CONTINUIDAD DE LOS PARQUES. MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ

 

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MADELEINE SAUTIÉ RODRÍGUEZ

Aunque así se titula un fabuloso cuento de Cortázar, no es de literatura que hablarán estas líneas. Profundamente entristecida contemplo la realidad actual del parque de mis amores y no encuentro consuelo para tanta destrucción.

Como una joya, por lo cuidado que siempre estuvo, y por el valor que para sus vecinos llegó a tener, podía considerarse el parque de mi comunidad, el que conocí desde niña, ubicado en la barriada de Lawton y llamado comúnmente el parque de la Asunción.

Paso por su lado y no lo reconozco. ¿Dónde está el parque de mi infancia, tan inmenso y colorido, al que como premio por las buenas conductas cotidianas nos llevaban el domingo a jugar? ¿Por qué no hallo la belleza que fue fondo de tantísimas emociones ubicadas no por azar en ese lugar?

Poco o nada queda de lo que fue aquel recinto con “aparatos” que regalaron horas de insuperable gozo a todos los niños del barrio. Poco o nada, no solo por el destrozo visible de columpios y canales, sino por el destino fatal de sus áreas exteriores, de hermosísimos árboles y bancos de madera, entre los que apenas unos pocos sobreviven.

El parque en más de una ocasión ha sido reparado. La vecindad es testigo de restauraciones que han tenido que llevarse a cabo más que por desperfectos propios del uso o el tiempo, por maltratos (que duele llamar simplemente indisciplinas sociales) a sus áreas. Para destruir un banco no siempre el malhechor se esconde. Acciones de lesa indolencia tienen lugar a veces a los ojos de los demás sin que el mal encuentre necesaria resistencia. 

Destruir el banco de un parque puede parecer simple, sin embargo, está muy lejos de serlo. Miles de ejemplos bien entroncados con el corazón humano saldrían a ilustrar la falsedad de esas apariencias.

Echar abajo el banco de un parque es guillotinar posiblemente los más sagrados recuerdos que una persona pueda acumular, es segar el sitio que sostuvo -o puede sostener si tiene la suerte de mantenerse intacto- a dos seres que tal vez entablen una conversación definitiva tanto para acrecentar sus regocijos como para ponerle fin a una desazón.

No habrá muchos por ahí que no hayan sentido el vuelco del alma sobre sus pies en el entorno magnífico de un parque; nadie que al menos una vez haya asistido a una cita amorosa en el parque de su barrio. Pocos habrá a los que no les diga nada la presencia de niños, jóvenes y ancianos, todos juntos en un mismo paisaje, que nunca tiene mejor ubicación que en este sitio comunitario.

No pueden ser los maderos de un banco de parque la solución para resolver un apremio personal para cuya solución un indolente corrió a devastarlo, y quien así actúa debe responder por un incidente que tiene un peso en la identidad de las personas que lo frecuentan.

Algunos parques mayores son considerados instituciones estatales, pero sobre todo el parque es una institución sentimental. En él están, junto con los círculos infantiles, e incluso antes que la escuela, los primeros espacios de socialización de los pequeños. Ahí conocimos de niños a otros que crecieron junto a nosotros y seguiremos viendo después para toda la vida. Están nuestras primeras anécdotas y muchas de las más significativas.

Un parque es una fuente de esperanza. En él nacieron un día encuentros que nos deleitaron, reconciliaciones que nos salvaron; adioses que nos marcaron. Historias increíbles tienen su génesis en esas áreas. Hasta sé de una niña que habiendo perdido a su madre le pidió al abuelo ante la inmensidad del cielo, al que se acercaba en el columpio de un parque, que la empujara duro, duro, para poder llegarse hasta allí y verla.

No por gusto hablo en pasado. Si pronto no nos disponemos a cuidar de esos predios, los perderemos, y con ellos una gran parte física de nuestras más sensibles experiencias. Por suerte no sucede así en otras comunidades de las que debemos tomar su ejemplo. Por el barrio, que estaría huérfano sin ellos; por la conservación de uno de los sitios más entrañables que el hombre ha construido; y por la permanencia de su legado en nuestras vidas, es indispensable que los parques tengan su continuidad.

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