerables marchas), ni ceremonia oficial de la corriente, en la que no se entone solemnemente la canción. Se cantaba desde las luchas de la Normal Superior en la Ciudad de México, antes del mismo nacimiento de la CNTE. Contra su costumbre de debatir internamente cualquier iniciativa sustantiva, el organismo nunca discutió su aprobación como himno oficial en asamblea alguna. Simple y sencillamente, desde el principio de su formación, sus integrantes la interpretaban.

Allende está vivo en el magisterio democrático mexicano. No es frase de ocasión para el evento. Se le quiere y se le respeta. Prácticamente todas las corrientes políticas que integran la Coordinadora lo consideran una referencia ética y un ejemplo. La Normal Popular fundada en Monterrey, en 1973, por el profesor maoista Edelmiro Maldonado, llevó por nombre “Doctor Salvador Allende”.

Allende se hizo mexicano –con perdón de los chilenos– no solo por la acción de los profesores, sino, entre otras muchas causas más, por la acción de miles de personas. Unas conocidas y otras anónimas. Una de ellas es la filósofa Fernanda Navarro. A finales de 1971 viajó por su cuenta a Chile, en unas vacaciones de dos meses que se prolongaron hasta el Golpe de Estado. El magnetismo del proceso la atrapó. Vivió de traducir libros para la editorial Editorial Quimantú. Al regresar a México con la derrota sobre los hombros y la tristeza y la rabia en el corazón, se convirtió, a lo largo de tres largos años, en la traductora y secretaria de doña Hortesia Bussi, la viuda del presidente mártir. Una y otra vez, miles de gentes escucharon de su boca, el relato de esa epopeya.

Clave en este proceso fue el doctor Pablo González Casanova, rector de la UNAM en tiempos de la Unidad Popular. Sus malquerientes lo acusaban de pasar más tiempo en el Palacio de la Moneda que en Rectoría. Su papel en construir una pista de aterrizaje universitario a muchos intelectuales chilenos refugiados en México, fue fundamental. La investigadora, Claudia Fedora Rojas Mira recuperó el testimonio de Hugo Miranda —militante del PR y director de la Casa de Chile en México—. Según él, “el exrector de la UNAM Pablo González Casanova va a Chile, tiene vinculación con la Universidad de Chile, dicta conferencias, tiene reuniones con el mundo intelectual y todo eso va concitando una amistad y un vínculo muy estrecho entre México y Chile. Entonces hay, sin duda, el espíritu o el deseo de México de traerse el mayor número de intelectuales y académicos a su país. Así se logra y así se explica, por ejemplo, la permanencia de Pedro Vuskovic que sin duda fue un académico notable en Chile y en México”.

Muy relevante también, fue Hugo Gutiérrez Vega, presidente del Comité Mexicano de Solidaridad con Chile, organismo que en 1973 recibió a los primeros asilados del país sudamericano. Según él. Salvador Allende representó el último momento en que América Latina lucha por su liberación; lo que sucedió después en Ecuador, Venezuela, Argentina, Brasil, y muy especialmente en Uruguay, fue de alguna manera consecuencia de lo que Allende echó andar con su presidencia. Para el poeta mexicano, Allende fue el único presidente que cumplió sus promesas de campaña y en ningún momento quebrantó el imperio de la vida. Junto a Mahatma Gandhi y Mandela, Allende fue de los políticos que salvaron la política en el siglo XX.

Varios barrios y poblados por todo México han sido bautizados como Salvador Allende. Hay localidades con ese nombre en Nacajuca, Tabasco; en Durango, Durango; en Temache, Veracruz; y en Ocosingo, Chiapas. Según el Registro Agrario Nacional, 4 ejidos en el país han sido nombrados como el presidente chileno, a pesar de que el trámite de dotación suele durar años

En Memoria del fuego, Eduardo Galeano narra cómo una comunidad wixarrika se llamó a sí misma como el médico sudamericano, después de la lectura colectiva de un libro sobre su vida, promovida por el profesor Carlos González.

También se dio ese nombre a una calle en Torreón, Coahuila, y a otra de la colonia Rubén Jaramillo, en Morelos, y a otra más en Mazatlán, Sinaloa, a un auditorio en la Universidad de Guadalajara, a multitud de establecimientos educativos, casas de estudiantes, asociaciones civiles y culturales, e inclusive a la Cátedra Latinoamericana de Medicina Social.

Por supuesto, no todos los mexicanos lo han querido. Durante una conferencia de Joan Garcés sobre el juicio a Augusto Pinochet en el año 2000 en el exclusivo Club de Industriales, un importante empresario comentaba indignado a los comensales de su mesa que, si se estaba encausando al general, también debería enjuiciarse a Salvador Allende, porque era un asesino. El banquero tenía razones de peso para defender al dictador. El chileno había invertido 1.2 millones de dólares en bonos de deuda de su consorcio Pulsar Internacional, en lo que fue el peor negocio de su vida. Ese inesperado defensor del sátrapa era Alfonso Romo, actual Jefe de la Oficina de la Presidencia de la República.

Como hicieron diversos compositores en América Latina, el cantautor mexicano Óscar Chávez le escribió una canción que en una de sus estrofas dice: “Compañero Salvador/Allende el niño Allende el hombre/ tú regresarás en cada nombre/ de pena en pena en pena / de uno en uno en dos ha de vivir tu voz patria chilena”. Durante años, innumerables grupos de música folclórica interpretaron, en peñas y festivales, todo tipo de piezas dedicadas al mandatario caído.

Que Salvador Allende haya penetrado tan firmemente en la nomenclatura mexicana no es casual. Su influencia en la sociedad y la política mexicanas fue muy relevante. Se dejó sentir tanto en los más altos niveles del gobierno federal como en la Iglesia católica, en sindicatos, movimientos estudiantiles, partidos políticos y organizaciones armadas.

Cuando el presidente llegó de visita a México el 30 de noviembre de 1972 fue recibido por una efusiva cadena humana de cerca de 16 kilómetros, integrada lo mismo por personas que espontáneamente fueron a darle sus parabienes como por contingentes movilizados por las fuerzas vivas de la revolución. Durante su recorrido, del aeropuerto a la embajada de Chile en Lomas de Chapultepec, fue vitoreado.

Termómetro de la época, la revista Solidaridad, del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana, dirigido por Rafael Galván, le dio la bienvenida en un editorial en el que equiparaba la situación que vivía México y Chile, como “puntos de concentración del proceso revolucionario latinoamericano”.

La visita de Allende a México fue utilizada por el gobierno de Luis Echeverría para tratar de conseguir la legitimidad que un amplio sector de la juventud, agraviada por la represión de 1968 y la matanza del 10 de junio, le negaba. El presidente chileno fue muy magnánimo con su anfitrión mexicano y le reconoció méritos revolucionarios, que para la izquierda nacional eran inexistentes. Jesús Reyes Heroles, entonces dirigente nacional del Partido Revolucionario Institucional, lo recibió “con los brazos abiertos”.

El socialista chileno tenía una añeja y seria relación con intelectuales mexicanos y partidos de izquierda, incluido el Partido Comunista Mexicano. Sin embargo, el discurso que el 3 de diciembre de 1972 pronunció en la Universidad de Guadalajara, en el que llamó a los estudiantes a dejar de ser revoltosos y a ponerse a estudiar, cayó muy mal entre la juventud radicalizada que había dejado las aulas para luchar contra el gobierno en fábricas, ejidos y colonias populares.

Muy intenso fue también el vínculo entre parte del clero progresista mexicano y el proceso revolucionario chileno. Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, fue el único pontífice de la Iglesia católica que participó en el primer Encuentro Americano de Cristianos por el Socialismo (CPS) que se efectuó en 1972 en Chile. Allí conoció a Allende. Al regreso de su viaje, un grupo de fanáticos le aventó pintura roja. CPS tuvo una gran influencia entre grupos de creyentes mexicanos que se involucraron activamente, desde distintas posiciones políticas, en proyectos emancipadores de izquierda. Muchos de sus integrantes fueron separados de sus cargos por la jerarquía.

Cuando el 11 de septiembre de 1973 se consumó el golpe de Estado contra Allende, las campanas de la catedral de Cuernavaca y de muchas otras iglesias repicaron a duelo. Brigadas de estudiantes de la Escuela de Antropología en la ciudad de México –y de diversas facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México– organizaron mítines en las zonas industriales para llamar a una huelga general en solidaridad con el mandatario derrocado. Los trabajadores, incrédulos, los miraban como locos. Por supuesto, no hubo paro alguno, pero sí una manifestación de protesta relativamente numerosa que recorrió las calles de la ciudad de México. El gobierno de Luis Echeverría rompió relaciones diplomáticas con los golpistas y acogió al exilio chileno.

Una parte de la izquierda mexicana ve en la experiencia chilena de la Concertación un ejemplo a seguir. Se volvió admiradora del modelo de “socialismo neoliberal” que allí se practicó, que tan poco tiene que ver con el programa de Salvador Allende y que tantas loas recibe de la derecha. Para ella, la figura del médico chileno que murió con las armas en la mano es incómoda. Le gustaría que se olvidara y, si no es posible hacerlo, al menos volverla light.

A 50 años del triunfo de la Unidad Popular es importante recordar y rendir homenaje “al hombre digno que no dudó a la hora de elegir entre la traición y la muerte”. En ciudad Sahagún ya se robaron una vez su estatuilla. No permitamos que ahora hurten su memoria.

* Palabras del autor en la sesión inaugural del Seminario Internacional “A 50 años del triunfo de la Unidad Popular”, auspiciado por el Colegio de México, el Gobierno de México, la Fundación Salvador Allende y la Universidad de Valparaíso, entre otras entidades, que viene efectuándose en línea desde el pasado miércoles 2 de septiembre hasta su clausura, el próximo lunes 7 de septiembre.